Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Salem Bachir abre la puerta de su edificio e indica el camino hacia el departamento ubicado en un primer piso por escalera. Nada parece indicar que allí, en el corazón del barrio de Monserrat, funciona una embajada. El ambiente es modesto: dos cuartos, un baño, una cocina y un living donde Salem tiene desplegadas varias alfombras arabescas, un televisor, una mesa ratona y dos banderas de su trunco país: la República Árabe Saharaui Democrática.

Salem ofrece galletitas anillitos, jugo artificial de naranja y agua mineral. Habla perfecto español, aunque se le notan los arrastres (jotas y haches) típicos de la dicción árabe. Es cordial, atento y buen cultor del arte de la conversación. Un diplomático.

Nada parece indicar, tampoco, que este hombre delgado y bonachón integró la guerrilla del Frente Polisario en la década del 70. Y que entrega su vida, a miles de kilómetros de su tierra y su familia, a una sola causa: lograr que el pueblo saharaui regrese a su territorio, hoy invadido y controlado militarmente por un país vecino: Marruecos.

En el noroeste del continente africano, entre Argelia, Mauritania y el Océano Atlántico, hay (había) un pequeño país de tan sólo 266 mil km2 y poco más de medio millón de habitantes desperdigados en un puñado de ciudades. Pleno desierto de Sahara.

En la Conferencia de Berlín de 1884, Europa se repartió África como si se tratara de caramelos robados por niños. España fue la menos beneficiada. Entre sus nuevas colonias, se encontraba una porción olvidada del desierto, lindera a la costa del Río de Oro.

Luego de atravesar diversos estatus coloniales, el Sahara Occidental se convirtió, en 1957, en una provincia española. A pesar de ello, no había mayor interés en el territorio, un desierto extenso e inhóspito, poblado por beduinos, camellos y familias nómades. Sin riquezas a la vista, la población convivía en calma con su pobreza.

Salem Mohamed Bachir nació en 1954 en la capital de la colonia saharaui, El Aiún, en el seno de una familia beduina. Eran 9 hermanos bajo un mismo techo, seis varones y tres mujeres. Su padre era un suboficial del Ejército colonial español y su madre estaba dedicada a la crianza de sus hijos.

La vida de Salem transcurría entre la cría de cabras, el estudio y el fútbol. A su alrededor, recuerda, había mucha pobreza. “La gente revolvía los residuos que dejaba el ejército para ver si encontraba algo para comer o usar en la casa”, cuenta. “Un día sucedió algo terrible, yo era muy pequeño y me quedó grabado: una persona que estaba revolviendo los escombros pisó una mina y explotó”.

A fines de los años 50, África comenzaba una etapa de luchas por la liberación. Entonces, España activaba sus mecanismos de defensa y reafirmaba su hegemonía otorgándole más preponderancia al territorio.

“En 1965, la ONU aprobó una resolución en la que ordenaba a España a convocar a un referendo de autodetermi-nación del pueblo saharaui.”

“En realidad, todo cambió cuando descubrieron los yacimientos de fosfato, supuestamente la reserva mundial más importante”, relata Salem. De repente, el Sahara se convertía en un parnaso. Del atraso a las baratijas electrónicas, los relojes y la importación barata, todo gracias al fresco dinero de la minería. “España empezó a hacer escuelas, a enseñar el idioma, la religión”.

Pero los “vientos de la liberación”, como los define Salem, ya estaban soplando sobre el Sahara. Los saharauis comenzaron a organizarse. Como en casi todas las revoluciones independentistas, la fuerza del origen era económica: la expoliación de las riquezas y el control del comercio. Cambiar fosfato por baratijas no era de lo más productivo.

La informal diplomacia saharaui consiguió rápidamente sumar su reclamo a la ola de las luchas populares de los años 60. En 1965, la ONU aprobó una resolución en la que ordenaba a España a convocar a un referendo de autodeterminación del pueblo saharaui. Pero la iniciativa de la ONU acarreó también el interés de Marruecos y Mauritania, que comenzaron disputar ese territorio.

Asediados por sus vecinos, la primera reacción fue apoyarse sobre el más fuerte, es decir, España. “Intelectuales y referentes pidieron que España se quedara con el control”, explica Salem. A la par, crecía el descontento de los jóvenes más radicalizados: era el caldo de cultivo para el germen del Movimiento de Liberación Saharaui.

Salem tuvo entonces una experiencia que lo marcaría de por vida. Cuando la ONU instaló la causa saharaui en el plano internacional, España decidió realizar el primer censo para obtener –también, claro, por primera vez- un conocimiento cabal del territorio y su gente. “Tuve la oportunidad de formar parte del censo saharaui que realizó España. Fue una experiencia extraordinaria”, dice. En contacto directo con los poblados percibió que la “gente quería la liberación, había un estado de ebullición total y un sentimiento de confraternidad con el resto de los pueblos africanos”.

Salem tenía apenas 15 años y recuerda el día con precisión: 17 de junio de 1970. España convocó a los medios internacionales de prensa para que visitaran por primera vez el territorio. Era parte de una campaña cultural para reafirmar su supremacía. El Movimiento de Liberación Saharaui, que estaba en plena conformación, decidió que no había que dejar campo libre a la acción española. “Se quiso contrarrestar la propaganda –explica Salem- y se armó un evento paralelo para decir: no queremos a España, tampoco a Marruecos, queremos ser libres”.

El Ejército español no se quedó de brazos cruzados y reprimió duramente. Hubo muertos (muchos, aunque no hay una cifra oficial), detenidos (muchos, sin datos) y hasta desaparecidos. Uno de ellos fue el líder del Movimiento de Liberación, Mohamed Sidi Brahim Basir –conocido como Bassiri-. Luego se supo que estuvo preso en la llamada Prisión Negra de El Aiún, donde fue torturado y luego asesinado.

Desde entonces, el 17 de junio los saharauis conmemoran el Día del Desaparecido.

Fue una bisagra. Los saharauis llegaron a la conclusión de que la vía pacífica estaba agotada. Y decidieron organizar la lucha armada. El 10 de mayo de 1973, el Frente Polisario organizó su primer congreso y el lema fue “con el fusil arrancaremos la libertad”. La guerrilla estaba en marcha, pero la tarea no era fácil: había muy pocos recursos, frente a un desierto que se rebelaba casi inexpugnable.

Salem tenía 18 años y una conciencia bien formada de la situación: “En 1974 integré las filas del Frente Polisario como militante en una célula militar” recuerda.

Los saharauis pegaron donde más dolía. El 20 de octubre de 1974, buena parte de la cinta transportadora que llevaba el fosfato desde el yacimiento hasta la costa voló por los aires. España reaccionó violentamente y capturó a varios militantes saharauis. “Fue una etapa difícil”, recuerda Salem, que perdió numerosos amigos a quienes califica de “mártires”.

Asediada, la cúpula del Polisario accedió a un intercambio de prisioneros a cambio de una tregua. Y también se aceptó una nueva misión de la ONU. Era 1975. España había creado el partido Unión Nacional Saharaui para tratar de inclinar a su favor la balanza en el terreno político. Sin embargo, los emisarios internacionales se encontraron con un apoyo muy fuerte hacia el Frente Polisario y dictaminaron que ésa era la fuerza política dominante.

Poco tiempo después, los saharauis sumaron otro reconocimiento. El Tribunal de Justicia de La Haya desconoció los supuestos derechos ancestrales reclamados por Marruecos y reafirmó el derecho de la autodeterminación que había resuelto la ONU diez años antes.

El camino hacia lo que parecía la independencia asegurada se vería interrumpido por la ofensiva marroquí. Salem lo vivió en carne propia: “Trabajaba como secretario de mi tío en la ciudad de Tifariti, que era alférez del Ejército español. El 28 de octubre de 1975 recibimos una nota: se nos ordenaba concurrir a la localidad más cercana, Smara, con todo el material bélico disponible”. Rápidamente los saharauis se pusieron en contacto para conocer el alcance de la circular del Ejército: todos habían recibido la misma notificación.

La confusión reinaba. Los integrantes del Polisario consultaron de urgencia a un alto mando de la organización, que les respondió lacónicamente: “Tenemos que respetar la tregua con España, no puedo aconsejar la ruptura”.

La marcha hacia Smara se hizo bajo un manto de tristeza. La traición estaba en curso: “Cuando entramos a la ciudad, los legionarios españoles estaban en los techos de las casas. Era de noche, nos recibió un escolta y nos llevó hasta el cuartel general, donde nos pidieron que entregáramos las armas. A cambio, nos dieron un sobre con dinero para que nos fuéramos del Sahara”, dice Salem. El complot se evidenció dos semanas después cuando España, Marruecos y Mauritania firmaron el Acuerdo de Madrid y los saharauis quedaron excluidos.

Fue un golpe muy profundo. “Estábamos tristes. Sabíamos que perdíamos la fuerza militar. Lo que teníamos lo habíamos capturado del ejército español. Entonces entregar de forma gratuita decenas de coches, convoys, armas. Todo eso podría haber quedado en manos del Polisario” se lamenta.

Muchos saharauis, entre ellos Salem, rechazaron el dinero, regresaron a Tifariti y declararon una zona liberada. Sabían que era una provocación no sólo para España, sino también para Marruecos y Mauritania, los nuevos actores bélicos. “Era todo un desorden –relata Salem-. Fue la última vez que vi a muchos compañeros porque enseguida empezó la guerra. El 31 de octubre de 1975 Marruecos comenzó con la invasión, a la que llamaron la Marcha Verde”.

El ejército marroquí comenzó con los bombardeos. Salem no puede quitarse las imágenes de la cabeza: el llanto de los niños heridos, mujeres buscando a sus hijos desaparecidos entre las nubes de humo. El Frente Polisario recurrió a Argelia, la meca de los revolucionarios, para salvaguardar a las mujeres, ancianos y niños. Los argelinos dispusieron de una porción de su territorio lindero al Sahara Occidental para organizar campamentos de refugiados. “Fue una fase muy crítica, de mucha desesperación y confusión” cuenta Salem. Los campamentos que se instalaron entonces, siguen estando en el mismo lugar, esperando el regreso a la tierra de la que fueron desplazados.

La Guerra

“Estábamos bien dispuestos a pelear” dice Salem. Eran 20 mil combatientes saharauis, mal armados contra dos ejércitos formales que además tenían el apoyo de Occidente. Marruecos, aliado de Estados Unidos, formaba parte del bloque conservador. En plena Guerra Fría, los saharauis no recibieron el apoyo de la Unión Soviética. “Nadie nos ayudó política ni materialmente, excepto Cuba, Yugoslavia e India que nos reconocieron como libres”, explica Salem.

Las crónicas saharauis relatan crueldades sin límites. Beduinos nómades que eran asesinados junto a su ganado (principalmente cabritos), envenenamiento de pozos de agua (en el desierto, son cruciales) y la quema de los pocos árboles disponibles que eran utilizados como refugio ante el abrasivo sol. Marruecos llevaba a cabo una guerra de tierra arrasada.

Había que salvar lo único que quedaba: la gente. Ciudades enteras fueron vaciadas. Salem estuvo a cargo del repliegue hacia los campamentos en tierra argelina. Mujeres, niños y ancianos eran la prioridad. El resto, debía seguir en combate contra las tropas marroco-mauritanas. El peregrinaje por el desierto fue demoledor. Horas y horas pateando la arena, bajo el sol, los espejismos y el ruido de las bombas de una guerra insólita (como todas) que dejaba sin tierra ni país ni Estado a los saharauis. Muchos ancianos y niños murieron en el camino frente a sus familiares y la desesperación de no poder hacer nada. No había otra escapatoria que caminar y caminar.

En los campamentos, Salem fue designado como profesor de los niños: aun en las peores condiciones, los saharauis se encargaron de mantener la educación como estandarte. “Había pocos medios, dábamos clases al aire libre”, dice.

Entonces sucedió lo que no se esperaba: el Frente Polisario derrotó a Marruecos. Mauritania se retiró del territorio y tiempo después reconoció al Frente para convertirse luego en aliado. Según Salem “Marruecos sufrió la derrota. Entonces por sugerencia de EE.UU. e Israel armaron el muro. Rodearon El Aiún y la zona donde está el fosfato”.

Según el escritor uruguayo Eduardo Galeano “este muro, minado de punta a punta y de punta a punta vigilado por miles de soldados, mide 60 veces más que el Muro de Berlín:

¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos?”. Galeano le dedicó un texto (“Muros”) a la causa saharaui, donde se pregunta: “¿Qué dejó allí el dominio imperial? Al cabo de un siglo, ¿a cuántos universitarios formó? En total, tres: un médico, un abogado y un perito mercantil. Eso dejó. Y dejó una traición. España sirvió en bandeja esa tierra y esas gentes para que fueran devoradas por el reino de Marruecos. Desde entonces, el Sahara es la última colonia del África. Le han usurpado la independencia”.

No sólo el territorio quedó dividido en dos. Familias enteras fueron separadas. Entre ellas, la de Salem: sus padres y hermanos quedaron del lado ocupado por Marruecos.

Tras 15 años de guerra, en 1991 hubo un alto al fuego. Las Naciones Unidas sentaron en la misma mesa al Frente Polisario y Marruecos. Se creó la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental (Minurso) como parte de un plan de paz que, sin embargo, nunca se pudo llevar a cabo.

Desde entonces los desplazados saharauis están instalados en el sur de Argelia, en una zona desértica. Desde allí planificaron una estrategia diplomática: lograr que la mayor cantidad de países los reconozcan como libres.

La tarea dio sus frutos: 82 países les dieron la razón (aunque no todos mantienen relaciones diplomáticas). El primer país que se anotó en esa lista fue la República de Madagascar.

Pero la Argentina todavía dice que no. Y para eso Salem está aquí entre nosotros.

Segunda Parte: Argentina

Luego de que Marruecos lograra un dominio militar permanente sobre el Sahara Occidental, Salem cambió definitivamente el fusil por la enseñanza: tenía a su cargo la formación de los más pequeños. Organizaba viajes por Argelia y Libia, siempre con la ayuda de gobiernos amigos.

Primero fue designado como agregado cultural de la embajada saharaui en Argelia y luego elegido como Responsable de las Relaciones Internacionales de la UJSARIO (Unión de la Juventud Saharaui). Así comenzó otra historia para Salem. Dedicado al plano cultural, viajó a cuanto congreso, encuentro, asamblea hubiera para difundir la causa saharaui. En el campamento argelino fueron quedando otros retazos de su vida, su mujer e hijos, quienes siempre comprendieron que la tarea de su padre no concede demasiado tiempo.

Pasaron casi 30 años para que Salem volviera a ver a su madre y hermanos, que habían quedado del otro lado del muro. No llegó a ver a su padre, quien murió poco tiempo antes de que la ONU convenciera a Marruecos de que aceptara el reencuentro de familiares. Fue en 2004. Salem sólo pudo ver un ratito a su familia. Nada más: y cada cual para su lado (desde entonces, no volvió a verlos y su madre también falleció).

Salem vivió durante muchos años en Roma, donde se desempeñó como Representante saharaui. A finales de 2009 le plantearon un desafío mayor: la Argentina. No lo dudó. La tarea no era fácil. A pesar de poseer una tradición solidaria ante este tipo de problemáticas (y de contar con un documento de apoyo elaborado por el ex canciller Dante Caputo durante la presidencia de Raúl Alfonsín), nuestro país se ha negado a reconocer a la República Árabe Saharaui Democrática. Esto a contramano de países vecinos como Uruguay, Bolivia, Venezuela y hasta Colombia. También a contramano de la opinión de algunos integrantes del gobierno (que reciben a Salem en el Congreso y que han hecho infructuosas gestiones ante la Cancillería) y de organismos de Derechos Humanos, como las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, que apoya la causa.

“La Argentina, como pueblo que sufrió una dolorosa experiencia en cuanto a la violación sistemática de los derechos humanos, tiene la obligación moral, ética y política de condenar las acciones de Marruecos”, explica Salem, ya en tono diplomático. “Y tiene que reconocernos como pueblo libre, como lo indica el consenso latinoamericano al respecto”, agrega.

Pasaron casi 30 años para que Salem volviera a ver a su madre y hermanos, que habían quedado del otro lado del muro. No llegó a ver a su padre

¿Por qué Argentina mantiene esta postura? Un documento de la Cancillería del gobierno anterior enviado a parlamentarios esgrime la necesidad de hacer equilibrio: un pronunciamiento a favor de la causa saharaui “acarrearía grandes perjuicios para nuestro país ya que enfriaría las relaciones con Marruecos, socio estratégico de la Argentina en el norte de África y gran comprador de productos argentinos”. En reuniones que ha mantenido Salem con representantes diplomáticos, le explicaron que si la Argentina apoya el referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, entraría en contradicción porque estaría avalando la autodeterminación de los ocupantes de las Islas Malvinas. Para la diplomacia saharaui esto es un argumento flaco que esconde presiones (y otras yerbas de intercambio) del Reino Marroquí.

“La actual Canciller Susana Malcorra conoce bien la causa saharaui”, dice Salem. En junio de 2015, Malcorra visitó los campamentos saharauis en calidad de jefa del gabinete del secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki Moon. Allí, en la wilaya (Provincia) de Smara, Malcorra dijo que “que lleva en su corazón la cálida recepción y el mensaje que los y las saharauis le brindaron en los campamentos”.

Salem no se rinde, aunque sabe que lucha contra un monstruo de dos cabezas: la negativa argentina y el lobby marroquí.

Mientras tanto, vive lejos de todo lo que representa y de su tierra. Sin oropeles, ni almuerzos en el Museo Ranault, ni una casa de embajador en Palermo Viejo. Sin chofer, ni auto con patente diplomática.

Solo contra el mundo. En el Barrio de Monserrat.

*Periodista argentino.

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