Por Alejandra Delgado

La antropóloga y terapeuta feminista Yolanda Aguilar es sobreviviente de la guerra civil en Guatemala. Su padre, un dirigente democristiano fue asesinado, su madre, sindicalista, continúa desaparecida y ella, militante activa de la resistencia desde los 15 años, sufrió reiteradas violaciones por parte de soldados durante su cautiverio. Pero de esto ya no quiere dar más testimonio. Se hartó de perpetuar la victimización. “Me di cuenta que verse o situarse como una víctima para toda la vida es una cosa castrante, porque yo me creo una autoimagen de lo que eso significa y pienso que nunca voy a salir de ahí lo que perpetúa la violencia y le da poder al violador. Me quita todo el poder porque le pongo toda mi energía al sufrimiento en lugar de ponerle toda mi energía a seguir viviendo y a ver que eso fue un episodio en mi vida, pero no es mi vida”, dice mientras conversamos en un café de un cerro porteño.

A mediados de los 90 se integró a la Comisión para el Esclarecimiento Histórico en su país, y desde entonces, junto con profundizar en el conocimiento de su propia historia, inició una camino de honda transformación personal. Desde este lugar, conformó un centro para apoyar a personas que habían vivido situaciones difíciles y que buscaban restablecer la paz en sus vidas y entorno. Esto es hoy Q’anil (germen y semilla en nawal), Centro de Sanación, Investigación y Formación Humanista y Transpersonal donde trabajan desde 2008 en procesos terapéuticos de acompañamiento grupal a personas, organizaciones y movimientos sociales. “Todas las personas necesitamos hacer un trabajo personal. Y no es porque estemos locas, enfermas o traumatizadas, sino porque vivimos en contextos de enfermedades, violencia, competencia, desconfianza, porque hemos crecido en ámbitos donde hay mucho maltrato”, manifiesta.

En su segunda vez en Chile, ofreció recientemente en Valparaíso un taller sobre erotismo y sexualidad, invitada por el Círculo Social de Terapeutas.

 

¿Cómo trabajan en Q’anil?

-Hemos confundido las relaciones amorosas con relaciones de maltrato y eso es terrible porque hemos aprendido el amor como relaciones que, a pesar de que nos hacen daño, nos hacen sentir queridos. En Q’anil nos interesa que la gente que vaya a los procesos se vincule primero con darse cuenta de en qué momento de su vida está, que tome conciencia corporal a partir de ejercicios que le permiten percibir cosas en el inconsciente y hacerlas conscientes. Y por otra parte, nos interesa que las personas tomen la responsabilidad que les toca en asumir sus propias vidas. Porque sucede que las terapias tradicionales te pueden dar recetas y también orientar, pero para que las personas se acomoden en el sistema de enfermedad, en el sistema social de desigualdad. La propuesta de Terapia del Reencuentro que impulsamos desde Q’anil es cuestionar, tratar de que la gente se haga sus propias preguntas y que se dé sus propias respuestas. Porque no hay una respuesta que le sirvan a todo el mundo. Depende del contexto, de la situación, de la familia, de dónde viene, de su historia de vida. En Q’anil nos dimos cuenta que hay mucha fragmentación en las terapias donde se trabaja sólo lo personal sin vincularlo con lo social. A nosotros nos interesa articular lo personal en un contexto social y político, y lo político vincularlo con los cambios personales.

¿Qué efectos en la salud mental ha tenido esta fragmentación?

–El efecto principal es que nos vemos como seres separados. Pensamos que nuestra mente es lo más importante en nuestro ser, y a nuestro cuerpo sólo lo vemos en la medida en que nos enfermamos. Tenemos un cuerpo que es erótico y sexuado en sí mismo, pero no lo vemos porque también hemos fragmentado la sexualidad de la espiritualidad. Y no estamos hablando de una espiritualidad religiosa, ni tampoco de una sexualidad sólo genital. Hablamos de una sexualidad abarcadora de todo el cuerpo -que desde la terapia del reencuentro la llamamos globalidad- y de una espiritualidad que le hace caso a las voces interiores, a la sabiduría interior de todos los cuerpos, esa que no escuchamos. Al sentirnos como seres fragmentados, damos soluciones fragmentadas. Cuando no nos vemos como cuerpos integrales no podemos atacar, por ejemplo, el problema del riñón vinculado a nuestros miedos, no podemos desarticular las emociones de nuestro sistema nervioso.

¿Eso ahonda en la persistencia del sufrimiento como una idea matriz?

-Es que las sociedades en las que vivimos están permeadas por ideologías que han potenciado eso. Y la ideología que más ha permeado en la sociedad y cultura esa idea es el judeocristianismo, que tiene como argumento fundamental que cada uno tiene que llevar su propia cruz. Y esto, en otras palabras, significa “suframos hasta donde podamos porque en esta vida venimos a sufrir y ya llegaremos al paraíso o a otras vidas en donde seamos capaces de expiar todas nuestras culpas”. Y nos pasamos la vida creyendo que el sufrimiento es parte de la condena o de la penitencia que tenemos que pagar por nuestros pecados. Esta es una mirada que perpetúa una actitud de sufrimiento para toda la vida. Las mujeres creen que parte del enamoramiento es estar sufriendo, o que tener hijos significa ser una madre abnegada toda la vida y que no va a tener ningún proyecto que no sea ofrecerle la vida a los demás. El sufrimiento es algo de lo cual se ha aprovechado el sistema para que las personas asumamos que esa es la única manera de vivir. Y nosotros, lo que proponemos, es recuperar la esperanza, el cuerpo, el erotismo, pero también aprender a desprendernos de las emociones que nos hacen daño. ¿Cómo lo hacemos? Haciendo duelos. Terapia del Reencuentro es una propuesta integral que nos permite tener nuevas herramientas para apropiarnos de nuestro cuerpo, deseo y erotismo a través de desprendernos de formas de sufrimiento que nos ha vendido el sistema como si fuera lo único que pudiéramos hacer.

LAS OTRAS MANERAS DE VIVIR

¿Cuál es la metodología que ustedes trabajan?

-No hay nada que se pueda lograr con una varita mágica, entonces, no es que voy a ir a terapia y salgo convencida y resuelvo todos mis problemas. Nosotros trabajamos con procesos en donde las personas van ampliando sus niveles de conciencia, pero no racionalmente, sino desde ejercicios corporales que le permiten darse cuenta de cómo han perpetuado en sus vidas el dolor. Pareciera que somos como zombies que andamos en la sociedad y no tenemos un cuerpo. Por eso trabajamos el erotismo que, desde esta terapia, significa decir: somos fundamentalmente seres sexuados.

Que no es lo mismo que sexualizados…

-Exactamente. Sexuados significa que somos per se, que tenemos una sexualidad que puede estar vinculada al disfrute y al placer. No seres vinculados a lo que nos venden como pornografía o como seducción para consumir un deseo. Sexuados en esta terapia significa que puedo aprender a sentir cosas que ni siquiera yo sabía que estaban en mi cuerpo. A eso le llamamos emociones ocultas. Muchas veces estamos tristes o alegres o defraudados o desesperanzados, y no sabemos muy bien por qué. Los ejercicios nos sirven para entender primero, y para sentir, porque muchas veces ni siquiera sabemos qué es lo que estamos sintiendo. Luego, para nombrar lo que estamos sintiendo. Nombrando nos damos cuenta de cosas de las que no habíamos tomado conciencia. La metodología es: me apropio del erotismo, del cuerpo, de mis propias emociones y las reconozco como herramienta para sanar. Y en esa medida también puedo empezar a despedirme, por ejemplo, de un amor en donde recibía violencia o de una relación de la cual me quiero desprender hace mucho tiempo pero no lo hago porque, en el fondo, toda la vida aprendí que las personas que me querían me maltrataban. Entonces hay un proceso que pasa primero por el cuerpo y no por la explicación. Podemos aprender a descubrir nuevas formas de crecer, de relacionarnos y, sobretodo, nuevas formas de despedirnos y desapegarnos del dolor.

Desde tu propia experiencia como activista y sobreviviente de la violencia ¿qué correlación tienen estos procesos de transformación personal con lo social?

-Ese es un tema muy importante porque vivimos en sociedades muy violentas. Si tú ves, por ejemplo, cualquier colectivo social de jóvenes que no tienen proyecto de vida, que han sido golpeados o maltratados en sus familias, que les han prohibido todas las posibilidades de crecer, de gritar, de jugar, esos jóvenes van a formar parte de colectivos que comparten las mismas emocionas de desesperanza y rebeldía, de cólera contra el mundo, porque ellos están creciendo sin poder ser lo que ellos quieren ser. Si tú vas construyendo o aportando para que las personas estén más satisfechas de sí mismas y esas personas se conectan con otras personas que también están en búsqueda y pueden ir trabajando sus propias heridas personales, lo que vas a empezar a generar son colectivos con emocionalidades más sanas y vas a empezar a transformar pequeños niveles de cultura en las que habrá otras maneras de relacionarse con el mundo, otras maneras de construir los vínculos afectivos. Una madre que descubre su propio deseo, su propia satisfacción y disfrute de ser, obviamente no va a tener que golpear a sus hijos. Una mujer frustrada que aguanta un marido golpeador, que no tiene trabajo, va a maltratar a sus niños y esos niños van a crecer violentos y son círculos que se van reproduciendo. Lo individual está profundamente vinculado con lo social, porque lo construido son sociedades muy frustradas de sí mismas, desesperanzadas. Y si construimos seres más sanos, que reconozcan sus heridas y que vayan sanándolas, eso tiene un efecto directo en la cultura y en la sociedad.

¿Y qué pasa con la estructura que ha sostenido esta fragmentación del erotismo, la sexualidad, y espiritualidad en nuestro cuerpo? ¿Esa estructura tan arraigada puede romperse, transformarse o cambiar?

-Está comprobado por la arqueología y por el feminismo y por los estudios que se han hecho sobre el desarrollo histórico de la humanidad, que no surgimos como una humanidad violenta. Eso significa que por casi 400 mil años vivieron sociedades que se amaban, sociedades espontáneas o matrísticas, en relaciones bastante equitativas y equilibradas. No quiere decir que no hayan habido problemas sociales o jerarquías y dificultades para la convivencia, pero lo que sucede es que cuando hablamos de patriarcado, hablamos de un sistema que desde hace más o menos 6.000 años ha institucionalizado las relaciones de poder, viviendo naturalmente desde la opresión, la violencia y las desigualdades. Pero no siempre fue así. Podemos empezar a hacer incidir no tanto en los cambios macro que son a los que normalmente se dedican las luchas sociales, sino en algo mucho más profundo que es la cultura. Yo soy antropóloga y te puedo decir, con toda certeza, que el problema de los grandes cambios sociales que se han querido hacer a lo largo de la humanidad es que hemos querido cambiar la estructura, económica, social y política, hacia afuera, pero no hemos cambiado el sentido profundo de la cultura de la convivencia. Lo que hoy hay son relaciones de poder que reconocen las jerarquías como la única forma de relacionarse. Si empezamos a demostrar en nuestra vida cotidiana que podemos vivir de otra manera, esa cultura se puede ir expandiendo de 1 en 1 o de 10 en 10, o en colectivos de cien personas quizás. Tal vez así la cultura va a empezar a tener otro tipo de valores. Hoy pareciera que es mucho más excitante ser violento que reconocer la amorosidad, pero tenemos la esperanza que se puede construir cotidianamente de otras maneras.

Construir otro tipo relaciones a la economía de mercado no le conviene…

-No les conviene a los que se enriquecen de esta forma de vivir. Sabemos lo que significa el neoliberalismo en la vida de las personas, pero también es cierto que el modelo está en crisis porque ya no aguantamos. Cuando no encontramos sentido tenemos dos posibilidades: nos tiramos de un barranco o encontramos otras maneras de vivir. Las otras maneras de vivir no empiezan con las grandes cambios sino que empiezan con los cambios cotidianos. Cuando yo empiezo, por ejemplo, a hacer comercio justo, a cambiar la naranja por algo que tú me puedes ofrecer como un servicio, estoy construyendo otras formas. El trueque existe ya en muchas sociedades. Los dólares siguen imperando y el sistema neoliberal también, pero hay muchas gentes que están buscando otras formas de relacionarse. Tal vez, entonces, no estamos cambiando el sistema global, pero estamos cambiando la cotidianidad y eso es lo que determina la existencia de todos los sistemas sociales.

¿Es decir que el trabajo que hace Q’anil es político?

-Totalmente.

DESCOLONIZAR EL DRAMA

Hay mucha sensación de sufrimiento y no siempre se puede tener acceso a este tipo de metodologías integrales como las que propone Qanil, o se puede estar muchísimos años en el diván y entregándole su plata al psiquiatra, tomando medicamentos de por vida…

-Sí, lo que pasa es que el sistema da soluciones fragmentadas a problemas fragmentados. Te ve un médico por un problema en la pierna y solo ve estrictamente el lugar donde tienes el problema, pero no la raíz. Ahí está la realidad, es compleja y el ser humano tiende a pensar que es superior su capacidad de racionalizar y se ha dedicado a reconocer estereotipos o a ponerse sus propios bloqueos conscientes o inconscientes para solucionar problemas. La integralidad comienza a ser una alternativa para vernos como seres más complejos, sin parches, y por eso a nosotras nos interesa vincular el erotismo con la espiritualidad, la sexualidad no solo como genitalidad, y lo personal como lo social. Estamos en el esfuerzo y por supuesto estamos tratando de encontrar las mejores herramientas para brindárselas a otras personas.

¿Cómo ven los resultados, los procesos de cambios de personas, sobre todo de mujeres que han sido víctimas de violencia sexual?. El abuso sexual es un tema que se niega, que no se habla y que por mucho tiempo se naturalizó, especialmente al interior de la institución familia. ¿Cómo se puede sanar esa herida tan profunda desde esta práctica de reconocimiento al cuerpo y al erotismo?

-Mira, en Guatemala hay y hubo esfuerzos muy importantes para ayudar a mujeres mayas que fueron violadas por el ejército, pero que antes ya habían sido violadas en su casa o abusadas en su familia. Estas mujeres no hablaban de la violencia sexual porque sentían que ellas eran las culpables de la violación. Como muchas mujeres en el mundo las amenazaron y les dijeron “si tú hablas, a ti te va a caer, tú eres la responsable de esto que está pasando”. Son mujeres que después de 25 años empezaron a hablar y se fueron dando cuenta poco a poco que no era normal ni natural lo que había pasado, que era una violación a sus derechos, pero sobretodo se dieron cuenta de una cosa muy importante: que ellas no tenían la culpa. Se empezaron a encontrar con otras mujeres que les había pasado lo mismo. Tenían que llorar y sacar. Pero sobretodo empezaron a encontrarse con esas otras mujeres para hablar de lo que ellas habían hecho después de haber sido violadas, hablar sobre cómo hicieron para sobrevivir. Su trabajo cotidiano les permitió sobrevivir. Esas mujeres bailaron, dibujaron, nombraron, utilizaron su cuerpo para sacar las emociones perversas que tenían de culpa y poco a poco se encontraron con otras mujeres para decir no, esto no es nuestra responsabilidad. Estas mujeres han logrado decir: nosotras somos sobrevivientes, fuimos víctimas pero no somos víctimas eternas. Sí se puede. Yo misma, en mi propia experiencia, me di cuenta que verse o situarse como una víctima para toda la vida es una cosa castrante, porque yo me creo una autoimagen de lo que eso significa y pienso que nunca voy a salir de ahí lo que perpetúa la violencia y le da poder al violador. Me quita todo el poder porque le pongo toda mi energía al sufrimiento, en lugar de ponerle toda mi energía a seguir viviendo, y a ver que eso fue un episodio en mi vida, pero que no es mi vida. Yo diría que en derechos humanos y en temas de memoria se tiende mucho a esto. Sí sufrieron, pero tienen una vida más allá de eso que les pasó. Tenemos que cambiar nuestra propia idea judeocristiana de lo que es la defensa de los derechos humanos y de las personas que han sufrido. Porque más bien pareciera que nos enamoramos un poco del sufrimiento, que nos encariñamos con la cruz que llevamos, pensando que no hay otra manera de existir. De eso sí tiene la responsabilidad la iglesia católica después de 500 años de tenernos colonizadas. Hasta las maneras que hemos tenido para transformarnos están permeadas por una visión judeocristiana.

Hay que descolonizar el drama dicen por ahí…

-Totalmente. Hay que descolonizar las emociones. Nosotros hemos dado talleres donde trabajamos descolonizando las emociones, el cuerpo y las creencias. Porque estamos anclados en la creencia de que si somos seres sufrientes vamos a obtener más cariño, o más lástima, o más consideración de los demás. Y terminamos jugando un rol. Yo sí creo en la integralidad del cuerpo y es un tema que se va a ir posicionando cada vez más desde diferentes perspectivas de sanación. Nosotras trabajamos con mujeres porque la mayor parte de ellas lo llevan en el cuerpo y muy a flor de piel. Creo que los hombres van a ir sintiendo, ojalá, aunque sea poco a poco, esa necesidad de hacer cambios. Tú me preguntabas antes por lo estructural. Creo que es tan estructural lo emocional como la vivencia del cuerpo y no lo hemos considerado porque no se puede hacer una reforma agraria en el cuerpo. Pero la sexualidad es estructura de la desigualdad social, de las desigualdades entre hombres y mujeres. Pero no solo eso. La homofobia, la transfobia, toda la misoginia y violencia en contra de las mujeres es estructural. Y sólo la hemos visto desde los efectos, no desde las causas. Para mí trabajar la sexualidad como parte de la sanación es fundamental, porque ahí estamos abarcando temas estructurales que no hemos visto, que antes no se habían visto desde el socialismo o de las izquierdas. Si los hombres trabajaran su sexualidad de otra manera, posiblemente serían seres menos obsesionados con su genitalidad.

¿Y nosotras?

-Si nosotras trabajáramos nuestra sexualidad desde la integralidad, posiblemente seríamos seres menos subordinadas y menos naturalizadas con el tema de la violencia.

¿Qué consejo o guía le darías a una mujer o a un hombre que se siente en crisis y que tiene un sentimiento de desesperanza?

–Lo primero que le diría es que disfrute su crisis y que sienta que si ya llegó al hoyo y ya no ve ninguna opción, va bien. Las crisis son las mejores maestras para que salgamos adelante. Cuando estamos en una crisis profunda es cuando tenemos realmente la posibilidad de buscar otras cosas. Yo aquí a Chile vine invitada por el Círculo Social de Terapeutas, así es que les diría busquen el Círculo, aquí en Valparaíso. Les diría confíen en su voz interior, en su intuición. Cualquier persona, pero especialmente las mujeres, tenemos esas vocecitas que nos hablan. A veces pensamos que estamos locas porque las oímos, pero en realidad, tenemos un tipo de sabiduría interior que nos dice qué es lo que necesitamos hacer. A veces lo soñamos, a veces simplemente lo sabemos, pero no lo escuchamos porque eso no es lo que nos han dicho que es lo correcto de hacer. Yo les diría: escuchen esa voz interior, no se pongan pastillas, no se metan cosas para tratar de entender. Busquen a alguien con quien hablar. Cuando estamos más vulnerables es cuando necesitamos que nos escuchen. En mi propia experiencia personal y social, debo decir que las personas que han llegado a Q’anil es porque ya buscaron en todas partes y no encontraron lo que estaban buscando. Lo que encuentran finalmente es algo que les hace resonancia con lo que estaban sintiendo. Entonces, no hay una receta única, pero escucharse es una.

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