Unos 18 mil migrantes, en su mayoría haitianos, salen desde Costa Rica hacia Nicaragua

El reloj marca las 4 p. m.. El cielo está nublado, hace un poco de frío. Como en procesión, decenas de haitianos, y uno que otro africano, comienzan a salir del albergue para migrantes instalado por el Gobierno de Costa Rica en La Cruz, Guanacaste.

Con una sonrisa en el rostro, como quien va a un paseo de vacaciones, se despiden con besos y abrazos de otros coterráneos y del personal del albergue.

“Cuidate mucho, ten mucho cuidado”, son las frases recurrentes de quienes han visto a cientos de personas haciendo la misma peregrinación.

No van de excursión, van a intentar cruzar Nicaragua de manera ilegal con la ayuda de un coyote, exponiéndose a robos, estafas, agresiones y violaciones.

“Uno llega por bendición de Dios (a Estados Unidos), mucha gente se muere en el camino”, reveló Milo Piere, uno de los migrantes haitianos que pernoctan en ese albergue en el cruce a la comunidad de Santa Cecilia, a 15 minutos del puesto migratorio de Peñas Blancas.

Ese viacrucis es pan de cada día en la frontera norte del país. Unos 18.000 migrantes, en su gran mayoría haitianos, pero también africanos y asiáticos, han salido de Costa Rica para cruzar, ilegalmente, Nicaragua.

Soló así pueden continuar su éxodo hasta Estados Unidos, en busca de una mejor calidad de vida, pues Nicaragua cerró el paso por su territorio desde mediados de noviembre del 2015.

El haitiano Ronal Regus es una de las personas que el miércoles pasado emprendió la travesía en compañía de su esposa. En la espalda carga un salvaque, estilo colegial, donde guarda sus pertenencias y en un mano lleva una tienda de campaña.

Aún no sabe cómo atravesará Nicaragua, si lo hará por tierra o por mar. Solo sabe que se dirige hacia la frontera de Peñas Blancas en busca de la persona que lo ayudará y espera pagarle por los dos $1.000 (¢560.000).

En su rostro no se denota preocupación, ni incertidumbre, más bien hay mucha seguridad y hasta alegría de poder continuar su recorrido, el cual se inició en Brasil, hace ya, varios meses.

“Casi no tengo miedo, ya he pasado muchas fronteras, me ha costado llegar hasta aquí como para claudicar. Dios me guía en el camino”, expresó Regus.

En la actualidad quedan en el país unos 1.200 migrantes de paso; en promedio salen 100 cada día, pero en la misma proporción ingresan por la frontera de Paso Canoas, procedentes de Brasil, especialmente.

Los coyotes cobran, en promedio, $500 (¢280.000) por un adulto y unos $200 (¢112.000) por niño, aunque hace dos meses pedían ¢800 (¢448.000) por persona.

Sin alternativas. Regresar a su país de origen no es una opción y por ende, exponerse a ciertos riesgos es la única alternativa que tiene esa población para llegar a Estados Unidos.

Primero, no se prevé que el Gobierno de Daniel Ortega levante el bloqueo fronterizo y segundo, tampoco existe voluntad del resto de países de la región centroamericana y de México por facilitar el tránsito seguro por sus territorios, algo similar a lo que ocurrió con la población cubana en el primer trimestre del 2016.

“¿Y por qué nadie los va a recibir? Todo el mundo tiene el temor de que se les queden. Es un fenómeno muy distinto al de los cubanos, en el que todos los países —a pesar de que había reticentes a recibirlos— sabían que estas personas al momento que lleguen a Estados Unidos ya tenían los privilegios migratorios que les da la legislación interna. En el caso de los haitianos no aplica, por lo tanto, son personas que van a estar sujetas casi de inmediato a una deportación”, dijo el canciller Manuel González.

Si bien después del terremoto del 2010 en Haití, EE. UU. emitió garantías especiales que evitaban la deportación de los isleños, tal política se ha ido reduciendo debido a la migración masiva de los últimos meses.

El canciller Manuel González también dijo que este fenómeno migratorio –el cual comenzó en abril pasado– no es temporal y que por el contrario, está para quedarse y por ello ya se piensa en políticas de atención humanitaria a largo plazo.

También lamentó que Costa Rica, casi que en solitario, haya tenido que echarse al hombro la atención de esta crisis. Admite que la ayuda de la comunidad internacional ha sido casi nula en cuanto a donaciones de dinero y que se ha enfocado solo en apoyo técnico.

“Los esfuerzos internacionales, para serle muy honesto, han sido muy decepcionantes. (…). La respuesta internacional al fenómeno no ha sido la satisfactoria”, añadió González.

Varios intentos. Algunos migrantes intentan en más de una ocasión cruzar Nicaragua, muchos retornan sin éxito a suelo costarricense, luego de sufrir robos, de ser estafados por un coyote, o bien, después de haber sido detenidos por la policía nicaragüense.

Ese es el caso de la haitiana Darlin Saintfleur, de 25 años, quien tiene seis meses de embarazo, ella regresó el miércoles pasado a Costa Rica, junto a su pareja Wilkens Louis, de 31 años.

Ambos estuvieron presos durante cuatro días en una cárcel en la ciudad de Chinandega. Después de un recorrido de varias horas en lancha, luego de caminar durante dos días por la selva nicaragüense, de ser víctimas de los ladrones, quienes les robaron todas su pertenencias, entre otras cosas, un la ropa, el celular y $500 (¢280.000) en efectivo.

“Llegó un vehículo de la Policía y nos dijo que teníamos que subirnos . Ya no tenía fuerzas para defenderme. Nos llevaron a una prisión y cuando ya había gente suficiente para llenar el camión nos devolvieron a Costa Rica”, relató Saintfleur.

“Claro que me da miedo, pero me resigno, así es la vida, tiene que ser así”, agregó.

La Nación