Deportados hondureños consideran que el muro de Trump no frenará a los migrantes

Donald Trump puede construir el muro más alto y más extenso, de acero o de hormigón, y no frenará a los emigrantes a entrar a Estados Unidos. Ellos, advierten, que hay miles de caminos y muchas formas que conducen a Washington o a cualquier otra ciudad norteamericana.

Esto es lo que creen hondureños que lograron cruzar la última frontera y ser, más tarde, aprehendidos por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) por no haber tomado medidas de precaución al tocar territorio estadounidense.

Los emigrantes reconocen que el muro, naturalmente, se constituirá en un nuevo obstáculo, mas no superará las barreras mortales que gran parte de hondureños logran contrarrestar cuando cruzan el territorio mexicano.

“Yo no voy a intentar otra vez. No es por el muro, el muro no me pararía. Lo que me para es la delincuencia que hay en México. A mí me asaltaron, me quitaron el dinero en Orizaba (Veracruz)”, dijo Erik Alvarenga.

Hace dos meses, Alvarenga (de 22 años) y su amigo, Allan Oriel Chapas (de 21), originarios de El Porvenir, Francisco Morazán, se lanzaron a la aventura norteamericana y, después de evadir delincuentes en la travesía, llegaron a la ciudad mexicana de Piedras Negras (Coahuila), luego cruzaron el río Bravo y llegaron cerca de la texana McAllen.

“Estábamos por llegar a McAllen cuando los de Migración nos siguieron. Nosotros corrimos unos 20 minutos y ellos, unos ocho agentes, nos siguieron hasta que nos cansamos. Nos agarraron el 18 de diciembre. Pasamos encerrados el 24 y el 31 porque no había mucha gente para mandar a Honduras”.

A la 1:50 pm de ayer, Alvarenga y Chapas regresaron juntos en un avión con otros 55 deportados enviados desde Texas. Durante un mes, ellos estuvieron detenidos en el Complejo de Detención del Sur de Texas, ubicado en San Antonio.

Estos dos amigos y el resto de hondureños, la mayoría menores de 30 años, recibieron asistencia en el Centro de Atención al Migrante Retornado (CAMR), adonde también abordaron dos autobuses y carros particulares para regresar a sus domicilios.

Entre los deportados estaba óscar García (de 21 años), originario de Copán, quien tuvo la suerte de llegar a McAllen y al mismo tiempo la mala suerte de ser detenido por las autoridades.

“Yo salí el 6 de enero y me detuvieron el 15. Me tuvieron encerrado, pero me trataron bien. Llegué en poco tiempo porque pagué un coyote, le dimos (su familia) L110,000”, comentó García.

Estos hondureños que desembarcaron en el aeropuerto internacional Ramón Villeda Morales portando una pequeña bolsa con sus pertenencias dijeron que las autoridades del Complejo de Detención del Sur de Texas los trataron con respeto.

En 2016, el CAMR atendió a 22,488 retornados. Hasta ayer ya había recibido 1,418, una cantidad “normal”, según sor Valdete Willeman, directora de ese centro.

Willeman es del criterio que podría haber un incremento en el número de deportados, pero ese fenómeno se dará paulatinamente, “no de un día para otro”, a causa de las medidas que ejecute Trump.

“Para mí, como cristiana, debemos tomar iniciativas propias e interesantes (…). Las fronteras son abiertas para las mercancías y cerradas para el ser humano, es una contradicción (…). Hay muchos países que están deshaciendo los muros y otros están construyendo muros”, expresó.

Mientras los deportados volaban hacia San Pedro Sula, muchos hondureños salían ayer desde la terminal de buses de esta ciudad con destino a la frontera con Guatemala para iniciar la travesía por México.

Diariamente, desde esta terminal, salen más de 20 buses hasta la frontera de Honduras con Guatemala y unos cinco llegan hasta la capital guatemalteca y a Tecún Umán.

Gran parte de hondureños viajan hasta Morales, Izabal, para ingresar a México por Tenosique (Tabasco).

La Prensa