En el ocaso de su segundo mandato presidencial, Barack Obama ha dejado salir a la luz tres de sus peores imágenes: la primera, la de un comandante en jefe derrotado (carga sobre sus hombros el fracaso en Siria y la victoria pírrica en Libia, con todas sus nefastas consecuencias) y errático frente a las nuevas realidades de la geopolítica del mundo multipolar: la creciente influencia de las nuevas alianzas entre Moscú y Pekín, o entre Moscú-Teherán-Ankara y Damasco, desnudaron las conjuras de la Casa Blanca con los mercenarios y terroristas del llamado Estado Islámico, y su escasa capacidad de maniobra en el ajedrez global.

La segunda, la de un político desesperado (la continuidad de sus principales logros, como por ejemplo la llamada reforma sanitaria Obamacare, dependen ahora de la voluntad de un Congreso y un Senado dominados por los republicanos), paranoico (¡la culpa es de los rusos!, grita a los cuatro vientos) e incapaz del más elemental ejercicio de autocrítica para reconocer las raíces profundas de la crisis institucional, política, socioeconómica y cultural que vive la sociedad estadounidense (algo que la reciente campaña electoral retrató en toda su magnitud); y finalmente, la tercera, es la imagen de un emperador triste y demacrado, que quiso reflotar al imperio decadente con la retórica del cambio y el poder inteligente, pero que, en la antesala de su relevo, más parece el conductor de un cortejo fúnebre que un estadista triunfante.

En sus relaciones con América Latina, el balance de ocho años de presidencia de Barack Obama confirma lo que ya habíamos escrito hace algún tiempo, y que vale recordar ahora: más allá del enfriamiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y el nuevo capítulo diplomático abierto entre ambas naciones, Washington alentó la restauración neoliberal por medio de la radicalización de sus acciones contra los gobiernos progresistas y nacional-populares, especialmente los de Venezuela, Argentina y Brasil, entendiendo que allí estaba el nodo de la nueva integración regional y de los nuevos equilibrios de fuerzas alcanzados en los primeros 15 años del siglo XXI. Y por supuesto, teniendo en la mira los apetecidos recursos energéticos y de biodiversidad de nuestra región.

Maniobras de guerra económica y mediática, de conflictos institucionales entre los poderes republicanos y golpes de Estado de nuevo patrón en Honduras, Paraguay y Brasil, aunado al asedio diplomático permanente, caracterizaron la impúdica concertación entre el imperialismo y la derecha criolla, para “doblar brazos” a gobiernos centro y suramericanos, y colocar en el poder a figuras sumisas que facilitaran el restablecimiento de la dominación. ¡Todo un ejemplo de democracia made in USA!

Y si de México y Centroamérica se trata, basta con decir que el presidente Obama se ganó con creces el título de deportador en jefe, con el que activistas y comunidades hispanas en los Estados Unidos pretenden señalar la doble moral del todavía ocupante de la Casa Blanca, y de la política imperial migratoria contra ciudadanos centroamericanos y mexicanos. De acuerdo con datos oficiales de la Oficina de Inmigración y Aduanas, del año 2009 al mes de julio de 2016, fueron deportados 2,8 millones de personas, en condición de indocumentados.

En 30 años, nadie deportó más migrantes que el Premio Nobel de la Paz: ni Reagan, los Bush –padre e hijo-, ni Clinton. Y cada vez son más los deportados, porque cada vez son más los hombres, mujeres y niños lanzados al exilio económico: fenómeno que tiene una relación directamente proporcional con el fracaso del modelo neoliberal impuesto por el Consenso de Washington a México y los países centroamericanos, desde la década de 1980, y que concentra la riqueza en una élite privilegiada, multiplica la pobreza y ensancha la brecha de la desigualdad social.

Barack Obama prepara su adiós. We can, le había dicho a su pueblo y al mundo; pero, al final, él no pudo. El suyo será recordado como el gobierno de transición de George W. Bush a Donald Trump. Un hilo de continuidad imperial entre la locura guerrerista y la demencia xenófoba y fascista. ¡Vaya honor!

(*) Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.