Elecciones y posverdad (Ecuador) – Por Sebastián Mantilla

Contexto Nodal
El 2 de abril se realizará el balotaje presidencial en Ecuador entre Lenín Moreno, del oficialista Alianza PAIS, y Guillermo Lasso, de la alianza CREO-SUMA. En la primera vuelta Moreno obtuvo el 39,36% (3.716.343 de votos) mientras que Lasso alcanzó el 28,09% (2.652.403 de votos).

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Igual que en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde los resultados electorales no fueron producto de un voto meditado y reflexivo, parecería que esto tiende a repetirse en el país.

La estrategia tomada por buena parte de las organizaciones políticas, tanto en la primera como la segunda vueltas, ha caído en el ofrecimiento desmedido de obras y acciones de gobierno (sin mayor fundamento técnico) y ha apuntado a la propaganda como herramienta principal para la conquista del voto. Un voto muy disputado, tomando en cuenta el porcentaje de indecisos.

En lugar de centrarse en debatir seriamente sus propuestas, exponer cómo van a hacer para cumplir sus ofertas de campaña o incluso confrontar ideológicamente sus posturas, se han ido por lo más efectivo: apelar al populismo para llegar al poder.

A diferencia de Guillermo Lasso, mucho más mesurado en sus planteamientos, Lenín Moreno ha estado caracterizada por un gran número de ofertas. Tantas, como el número de regiones y provincias que tiene el país. Eso ha sido uno de los factores diferenciadores de la campaña de Moreno entre la primera y segunda vuelta electoral. Ahora habrá que ver cuán plausibles pueden ser.

Muchos dirán que esto no es nuevo en Ecuador. Es parte del populismo que impera en el Ecuador desde hace mucho tiempo atrás. Así es. Tienen toda la razón. Sin embargo, lo relativamente reciente es el hecho de que cada vez más los políticos de las diferentes tiendas políticas, sean de izquierda o derecha, acudan a las emociones para alcanzar el poder, incluso desfigurando la realidad. Es lo que se ha tendido a llamar como “posverdad”.

¿A qué me refiero con este término? A hacer uso en la arena política de emociones, creencias, sentimientos o supersticiones para que éstas puedan ser asumidas como verdaderas por seguidores, militantes y la sociedad. Entonces, el “criterio de verdad” en este ámbito no sería la razón sino las emociones.

Eso es lo que pasó en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos o el referéndum por el Brexit en Gran Bretaña. Buena parte de lo que se dijo fueron “posverdades”. Falsas afirmaciones como que buena parte de los mexicanos son delincuentes o que los problemas de Gran Bretana se deben a los inmigrantes.

Algo parecido ha ocurrido en esta campaña en Ecuador. Por poner un ejemplo, se ha culpado al candidato Guillermo Lasso del feriado bancario. Quienes sostienen esta aberración no razonan. Creen. Por ello, estas posturas no posibilitan el diálogo y el debate. Es como hacer creer al ateo o pedirle a un ferviente católico que cambie de religión.

Hacia allá nos está llevando la política de las emociones. De ahí que es imprescindible replantearse la práctica de la política. No puede ser un asunto de comunicación y estrategia política sino esencialmente de ética. Es eso lo que hay que reivindicar ahora. No la política de la posverdad.

El Comercio