El adiós a las armas y el futuro de Colombia – Por Jairo Rivera

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Carlos toma su fusil AK-47 con firmeza y camina para atravesar el barrizal que inunda sus días. El día anterior lo limpió por última vez, y recordó con nostalgia pero sin rencor sus días de batalla. No le duele ni un segundo dejarlos atrás, pero le preocupa su vida después de la guerra, y aún más la de sus compañeros y compañeras. Al dejarlo en manos de los delegados de la ONU voltea para echarle un último vistazo y bota una sonrisa al aire.

Atrás queda la guerra y sus historias de selva que cuentan la memoria más importante que podría conocer nuestro tiempo: la de la Colombia profunda y olvidada que amasó con sangre un país que no ha logrado ser Estado ni Nación.

A la misma hora, en el mismo instante que Carlos y cientos de guerrilleros más dejan las armas para transitar a la vida civil, una cadena de whatsapp rearma la guerra que Carlos acaba de dejar. Dice “Los pensionados pagarán los lujos de las FARC”. Es mentira, el único proyecto de ley sobre pensiones que cursó en el congreso no tenía relación alguna con el conflicto, y en vez de aumentar, redujo el pago de seguridad social para los pensionados. No importa, mucha gente lo cree y lo reproduce.

Mientras las FARC-EP dejan las armas, otros estallan bombas en la psicología nacional con mentiras para legitimar la zozobra y el miedo: las comadronas de todas las violencias. Uribe se frota las manos. Ha hecho de la mentira el fertilizante de su cosecha política para 2018, a costa de un país al que la violencia le ha impedido progresar y transformarse.

Esa es la anatomía del instante que vivimos los colombianos. Mientras la guerrilla más poderosa del hemisferio occidental deja las armas y da un paso al frente hacia la profundización de la democracia, una buena parte del país cierra los ojos y empuña la mano. No debía ser así. Este debía ser el momento en donde Carlos encontrara una mano tendida después de abandonar su fusil. Por el contrario, lo que encuentran quienes se la jugaron todo por la paz es una nueva guerra, mucho más incierta y mezquina que la anterior: la guerra del odio, que no mata el cuerpo, sino el futuro.

Las FARC tomaron hace mucho rato la decisión de abandonar las armas como forma de hacer política. Fue un camino difícil, pero lo transitaron con determinación. En el pasado la violencia fue la única vía para cientos de campesinos a los que les declararon la guerra y les cerraron todos los caminos distintos a ella. Pero los guerrilleros saben desde hace mucho que pese a todas las dificultades que ha tenido la paz, en la Colombia de hoy cada día de guerra es suma para sus enemigos y resta para el empeño de construir la nueva Colombia que sueñan. Es una decisión ética y política.

En este momento que parece cargado de incertidumbres, hay sin embargo una certeza: las FARC como guerrilla armada ya no existe. El odio destilado en cadenas de whatsapp, falsas noticias y tergiversaciones por Facebook, Twitter y declaraciones temerarias de los miembros del Centro Democrático en los grandes medios de comunicación cada vez pierden más su sentido de realidad. Sus argumentos, vendiéndole mentiras al país para que no abandone el odio del corazón, se reducen a ficciones inventadas para mantener el capital político y el caudal de votos. Con el tiempo intentarán con desespero crear otros demonios para encender el miedo. Hablarán de Venezuela y dirán que aquí pasa lo mismo, invitarán al país a odiar más y profundizar la intolerancia y el irrespeto ante las diferencias sexuales, étnicas, políticas y religiosas. No obstante, aunque su discurso haga mucho ruido, no ganarán. La dejación de armas no es un acto de muerte, sino de vida. No es un acto de derrota o resignación, sino de producción de futuro.

Por más difícil que se vea el momento, esa Colombia que gobierna con el miedo no deja de ser el país del pasado. Es normal que grite, se defienda, rasgue sus vestiduras y se resista a morir. Pero más temprano que tarde se extinguirá.

El futuro de Colombia será de vida y democracia. Los militantes de las FARC tendrán un camino muy difícil. Deberán perdonar y ser perdonados. Tendrán el reto de construir un proyecto político democrático, pluralista, moderno y amplio, que se aleje simbólica, ética y políticamente del país del pasado (el pasado de la izquierda, el centro y la derecha). Su partido deberá interpretar un país distinto al de las apuestas marxistas-leninistas que tenían otra significación en los años sesenta, para adentrarse en una disputa franca por la modernidad, la democracia plena, la justicia social, sin dogmas ni autoritarismos. Aquí y ahora.

La sociedad colombiana, pese a sus desmemorias y desencuentros, está viviendo un cambio de época que la transformará. Los jóvenes quieren un país moderno. Cansados de la guerra y su normalización sueñan con una nación donde la gente pueda ser y vivir tranquila. Donde en vez de juzgar y despreciar las diferencias se celebren con júbilo y espíritu solidario. Donde la gente viva sin temores ni miedos. Donde se pueda existir con garantía plena de derechos. Donde se pueda hacer empresa, tener educación, salud y vivienda de calidad, incentivar la industria, respetar el ambiente y la vida, cosechar la creatividad.

Ese país no llegará con el proceso de paz con las FARC-EP. Ni el Acuerdo, ni la circunstancia política por la que atravesamos lo permiten. Pero la dejación de los fusiles y el fin de la confrontación armada traerán una oportunidad para cambiar de época. Ahí, los amantes de la guerra se habrán quedado sin munición.

No sé si los caminos para esa Colombia en paz se abran ahora o en 2018, lo más posible es que se demore un poco más. Pero tengo la firme convicción que el futuro de Colombia no será la guerra; y creo que, pese a las incertidumbres, este instante, el adiós a las armas, le abre a Colombia la oportunidad de decidirse por un vitalismo creativo y liberador que nos redima de tantos horrores padecidos.

La dejación definitiva de las armas de las FARC significa un aquí y un ahora, y como en el poema de Gioconda Belli, “el dolor se crece en canto” y los que pretendan seguir propiciando y celebrando acontecimientos horrorosos serán devorados por la historia.

(*) Politólogo, docente, activista social y político colombiano, integrante del movimiento Voces de Paz.

El Espectador