Conservando la cultura indígena: una resistencia histórica en Colombia – Por Jorge Humberto Alzate

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por encima de las legendarias montañas de la cordillera de los Andes, a la altura del municipio de Ituango, Antioquia, se ve el Resguardo indígena Jaidukama, integrado por la comunidad del mismo nombre y el asentamiento de San Román. Un territorio colectivo con una extensión de 1.371 hectáreas, reconocido parcialmente por el INCODER como propiedad de los indígenas Emberá Eyabida en noviembre de 1983.

Los amables rostros Emberá que habitan el resguardo, cuyos orígenes centenarios proceden de las tierras que hoy corresponden a los municipios de Dabeiba y Frontino, en el occidente de Antioquia, se asentaron en terrenos baldíos en esta región y desde entonces se autogobiernan con un sistema democrático, que les permite tomar decisiones para la pervivencia en el territorio.

Esta comunidad, habitada por más de 370 personas, ha luchado históricamente por mantener su dinámica social y sus conocimientos ancestrales. El conflicto armado les ha golpeado fuertemente por más de 5 décadas, interrumpiendo el ejercicio tradicional de los indígenas Katíos de Jaidukama en muchas ocasiones, por causa del desplazamiento, la presencia de minas antipersona y municiones sin explotar, dejadas por los grupos armados en su territorio, lo que continúa amenazando los derechos a la vida, la autonomía y al gobierno propio.

Las restricciones que tienen en su territorio les impiden moverse libremente para acceder a sus sitios sagrados tradicionales e incluso comunicarse fluidamente con comunidades aledañas, el centro poblado del corregimiento La Granja y la cabecera municipal de Ituango, a causa del riesgo que representa el uso de caminos y rutas de acceso al Resguardo, por la presencia de minas.

Dada la estrecha relación de las comunidades indígenas con el territorio, cada 5 años estas diseñan un plan de vida que se convierte en la hoja de ruta de las acciones que deben emprender para mejorar sus condiciones de vida y mantener una relación armónica con su territorio.

Es así como los indígenas de Jaidukama, con el apoyo de la Organización Indígena de Antioquia (OIA) y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), han fortalecido sus capacidades de gobernabilidad, liderazgo y autonomía, tal como lo menciona Jhon Angel Domicó, gobernador de la comunidad: “Es bueno ese plan de vida, si el ACNUR y la OIA no lo hubieran apoyado, no tendríamos nada, ya nosotros sabemos qué es eso y la importancia para la comunidad, por eso la comunidad sale adelante presentando el plan de vida a la Alcaldía y otras instituciones”.

La cultura se enriquece con la práctica constante de las tradiciones ancestrales y la transmisión de conocimiento a las nuevas generaciones, sin embargo los restos del conflicto han limitado en gran medida su derecho a la identidad y cultura. El adiestramiento de la comunidad en la medicina tradicional Jaibana se ha visto especialmente restringido por los riesgos latentes que representan los artefactos dejados por el conflicto, los que impiden que la comunidad pueda acceder a zonas donde crecen las plantas medicinales y más grave aún, visitar sus espacios sagrados de ritual.

La modernidad y sus conflictos han generado un impacto notablemente nocivo en la vida comunitaria del resguardo, ya que al no poder acceder a sus cultivos los niveles de pobreza han aumentado, obligando a los indígenas a desplazarse a los centros poblados. Estos cambios radicales en las concepciones culturales indígenas en relación con las no indígenas de los centros poblados han generado una pérdida cultural y de identidad que ha tenido un impacto desproporcionado en estos grupos étnicos. De igual manera, las dinámicas del conflicto han generado que los jóvenes pierdan el interés de asumir roles de liderazgo en sus comunidades, afectándose el derecho colectivo a la participación y al gobierno propio.

Sin embargo, estos riesgos no aminoran la voluntad de la comunidad en su búsqueda del goce efectivo de derechos. Su organización y el conocimiento de la importancia de sus costumbres les ha llevado a formarse y tomar posición frente al conflicto, haciendo un llamado para que se desmine efectivamente su territorio.

Hoy la comunidad del resguardo Jaidukama se fortalece con la estrategia de construcción de su plan de vida y el fortalecimiento de la mesa municipal de concertación indígena de Ituango, en la que participan sus mujeres, sus niños y niñas, así como los hombres adultos y jóvenes indígenas, en una conjunción cultural que, en sus palabras, “ha permitido tener mayor conocimiento de nuestra cultura, nuestras necesidades y saber a dónde se puede presentar los proyectos para que la comunidad pueda vivir mejor… Estas reuniones con funcionarios en la mesa de concertación es buena para presentar las necesidades de la comunidad y buscar soluciones.

A pesar de los retos del post-acuerdo y los rezagos del conflicto armado, esta comunidad está decidida a no abandonar su territorio, sino a recuperarlo para continuar la lucha por la perviviencia y la vida digna de los indígenas Embera Eyavida.

(*) Periodista.

Acnur