Los pueblos originarios y el capitalismo salvaje

Los pueblos originarios y el capitalismo salvaje

Víctor Manuel Barceló R.

Afirma Leonardo Boff, escritor, teólogo y pensador brasileño: “La demolición teórica del capitalismo, como modo de producción, comenzó con Karl Marx y fue creciendo a lo largo de todo el siglo XX con el surgimiento del socialismo”. En tanto, la acumulación sin freno de riqueza, continúa, con el uso y abuso de las fuerzas productivas controladas -desde que se originan los cambios tecnológicos que las hacen crecer en productividad- por un porcentaje menor al 1% de la humanidad, quienes las aprovechan en su beneficio; en tanto provocan oscuridad para aquellos que sufren los altos costos de ese confort: desigualdad social, pobreza y miseria crecientes, en casi dos tercios de la población planetaria.

Una porción vital de afectados, viven en pueblos y comunidades indígenas u originarias. Son quienes, con sus cosmovisiones y la fortaleza que les da el ser usufructuarios legítimos de los territorios que habitan –desde hace milenios- en donde construyeron culturas prodigiosas, cuyos vestigios maravillan a sus visitantes; esos pueblos, en el enfrentamiento de presiones externas y el “enamoramiento” de muchos de sus líderes, hacia formas de vida distintas, mantienen la identidad de vastas regiones. Las sobreviven devastadas por el genio maligno de empresas transnacionales, cuya explotación irracional de sus recursos, la realizan al servicio de intereses globales, dando una connotación de desastre ecológico, a la injusticia social, que crece sin freno real.

Allí, ante el silencio o la complicidad de gobiernos -que responden a los intereses imperiales- se acentúa la aniquilación de hábitats completos, destruyendo los bienes naturales, con resultados catastróficos que se escenifican, todos los días, en las demostraciones con que el llamado eufemísticamente “cambio climático”, asola por diversos rumbos del globo terráqueo mediante: temblores de tierra, tornados, terremotos, sunamis, ciclones, tifones, huracanes, inundaciones, alejamiento de lluvias, sequías, remolinos, tolvaneras y más -generalmente fuera de temporada- que llevan a una crisis generalizada de hábitats, trastocando condiciones naturales para la producción agrícola, la vivienda y otros requerimientos para la vida en la Tierra.

Ante ello, los pueblos indígenas se han organizado. Veamos antes, un poco acerca de quienes constituyen estos pueblos, que fueron grandes culturas y por que se les denomina indios y otras lindezas, que pretenden mantenerles en un segundo plano, frente a los que invadieron sus territorios –en muchos lugares a sangre y fuego- desde Colón en el caso nuestro, quien “invadió” América por las Antillas –financiado por los banqueros judíos de Toledo- con la presunción de estar en India, dispuesto a saquear sus riquezas -oro y piedras preciosas- que, se conocía en Europa, existían en esas tierras lejanas.

Ese enorme territorio fue invadido después por la escuadra inglesa, para actuar por dos siglos (del XVIII al XX) como conquistadores y saquear su riqueza natural. Sobre 4 millones de Km2 originales, y más de 400millones de indúes, ejerció el poder colonial Gran Bretaña, a través de la East India Company, y el mandato directa de la Corona británica a partir de 1935, hasta que, un hindú (Mahatma Gandhi) nacionalista, valiente, estudioso de la idiosincrasia inglesa, culto y creativo en artes de la política, y J. Nehru, apoyados en el Congreso Nacional Indio o Partido del Congreso, y en calidad de dirigente religioso-político el primero, con el apoyo del movimiento de resistencia, logran echar al imperio inglés (14 de agosto de 1947), no sin antes sufrir la balcanización del territorio hindú, primero en dos: India y Paquistán y luego la creación de Bangladesh. El fondo de las subdivisiones fue la lucha religiosa entre musulmanes e indios.

Por tanto, de esas circunstancias surge el mote de “indio”, con que se designó en Europa, a los habitantes originarios de América: “Indiani” para los italianos, “indiens” en voz francesa; “Indian” en inglés. Nos recuerda Jorge Fernández Chiti, argentino estudioso de estos temas, que en el “Handbook of South American Indians”, publicado desde 1946 por la prestigiada Smithsonian Institution, se sigue usando dicho apelativo. Trata de aclarar: “la semiosis de esa década era otra: no había recibido aún el impacto de la “deconstrucción cultural” absolutista, originada desde 1970 y reinante hasta la actualidad”. De allí el “Native aboriginal peoples”; “Indigenous peoples”; las más reiteradas en antropología actual en inglés, traducidas como: “nativo”, “indio”, aborigen”, “indígena”, con una carga negativa que va en descenso, sin que pueda olvidarse el genocidio y destrucción por yuxtaposición de la cultura indígena, nativa u original, con las invasivas: española, inglesa, francesa, holandesa, según el sitio y momento.
“Tal ambigüedad designativa fue “inventada” en EU por expertos en semiología mediática, con el fin avieso de sustraer al vocablo “indígena”, todo su peso contestatario y reivindicativo, logrado a lo largo de siglos de discriminación, segregación, latigazos, explotación y esclavitud del indio”. (3)

De allí las tesis de la integración indígena –que se manejó casi todo el siglo XX- para que salgan de su “postración” por medio de la educación, del aprendizaje pleno del idioma de sus conquistadores –sean cuales fueran- a fin de negarles su identidad y alejarles de su autodeterminación. No se conformaron con despojarles de su territorio y saquear sus riquezas; de arrinconar su lengua –los santos varones que llegaron con la conquista se dedicaron a quemar manuscritos de toda índole, de las antiguas culturas- pretendiendo alejarles de su religión –que preservaron aún en los templos católicos- en fin, de terminar con su cultura y avasallar sus recursos naturales.

El empeño hoy es por imponerles medios de comunicación, tecnología para iniciados, modos de ser y de pensar ajenos a su idiosincrasia. Además de apoderarse de todo el territorio, se dedicaron a mermar a su pueblo –en 150 años aniquilaron al 90% de la población indígena en América- para entregarles “la fuerza de la fe”. La Espiritualidad y la ética indígenas eran mucho más elevadas y puras, más desprendidas de todo lo material que la europea. El indígena no podía ni sabía mentir, afirmaban Bartolomé de las Casas, Montesinos y otros más. Decía de las Casas: los indios no mienten por naturaleza. Cuando los indios mienten a los españoles, esto no es porque sean naturalmente mentirosos, sino porque “sólo mintiendo y fingiendo pueden contentar a los españoles, aplacar su continuo e implacable furor, y escapar de mil angustias, dolores y malos tratos” (Las Casas, 1559, III, V, CXLV, pp. 114-116). Bien vale leer en extenso el trabajo inscrito en el enlace, en que de las Casas reivindica al indígena y pone en su sitio a los conquistadores.

Decíamos que los pueblos indios se organizan. Se empeñan en mantener al menos, lo que les va quedando de territorio, de recursos, de autonomía. Otros, más combativos o manejándose en terrenos políticos de poder nacionalista (Bolivia, Nicaragua, Ecuador y otros) van adquiriendo posiciones dentro de los gobiernos, pero sin la reacción o consideración de haber escapado de su medio, olvidándose de sus hermanos indios, sino siendo sus voceros ante el poder.

Fue la izquierda latinoamericana, de finales del siglo XX, quien realizó reformas al sistema político de sus países, buscando mayor participación de grupos sociales organizados –entre ellos los indígenas- que estaban excluidos de opinar y estar en las decisiones para el cuidado de los recursos naturales, definir las modalidades de su aprovechamiento para acrecentar la distribución de la riqueza, en búsqueda de erradicar miseria y pobreza.

El giro que dio la izquierda en varios países, corresponde a una nueva etapa de su evolución, al acrecentamiento de su fuerza al interior de sus países, conocedora de que cumplir sus metas le llevará a afrontar, desde el gobierno, los escenarios delicados que le deja el ejercicio de la política, durante las décadas de intervencionismo incontrolado de los organismos multilaterales financieros (FMI, Banco Mundial y en nuestro caso el BID) y que dejan la pesada carga de: la deuda externa; globalización de la economía; destrucción de la capacidad de gestión de los gobiernos nacionales; presión interna de capitalistas y empresarios apoyados por gobiernos, organizaciones y otras fuerzas desnacionalizadoras y protectoras del infame status quo existente; débil cohesión social y acondicionamiento de sus interpretaciones del proceso político y la vida toda, por los medios al servicio del poder global; así como estructuras jurídicas internacionales, que limitan y desvían las capacidades nacionales de decisión.

Tremendo y gigantesco conflicto están afrontando estos grupos, en la lucha por el rescate del poder de decisión de sus países. En cada paso están los grupos organizados indígenas, a veces a contrapelo de las interpretaciones de la realidad de esa izquierda nueva, capaz de enfrentar a las fuerzas productivas, que hoy son destructivas. Solo les interesa la riqueza transformada en dinero. El papa Francisco en su Exhortación Apostólica sobre la Ecología precisa: “en el capitalismo quien manda ya no es el hombre, sino el dinero y el dinero vivo. La motivación es la ganancia… Un sistema económico centrado en el dios-dinero necesita saquear la naturaleza para mantener el ritmo frenético de consumo que le es inherente”. Este es el escenario que afrontan los pueblos indios. El indigenismo crece como fuerza real y en algunos países muestra el músculo, con resultados positivos

ALAI


Colonialismo interno y autonomías: las luchas de los pueblos originarios hoy

Raúl Romero

Durante la primera mitad del siglo XX, los trabajos sobre el colonialismo cobraron cierta notoriedad en las ciencias sociales, lo anterior debido a las luchas por la independencia que emprendieron los pueblos de las antiguas colonias en la misma época. Jean-Paul Sartre define esta etapa como el momento en el que “el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de una agresión imperialista”.

Como fenómeno concreto, el concepto de colonialismo hace referencia a la relación de dominación y explotación en la que unos países –generalmente potencias económicas y militares-, someten a otros países y se apropian de su territorio. Los primeros son conocidos como metrópolis, mientras que a los segundos se les ha nombrado colonias o protectorados.

El colonialismo como proceso histórico encuentra dos grandes momentos: 1) la colonización de América, con la cual se vieron beneficiados principalmente España, Portugal, Gran Bretaña y Francia, y 2) la colonización, durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX, de algunas regiones de África, Asia y Oceanía, por parte de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica e Italia. Es fundamental señalar que esta segunda ola colonizadora cuenta con un nuevo ingrediente producto de la revolución industrial: el capitalismo como sistema político y económico dominante.

En un ejercicio por definir algunas características del colonialismo, podríamos decir que:

  • Como categoría de análisis sólo es posible debido a las luchas de los pueblos por su conformación como Estados-nación independientes.
  • Describe relaciones de explotación y dominación de corte internacional, es decir, de un Estado-nación sobre otro u otros pueblos.
  • Adquiere su forma de ideología y se materializa como política sistemática, es decir, como política recurrente, ordenada y metódica
  • Tiene desde sus orígenes fines fundamentalmente políticos y económicos, por lo que implica un problema estructural y no sólo racial o cultural.
  • Se emprende bajo el falso mito de llevar civilización y progreso, se complementa perfectamente con las estructuras pre-capitalistas pues las metrópolis monopolizan la explotación de los recursos naturales de las colonias, obtiene de los colonizados un ejército de reserva de mano de obra barata, construye nuevas rutas para la importación de materias primas y la exportación de sus productos, al mismo tiempo que aseguran ingresos fiscales, por mencionar algunos elementos.

Ahora bien, el desarrollo de nuevos mercados, la acumulación de capital y la formación de monopolios durante el colonialismo potenció el desarrolló del capitalismo, a tal grado que, según V. I. Lenin, el capitalismo encontró una de sus formas más organizadas: el imperialismo, el cual se caracteriza por:

  1. La formación de monopolios (característica principal del desarrollo del capitalismo y que es posible debido a las políticas colonialistas).
  2. El surgimiento de una “oligarquía financiera” y del “capital financiero” como resultado de la fusión del “capital bancario” con el “capital industrial”.
  3. La “exportación de capitales”.
  4. El nacimiento de asociaciones o alianzas internacionales monopolistas.
  5. La repartición del mundo entre las principales potencias capitalistas.

Los estudios sobre el colonialismo permitieron que diferentes académicos pudieran pensar dicho fenómeno desde diferentes regiones. Este es el caso de Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen, quienes miraron al colonialismo desde América Latina y lograron observar una expresión distinta del colonialismo, una que se da de forma intranacional, es decir, dentro de un mismo Estado-nación; fenómeno al que denominaron colonialismo interno.

Al situar el fenómeno en su contexto histórico, Stavenhagen señala que el proceso de colonización de América estuvo siempre enmarcado en un sistema “mercantilista-capitalista en expansión” con el que las metrópolis construyeron su propio desarrollo. Éste desarrollo se obtuvo a costa del subdesarrollo de las colonias que funcionaron como “exportadoras de materias primas” y lugares en los que se obtenía “mano de obra barata”.

El desarrollo de unas regiones a costa del subdesarrollo de otras es un fenómeno que también se hizo presente al interior de las propias colonias: mientras en los centros mineros y ciudades principales se generaba un desarrollo –siempre funcional a las dinámicas de la producción-, otras regiones iban siendo condenadas al subdesarrollo. Estas relaciones de explotación y dominación de tipo colonial han subsistido hasta nuestra época, sea bajo la forma de metrópoli-colonia, centro-periferia o ciudad-campo.

Pablo González Casanova describe al colonialismo interno como relaciones sociales de dominación y explotación entre grupos culturales distintos, cada uno con sus propias estructuras de clase. El colonialismo interno implica una forma de explotación y dominación combinada, una especie de mezcla entre “feudalismo, esclavismo, trabajo asalariado y forzado, aparcería y peonaje, servicios gratuitos”.

El colonialismo interno únicamente se hace perceptible –más no termina- cuando las antiguas colonias conquistan su independencia (al menos en lo formal) y se convierten en Estados-nacionales independientes, lo que permite la llegada al poder de una nueva clase social. Este relevo de los grupos dominantes en México y gran parte de América Latina se observa cuando los criollos sustituyen a los españoles al frente de las nuevas naciones del continente.
Ahora bien, las ciencias sociales hegemónicas y varios exponentes del pensamiento crítico a menudo plantean el problema del colonialismo interno como un fenómeno netamente cultural o racial que se resolverá con la “modernización”, la “integración nacional” y la construcción de un Estado homogéneo con lengua y cultura única. Esta lectura reproduce ciertas características colonialistas que buscan someter e integrar los pueblos originarios a la forma de organización tradicional. Una lectura crítica contempla a las luchas contra el colonialismo interno como luchas que buscan la construcción de un Estado multiétnico.

Visto como un fenómeno característico del desarrollo del capitalismo, el colonialismo interno no describe la lucha de unas etnias contra otras, sino las luchas de minorías, etnias y naciones contra las clases dominantes, contra el colonialismo y contra el imperialismo. Así, el colonialismo y el colonialismo interno son fenómenos intrínsecamente ligados al desarrollo del capitalismo y por lo tanto a la lucha clases.

El colonialismo y la liberación nacional fueron temas presentes durante los debates que sostuvieron las fuerzas socialistas en la primera mitad del siglo XX. El debate giró en torno a la pregunta de qué posición adoptar sobre la cuestión nacional. El debate no fue menor, pues al ser la nación “producto de las revoluciones burguesas”, encontró una fuerte crítica dentro de los bolcheviques más ortodoxos.

Este no fue el caso de Lenin, quien en Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación señaló que si bien las naciones son producto de las revoluciones burguesas, vale la pena destacar el activo papel de las masas y sobre todo de los campesinos en las luchas por la autodeterminación nacional. Lenin también apuntó que valía hacer una diferenciación clave en cuanto a la cuestión nacional: reconocer que existen naciones opresoras y naciones oprimidas y que por tal motivo los revolucionarios deben apoyar las luchas por la liberación nacional y contribuir a finalizar con toda forma de opresión. Con este planteamiento Lenin no sólo nos deja ver su visón estratégica –la unidad de las masas en torno a la lucha por la liberación nacional-, sino que también nos muestra su profunda vocación antiimperialista y emancipatoria.

El debate resurgió cuando la “nueva izquierda” cuestionó severamente el carácter colonial e imperial de la URSS. Desafortunadamente, aquellos que lucharon por la liberación nacional y por el socialismo fueron incapaces de observar y atender esta forma de dominación, cayendo así en serias contradicciones. La lucha contra el colonialismo interno quedó subsumida y prácticamente anulada por la lucha contra el capitalismo y el imperialismo.

Una experiencia diferente en este sentido fue la del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, el cual logró en 1987 que se incluyera en la Constitución nacional el reconocimiento de la “autonomía regional”. Sin embargo es hasta finales del siglo XX cuando los movimientos de resistencia que demandan la autonomía de las etnias y de los pueblos originarios se mostraron al mundo y el problema del colonialismo interno tomó centralidad en las luchas contra la dominación y la explotación; encontrando en el EZLN y otros pueblos indios con su demanda de autonomía a su principal referente.

La autonomía no es exclusiva de los pueblos indígenas, pero han sido ellos los que la han mostrado al mundo como alternativa. El proceso mismo conlleva la emergencia de un sujeto sociopolítico que busca construir espacios de resistencia al sistema dominante; en nuestro caso el capitalismo-neoliberal con su colonialismo intranacional e internacional. En este contexto, la exigencia de autonomía de los pueblos indígenas implica, frente a la exaltación del individuo (característica del capitalismo-neoliberal), una recuperación de la comunidad, planteamiento que es en sí mismo antagónico.

Como autogobierno, la autonomía envuelve también un proceso; motivo por el cual valdría la pena diferenciar entre procesos autonómicos y autonomías integrales. Entendemos como procesos autonómicos a aquellas experiencias que no han logrado construir una autonomía integral. Por ejemplo, en el México contemporáneo podemos encontrar distintos procesos autonómicos que abordan temas de seguridad y justicia, otros más que apuntan al ámbito educativo, algunos otros se enfocan a áreas de medicina y salud, y también hay experiencias que se concentran en medios de comunicación.

La construcción de autonomía también es una disputa por el territorio, no por la propiedad, sino por el derecho al uso y disfrute. En un contexto de capitalismo-neoliberal, la disputa por el territorio y los recursos es una afrenta clave de los pueblos indígenas contra las corporaciones y sus megaproyectos extractivitas, y también contra los grupos del crimen organizado.

Los pueblos originarios que luchan por la autonomía están organizados en distintos niveles, según su propio tamaño y complejidad. En su forma más avanzada, se organizan en redes de comunidades que conforman municipios y/o regiones.

Ahora bien, la demanda de autonomía es la politización de un proceso de resistencia característico de los pueblos indígenas. Si vemos el fenómeno de forma histórica, recordaremos que los pueblos originarios han resistido de forma antiquísima, conservando o adaptando muchas de sus tradiciones y formas de organización. Ésta característica, combinada con la marginación y exclusión de las que han sido objeto por parte del Estado mexicano, ha dotado de legitimidad el reclamo de reconocimiento de los pueblos indígenas. Sin embargo, la evolución del capitalismo ha generado que, muchos pueblos indígenas que reclaman su autonomía y defienden su territorio, tomen conciencia de que el problema al que se enfrentan está ligado a procesos globales, lo que les ha permitido, en algunos casos, definirse como anticapitalistas y antineoliberales. En este sentido, la lucha por la autonomía “constituye –escribe López y Rivas- algo más que el autogobierno tradicional indígena”

Nos encontramos así con que la lucha por la autonomía que encabezan algunos pueblos indígenas –sobre todo aquellos que trascienden la demanda del reconocimiento de sus derechos al Estado- en los hechos enfrentan y construyen alternativas al capitalismo-neoliberal.

Las luchas por las autonomías de los pueblos originarios hoy se encuentran presentes en toda América Latina. En Chile, Paraguay, Colombia y Perú hay pueblos que siguen luchando y construyendo su autonomía. En Bolivia y Ecuador los pueblos han generado grandes triunfos que se han visto materializados en las constituciones de esos países. La propia ONU ha reconocido, a través de la de Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, la deuda histórica que se tiene con los pueblos originarios.

En México, como ya señalamos, el EZLN se ha convertido en el referente de estas luchas. Pero también están los pueblos de Guerrero, Michoacán, Jalisco, Nayarit, Oaxaca, etc. Hoy los pueblos indígenas son un sujeto político y social que exige sus derechos al mismo tiempo que construye sociedades alternativas. Sigamos acompañándolos, mucho tenemos que aprender de sus luchas.

*Técnico académico del IIS-UNAM, consejero editorial de la revista Consideraciones y miembro del Centro de Investigación para la Construcción de Alternativas.


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