Un pueblo reservado para las grandes batallas: la revolución bolivariana tendrá un nuevo proceso constituyente – Por Luis Wainer

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Hace apenas algunas horas 8.089.230 venezolanos y venezolanas expresaron en las urnas su apoyo a la conformación de una nueva Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Más allá de la composición política e ideológica que termine expresando al conjunto de los 545 asambleístas, el foco estaba puesto en el número de votantes que se alcanzara, para otorgar legitimidad a la decisión de Nicolás Maduro, aquel 1 de mayo, de patear el tablero y convocar a resolver la crisis, a ese “poder originario” que radica en el pueblo venezolano.

En 2013 Maduro había obtenido 7.587.579 votos. Un año antes, el propio Chávez -en lo que fue un record histórico- alcanzó unos 8.191.132 votos. En una de las dos elecciones perdidas por el chavismo, en diciembre de 2015, la MUD triunfó con 7.226.066 votos. Por eso recuperar el caudal de votos obtenido por Maduro en 2013, era la única manera de dotar de legitimidad a la ANC, no solo en relación a su existencia sino de cara a la naturaleza que adquiera la nueva Constitución.

El escenario desde hace algunos meses, ha sido de una violencia organizada desenfrenada y una sincronía internacional de asedio vía comunicacional, política y económica –pocas veces vista- contra la revolución bolivariana. Desde hace cuatro meses hemos presenciado un nuevo tiempo de asesinatos selectivos junto a una situación de terror permanente sobre la vida social del país.

Ello sumado a las grandes dificultades intensificadas desde hace al menos tres años que en Venezuela supone acceder a algunos insumos cotidianos, producto de una criminal guerra económica. Mientras la violencia aumentaba y la guerra económica ahogaba cada día a buena parte de la población, bandas organizadas mostraron cuánto terror eran capaz de desplegar, a la cuenta de quienes pretenden mostrar al mundo una situación ingobernable, susceptible ayuda humanitaria y de intervención. El chavismo, como identidad histórica ha sufrido una pretensión de ¨linchamiento ideológico¨, cuya máxima expresión han sido una veintena de cuerpos quemados por portación de presunto chavismo.

La última semana de campaña hacia la ANC contó con el recrudecimiento de las amenazas por parte de Estados Unidos, explícitamente sanciones económicas, y el inmediato cumplimiento de países como México, Colombia, Chile, Panamá, Argentina y Brasil a los postulados del norte.

Ese escenario hacía difícil un acompañamiento masivo a la ANC. Más si tenemos presente sectores de la población que, trancados por guarimbas, amenazas y cortes de accesos, debieron pensar si tenía sentido correr el riesgo de ir a votar. Faltando minutos para saber los resultados, había que ser cautos sobre los mismos. Aun con especulaciones optimistas se sabia que lo que estaba en juego era, básicamente, si el gobierno de Maduro recuperaría parte de los dos millones de chavistas que no seducidos, no fueron a votar en 2015.

Sin embargo, frente a tanto asedio violento, se expresó un población agobiada, que pretendía defender un proceso político que, imperfecto y lleno de dificultades, era susceptible de ser modificado sin alterar el rumbo de la revolución. Si algo ha logrado esta etapa de violencia selectiva fue cohesionar al chavismo detrás de la Constituyente, aún con todas sus críticas. Un indicador de ello fue un deseo de redimirse frente a tanto asedio violento, compañeros caídos y una identidad mancillada, que se transformó en millones nuevamente en las calles, entre el cierre de campaña y la votación. Y nuevamente millones en las urnas.

Si las razones que hemos esgrimido han cohesionado al chavismo -el madurista y el crítico- detrás de la ANC, obteniendo más de 8 millones de votos; el otro dato relevante de este proceso político es la emergencia de nuevas dirigencias de base, con propuestas ancladas en sus sectores y territorios. Esos representantes de distintos sectores y territorios, que irán a discutir la próxima Constitución, han logrado implicar nuevamente la participación popular, en una necesaria revitalización de la misma, que pudiera lograr componer una nueva correlación de fuerzas al interior de las propias filas chavistas.

Esta elección además, puso en discusión aquella máxima de la MUD que dice que desde 2015 el chavismo dejó de ser mayoría. También, sobre si una parte de la población conserva expectativas positivas sobre los principales dirigentes de la oposición. La violencia, sin lugar a dudas, terminó de disociar a la dirigencia opositora de la población no chavista.

Un último punto, que los próximos días deberemos develar. Si algo ha mostrado la revolución bolivariana es que el problema que subyace sobre cualquier otro es de índole económica. El conflicto excede a la distribución de la renta del petróleo y debe poner atención en una de las premisas del proyecto chavista histórico y también de la convocatoria a la ANC, que es la elaboración de un nuevo programa económico para la configuración de un Estado post petrolero.

La violencia suponemos que se va a profundizar, pero se encontrará con un proceso constituyente decidido a dar pasos firmes, acompañado por vastos sectores sociales movilizados. El gobierno de Maduro verá sobre qué negocia y sobre qué avanza sin contemplación. Más allá de todo, este 30 de julio ha mostrado un pueblo bravo que sabe reservarse para las grandes batallas, consciente de que sigue siendo el principal motor de un tiempo de cambios en América Latina, iniciado hace dos décadas.

(*) Sociólogo. Coordinador del Área de Estudios Nuestroamericanos, Centro Cultural de la Cooperación (AEN-CCC). UBA-UNSAM.