Venezuela combustible – Por Luis Quintana (Especial para Nodal)

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

I.- El récord de la oposición venezolana.

La oposición venezolana lo ha intentado (casi) todo para derrocar al gobierno del presidente Nicolás Maduro desde que éste tomara posesión de su cargo en abril de 2013. El empeño se ha intensificado desde que la derecha obtuvo la mayoría de los escaños en la Asamblea Nacional en diciembre de 2015. Un inventario no demasiado exhaustivo de estos intentos sorprendería a propios y extraños: En 2014 pusieron en marcha el plan “La Salida”, operación terrorista ejecutada mediante protestas violentas, cortes de rutas, aislamientos forzosos de comunidades enteras, quema de bienes públicos, entre otros desmanes que dejaron un saldo de 47 muertos y más de 800 heridos.

Luego, ya desde el parlamento, le exigieron la renuncia al presidente Maduro, gestionaron la declaratoria de nulidad de su mandato por haber nacido supuestamente en Colombia (hasta que el propio gobierno de Santos lo desmintió), buscaron reformas y enmiendas a la Constitución para recortar abruptamente su periodo, la declaratoria de incapacidad mental, el referendo revocatorio, el abandono del cargo, el juicio político, la convocatoria a una constituyente y la aplicación de la Carta Democrática Interamericana. Sus resultados están a la vista. Ninguna de estas iniciativas logró consumarse. Nicolás Maduro sigue siendo presidente, toma decisiones todos los días, comanda a la Fuerza Armada, preside el partido más votado y dirige las relaciones exteriores de Venezuela, sosteniendo frecuente comunicación con líderes mundiales de la talla de Vladímir Putin y Xi Jinping.

En esta cadena de fracasos de la oposición influyen múltiples factores, pero quizás son determinantes sus fuertes contradicciones internas, la ausencia de un liderazgo central unificador y su obsesión de recurrir a vías no constitucionales y abruptas para derrocar al presidente, las cuales fueron  posteriormente neutralizadas por el Tribunal Supremo de Justicia. Del lado del chavismo, es clave el apoyo reiterado de la Fuerza Armada a su Comandante en Jefe y el respaldo popular al gobierno fundamentado en la continuidad de las garantías sociales que caracteriza a la Revolución Bolivariana desde sus inicios, pese a la muy compleja situación económica que atraviesa el país.

II.- El Estado paralelo.

En los últimos tres meses, la rebelión de la Fiscal General y la convocatoria a una asamblea constituyente por parte del presidente Maduro, son las excusas para que la derecha re-emprenda el curso de la violencia y el terrorismo como método de presión y de difusión del miedo en la sociedad venezolana, pero también como puesta en escena de una ingobernabilidad en apariencia tan combustible que estremezca a gobiernos y medios hegemónicos del mundo.

Si bien esta nueva embestida logra una amplia repercusión internacional, en Venezuela las manifestaciones se vienen desinflando en concurrencia, hay un rechazo generalizado a la violencia, reflejado en todas las encuestas; y las protestas violentas se confinan cada vez más al este pudiente de Caracas, aunque también se han vuelto más cruentas.

Es en este contexto donde a la derecha le cabe como anillo al dedo la activación de la siguiente fase su plan para pulverizar definitivamente todo vestigio de la Revolución Bolivariana. Plan ejecutado en Venezuela pero concebido en laboratorios de guerra en Washington.

Desde la perspectiva de sus formuladores, en el caso venezolano se presentan todos los ingredientes necesarios para la conformación de un Estado paralelo que permita el desplazamiento definitivo del chavismo como opción de poder: ingobernabilidad en las calles, presencia de un poder institucional rebelado contra el gobierno y clima internacional hostil al liderazgo formalmente establecido.

La historia reciente nos muestra que Estados Unidos ha promovido la conformación de Estados paralelos como mecanismo para destruir a gobiernos que desafían sus intereses. Libia y Siria son ejemplos aun latentes y sangrantes de esta estrategia.

Para consumarla, necesitan una plataforma de legitimidad popular, aunque ésta no tenga ningún asidero constitucional ni efectos jurídicos obligantes. Por esto inventaron una consulta interna entre la población opositora con pretensiones plebiscitarias que habilitara a la Asamblea Nacional para la designación de nuevas autoridades de los poderes judicial, ciudadano y electoral; la organización de unas elecciones con la intención de elegir un gobierno de “unión nacional” que concite su reconocimiento internacional por parte de medios, gobiernos y partidos de la derecha global; e incluso, la conformación de un ejército regular.

Todo este entramado sumado a la correspondiente respuesta de las fuerzas leales a la Revolución, configura el caldo de cultivo para justificar el recrudecimiento de la violencia en las calles, la imposición de sanciones económicas al país (tal como lo ha anunciado el propio Trump tan sólo horas después haberse publicado los “resultados” de la consulta), y por supuesto, el estallido de una guerra civil, base de la activación de un nivel superior de intervención política y militar extranjera, en la que sólo podría salir ganando las fuerzas imperiales que han enfrentado al gobierno venezolano desde que el Comandante Chávez asumiera la presidencia en 1999.

Como se puede apreciar la apuesta de la derecha es mucho más ambiciosa que sólo detener la constituyente, aunque impedir su instalación sea, en efecto, un objetivo táctico al corto plazo. El objetivo de fondo, -no de la derecha, sino de quienes la dirigen desde Washington-, es recuperar el dominio de los colosales recursos estratégicos que hoy están bajo el control del Estado venezolano, es decir, del chavismo. Nada nuevo. Esa siempre ha sido su meta desde que la Revolución tomó el control de las reservas y las industrias que permiten su explotación. A Estados Unidos no le importa si en Venezuela hay o no democracia. La democracia para ellos es sólo una referencia retórica y a la vez una excusa para la injerencia global. Lo relevante es que tengan un gobierno subordinado al repertorio de sus intereses y para eso necesitan que la oposición venezolana y sus aliados regionales tengan éxito.

III.- Consolidación o disolución del Estado.

Venezuela es escenario de grandes contradicciones entre dos fuerzas muy poderosas. La derecha tiene poder económico, mediático y un importante respaldo poblacional alimentado tanto por la situación económica a la que ellos mismos han contribuido a empeorar con creces y por los propios errores del gobierno. El chavismo sigue siendo la principal fuerza política, a juzgar por el control del Estado, el nivel de organización y movilización de sus organizaciones políticas y sociales, y porque mantiene un significativo respaldo popular resistente a la guerra económica y mediática. Ambos lados de la contienda tienen sólidas alianzas internacionales de fuerzas que son antagónicas. A la derecha la apoya Estados Unidos y la Unión Europea, al gobierno lo respalda Rusia y China, entre otros países.

En este contexto, existen grandes riesgos del desencadenamiento incontenible de una espiral de violencia impulsada por la oposición y por las agencias externas que la dirigen. En contraste, desde el chavismo se impulsa una iniciativa que convoca a amplios sectores de la sociedad, más allá de los propios partidos, representada en la constituyente.

La constituyente es una instancia prevista en la constitución venezolana que busca, entre otros aspectos, consagrar un espacio de debate de los grandes temas nacionales ante la violencia que pretende instalar la derecha, la actualización del ordenamiento jurídico a los tiempos de la economía en la que el petróleo ya no es su único pilar, el reformateo de los poderes del Estado para superar el actual enfrentamiento entre éstos, así como la ampliación de los derechos del pueblo. Se trata de una iniciativa para consolidar el Estado-nación, mientras la otra fuerza pugna abiertamente por su disolución.

Lo que pueda ocurrir no es fácilmente predecible. Los acontecimientos se precipitan y hacen cambiar los escenarios a alta velocidad. En esta circunstancia, la gran mayoría del pueblo venezolano aspira que impere la paz sobre el odio y la violencia, que se imponga la superación de la tempestad económica sobre la agenda de la sedición y la guerra.

El proyecto de unión latinoamericana y caribeña por el que Bolívar, Chávez y tantos otros dieron sus vidas, está en grave peligro en estos tiempos de regresión neoliberal y de planes Cóndor operados desde los poderes judiciales. Si Venezuela logra salvarse de la barbarie que le preparan sus buitres, Nuestra América tendrá un nuevo aliento para recomenzar lo que nunca debió interrumpirse.

(*) Profesor de geopolítica de la Universidad Militar Bolivariana de Venezuela.