Mujeres en carrera al poder: techos de cristal y suelos pegajosos (Virginia Beaudoux)

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Igualdad. En el mundo político y económico, los obstáculos para el ascenso femenino demandan otras políticas públicas.

Durante los últimos años, mi actividad como consultora en comunicación y liderazgo para organismos internacionales como el NIMD (Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria) o el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) me permitió conocer y capacitar a casi un millar de mujeres en países tan diversos como República Dominicana, Honduras, Colombia, Bolivia, El Salvador, Guatemala, Ecuador, Chile, Uruguay y la Argentina. Así fui testigo de los obstáculos que enfrentan a diario candidatas, políticas, ministras, directivas de empresas, legisladoras, alcaldesas, gobernadoras, juezas, integrantes de comisiones parlamentarias y lideresas en general. Soy mujer y sabía que la desigualdad existe y es muy grave. Pero reconozco que sufrí de cierta ceguera de género hasta que comencé a experimentarla “en vivo y en directo” junto a ellas.

El trabajo con ellas hizo que comenzara a preguntarme con más frecuencia “¿por qué?” ¿Por qué un grupo que numéricamente constituye la mitad de la población del planeta, desafiando el sentido común y toda lógica, no ocupa la mitad de las posiciones de influencia política y económica? ¿Por qué las mujeres encuentran resistencias y dificultades para acceder a cargos de representación popular, a posiciones de liderazgo y a cargos directivos en las empresas? ¿Por qué enfrentan obstáculos de diferente índole de los que experimentan los políticos y líderes? Y lo más importante de todo: ¿qué podemos hacer para igualar las condiciones y oportunidades para todas las personas sin importar su género?

Se trata de bailar hacia atrás con tacos altos: las mujeres están en los mismos escenarios que los hombres pero con otras reglas, en condiciones más desfavorables y con la cancha inclinada en contra. Sobre todo, bailan sorteando estereotipos de género y prejuicios respecto de su capacidad para liderar.

Dónde estamos

A pesar de los muy valiosos avances logrados desde el Foro de Beijing en 1995, lejos se está aún de alcanzar la meta de la igualdad. A mediados de 2016, había en el mundo sólo quince países que tenían una mujer como jefa de Estado o jefa de Gobierno. El incremento de las mujeres en los parlamentos nacionales del mundo entero ha sido lento si se considera que en 1995 constituían el 11,3% y en agosto de 2015, veinte años después, tan sólo el 22% del total de los parlamentarios del planeta. Como agravante, en treinta y siete países las mujeres no llegaban a ser el 10% de los representantes de las cámaras bajas.

En el caso de América Latina, para esa misma fecha, en los senados únicamente el 24% de los escaños correspondían a mujeres y en algunos países como Brasil no representaban ni siquiera el 20%. Asimismo, un escaso 17% de los cargos ministeriales estaban ocupados por ellas, la mayoría además en carteras relacionadas con los estereotipos más clásicos: educación, salud y bienestar social. En 2016, el promedio de mujeres en Cámara Baja o Cámara Única en América Latina alcanzó el 26%. Sin embargo, las mujeres continúan estando subrepresentadas en las posiciones electas y en las designaciones en las carteras ministeriales y en los sindicatos. En Europa el panorama general es mejor, aunque el camino hacia la mayor inclusión y representación de las mujeres en el poder no es una progresión lineal. Allí sólo el 30% de los ministerios están dirigidos por mujeres y las ministras en las carteras de Economía, Hacienda, Defensa, Interior y Relaciones Exteriores son sólo el 16,5 por ciento.

En el universo de las empresas sucede otro tanto. A pesar de que la incorporación de las mujeres al mercado laboral creció rápidamente a partir de la década de 1970, persisten las desigualdades tanto en el acceso como en la calidad de los puestos de trabajo. En 2015, en América Latina, de 71 grandes empresas examinadas, sólo el 4% contaba con una mujer presidenta o directora general, el 8% formaba parte del directorio y el 9% de comités o juntas directivas. Que se pueda decir que la Argentina tiene un promedio bastante superior al de la región porque en 2014 en el sector privado el 28% de los puestos decisivos estaban ocupados por mujeres marca lo grave de la situación.

Al analizar los datos y tendencias mundiales, se observa no sólo que la proporción de mujeres situadas en el extremo superior de la escalera continúa siendo ínfima, sino además que cuanto más grande es la empresa u organización, menos probabilidades hay de que esté encabezada por una mujer: ocupan el 19% de los lugares de los consejos directivos y son el 5% o menos de los directores generales de las empresas más grandes del planeta. Sin embargo, acaparan casi el 50% del empleo y son responsables del 70% de las decisiones de consumo. Luego de analizar la situación en 1200 empresas de 39 países, la OIT concluyó que las mujeres necesitarían entre cien y doscientos años más para lograr la igualdad de género en la dirección de empresas.

Barreras y paredes

Aquí y así estamos. Las mujeres del mundo entero continúan enfrentando obstáculos psicosociales y socioculturales que las mantienen al margen de las posiciones de influencia y poder, tales como los techos y las paredes de cristal. En el primer caso, se trata de barreras verticales que les dificultan llegar a los puestos más altos, en igualdad de condiciones y salario, en organizaciones corporativas, gubernamentales, partidarias o educativas. En el segundo, se trata de barreras de segregación horizontal que relegan el acceso a ciertas áreas: aun si llegan a la cima, las paredes impiden que mujeres lideren áreas como economía, obras públicas, defensa, ciencia y tecnología.

De igual modo, continúan siendo detenidas por suelos pegajosos, esas barreras culturales que “pegan” o identifican a las mujeres con las tareas domésticas y de cuidado tradicionales, obstaculizando sus posibilidades de desarrollo y manteniéndolas en la base de la pirámide económica al requerirles que “equilibren” el trabajo dentro y fuera del hogar.

En vez de pensar que se necesita barajar y dar de nuevo, con otras políticas públicas que incentiven la co-rresponsabilidad doméstica, se pide a las mujeres que hagan malabarismos para balancear y soportar la doble jornada doméstica y laboral, lo que dificulta la promoción profesional. Un reporte de la OIT lo expresa claramente: debido a los estereotipos de género, las mujeres siguen asumiendo la carga de las tareas del hogar y de las responsabilidades familiares con hijos, personas mayores y discapacitados. Eso las excluye del trabajo remunerado o las relega a trabajos de tiempo parcial con remuneraciones que no son beneficiosas. En la Unión Europea las mujeres dedican en promedio veintiséis horas semanales a tareas domésticas; los hombres, nueve.

Las mujeres encuentran también obstáculos institucionales, políticos y económicos, tales como el tipo de listas electorales, la inexistencia de sanciones al incumplimiento de la cuota o las dificultades para financiar sus campañas electorales. En los partidos la constante suele ser ésta: a más poder, menos mujeres. Las mujeres tienen mucha presencia en la militancia pero no en las presidencias o secretarías generales.

Nuestras concepciones estereotipadas del liderazgo y de lo masculino encajan, se reflejan y se refuerzan mutuamente. Las cualidades que asociamos con el liderazgo (ambición, fortaleza, racionalidad, capacidad de decisión y acción, entre otras) forman parte de nuestro estereotipo de lo masculino. No así, en cambio, del de lo femenino. Se produce de esa manera una superposición y equiparación entre los estereotipos de lo masculino y del liderazgo. En otras palabras, según los guiones sociales, el buen líder es hombre.

La máxima “think manager – think male” no sólo rige en el mundo corporativo sino también las ciencias y la academia. En 2015, después de ochocientos años, la Universidad de Oxford nombró a la primera rectora mujer de toda su historia. La Real Academia Española (RAE), luego de trescientos años de existencia, nombró en 2014 a la décima mujer entre sus filas. Para 2015, mientras 825 varones habían sido galardonados con el Premio Nobel, apenas 49 mujeres habían sido consideradas dignas de recibirlo. Únicamente ocho de ellas fueron invitadas a pronunciar un discurso en el banquete Nobel.

Qué podemos hacer

Entre las medidas tendientes a igualar no sólo numérica sino además sustantivamente la inclusión y participación de las mujeres en los espacios de poder político y económico, el Comité de la CEDAW (Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer) recomienda acciones para transformar las construcciones culturales de género.

Para eso se aconsejan programas de capacitación, campañas de sensibilización y el trabajo con medios de comunicación para cambiar los estereotipos de género acerca de lo masculino y lo femenino. En cuanto al fortalecimiento de las propias mujeres para su participación política, se indica la realización de asesoramientos técnicos y programas de capacitación en temas como liderazgo, comunicación y negociación.

No cabe duda: la igualdad de género es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, como en la Argentina mostraron la marcha y el paro de mujeres de hace unos días. Necesitamos involucrar a los gobiernos, las empresas y los partidos políticos. Necesitamos comenzar a incentivar redes de mentoras: detrás de cada mujer, una mujer. Necesitamos transversalizar el enfoque de género en todas las áreas de la actividad humana.
Necesitamos políticas públicas diferentes. Y por sobre todo, necesitamos educar de otro modo, educar en el valor de la igualdad desde la infancia. Lograr no sólo que niñas y niños tengan igualdad de oportunidades de acceso a la educación, sino también igualdad en el aprendizaje de habilidades a través de la práctica del deporte o de la exposición a la ciencia y la tecnología.

Necesitamos educar para derribar estereotipos, para que ninguna joven, mujer o niña tenga que pedir perdón o permiso por ser ambiciosa, por su vocación de lideresa o por perseguir sus sueños.

(*) Investigadora independiente del Conicet, del Instituto Gino Germani de la UBA, profesora en la UBA y la UB . Su último libro es ¿Quién teme el poder de las mujeres? Bailar hacia atrás con tacones altos (Grupo 5)

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