Argentina: El país del futuro necesita una nueva universidad – Por Sergio Romero

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Sergio Romero / El Tribuno

Solo dos de cada diez argentinos de entre 25 y 34 años logra graduarse en la universidad; una de las peores tasas en América Latina. De este modo, vuelve a manifestarse el retroceso del país, que durante un siglo se presentó como líder regional en materia universitaria. Ese 19% de graduados representa un porcentaje muy inferior al 42% de media registrado en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y también al de América Latina: Chile (30%), Colombia (27%), Costa Rica (28%) y México (21%).

Estudiar y graduarse no supone solamente satisfacer una vocación personal. Se trata de una necesidad de las personas y de la sociedad con la mirada puesta en los próximos diez años. Las proyecciones de las universidades europeas y de Estados Unidos indican que “el 58,5% de las oportunidades laborales que emergerán en los diez próximos años exigirán un perfil de empleado con estudios superiores, frente al 39,4% que requerirán estudios medios y el 2,2% que reclamarán formación básica”. En el futuro no sobrará el empleo y las oportunidades se presentarán para los jóvenes más preparados.

Este dato, que es irrebatible, debería ser tema de discusión y análisis por parte de la dirigencia política y las autoridades académicas, pero también de la Conadu, los gremios docentes y el sindicalismo en general.

Detrás de los bajos niveles de graduación se vislumbra la mala formación que los jóvenes acarrean de la escuela secundaria, bajo nivel de comprensión de textos, la ausencia de hábitos de estudio sistemático y evaluación, y también, la falta de objetivos claros por parte de la escuela pública, en cada uno de sus niveles.

El mismo informe muestra que sólo un 14% de los graduados argentinos estudiaron carreras de ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas. Uno de los índices más bajos del mundo.

En los países desarrollados, se recibe un ingeniero cada 2.500 habitantes; en el país, uno cada 8.000. Mientras Chile gradúa 2.000 ingenieros cada 1.000 abogados, en Argentina la proporción es 300 ingenieros cada 1.000 abogados.

Es hora de derribar los mitos que paralizan a la educación argentina y comenzar a repensar el sistema en función de los grandes intereses de la Nación y los derechos de cada persona.

La deserción de la escuela media merodea el 50%. La evolución de la sociedad del conocimiento hace que los conceptos de analfabetismo y exclusión adquieran una nueva dimensión. La escuela debe volver a ser atractiva para los jóvenes y recuperar su prestigio ante la familia. “Mi hijo, el dotor”, título de una obra teatral de Florencio Sánchez, estrenada en 1903, no expresaba un ideal caprichoso ni una veleidad intelectual, sino la voluntad de progreso de los trabajadores y cuentapropistas sin educación y con enorme capacidad de trabajo. Ese ideal es inviable en un país donde el programa escolar queda subordinado a los paros docentes, a las ocupaciones de escuelas convalidadas por padres y por algunos partidos políticos, y al cronograma de feriados turísticos.

La crisis educativa está produciendo una grieta en la que el ideal de educación pública está en riesgo. La educación de calidad, de hecho, se está privatizando. Los padres que buscan una formación de excelencia para sus hijos hacen un esfuerzo para garantizarles continuidad en el dictado de clases. La gratuidad ya no es decisiva. Entre 2003 y 2012, la población universitaria del país creció de 1.489.000 alumnos a 1.824.000; es decir, se incorporaron 335 mil estudiantes. Pero en ese lapso, la matrícula de la universidad pública creció 13,2% (168.000 alumnos más) y la privada, 77,6% (167.000 estudiantes). En las universidades estatales se gradúan apenas 27 de cada 100 ingresantes; en las privadas, el 42% En los países de la OCDE, el promedio es del 70%; En Brasil, entre públicas y privadas, más del 50%; en México y Chile, por encima del 60%.

Mejorar la calidad universitaria debe ser un objetivo nacional. La universidad no debería ser una institución que compense los fracasos del sistema educativo sino un centro generador de ciencia y tecnología. Es un punto clave para empezar a construir una Nodal uación eficiente, equitativa, y que genere expectativas para la gente.

El Tribuno