Las nuevas narrativas revolucionarias – Por Javier Tolcachier​

Mucho se escribe hoy sobre la posverdad, sobre relatos mediáticos intencionales cuya misión no es informar o esclarecer, sino defender la visión del poder. Relatos y guiones que son escritos por usinas financiadas por el mismo poder y divulgadas con apenas algún matiz local por pedantes figurones de utilería periodística.

A dichas matrices responde, por ejemplo, el sarampión pseudomoralista de las derechas contra la corrupción, habilitando así una cacería en los juzgados. La casta judicial, fácilmente manipulable, corrompible y extorsionable, pasa a cumplir tareas antes reservadas a cuerpos de seguridad. Ensuciar la imagen de líderes sociales, desmoralizando a potenciales seguidores o votantes y torpedear la confianza en la política y la organización colectiva como modalidad de transformaciones, es el objetivo de esta estrategia, dejando así el camino expedito al mantenimiento del poder corporativo sobre el todo social.

Aún cuando la palabreja “posverdad” suene a novedad, tales construcciones de sentido no son nuevas. En todas las épocas los detentores de privilegios debieron elaborar argumentos para consumo de los oprimidos a fin de justificar lo injustificable. El emperador o rey descendiente o elegido por los dioses es una reliquia propagandística cuasi insuperable.

Podríamos continuar con otros ejemplos, pero el motivo de las presentes líneas no es abundar en el desenmascaramiento de falsedades que, a suficiente distancia histórica, parecen pueriles y sin embargo, fueron en su época verdades absolutas.

A su vez, los cambios, las revoluciones también requirieron de potentes relatos e imágenes, utópicas primero, posibles luego, evidentes después. Sin tales narrativas, las corrientes humanas no hubieran logrado remover los escombros de los mundos en crisis, más allá del objetivo deterioro social o moral.

¿Cuáles son las épicas revolucionarias adecuadas al presente momento histórico? ¿Cuál es el nuevo Edén, la Roma de ciudadanos libres, la docta Alejandría, la refinada Bagdad, la exuberante Babilonia? ¿Cuál es el camino a la comunidad armónica, el pueblo ilustrado, la sociedad sin clases? ¿Cuál el modelo de Hombre Nuevo, cuál la vibrante utopía?

No parece posible asentar las nuevas narrativas revolucionarias en un racionalismo cartesiano, ni tampoco la ilustración enciclopedista. El aluvión informativo, más allá del caudal de falsedad que contiene, lejos de producir automáticamente indignación y rebeldía, da también paso al aturdimiento, la desilusión, y la desesperanza, todos enemigos de la revolución. La información, elemento imprescindible para la comprensión, no es por sí sola motivación determinante para la acción.

Ante los intentos rebeldes, el relato conservador corre con la ventaja de lo conocido y la desventaja de lo histórico.

¿Cómo acuñar entonces lo nuevo? ¿Cómo entenderlo, socializarlo, extenderlo? ¿Acaso las revoluciones no son animadas siempre por el mismo espíritu de liberación?

Situarnos en el corazón de la época y sus protagonistas es imprescindible para desarrollar una épica acorde al momento actual.

¿Qué pasa hoy?

Las poblaciones experimentan a su alrededor rasantes cambios en la modalidad de vida, colocando a grandes conjuntos en una fuerte inestabilidad. Las mutaciones afectan la vigencia de valores en las que se sustenta la identidad colectiva, que al resquebrajarse da paso a una creciente disolución del tejido social. Ante ello, se produce en las personas y conjuntos una respuesta mecánica, que pretende detener las transformaciones y regresar a situaciones conocidas. Ése es el núcleo de la regresión conservadora y del fundamentalismo que vemos crecer en el planeta.

El sistema alienta además una lógica individualista, competitiva y excluyente que aumenta la segmentación. El ideal es la diferencia, aunque todos crean exactamente lo mismo. La verdad común es reemplazada por la particular, adonde apunta el misil teledirigido de la posverdad a medida. Todo ello debilita las opciones colectivas.

La pirámide poblacional envejece. Coexisten – y opinan – en una misma época, mentalidades vetustas y jóvenes que necesitan modificar la situación de presión que sufren. Esa grieta afecta las posibilidades de cambio.

La economía se volatiliza y automatiza, y la distribución es ineficaz e insolidaria. La concentración capitalista ahoga cualquier posibilidad de existencia digna para las mayorías. La desigualdad requiere que la niebla publicitaria sea aún más espesa. El engaño repetido produce alejamiento de la estructura tradicional, genera indignación, pero también apatía y abstencionismo.

¿Qué narrativa podría insuflar nuevos bríos a la esperanza replegada?

Las nuevas narrativas revolucionarias

Las nuevas narrativas de la revolución siempre se insinúan antes de abrasar y ser abrazadas por los corazones valientes. Están ahí, ocultadas con sutileza o brutalidad por la publicidad decadente.

Cuando el sopor de la manipulación no es suficientemente efectivo, actúa la represión violenta – preludio evidente del final de un statu quo debilitado.

Ante esa amenaza, la Paz aparece como elemento crucial de las nuevas banderas.

Frente a la exclusión – intrínseca al esquema de concentración propietaria – se exige la Inclusión.

Enfrentando la disolución social, es posible ensayar la Complementación, haciendo comunidad desde la diversidad. Frente a la imposición, Horizontalidad. El sueño de los iguales reaparece en el horizonte de la reivindicación.

Ser Con el otro, no contra otro, como otro o sin el otro. Un título que augura un nuevo estado de humanidad.

Ciertamente, las nuevas narraciones incluirán la participación popular, los bienes comunes, la ciudadanía universal y la redefinición del equilibrio medioambiental.

Un mundo sin guerras, sin hambre, sin violencia ni discriminación. Un mundo donde la producción esté al servicio de la necesidad, donde el conocimiento sea un fin en sí mismo y sea compartido libremente. Un mundo en el que existir dignamente esté plenamente garantizado. Un mundo plural, incluyente, de subjetividades solidarias y convergentes.

(*) Investigador argentino en el Centro Mundial de Estudios Humanistas y miembro de su coordinación mundial. Periodista y conductor radial de la agencia de paz y no violencia Pressenza.