Los Mapuches en Chile: historia, cultura y conflicto

Los Mapuches en Chile: historia, cultura y conflicto

¿Son chilenos los mapuches?

Señor Director:

Llama la atención que los medios de comunicación, personeros de gobierno y en general todos los ciudadanos, cuando se refieren al conflicto mapuche sistemáticamente olvidan vincular a estos ciudadanos con la nacionalidad que les corresponde ostentar. Sólo nos referimos a ellos como “pueblo mapuche”, “pueblo originario” o “pueblo indígena”.

Con el mayor respeto que nos merece el pueblo mapuche,
creo que ha llegado la hora de referirse a ellos como “chilenos” de origen mapuche,
y no olvidar que la casi totalidad de los ciudadanos de este país también
tenemos sangre indígena y estamos repartidos en todo el territorio nacional.

Miguel García Huidobro (carta al Director de El Mercurio, 6-10-2010)

Los lectores del diario El Mercurio de Santiago de Chile, el más tradicional y conservador del país, se dividían entre quienes decían que los Mapuches eran exclusivamente ciudadanos chilenos y quienes accedían a otorgarles una especificidad histórica, cultural e incluso política2. Estos eran una minoría. En esos días se conmemoraban los doscientos años de Independencia de la República de Chile con fuegos artificiales, marchas militares y muchos días de fiestas, y en las cárceles del sur de Chile 34 jóvenes presos políticos acusados de terrorismo, completaban casi 80 días de huelga de hambre que tenía al conjunto del país de un hilo. La Iglesia católica realizó una mediación entre el Gobierno y los huelguistas y ellos depusieron su acción. La denominada “cuestión mapuche” se puso en el centro de la agenda política del Chile del Bicentenario. Paradojalmente para un país que se cree moderno, es uno de los asuntos políticos de mayor dificultad de resolver.

La emergencia mapuche

Los Mapuches son el pueblo indígena más numeroso de Chile. Casi un millón de personas se consideran miembros de esa cultura3. La historia del país es inseparable de la historia mapuche. Los españoles los denominaron araucanos y la voz la hizo famosa en el poema de La Araucana, del poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga. Habitaban a la llegada de los españoles un enorme territorio desde los valles al norte de lo que hoy es la capital de Chile, Santiago, hasta donde comienzan las islas del Sur, el Archipiélago de Chiloé. Hoy, habitan en comunidades rurales en el sur de Chile y en menor medida en el sur de Argentina y muchos han migrado a las ciudades. Es un pueblo con una fuerte identidad y que mantiene vivas la mayor parte de sus tradiciones y su lengua.

La sociedad chilena del siglo veintiuno no ha resuelto aún su relación con la sociedad mapuche. El pueblo originario de Chile sigue siendo el grupo social más discriminado, pobre y marginalizado del país. El Estado y la sociedad se encuentran en una encrucijada, o continuar con la política de intolerancia y conflicto que ha caracterizado largos períodos de la Historia de Chile y concretamente los últimos diez años, o encaminarse a superarlo por la vía del diálogo, del respeto mutuo, del reconocimiento, de la reparación del daño histórico cometido. La sociedad chilena, sobre todo conservadora, no tiene una mirada apreciativa de la cuestión indígena, tal como se lee en el epígrafe de este artículo. Se valora la “platería araucana”, ciertos tejidos y artículos de valor arqueológico, pero no se acepta siquiera la idea de que se trate de un pueblo con derechos específicos y diferenciados a los de los chilenos. La política y actuación del Estado no hace más que expresar esta incomprensión profunda de la sociedad criolla.

Los Mapuches, por su parte, han tratado de obtener un espacio en la sociedad y se han opuesto a los intentos reiterados de asimilación que han intentado las políticas del Estado. Durante todo el siglo veinte se organizaron para mantener vivas sus costumbres, formas de vida y cultura heredadas de sus antepasados. En los últimos veinte años, como parte de la redemocratización y modernización del país, la sociedad mapuche ha adquirido renovadas energías y demanda cada vez más un sitio en la sociedad. Se ha producido una suerte de “emergencia mapuche”, sobre todo en el sur del país, la cual no es siempre comprendida por el resto de la sociedad chilena.

Nuevos liderazgos, conflictos ambientales, exigencias de participación y protagonismo, revitalización de costumbres, introducción de la educación bilingüe en las escuelas y la salud intercultural en los hospitales, municipalidades en manos de alcaldes mapuches, gran cantidad y presencia de profesionales, intelectuales y poetas mapuches, son algunas de las expresiones de esta emergencia indígena. Es un proceso de enorme vitalidad que contribuye a aumentar el respeto y valor la diversidad en Chile, un elemento indispensable para una democracia moderna.

El proceso de “emergencia mapuche” no está exento de contradicciones. Hay una larga historia de conflictos y podríamos jugar con las palabras diciendo que es también un conflicto que tiene una larga historia. Los mapuches sufrieron el despojo de sus tierras. Despojo es, según el diccionario, “lo que se ha perdido”. Es igualmente, “la presa y el botín del vencedor”. Es también la acción de desposeerle a una persona o grupo de personas “un bien con violencia”. A fines del siglo diecinueve fueron “reducidos” y buena parte de la tierra del sur de Chile, se entregó a colonos. Durante el siglo veinte hubo relaciones, en muchos momentos, tensas entre los mapuches y el Estado. Momentos de violencia, de discriminación abierta, de intentos de cooptación y asimilación, momentos de esperanza y otros de frustración. Esta es por tanto la historia que quisiéramos relatar. Una historia larga que acompaña a Chile desde su descubrimiento por los españoles y Conquista y una historia corta, de este siglo veinte que terminó y de las últimas décadas en que se ha renovado el conflicto. Es una historia necesaria para entender lo que pasa en la actualidad.

La historia larga

En el sur de Chile la lluvia es permanente. La vida humana es inseparable del tintineo de la lluvia sobre los tejados, las ropas de lana para abrigarse, los “ponchos” para que el agua corra hasta el suelo, las sopas calientes con ají picante para lograr retomar el calor perdido. Probablemente los primeros humanos temieron, en muchos inviernos de temporales desatados, que nunca más surgiera la luz del sol, que el agua subiera hasta cubrir todos los cerros, que la lluvia no parará y que el mar y los ríos se desbordarán en un cataclismo. Ha ocurrido tantas veces que la fe bien podría perderse.

Pero año tras año el ciclo de la vida y de la muerte retomaba su cauce normal. Al invierno caudaloso le sigue el verano plácido, soleado, donde puede bañarse en las aguas dulces de los ríos y las lagunas, sin temor a ser arrastrado hasta las profundidades. Los mitos de origen de los mapuches muestran hasta el día de hoy esa lucha despiadada entre la tierra y el agua, entre la lluvia y las montañas, siempre refugio para los humanos.

Allá en el fondo del mar
en lo más profundo,
vivía una gran culebra que se llamaba
Kai kai.
Las aguas obedecían a las órdenes de la
culebra
y un día comenzaron a cubrir la tierra.

Había otra culebra tan poderosa como
la anterior
que vivía en la cumbre de los cerros.
El Ten Ten aconsejó a los mapuches
que se subieran a los cerros,
cuando comenzaron a subir las aguas.

El agua subía y subía
Y el cerro flotaba y también subía,
los mapuches se ponían cantaritos
sobre la cabeza
para protegerse de la lluvia y el sol,
y decían cantando
Kai, Kai, Kai,
y respondía,
Ten, Ten, Ten,
Hicieron sacrificios y se calmó el agua,
y los que se salvaron
bajaron del cerro y poblaron la tierra

Los volcanes son venerados por los mapuches. Allí habitan los espíritus positivos y benéficos. Al volcán Villarrica le denominaban Ruca Pillán, “la casa de los espíritus” en una traducción literaria y textual a la vez. Los cerros altos comunican a la tierra con el cielo y las nieves altas comunican las aguas de arriba con el mar. Son vasos comunicantes físicos y espirituales que van marcando a los hombres y sus territorios. En la rogativa o Nguillatún, la Machi golpea un tambor, denominado Cultrún, en el que están marcados los cuatro puntos cardinales. Pone banderas de color azul y pinta con azul añil las caras de los participantes, el color de las aguas tranquilas. De este modo se predisponen a reestablecer los equilibrios rotos.

El centro de la cultura mapuche antes de la llegada de los españoles se encontraba alrededor de los grandes ríos del sur de Chile. Podemos denominarla como una “sociedad ribereña”, ya que transcurría a las orillas de los ríos y lagunas que abundan en esa parte del territorio. Por sus aguas remaban en sus canoas, algunas muy grandes, se reunían en hermosos parajes, denominados “aliwenes”, donde realizaban sus fiestas interminables. Era una sociedad opulenta. Una “sociedad sin Estado” donde la cortesía permitía que se mantuviera la paz. Los jefes, llamados “lonkos” o cabezas, dictaban justicia sentados en amplios asientos de madera bajo los árboles. Sus sentencias eran inapelables. Enormes familias poligámicas permitían que se relacionaran todos con todos y que la sociedad mapuche fuera una red entrelazada de parientes.

Todo cambió terriblemente con la Conquista. Ha sido sin duda una de las situaciones más duras y brutales que ha existido en la historia humana: mundos, sociedades, culturas, seres humanos que no se conocían, ni tenían idea siquiera de su existencia. Lo que ocurrió es conocido. Los conquistadores españoles demostraron un ímpetu vertiginoso. En unas pocas décadas cruzaron desde el mar Caribe hasta el estrecho de Magallanes en el extremo sur americano. Su pasar no fue suave sino apasionado, revuelto, codicioso, habría que decir también tormentoso.

En el sur de Chile vivía una población cercana al millón de personas. En menos de cuarenta años se produjo una catástrofe humana y poblacional. Los mapuches fueron diezmados y la población quedó reducida a menos de doscientas mil personas. No se levantará de esa cifra hasta fines del siglo veinte. Las pérdidas por el lado hispánico no fueron pocas y entre ellos sucumbió el Gobernador y Conquistador de Chile, Pedro de Valdivia. El joven guerrero, conocido como Lautaro, lo venció en Tucapel, en el sur del territorio.

La historia de guerras y batallas es interminable. Pasa un siglo y un nuevo gobernador cabalga hasta los llanos de Quilín en 1641, y por primera vez firma las paces en ese histórico lugar. El Rey de España reconoce las fronteras y respeta la vida independiente de la sociedad indígena.

La paz obtenida en los Parlamentos significó un período muy largo de independencia de los mapuches o araucanos. Desde 1598 hasta 1881 van a vivir sin estar dominados a gobierno externo y se regirán por sus propias normas y leyes. Su territorio se extendió desde el río Bío Bío por el norte, hasta las islas de Chiloé por el sur y cruzando la Cordillera por las pampas argentinas dominaron un territorio que se extendía hasta el Océano Atlántico7.

La paz trajo enormes transformaciones en la sociedad indígena. De ser una sociedad de horticultores y agricultores se transformó en una sociedad ganadera. La adquisición del caballo transformó a la sociedad indígena en una sociedad ecuestre. En las Pampas del lado atlántico de la Cordillera de los Andes, se había multiplicado una masa gigantesca de animales vacunos y caballares en estado salvaje. El tráfico de animales, vacunos y caballos, desde las Pampas Argentinas los transformó en comerciantes. Arreaban miles de animales hasta las ferias que se habían establecido en la frontera del Bio Bio. Estos animales convertidos en carne seca, “charqui”, eran embarcados de modo de abastecer los mercados del Pacífico y luego a la reciente California, la Polinesia francesa, Australia y el resto del Océano Pacífico. De este período “mercantil globalizado”, es la enorme y hermosa “platería araucana”, expresión de la riqueza que alcanzó esta sociedad indígena.

La élite chilena va a compartir durante el siglo diecinueve la idea que las migraciones europeas eran la fuente de civilización y progreso que necesitaban nuestros países jóvenes. Con esta idea y considerando que existían “terrenos baldíos” en el sur del país, se fomentó la migración. En la década del cincuenta llegan los primeros colonos alemanes a Valdivia, más al sur del territorio más densamente poblado por los mapuches. En 1866 se hace un intento de avanzar las fronteras por el norte, desde el rio Bio Bio, cincuenta kilómetros hacia el sur hasta el río Malleco, con el resultado de años muy sangrientos de guerras entre el Ejército chileno de La Frontera y los indígenas. Entre 1866 y 1881 hay un período de guerras fronterizas muy agudo tanto desde el lado chileno como argentino. En Chile se construyó una línea de fortines que separaba el centro del país del sur y otra que separaba el territorio indígena del enclave alemán de Valdivia, que se había fundado en la década anterior. Fue un largo período de violencia y una de las páginas más vergonzosas de la Historia de Chile.

La “Pacificación de la Araucanía”, como se denominó esta operación, se realizó en el marco pleno de la legalidad republicana. Decisiones tomadas en el Congreso nacional, presupuestos aprobados, regimientos del ejército regular de la República, coroneles y generales profesionales, etc… No es como puede creerse una historia de aventureros desalmados. Por el lado chileno dirigía las operaciones el Ministro del Interior Señor Manuel Recabarren y por el lado Argentino el entonces Coronel y próximo Presidente de la República Julio A. Rocca. Una operación pinzas, concertada, coordinada, terminó con la oposición “araucana”.

El 24 de febrero de 1881 es fundado el Fuerte Temuco en medio de la Araucanía y el 1 de enero de 1883 se refunda la ciudad de Villarrica que había sido destruida por los mapuches o araucanos hacía casi tres siglos antes. A partir de 1884 comienza el proceso de radicación de indígenas en reservaciones. A las agrupaciones mapuches se les entregan “Títulos de Merced” por esas propiedades. Un promedio de 6 hectáreas por persona. En total se les entregó quinientas mil hectáreas a un poco menos de cien mil indígenas, dejando a muchos sin tierra. Tres mil comunidades o reservaciones fueron constituidas entre 1884 y 1927, en que concluyó el proceso. La rica sociedad ganadera fue reducida a un pequeño espacio, empobreciéndose mediante la fuerza. A partir de esta situación comienza un complejo conflicto indígena en el sur de Chile que dura hasta el día de hoy.

La historia corta

Los mapuches vivieron en estado de libertad hasta 1881. Eran ganaderos y comerciantes de animales. Por lo general eran muy ricos. Los mapuches se empobrecieron por la fuerza del Estado y colmaron su memoria de recuerdos y nostalgias del pasado que habían sido obligados a dejar. Allí se constituye la cultura mapuche moderna. Combinación de nostalgia, resentimientos, y afirmación de su propio futuro e identidad. Se originan sin duda los odios primordiales. Los mapuches son convertidos en campesinos pobres. Entre 1881 y 1927 se produjo este proceso de expropiación de las tierras indígenas y sometimiento a reducciones. Durante buena parte del siglo veinte, los líderes “araucanos”, que así se autodenominaban, luchan por una “integración respetuosa” a la sociedad chilena. Participan activamente en política, llegan al Congreso nacional, donde denuncian el despojo de que son objeto, buscan por todos los medios institucionales obtener un lugar en la sociedad. Son rechazados.

En la década del cincuenta del siglo veinte se producirá el movimiento más amplio mapuche de integración a la sociedad chilena. Venancio Coñoepán, líder indigenista de la época llegará a ser ministro del Presidente Carlos Ibáñez del Campo y numerosos líderes mapuches ilustrados serán elegidos en el Congreso nacional. Este movimiento se unirá a la derecha política chilena.

No conseguirá grandes cosas. No se lograría detener el robo de tierras, las denominadas “usurpaciones”, ni tampoco la pobreza en las comunidades. Como todas las cosas de la vida, ante la discriminación y el rechazo, el péndulo se carga hacia el otro lado y los mapuches buscan a través de los hechos obtener sus reivindicaciones: es el final de la década del sesenta y los años de la Unidad Popular del Presidente Salvador Allende. Se produce una masiva “toma de fundos”, invasión de las comunidades a las tierras que se le habían quitado cuarenta años antes, esto es, a la generación anterior. Hay en ese momento, especialmente el año 1971, una verdadera insurrección de las comunidades mapuches del sur de Chile. Los mapuches vieron en la izquierda política un aliado y en el proceso que ocurría un espacio adecuado para lograr sus reivindicaciones territoriales históricas.

El Golpe Militar de 1973 fue extremadamente duro en el mundo mapuche y ahí está la lista de detenidos desaparecidos y exiliados como mudo testimonio. Luego de un período altamente represivo, la dictadura de Pinochet el año 1978 procedió a la división de las comunidades indígenas. Durante esos años, se dividen todas las tierras comunales, entregándose a cada familia un certificado de “propiedad privada”. Se pensaba que con la liquidación de las comunidades y la entronización de la propiedad privada se debilitaría esa sociedad y perdería su energía y combatividad. La cuestión fue justamente la contraria. En los años ochenta en medio de la dictadura, surgen nuevas organizaciones y se incuba, por primera vez quizá con claridad y fuerza, una ideología que afirma la identidad mapuche en su etnicidad y cultura, relativamente separada de la chilena. La transición a la democracia en Chile se desenvuelve en el sector indígena en el marco político del Acuerdo de Nueva Imperial entre la Concertación de Partidos por la Democracia y las organizaciones representativas de los pueblos indígenas.

Este acuerdo fue solemnemente firmado el año 1989, en Nueva Imperial, pequeña ciudad en medio del territorio mapuche, por el entonces candidato a la Presidencia de la República Patricio Aylwin, el primer presidente del período post-pinochetista. Estaba presente una multitud indígena y prácticamente todas sus organizaciones representativas. En ese acuerdo los indígenas aceptaban transitar a la democracia que se reconstruía por el camino institucional, esto es, canalizar sus demandas por las vías institucionales y no de hecho, como las tomas de tierras, y el nuevo gobierno se comprometía a reformar la Constitución de la República reconociendo la existencia de los Pueblos Indígenas de Chile y dictar una nueva legislación.

19No cabe duda y así es reconocido por todos los sectores indígenas que el año 1990 se abrieron muchas expectativas de que el nuevo proceso democrático incorporaría las demandas indígenas y abriría espacios para una nueva relación entre estos y el Estado. En 1993 se dictó una nueva ley Indígena pero la Reforma Constitucional fue rechazada en el Congreso Nacional. Un enorme conflicto a raíz de la construcción de una represa hidroeléctrica, Ralco, vino a debilitar enormemente la capacidad institucional de la nueva legislación y cientos de familias finalmente fueron trasladadas de sus tierras históricas como parte de la construcción de este proyecto hidroeléctrico [Namancura, 2003].

La expansión de las empresas forestales hacia los territorios donde habitan las comunidades abrió otro frente de enorme conflictividad, lo que condujo a que en el año 1997 comenzará a quebrarse seriamente la vía institucional convenida en el acuerdo de la localidad de Nueva Imperial. Numerosas organizaciones de indígenas jóvenes sobrepasan el marco institucional dado por el Acuerdo y comienza un período de movilizaciones, conflictos y represión estatal. Este es el conflicto mapuche actual.

Expansión forestal y conflicto

“Fortín Mininco” tituló el diario El Mercurio en el mes de Abril de 1999 un ataque, según el periodista, realizado en la noche por una turba de indígenas al campamento en que dormían los obreros forestales de la empresa Forestal Mininco, en el Fundo Santa Rosa de Colpi. La televisión mostró escenas en que la comunidad mapuche de Temulemu se dirigía a invadir las faenas de la Empresa Forestal. Jóvenes mapuches, viejos caciques, mujeres y mucha gente entraban en la madrugada al Fundo. Había neblina y ambiente de película de John Ford, con indios y vaqueros.

Las comunidades de Temulemu y el Pantano demandaban cincuenta y ocho hectáreas que habrían sido usurpadas hace muchos años, y que luego pasaron de mano en mano hasta llegar a la actual empresa forestal propietaria. El corresponsal del diario El Mercurio habló de un nuevo “Chiapas en el sur de Chile”. Los fantasmas recorrieron el imaginario nacional y en Santiago tocaron campanas a vuelo, anunciando una nueva insurrección araucana. Las mismas campanas coloniales que por siglos han visto venir al enemigo desde el sur. Un Ministro en campaña es enviado al igual cómo fueron muchos gobernadores, enviados con anterioridad.

Por cierto que las cosas se caldearon en el sur, como se habían caldeado muchas otras veces a lo largo de siglos. Se incendiaron bosques de pinos, vino la policía. El Estado los acusó de “terroristas” y apresó a los cabecillas y los sometió a juicio. Fue un juicio inicuo. El Juzgado de Angol, pueblo en medio de la Araucanía, donde se estaba produciendo el alegato, determinó que no procedía que el Cacique Aniceto Curín y su gente fueran sentenciados por terrorismo. Los absolvió. El querellante era dueño del fundo invadido, profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, ex Ministro de Agricultura del Presidente Aylwin y Presidente de la Fundación Pablo Neruda, expresión casi absurda del carácter transversal de este tipo de conflictos. Acudió a la Corte Suprema la que anuló el juicio y obligó a repetirlo.

Es la primera vez que en Chile se utilizaron “testigos sin rostro”. Fueron condenados. Estos recurrieron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos la que declaró en el año 2006 “admisible” el caso, señalando que debería pasar a la Corte Interamericana de Justicia. Era evidente para los jueces internacionalistas que no se había cumplido el “debido proceso” y que las acusaciones eran torcidas. En diciembre del 2007, hubo una larga Huelga de Hambre de estos técnicamente “presos políticos mapuches” la que se repitió como se ha dicho en medio de los festejos del Bicentenario de la República, el año 2010.

22La expansión forestal ha sido el foco que desató el conflicto reciente. Se dice que lo único que se puede hacer en esas regiones, es forestar. Sin embargo, el tipo de plantación de pino o eucaliptos que hoy se utiliza en el sur del país es incompatible con los caseríos, con las comunidades y poblaciones humanas. Se prepara el terreno para las plantaciones limpiándolo de todo otro vegetal y muchas veces bombardeándolo con plaguicidas, insecticidas y mata malezas. Sobre ese suelo desertificado se plantan los pequeños árboles muy juntos unos de otros. El bosque crece tupido y nada se desarrolla junto o dentro de él. Por si las liebres y conejos se comiesen los brotes, muchas veces se los envenena para que así en el contacto envenenen a los otros animales. Si durante el crecimiento se descubre alguna plaga, se fumiga con aviones. En fin el predio está cerrado con alambres de púas y los portones con gruesos candados.

23Las comunidades aledañas a esas gigantescas plantaciones no obtienen beneficio alguno y por el contrario perjuicios múltiples. Las napas de agua que sirven para sus vertientes y pozos se pierden ya que esas gigantescas masas vegetales exigen mucho líquido para su rápido crecimiento. Son una suerte de esponja que chupa agua a kilómetros a la redonda. Los campos de los campesinos se secan y cada día les es más difícil realizar sus labores agrícolas. Múltiples otras consecuencias tiene este tipo de plantación para las comunidades vivientes ya que es un sistema ideado para espacios desertificados.

24En el sur las empresas han plantado bosques en lugares donde hasta hacía poco se realizaba agricultura. Hoy día en esas tierras crecen calmadamente millones de eucaliptos y pinos que no dan trabajo a nadie, salvo algún guardia, y que tampoco darán trabajo a “la cosecha” ya que la actividad está mecanizada.

El discurso de la emergencia mapuche

En el origen del conflicto indígena están los elementos históricos que hemos resumido más atrás, la Historia Larga, y estos nuevos antecedentes que aquí estamos consignando, la Historia Corta. A ello se agregan otros elementos de la mayor importancia.

La expansión de la educación escolar en las comunidades es determinante a la hora de comprender el fenómeno que estudiamos. Las generaciones anteriores de los abuelos prácticamente no manejaban la lectura y escritura del castellano. La generación de los actuales “jefes de hogar”, esto es, quienes manejan en forma directa sus predios agrícolas campesinos, tiene un promedio de 3.7 años de escolaridad. Esto es producto que durante casi todo el siglo veinte las escuelas rurales solamente tenían cuatro años de estudio y muy pocas llegaban a seis. El año 1965 se amplió la enseñanza básica a ocho años pero esto llegó tardíamente al campo. En cambio la generación de jóvenes, sobre todo después del noventa se vió ante una gigantesca oferta de becas indígenas, no solamente para cursar educación básica y media, sino para acceder a las Universidades.

Como consecuencia de ello estamos en presencia de una “juventud indígena ilustrada”, que por una parte ha tenido acceso en su niñez a las enseñanzas tradicionales de su hogar y comunidad y por el otro lado también al conocimiento de elementos de la cultura occidental moderna. A ello debemos agregar el uso de Internet que se ha generalizado en la juventud mapuche y sus organizaciones, la relación con lo que ocurre en otras partes del mundo, los viajes de los dirigentes, en fin, la globalización que también ha llegado a las comunidades.

Porque estos jóvenes ilustrados, comienzan a retomar ideas también antiguas pero de manera diferente. Hablan de autogobierno, de autonomía, de autodeterminación de los Pueblos Indígenas. Es un discurso nuevo y desafiante. Los conflictos específicos por las tierras y demandas territoriales se van uniendo de manera compleja con las propuestas de autonomía que surgen de las más diversas fuentes, tanto del propio pasado como de otras experiencias que hoy existen por doquier.

El año 2001 el Presidente Ricardo Lagos ante la situación que tomaba el conflicto mapuche del sur, formó una “comisión”. Se la denominó “Comisión de Verdad histórica y Nuevo trato” y la presidió el ex Presidente de Chile Patricio Aylwin. Se trataba de revisar la historia del país en su relación con los indígenas, no solo los mapuches, para lo que se convocó ampliamente a muchos sectores, quienes gustosos participaron en esos trabajos. Finalmente se pretendía entregar ideas de lo que debería ser el “Nuevo Trato” entre Estado y los Pueblos Indígenas. En ese informe se proponían diversas medidas para entregar a los indígenas y en particular a los mapuches, cuotas superiores de “soberanía” y autodeterminación. Se planteaban sistemas de participación directa en el parlamento chileno, mediante cuotas especiales, territorios en que hubiese formas de autogobierno, una suerte de doble ciudadanía. Era un importante avance en términos de derechos políticos indígenas. Lamentablemente no había en Chile condiciones para “escuchar” o “leer” estas propuestas. Las élites miraron con desconfianza los resultados. El inicio del siglo veintiuno comenzó con una nueva Comisión fracasada.

Pero estos asuntos étnicos no son fáciles ni en Chile ni en ninguna parte. Los jóvenes mapuches han ido adquiriendo conciencia de ser un pueblo diferente al chileno. No significa que al mismo tiempo no sean chilenos, pero marcan su diferencia. El conflicto étnico del sur de Chile está provocando un proceso de endurecimiento creciente de las fronteras étnicas. Muchos intelectuales mapuches discuten hoy día si una demarcación radical de las fronteras étnicas no es una “conditio sine qua non” de un proceso de descolonización. Este proceso de endurecimiento de las fronteras simbólicas va acompañado de una suerte de cultura indígena sacrificial. No es extraña a la cultura mapuche desde sus orígenes. La valentía va unida al sacrificio personal. Pero a ello se une a una cultura cristiana y en particular evangélica pentecostal en que el sacrificio es el camino de la salvación.

El Pentecostalismo ha tenido y tiene una enorme presencia en las comunidades mapuches. En muchos casos se lo puede comprender como una suerte de “modernización” de la comunidad antigua y tradicional. No pareciera extraño por tanto que en el lenguaje del radicalismo indígena mapuche actual se combinen desde expresiones que tienen sus orígenes en el marxismo revolucionario de los años ochenta, a otras que proviniendo del pasado indígena se combinan con formas espirituales propias de las comunidades evangélicas que como es bien sabido llevan ya muchas décadas de influencia en medio de las comunidades mapuches, en particular en la provincia de Arauco.

Un dirigente de la organización Coordinadora de Comunidades en conflicto Arauco Malleco, más conocida como CAM, señalaba lo siguiente: “Todo esta interrelacionado. La lucha por la reconstrucción del Pueblo Mapuche, es la lucha por el RAKIDUAM y el KIMUN. La resistencia en contra de la devastación del “medio natural”, es por el rescate del ITROFIL MOGEN y es, a la vez, la única forma de fortalecer la espiritualidad mapuche. En la medida que se vaya recomponiendo nuestro mundo, nos iremos reencontrando con la esencia mapuche, el ser mapuche. Esto dará mayores grados de identificación, consecuencia y compromiso hacia lo nuestro, lo que en definitiva hará nacer nuevos guerreros. Nuevos guerreros, de la misma calidad de aquellos antiguos, que estén dispuestos, como ayer, a defender el territorio, la independencia y la cultura. Sólo así GNECHEN estará cada vez más presente.”

Un complejo proceso de reconstrucción del lenguaje se encuentra presente en estas organizaciones. Se combinan propuestas, como la cuestión medio ambiental, con otras que provienen de una relectura urbana de conceptos mapuches, tales como, Nguechén, una suerte de traducción del Dios Creador, que da nuevas fuerzas a la lucha de los Weichafe, los guerreros mapuches. Los mismos estereotipos de la sociedad chilena hacia la sociedad mapuche (en este caso araucana), se revuelven en su contra. Se ha dicho hasta la saciedad patriotera que la bandera chilena está “teñida de rojo” por la “sangre araucana” derramada contra España. Las estatuas en bronce de Caupolicán y otros guerreros mitificados están en todas las plazas. Los jóvenes se las apropian y las redefinen. Muchas veces así son las cosas.

2Reencontrarse con la “esencia mapuche” obviamente es una aventura compleja. Podría ser sospechosa de fanatismos, esencialismos, y hasta fundamentalismos. ¿Qué sería esa esencia mapuche? Hay sin duda tendencias espiritualistas y tradicionalistas que señalan una suerte de retorno a una cultura esencializada. Hablan con un lenguaje hermético en el que muchos conceptos mapuches se han transformado en elementos teóricos de un sistema cognitivo reconstruido no pocas veces a través de lecturas de una cierta antropología estructuralista. Una tendencia opuesta de carácter laico y democrático que reivindica con igual fuerza los derechos indígenas está también presente y trata de levantar una alternativa política.

La postura política de un grupo de intelectuales, ante las elecciones presidenciales del año 2009, es la siguiente: “Desde que asumió la Concertación la administración del Estado, […] se han transformado en los administradores del modelo económico neoliberal heredado de la Dictadura militar. Este modelo depredador exige la expansión de las plantaciones forestales en desmedro de nuestras comunidades, nos impone los megaproyectos que desfiguran el País Mapuche, y permiten el saqueo de nuestros recursos naturales. En el terreno económico, que el próximo presidente sea Eduardo Frei o Sebastián Piñera no será más que la continuidad de dicho modelo neoliberal, con todo lo que ello implica en particular para nosotros los mapuche.”

“Sin embargo, en el terreno político y de los derechos humanos los gobiernos de la Concertación tenían, para vastos sectores mapuche, una legitimidad democrática frente a la derecha pinochetista. Por otra parte, la Leyindígena de 1993, que reemplazó la legislación de la Dictadura, fue vista por muchos como un progreso y como una vía para solucionar los graves problemas de pobreza y marginación que nos afectan como pueblo. Pero todo ello es ahora parte del pasado.”

A diferencia de los sectores más “nativistas”, estos sectores “políticos” ven diferencias y matices en las políticas chilenas. A pesar de ello llamaron a votar nulo, sin mayor éxito, ya que en la Araucanía el 2009, arrasó el voto favorable al candidato de la derecha Señor Sebastián Piñera. El actual Presidente de Chile, prácticamente en todos sus discursos oficiales tiene tras de sí a varios personajes del pueblo y siempre entre ellos a una mujer vestida de mapuche. Es la imagen antigua de sumisión y respeto colonial. En Chile es evidente el proceso de “emergencia mapuche” en que se ha producido una ruptura de esa imagen colonial y folklórica: el joven mapuche de hoy no asiente “respetuoso” al llamado de la autoridad y levanta la voz, reivindica sus derechos.

Economía y política de los pueblos indígenas

El debate en la sociedad chilena y que se refleja en las políticas públicas es relativamente sencillo: para una gran mayoría de chilenos y de las élites del poder, los mapuches son “chilenos pobres”. La causa de la etnicidad está en las malas condiciones de vida que allí existen. La etnicidad sería fruto de la ignorancia y se mejora con “desarrollo y educación”. No es casualidad que el Estado y los partidos políticos de manera transversal han sido tan generosos en los programas educativos hacia los pueblos indígenas y en las becas de ayuda asistencial. Muchos de ellos creen que de este modo se disolverán las fronteras étnicas, las identidades y sus demandas. Para un sector mucho mas reducido de las élites, la etnicidad es una realidad factual. Esto le confiere singularidades y por tanto un tratamiento específico al interior de la Nación y su territorio. No es muy diferente a la discusión que ocurre en casi todos los países que tienen en su interior grupos minoritarios concientes de su especificidad.

La política de la Concertación transitó entre ambas visiones. Tímidamente constituyó comisiones para que le propusieran caminos de acción y cada vez que éstos fueron expresados con la solemnidad del caso, no hubo capacidad ni contexto para su implementación. La Reforma Constitucional enviada el año 1991 por el Presidente Aylwin al Congreso Nacional ha sido rechazada una y otra vez y aún (2011) no ha sido aprobada. No solamente la ausencia de mayorías en el Congreso explican esta situación. En las filas de la coalición que gobernó durante 20 años el país tampoco había un convencimiento pleno de esta reforma, más aún, muchos congresistas de las regiones indígenas se oponían de modo soterrado. El Convenio 169 de la OIT después de veinte años de tramitación fue aprobado en las postrimerías del gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, presionado sin duda, por las movilizaciones mapuches de las que hemos dado cuenta en este artículo.

La acción del Estado sin embargo se concentró en medidas de carácter económico y de entrega de tierras a los mapuches. La brecha de escolaridad entre la población indígena y no indígena se acortó considerablemente estando en la actualidad en 8.7 para los mapuches y en 10.3 para el resto de la población chilena. Al nivel de población rural equivalente se ha igualado. Por su lado la brecha de pobreza entre ambas poblaciones, mucho mas comparable, disminuyó entre el 2003 y el 2006 de 11.3 a 5.7 %, lo cual expresa un relativo éxito de esas políticas, en particular de subsidios directos.

En un largo trabajo de terreno realizado en el año 2010 nos llamó la atención por ejemplo, que prácticamente todas las viviendas rurales de las comunidades mapuches son nuevas, producto de un ambicioso plan de subsidios habitacionales. Los planes de electrificación rurales han sido masivos, contando con esos servicios prácticamente todas las comunidades. Hace veinte años la imagen de los indígenas alrededor del fogón en sus “rucas” de techos de paja era una realidad y no solamente un estereotipo. Hoy se las construye exclusivamente para el etnoturismo.

No cabe duda que la acción de desarrollo contra la pobreza indígena es un objetivo en sí mismo. Lo complejo y equivocado es considerar que a mayor desarrollo habrá menor grado de reivindicación étnica. La experiencia de estos veinte años muestra exactamente lo contrario. Los jóvenes mapuches ilustrados no solamente no se asimilan a la cultura generalizada sino que asumiéndola expresan con mayor convicción sus reivindicaciones étnicas. Como ya tantas veces se ha dicho y probado, la “etnicidad activa”, es una consecuencia de la modernidad y no del atraso.

Conclusiones y preguntas

Chile se ha visto a sí mismo como una excepción en América latina y es quizá una de las constantes de su Historia. Incluso el afamado Libertador Simón Bolívar en su Carta de Jamaica, le regalaba a la oligarquía criolla de ese tiempo su carácter excepcional. Los veinte años de democratización política y alto crecimiento económico chileno no han hecho otra cosa que reafirmar este carácter y no son pocos quienes se perciben, y desde fuera los perciben, altamente diferentes al resto de los países latinoamericanos. “No somos indios”, se dice comúnmente cuando algún extranjero mira en menos a algún connacional. La cuestión indígena es por tanto un anclaje no deseado en América latina. Muestra a un importante sector de la población y de las élites que esta sociedad no está exenta de estos asuntos provenientes del más profundo y controvertido pozo de la Historia.

Así como para las élites criollas la cuestión indígena y mapuche en particular, es un asunto no deseado, para los jóvenes y sectores progresistas del país es un tema de la mayor importancia. Es remarcable que las banderas mapuches, las consignas y símbolos son recuperados por sectores juveniles, bandas de música, y grupos que han transformado a los mapuches en una suerte de vanguardia que se opone a las políticas y sistemas neoliberales imperantes. Los días de la Huelga de hambre de los presos mapuches del sur, fueron acompañados de multitudinarias marchas en las calles de casi todas las ciudades del país.

¿Es posible una convivencia en Chile, de una sociedad criolla moderna, o que se autoconsidera camino a una modernidad avanzada, y formas de expresión autónomas de la sociedad indígena mapuche? ¿O cómo dicen los párrafos del epígrafe, se los obligará a la pertenencia a la común ciudadanía sin apelación? ¿O simplemente, como dice otro comentarista también anotado, se los deberá reprimir y “encerrar” hasta que se extingan? Si los mapuches no se movilizan, por cierto que la cuestión étnica desaparece. Es lo que ha ocurrido cada vez que se llega al límite de las presiones como han sido estas huelgas de hambre prolongadas. La sociedad vuelve a olvidarse de su existencia y la “normalidad” se apodera de los satisfechos. Pero la historia que resumidamente hemos relatado en este artículo, y por eso vale el recurso a la Historia, muestra que no ha sido así. Cada cierto tiempo, en una suerte de ciclos trágicos, se rearticulan las demandas, se levantan las movilizaciones y la reacción del Estado vuelve por sus mismos caminos.

Chile en medio de su modernidad, auto-atribuida, tiene en la cuestión mapuche una “asignatura pendiente”. Esta no se reduce solamente a la brecha económica, sino que se refiere centralmente al ejercicio de derechos colectivos a los que apela cada día con mayor fuerza un importante sector indígena.


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