Chile: El honor militar – Por Ricardo Candia Cares

No existe valer militar cuando no hay la necesaria hombría para asumir las responsabilidades en los crímenes en los que está involucrado el ejército y el resto de las Fuerzas Armadas.

La noticia de que el ex comandante en jefe del ejercito Emilio Cheyre aparece como participante en veintiséis Consejos de Guerra, que sirvieron para condenar a muchos chilenos a largas penas de prisión sólo por pensar de una manera distinta, contradice todo lo que arguyó para encubrir ese pasado oprobioso. Por medio de Consejos de Guerra fueron vilmente asesinados un número indeterminado de trabajadores, estudiantes, pobladores, incluso niños, en los primeros tiempos de la dictadura. En esos tiempos la imagen de los oficiales era pavoneándose con la mano descansado en la cartuchera de su pistola, mientras se burlaban de esos jóvenes a los cuales la tropa cortaba el pelo con yataganes. O cuando con esas mismas armas recortaban los pantalones de las mujeres, en plena calle.

Era el tiempo de los fusilamientos secretos. De las torturas en los cuarteles militares. De los desaparecidos en el mar. Y de las casas de exterminio. Era el tiempo de la vergüenza y la cobardía.

Era el tiempo de la venganza de los poderosos en contra de un pueblo que no hizo sino buscar su propio derrotero, en el proyecto patriótico, nacional y popular del presidente más digno de la historia patria, Salvador Allende.

Las Fuerzas Armadas, en especial el ejército, en donde el sumiso subteniente Cheyre ascendió hasta llegar a ser comandante en jefe, durante toda su historia han estado involucradas en las peores matanzas a las que se ha sometido al pueblo. Y siempre, en cada uno de esos episodios que debieran avergonzarlos, el expediente es contar la versión de las masacres escondidas detrás de las mentiras en que se coluden los historiadores, la prensa y la escuela, desde siempre en manos de los mismos poderosos que finalmente ordenaron el fuego asesino, el yatagán sangriento, el riel para hundir los cuerpos.

El grado de subteniente no exime al ex general Cheyre de su rol de cómplice de los crímenes de que se le acusa. Quien escribe estas letras fue casi molido a golpes en un camión del ejército en el cual iba una patrulla de soldados al mando de un subteniente que no recibió ninguna orden, ni fue amenazado por nadie para casi descuartizar a un flaco de quince años, el 19 de septiembre de 1973.

Cheyre es la demostración del abandono que sufrieron las víctimas de la dictadura luego que los nuevos poderosos asumieron el control del Estado, cuando los uniformados decidieron su repliegue táctico y volvieron, por ahora, a sus cuarteles.

Prueba elocuente, cuando no vergonzosa, es la temprana defensa que ha hecho del general Cheyre el ex presidente Ricardo Lagos, una franca apología irresponsable del militar. A la que suma su plena disposición a ser su testigo en los juicios en que se lo procesa por su participación en las matanzas de la Caravana de la Muerte en su paso feroz por La Serena.

Los documentos que incriminan a Cheyre salen hoy a la luz pública comprometiendo su honestidad, al contradecir sus declaraciones anteriores y dando la razón a los familiares que siempre lo han sindicado como actor relevante de esa época. Dicho en buen español, el general ha mentido para ocultar sus responsabilidades.

Estos casos que debieran avergonzar a los uniformados con algún valer y honor, dejan a la vista que jamás ha habido en este país un tránsito a la plena democracia. ¿Cómo es posible construir un país decente cuando importantes autoridades del Estado que se suponen probos y honestos, son a lo menos cómplices de crímenes de lesa humanidad, que no solo no han sido juzgados, sino que han pasado impunes a importantes puestos en la administración del Estado?

Estos episodios increíbles hacen necesario que se reabra el debate acerca de la transición, asumiendo que jamás ha habido un proceso histórico de esa magnitud y alcance institucional.

Lo que ha habido, eso sí, y que ha sido impulsado por todos los gobiernos, es un esfuerzo estratégico por salvar el legado histórico de la dictadura y, en consecuencia, ocultar bajo el manto del olvido sus secuelas más aberrantes, tanto en víctimas humanas como en lo que respecta a la instalación de una cultura esencialmente antidemocrática, inhumana y explotadora.

(*) Escritor y periodista chileno. Estudió Física y Matemáticas en la Universidad Técnica, es asesor del Colegio de Profesores, autor de “El Coa y el Lenguaje de la Calle.