La experiencia de “Almas Cautivas”, organización que lucha por los derechos de la comunidad LGBTI en las cárceles mexicanas

Donde todo es peor

Por Stephanie Demirdjian

La experiencia personal de la mexicana Ari Vera en un centro de privación de libertad en Ciudad de México la impulsó a crear, en 2011, la organización civil Almas Cautivas. El objetivo estaba claro desde el principio: garantizar la dignidad de la comunidad LGBTI que está privada de su libertad en la capital mexicana y luchar contra la discriminación en ese contexto de encierro. Las mujeres a cargo se ocuparían luego de transformar el proyecto en un ejemplo a seguir en el resto del país –y el mundo–.

La presidenta de Almas Cautivas, Ari Vera, nació en la ciudad de Veracruz, a orillas del Golfo de México, pero a los 20 años se fue a vivir a la capital por razones de su “identidad” y de “desarrollo de vida”, según explicó a la diaria en su paso por Uruguay. Aterrizó en el país por invitación de la Secretaría de Diversidad de la Intendencia de Montevideo, que la incluyó en el marco del ciclo de charlas “Intersecciones. LGBTI, plurales y singulares”, que tuvo lugar la semana pasada en el Centro de Formación de la Cooperación Española.

–¿Cómo surgió Almas Cautivas y cuál es el trabajo que realiza en Ciudad de México?

–Almas Cautivas surge precisamente porque yo viví una situación de reclusión, y de una manera injusta. Desde mi experiencia, que fue muy corta –estuve privada de la libertad cuatro meses–, conocí de primera mano lo que viven las personas trans en esa situación. Tengo una compañera que afirma que lo que uno dice por la boca son sentencias que uno emite. Y de manera innata, sin querer, inconsciente, a mí me otorgaron la libertad. Regresé al pabellón donde estaba con mis compañeras de celda, y lo primero que les dije fue: “Queridas hermanas, me están dando mi libertad. Me voy, pero regreso, y regreso para ayudarlas”. A partir de esa experiencia nace Almas Cautivas. Daniela Vázquez, que es la vicepresidenta, estaba estudiando un diplomado en organizaciones civiles y ya tenía experiencia como activista, y al escuchar mi relato, al conocer mi experiencia, entre las dos decidimos formar una organización que apoyara a la comunidad LGBTI privada de la libertad.

–¿Cuáles fueron las experiencias que vivió dentro del centro de privación de libertad que la llevaron a dar ese impulso una vez que estuvo afuera?

–Mi experiencia no es un indicador y no representa lo que viven las personas privadas de libertad. Déjame decirte por qué. Yo siempre he tenido familia detrás de mí. Fui una niña querida, respetada. Al principio, fue difícil hablar de mi transición con mi familia, pero lo entendieron. Siempre fui acompañada, siempre tuve esa cercanía, esa red. Y ese es un factor determinante en una persona privada de la libertad. Yo tenía esa compañía de mi familia, algo que no sucedía con el resto de las personas privadas de la libertad. ¿Qué sucede si no hay alguien? Hay una precarización económica como no tienes una idea; hay un abandono contigo misma; hay un sentimiento de soledad que te lleva a abandonarte a ti misma, a incurrir en las drogas, a caer en relaciones de pareja violentas. Además, tu cuerpo resiente ese abandono. Muchas veces, el estado dental de las personas trans es muy precario, por el mismo abandono o por la droga, que también provoca afectaciones a la salud. Entonces para mí era muy triste, cuando llegaba el día de la visita, que en el pabellón de las personas LGBTI era la única a la que llamaban. Al resto, no. Fue ahí que me di cuenta de la importancia de tener un par, de que alguien vaya y te visite. Aunque no te lleven nada, el simple hecho de decirte “estoy aquí y te estoy acompañando” cambia la percepción de la gente. En mi caso, al sentirme acobijada y protegida por mi familia, por supuesto que no caí en una depresión, no caí en un sentimiento negativo sobre mi reclusión. Pero lo que veía en las demás no era lo que yo vivía. Entonces pensé: mi situación se tiene que convertir en la regla y no seguir siendo la excepción.

–Se puede decir entonces que Almas Cautivas nació, primero, como una red de contención para la comunidad LGTBI privada de libertad.

–Nació a partir de esa experiencia, y lo primero que hicimos fue crear un programa que se llama Alma Generosa, que consiste en recolectar insumos de higiene personal y de cuidado, vestimenta y calzado, y los llevábamos a los centros penitenciarios para repartirlos. Al principio fue difícil, porque la misma comunidad LGBTI decía: “Bueno, ¿qué me va a costar esto a cambio?”. Porque claro, hay desconfianza hacia el otro. Entonces nosotras lo que hicimos fue decirles: “No les vamos a pedir nada a cambio. Estamos aquí porque yo lo viví, estamos aquí porque yo sé lo importante que es tener estas cosas, estamos aquí porque te quiero acompañar y no te voy a preguntar qué hiciste o si eres culpable o no”. Es algo que no nos importa. Es algo que tiene que ver con respetar la dignidad del otro y su vida. A partir de entonces fuimos ganando la confianza de la comunidad LGBTI, y hoy en día tenemos una comunidad muy empoderada, que está haciendo proyectos productivos que están siendo aplicados en el centro penitenciario. Hay personas que incluso mantienen a sus familias gracias a estos proyectos productivos. La idea es que, cuando recuperen la libertad, ellas y ellos apliquen estos conocimientos.

–¿Cuáles son los desafíos que enfrenta actualmente la población LGBTI en los centros penitenciarios?

–Son varios. Con nuestra presencia como organización se ha ido aminorando, pero no significa que ya hayamos erradicado los problemas. El desafío sigue siendo la precarización. Al no tener una familia que te lleve cosas o que te lleve un poco de dinero para subsistir, las personas LGBTI adentro tienen que incurrir en prácticas difíciles para su propia subsistencia. Entre ellas, en el caso de las mujeres trans, tienen que ejercer el trabajo sexual, que muchas veces es pagado ahí adentro por menos de un dólar. Y ellas y ellos lo tienen que hacer para comprarse un champú, un jabón, una pasta de dientes. Otro asunto importante es el tema laboral. Dentro de los centros penitenciarios hay ofertas laborales, pero a las personas LGBTI prefieren no contratarlas. Te pongo un ejemplo. En un taller, una persona trans nos dijo que no la dejaron trabajar en la cocina, porque como tiene VIH pensaron que iba a infectar a toda la población. Aquí se ve cómo el estigma y el prejuicio, no solamente sobre la identidad y la orientación, sino sobre su estado de salud, influyen en una decisión de inclusión en el trabajo. En otra ocasión, una persona homosexual nos dijo que le hubiera gustado trabajar en la maquila de lencería, pero que no la dejaron porque piensan que si se pincha el dedo con una aguja, como tiene VIH, va a infectar a todos. Como siempre he dicho, las cárceles son el vivo y exacto reflejo de la sociedad. Si afuera hay discriminación, adentro esta se maximiza. Si afuera hay violencia hacia las personas LGBTI, adentro se maximiza esa violencia. Si afuera hay violación de los derechos humanos de la comunidad LGBTI, adentro también. Pasa exactamente lo mismo. El trabajo principal de Almas Cautivas es contener, al menos, estos problemas de precarización, de discriminación y de violencia, y, una vez contenidos, comenzar a reducirlos. Pero muchas veces, en nuestro trabajo, nos quedamos cortas. Estamos hablando de las personas que se asumen LGBTI [en Ciudad de México], que son unas 550. Pero es un número absolutamente conservador, porque mucha gente no lo dice por miedo. De ese número, 150 son mujeres trans, lo que sería cerca de 30% del total.

–¿Ha habido avances a favor de la comunidad LGBTI privada de libertad en los últimos años?

–Hemos tenido avances importantes. En materia legislativa, la subsecretaría del sistema penitenciario ha creado un protocolo de atención a la comunidad LGBTI privada de la libertad. Hoy se respeta la identidad de género de las mujeres trans: antes les cortaban el cabello, no las dejaban maquillarse y tan sólo utilizar un labial era motivo de castigo, por ejemplo. Hoy no es así, hemos dado estos pasos. Pero esto sólo es en Ciudad de México, donde hay diez centros penitenciarios. Nosotras somos cuatro mujeres trans que encabezamos la organización y tenemos muy poquitos colaboradores, que no están al 100% porque cada quien tiene sus actividades. Nos faltan muchas manos, pero nos sobra mucho corazón.

–¿Cuál es la realidad en el resto de México?

–La realidad en el resto de México, en cuanto a las personas privadas de la libertad, depende mucho del gobierno del estado, del partido, de si es de izquierda o si es de derecha, de si hay una presencia religiosa fuerte o no. Es decir, si de por sí hay una situación difícil para las mujeres trans o para las personas LGBTI privadas de la libertad en la Ciudad de México, imagínate entonces cómo está una persona en el estado de Guanajuato, que es completamente derechista, conservador y católico. Creo que las cárceles de esa ciudad ni tan siquiera considerarían que existan mujeres trans o que se hable de “mujer trans” en la cárcel.

–¿Tienen pensado llevar Almas Cautivas a otras regiones del país?

–Por supuesto, en algún momento. No sé si expandirnos como organización, pero lo que sí hemos tratado de hacer es que organizaciones aliadas en otros estados se interesen en tomar la agenda. Que no se interesen solamente en el matrimonio igualitario, en el acceso a la salud o en buscar alternativas en materia laboral o empoderamiento económico, sino que también estas organizaciones, que ya tienen un trabajo bastante avanzado y respetable dentro de cada estado, tomen la agenda de [las personas] privadas de la libertad. Es decir, que nosotras nos encarguemos de compartir nuestras buenas prácticas y que estas organizaciones las repliquen. Expandirnos y crear oficinas de Almas Cautivas en otros estados, lo veo un poco más complicado. Imagínate: ni siquiera tenemos oficina ahorita. Apostamos a que otras organizaciones repliquen lo bueno que nosotras hemos hecho y probablemente, y es muy seguro, ellas logren cosas mucho mejores para que nosotras también podamos aprender.

–¿Qué pasa una vez que las personas LGBTI tienen que reinsertarse en la sociedad? ¿Existen programas que acompañen esta transición en el plano laboral o educativo, por ejemplo?

–Esa es una gran pregunta. Nosotras siempre hemos dicho que no podemos hablar de “reinserción” porque hacerlo es partir de la idea de que ya estuviste inserta en algún momento. ¿Cómo vamos a hablar de programas de reinserción de las personas LGBTI si nunca hemos estado insertas en la sociedad, porque siempre nos han mantenido en la periferia? Partiendo de esta idea, no podemos hablar de programas de reinserción. Lo que nosotras estamos haciendo es crear proyectos productivos. Por ejemplo, les fuimos a preguntar a las personas que integran la comunidad LGBTI qué querían aprender. Nos dijeron: “Queremos aprender a hacer chocolates, para vender aquí adentro y porque afuera nos puede servir ese conocimiento”. Lo que hicimos, entonces, fue hacer un taller de chocolatería: cómo hacer el chocolate, cómo hacer mezclas de chocolate, galletas de chocolate, bombones de chocolate, etcétera. Fueron diez sesiones en las que la comunidad LGBTI aprendió a hacer chocolate, y hoy en día están haciendo chocolates dentro de la cárcel; los venden allí o los mandan con sus familiares, las que tienen, para vender afuera. Para los programas de reinserción también tenemos que partir de la idea de cómo ven la cárcel: si la ven como un lugar de tránsito o la ven como un lugar de pertenencia. Por eso hay reincidencia: porque hay gente que obtiene más libertad dentro de las cárceles que fuera. ¿Cómo vemos la cárcel? Tenemos que partir de esta idea, no desde un escritorio donde yo creo, desde mi disciplina, cómo vamos a reinsertar. Preguntemos, para empezar, si estas personas quieren ser “reinsertadas”.

–¿Cuál te parece que sería esa respuesta?

–Algunas dirían que sí, algunas que no. ¿Qué pasa con los adultos mayores que cuando cumplen su condena ya no tienen a nadie? Ya no tienen casa, ya no tienen familia. El único lugar para vivir y donde les pueden dar de comer es la cárcel. Yo he visto cómo personas mayores ruegan para que las vuelvan a recluir. ¿Qué estamos haciendo como Estado para resolver esas demandas? ¿Cómo vamos a reinsertar desde esta visión? Es algo que se tiene que dialogar, se tiene que construir en conjunto; todavía no tenemos la respuesta. Tampoco podemos eliminar los centros penitenciarios. Tenemos que ir reformando para que, poco a poco, los centros penitenciarios, como ha sucedido en algunos países de Europa, se vayan cerrando. Lo primordial para nosotras, nuestro principal trabajo, es garantizar la dignidad de las personas LGBTI en prisión y que no deben ser afectadas en su trato por su orientación sexual o identidad de género. Eso tiene que quedar garantizado aquí y en China.

–Sería ingenuo preguntar, entonces, si las instituciones públicas vinculadas a los centros de privación de libertad incluyen la situación de la población LGBTI.

–Por supuesto que no las incluyen. Me atrevo a asegurar que en la mayoría de los países del mundo los programas de reinserción no lo considerarían un tema transversal como la orientación sexual y la identidad de género. Creo que la mayoría de los programas de reinserción están hechos desde esta mirada bigénero: para mujeres y para hombres, punto. La realidad no es así. Hoy tenemos centros penitenciarios en donde no todos son hombres, porque tenemos mujeres trans, y no todas son mujeres, porque tenemos hombres trans. Entonces creo que las personas trans vienen a romper con el paradigma de los espacios completamente binarios.

–¿Hay algún país del mundo que sirva como ejemplo a seguir?

–América Latina va muy avanzada. Hay muy buenas prácticas en Brasil, donde ya hay una política pública por la que las personas trans pueden elegir, de acuerdo con su autopercepción, en qué lugar estar en el momento de enfrentar una privación de la libertad. Al igual que en El Salvador, donde hay una organización que se llama Comcavis Trans [Comunicando y Capacitando a Mujeres Trans], que también tiene un gran avance en esta agenda política sobre las personas trans privadas de libertad. Lo mismo pasa en Argentina, que tiene un proyecto de ley, que aún no ha sido votado, que establece que las personas trans puedan elegir dónde estar [recluidas]. América Latina va a la vanguardia y ha dado el ejemplo en el mundo. Pero no podemos simplemente confiarnos en que haya instrumentos, sino que hay que asegurarse de que los instrumentos realmente se repliquen y se garanticen en la práctica cotidiana. El gran reto que tienen los sistemas penitenciarios es la formación de su personal. Hoy podemos tener un grupo de personas muy bien sensibilizado sobre la identidad y la orientación, pero si esas personas se van el día de mañana y dejan de trabajar ahí, hay que volver a empezar de cero. Bueno, hasta en los gobiernos sucede así.

La Diaria