Brasil cuida su petróleo – Por Carol Murillo Ruiz

Cada día, por diversas acciones de las potencias hegemónicas nacidas del escenario poscaída del muro de Berlín y reconfiguradas por la -supuesta- globalización del terrorismo de principios del siglo XXI, vemos cómo otras naciones, que no se inscriben en el mapa clásico del capital financiero, emergen en sus regiones para contrapesar una tradición de injerencias de la vieja geopolítica.

Brasil es un país que por su tamaño y su complejidad social tiene en América del Sur características especialísimas, desde el preciso momento de su hallazgo, colonización y posterior independencia. Revisar su historia es revisar la historia de Europa y de -lo que sería- América Latina en un momento clave de la expansión capitalista hace cinco siglos. Hoy las condiciones han cambiado y su influencia se aquilata por su desarrollo y proyección en la economía regional; además del peso político que sus líderes han abonado, a nivel interno y externo, en la última década. Tanto Ignacio Lula da Silva como Dilma Rousseff han tenido un rol esencial a la hora de reubicar a Brasil en el contexto global.

Sin embargo, hace dos meses, un sector de brasileños de clase media protagonizó una serie de protestas que pusieron en entredicho la bonanza brasileña interna. La situación fue enfrentada por la presidenta Rousseff con bastante sobriedad y pragmatismo político. Incluso la visita del Papa, producida en medio de esas protestas, demostró la prudencia política de los brasileños.

La semana pasada Dilma Rousseff fue otra vez noticia mundial porque decidió suspender una visita oficial a Estados Unidos. ¿La razón? Una crisis diplomática bilateral surgida del rechazo que expresó Brasil por el espionaje que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) ha hecho a la propia Rousseff y a la empresa petrolera Petrobras. Correos electrónicos privados filtrados e información relevante -sobre explotación e inversiones petroleras- describen un ambiente que vuelve la mirada sobre los intereses que empujan a las potencias a montar aparatos de espionaje para conocer de primera mano, cómo se mueven los “enemigos” en los ámbitos de la economía, las armas o los recursos naturales.

Ya se sabe que la geopolítica actual depende, en gran medida, del dominio informativo que se tenga sobre las áreas estratégicas de los países con los que se disputan intereses concretos -no solo ideológicos- y que manejar esa “pesquisa”, por fuera de los circuitos políticos regulares, perjudica el funcionamiento de los sistemas democráticos en beneficio de mafias o transnacionales que pretenden suplantar el papel de Estado en la operación de la industria del petróleo, por ejemplo.

Que EE.UU. ponga el ojo en el petróleo del Brasil es poner el ojo en el control de los recursos naturales de los otros. Y la actitud de Dilma Rousseff, a más de condenar el espionaje, apunta a preservar la administración de los recursos naturales de su país; no hay secreto en ello. Que eso genere malestar en el norte a nadie asombra, sobre todo porque también se sabe que en otras partes no solo se espía sino que se inventan guerras para acaparar las fuentes y el mercado petrolero.

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