Con tonito mandón – Diario El Mundo, Colombia

El siguiente editorial responde exclusivamente a la visión de este medio

En la mesa de negociación en La Habana, el Gobierno Nacional le concedió a las Farc la condición de interlocutor legitimado. Aunque pudiera ser discutible, tal cualidad se requería para propiciar unas negociaciones que procuraran el fin del conflicto armado con ese grupo al margen de la ley. Pero 390 días después de haber recibido esa condición para alcanzar un fin específico, esa guerrilla se cree par del Estado para la refundación del país, y así lo manifiestan con hechos como el amenazante panfleto con el que alias Timochenko respondió al discurso del presidente Santos ante la Asamblea General de la ONU.

No es este momento para reclamar cambios de agenda en las negociaciones. Lo acordado fue aceptado por ellos y por el país, que duda pero intenta conservar un resquicio de esperanza por el fin de la violencia de origen guerrillero. Solo en el marco de considerar que las Farc llegaron a esta negociación buscando relegitimarse como actor político de la democracia colombiana y oxigenarse militarmente, y no procurando un acuerdo de fin del conflicto, se explica el reclamo porque “los modelos económico y de democracia, verdaderas causas de la confrontación social y armada, necesariamente deben ser modificados” y la queja de que “nuestros delegados siempre se topan con la actitud gubernamental de considerar que el Acuerdo solo comprende los puntos de la Agenda, a los cuales además insisten en otorgar tal restricción”. Esa pretensión es, por supuesto, inadmisible.

En su airado reclamo al Gobierno Nacional alias Timochenko amenaza con divulgar lo actuado por los voceros del Estado en la mesa de negociaciones, irrespetando el acuerdo de confidencialidad que las partes suscribieron al inicio del proceso, el cual hemos criticado porque le niega a la opinión pública la oportunidad de conocer, comprender y discutir decisiones que posteriormente, como recordó el doctor De la Calle, deberá avalar o negar en un proceso democrático de refrendación. Contra la arrogancia del jefe guerrillero, conviene recoger la seriedad del jefe negociador, cuando precisa que “cualquier revelación no constituye una amenaza para el Gobierno, porque ninguna intervención por parte nuestra se ha salido de las condiciones del Estado de Derecho”.

El motivo de la “ira timochenka” es el discurso de defensa de su proceso de paz y de su concepto de justicia transicional presentado por el presidente Santos ante la Asamblea General de la ONU. El que el primer mandatario hubiese puesto en evidencia, de manera tibia pensamos nosotros, que “ya llevamos un año de conversaciones y hemos logrado acuerdos en tan solo uno de los seis puntos de la agenda” y que es preciso que “la guerrilla entienda que llegó el momento de cambiar las balas por los votos” decidiendo “si optan por una paz honorable y duradera, o si reinciden en la guerra”.

Además de amenazar al presidente, las Farc le indican que serán las primeras que van a usar la coincidencia de las negociaciones en La Habana con el proceso en el que el doctor Santos buscará su reelección, como caballito de batalla contra el mandatario. Alias Timochenko ha iniciado su panfleto señalando que “lo que se acorta en realidad es el tiempo para definir su candidatura a la reelección, y es evidente su afán en exhibir al país un acuerdo de paz”, reclamo que de ahora en adelante van a enarbolar la guerrilla, los ciudadanos que dudan de las posibilidades de un acuerdo, quienes recuerdan que el doctor Santos no tiene mandato para esta negociación y los que nos preocupamos porque se está llevando al país otra vez a la disyuntiva de elegir un presidente según un único espejismo: la paz. El pronunciamiento del jefe del Secretariado General de las Farc es un compendio de amenazas, sofismas y presiones al Estado y a la sociedad colombiana propias de una organización encerrada en sí misma y en sus obsesiones, esta actitud inútil es la que le espera al país y al presidente, si conserva su determinación de avanzar simultáneamente en las negociaciones y en su campaña reeleccionista.

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