Intento de interpretación de Ortega – Diario El País, Costa Rica

El siguiente editorial responde exclusivamente a la visión de este medio

Para nadie, en su sano juicio, dudaría de las intenciones del gobierno de Daniel Ortega en lo que atañe a las relaciones exteriores de Nicaragua. Como tampoco a la utilización burda y grosera del expediente de crear conflictos externos con el propósito de distraer la atención a los problemas internos, en unos casos, a la manipulación de fondos provenientes de ALBA (Venezuela) y la creciente corrupción, en otros, y la utilización de una retórica de “barricada” para mantener entretenido a un pueblo que, por buenas personas que sean, no brillan precisamente por su cultura y educación. Lo cual no es exclusivo de Nicaragua.

Esto lleva años, que son años de cobardía, pues se ensaña en contra de un país sin ejército. No actúa de la misma forma en contra de sus otros vecinos, pues le responderían de forma violenta si invadiera su territorio (aunque sea un humedal donde no hay nada), construyera canales a pesar de la prohibición de la Corte Internacional de Justicia, impidiera la entrada de los observadores costarricenses basado en escusas absurdas, o se pusiera con majaderías como la de decir que recuperará el territorio Guanacasteco, porque históricamente le pertenece a Nicaragua. Con sólo que le enseñaran los dientes los ejércitos de El Salvador u Honduras, se quedaría quietito en el caso hipotético de que tuviera la imprudencia de querer buscarse problemas con ellos.

La izquierda de Ortega no es la verdadera izquierda con fuerte fundamento intelectual latinoamericana. Las transiciones a la democracia desde diversos regímenes autoritarios en América Latina, durante las dos últimas décadas del siglo XX, produjeron alteraciones poco reconocidas en el funcionamiento del campo intelectual y la esfera pública de la región. La vertiginosa modernización tecnológica de los medios de comunicación producida en los últimos años ha venido a acelerar aún más el cambio de roles en la vida pública, por el cual los viejos letrados vanguardistas de la modernidad latinoamericana son desplazados por expertos, blogueros o tuiteros del siglo XXI.

Este es un tema que debe ser analizado desde una perspectiva un poco más amplia.

En los primeros años de la década de 2000, la política latinoamericana dio un vuelco fundamental, gracias sobre todo a la consolidación de Hugo Chávez en el poder de Venezuela. El fracaso del golpe de Estado de 2002 contra el presidente reforzó la alianza de Chávez con Fidel Castro, lo que dio lugar a una nueva geopolítica de la izquierda latinoamericana, basada en la capitalización de la renta petrolera venezolana a favor de los triunfos electorales de líderes, partidos y movimientos afines en la región. El objetivo global de esa geopolítica se inscribía en el viejo propósito de contrarrestar la hegemonía mundial de EEUU, por medio del entendimiento con sus potencias o Estados rivales, como China, Rusia, Irán, Libia o Siria.

Cuando Chávez fue reelegido en 2006, con más de siete millones de votos y una ventaja de tres millones sobre su rival Manuel Rosales, inició un proceso de radicalización «socialista» de la Revolución Bolivariana, que coincidió temporalmente con la llegada al poder de sus más importantes aliados en la región: Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina. Fue entonces cuando la nueva izquierda latinoamericana, formada en la oposición al neoliberalismo de los 90 y en el abandono de modelos ortodoxos como el soviético o el cubano, comenzó a derivar simbólica y políticamente hacia el neopopulismo.

La esfera pública y el campo intelectual, en los países gobernados por estas izquierdas, reemplazan la noción marxista de crítica por el concepto teológico de apología. Los periodistas e intelectuales subordinados a las clases políticas gobernantes en Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, sobre todo, ya articulan una vulgata neopopulista según la cual pueblos cristianos, políticamente homogéneos, siguen con lealtad a sus líderes en una lucha milenaria contra el imperio. Esa vulgata se desentiende, a la vez, del sentido ilustrado del republicanismo bolivariano y del reconocimiento de la diversidad civil, propios de las democracias radicalizadas por el multiculturalismo contemporáneo.

La democracia ha traído a América Latina beneficios evidentes, como la apertura de la esfera pública, la alternancia en el poder, el afianzamiento del Estado de derecho o el avance del multiculturalismo. Pero la democracia, combinada con la irrupción de las nuevas tecnologías y la instalación de gobiernos neopopulistas resueltos a perpetuarse en el poder, ha fomentado también un publicismo político desenfrenado, que mercantiliza las ideas. Lo más curioso es que esa mercantilización es más fuerte y extendida en aquellos gobiernos que se autoperciben y son percibidos a la izquierda del espectro ideológico, toda vez que se identifica estrechamente izquierda con antiimperialismo, es decir, con rechazo a la hegemonía mundial de EEUU.

Izquierda y antiimperialismo, recalcamos, son cosas diferentes, aunque a veces se hayan mezclado en el discurso de gobernantes de izquierda. La izquierda, la verdadera, es altamente intelectual, crítica y actualmente utiliza las lides democráticas para llegar al poder. El antiimperialismo no necesariamente debe unirse a la izquierda, sino que es una reacción ante la fuerza avasalladora impuesta por aquellas naciones que sojuzgan de una forma o de otra a las más débiles, las explotan y manipulan.

El Msc. Manuel Salvador Espinoza J., Presidente Ejecutivo Centro Regional de Estudios Internacionales (CREI) (Nicaragua), señala lo siguiente: existen dos tipos de análisis en materia de política exterior. El primero es aquel que se realiza en función de entender las actividades y estrategias del Estado en este campo y un segundo tipo de análisis, que alimenta a los tomadores de decisión en función de establecer metas y objetivos a conseguir en el plano exterior.

En Nicaragua, en su gran mayoría, el análisis, que se desprende en materia de política exterior suele tener un carácter empírico, motivado básicamente por percepciones políticas antagónicas. El núcleo principal de este tipo de análisis de políticos y funcionarios de los gobiernos ha sido la subrayada simpatía o apatía por actores representativos en el sistema internacional y por fundamentos ideológicos bien definidos. Como producto de esta percepción psicológica arraigada sobre las conveniencias reducidas de relaciones específicas bilaterales, la política exterior del Estado fue convertida por los diferentes gobiernos anteriores en opción de una sola vía en el enorme cruce de caminos de las relaciones internacionales. Y es así, que aun insisten en presentarla en la actualidad. Esta, por su falta de dimensión, su carácter insuficiente y por el egoísmo ilustrado en no ampliar para el resto de la sociedad las oportunidades externas, ha demostrado a través de la historia, ser perjudicial a los intereses de todos los nicaragüenses.

Otro factor promotor del tradicional “Análisis Empírico” es la falta de formación académica en materia de política exterior de cuantos abordan de alguna manera asuntos muy ligados a esta temática. Lógicamente no todos los políticos de la oposición, así como sus funcionarios de gobierno y los hombres de la prensa han recibido una preparación académica en asuntos internacionales o específicamente en materia de análisis (formulación, conducción y evaluación) de política exterior.

Tradicionalmente en cuanto al análisis de política exterior se refiere, en este país muy raras veces, se pueden encontrar en los medios masivos de comunicación el criterio académico, comúnmente y lastimosamente denominado como “el quinto criterio”.

Por lo anterior, no es de extrañar que la política exterior nicaragüense se encuentre entre las más extrañas del planeta. Entre las más llevadas por un populismo mal entendido y peormente aplicado.

Pero hay algo que es peor aún: seguirles la corriente, el juego. Sobre todo cuando fines electoreros entran en el campo de la imagen pública, y se apela al nacionalismo mal entendido como una forma de levantar simpatías hacia un gobierno que se encuentra en el fondo de la apreciación ciudadana. El seguirle a juego a Ortega es, además de perder el tiempo, rebajarse a niveles insospechados. Nuestro gobierno deberá repensar su postura ante este señor tan curioso y pintoresco.

Ya hemos visto cómo, ante las protestas diplomáticas de Costa Rica por las acciones llevadas a cabo por Nicaragua, las respuestas de ése gobierno son siempre “salidas de tono”, mentiras o retruécanos dignos de una comedia lastimera. Pero los equilibrios regionales no auguran nada bueno. Costa Rica está sola ante las matoneadas de este “dictadorzuelo” de opereta, que se dice de izquierda, pero que en realidad de ello tiene bien poco. En lo que sí es ducho es en el manipuleo de la información, dentro y fuera de su país, y lo que más me asombra es cómo, las auténticas izquierdas nicaragüenses, le sigan el juego y se presten a la agresión vulgar y descarada.

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