La salud, la política y los límites – Por Mario Wainfeld

El vocero presidencial, Alfredo Scoccimarro, anunció el buen desenlace de la operación a la que fue sometida la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Con signos evidentes de estar tan conmovido como aliviado, divulgó el parte médico redactado por profesionales reconocidos. La intervención fue preanunciada con un día de antelación. El diagnóstico se informó el mismo día sábado, a pocas horas de comenzar los exámenes médicos. En ese momento, se aconsejó como tratamiento el reposo, esperando que el hematoma remitiera progresivamente. La irrupción de nuevos síntomas llevó a cambiar el tratamiento: operación en vez de reposo. No hubo virajes del discurso, sino de la prescripción médica.

La secuencia desmiente las denuncias sobre desinformación, que fueron tópico opositor alcanzando su éxtasis perverso en un editorial del diario La Nación.

Es habitual (aunque no justificable) la pulsión de los medios electrónicos por el “minuto a minuto”. Quienes realizan cobertura miden los ratings, “necesitan” cubrir los tiempos, traducen su angurria como necesidad del público. Pero no es admisible que ese derrape se transforme en imperativo categórico, sobre todo para quienes se expresan en otros registros. La data se hizo conocer en términos razonables (lo que no equivale a perfectos, ya que nada lo es), no hubo problema alguno de gestión o de gobernabilidad. Durante el fin de semana, por lo demás, los intereses colectivos se diseminaban en la marcha multitudinaria a Luján, el partido de Los Pumas, la previa del River-Boca y su disputa… “la gente” transcurrió su existencia, como es usual. El Estado no se detuvo ni faltaron decisores en los espacios o momentos necesarios.

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La salud presidencial es un tema de agenda pública, debe ser atendido e informado. Sus consecuencias institucionales están fijadas en la Constitución, con la amplitud propia de las normas generales. El mando se transmitió transitoriamente al vicepresidente Amado Boudou. No hubo secretismo como en la ex Unión Soviética o en la Francia durante el mandato de François Mitterrand.

Otros presidentes han sido operados, desde 1983, de urgencia. Carlos Menem de la carótida, con urgencia y riesgo. Fernando de la Rúa sufrió un neumotórax ya electo, pocos días antes de asumir. Y luego tuvo una afección cardíaca. Afortunadamente, ambos se curaron y siguen vivos muchos años después. Por lo que evoca el cronista, se les dispensó en promedio un trato más respetuoso, menos intrusivo, menos teñido por el odio.

La colega Sandra Russo viene diciendo y escribiendo que muchas agresiones a la presidenta Cristina son correlato de su condición de mujer. En estas horas vertiginosas, quedó la impresión de que muchos intérpretes calificados, en especial “formadores de opinión”, olvidaron que es un ser humano, con derechos a respetar, con familiares o allegados cercanos que sufren. Son puntos de vista, claro, en ejercicio de la libertad de expresión. Un valor que existe en grado extremo en la Argentina, del que a veces se hace un feo ejercicio, lo que resalta especialmente en circunstancias dramáticas.

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La mayoría de los dirigentes políticos de cierto nivel se manifestó con prudencia, digna de encomio. Fueron parcos, dijeron lo esencial: el deseo de pronta recuperación. En un sistema de relaciones muy beligerante, haber colado algo más podría haber sonado a sobreactuación o hipocresía. Algunos afearon un poco sus mensajes mezclando el “issue” de la desinformación que, a más de falso, no tiene la relevancia de la cuestión central. El promedio, repitamos, fue satisfactorio.

Los mandatarios de países vecinos y hermanos fueron, a menudo, más cálidos que los políticos locales. La presidenta Dilma Rousseff (que la viene pegando mucho en su discurso en los meses recientes) la describió como “mi amiga” y “amiga de Brasil”. Rousseff es una estadista: sabe lo que dice y por qué lo dice. Su ejemplo resalta dentro de lo fue una tendencia. En pleno conflicto por la pastera, el presidente uruguayo José Mujica destacó las condiciones de “luchadora y militante” de su colega argentina. Lo cortés no quita lo valiente… en otros pagos de la Patria Grande.

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Boudou asumió como presidente interino, lo que habilitó un atajo a la furia opositora, en especial la mediática. El trámite es pura legalidad, lo marca la Carta Magna. La fórmula presidente-vice aúna a los únicos dos representantes del pueblo elegidos por la totalidad de los ciudadanos. Ninguna otra autoridad legislativa, provincial o municipal lo es.

¿Es lícito poner en cuestión a Boudou, sus cualidades políticas o su trayectoria? Claro que sí, todo es debatible en democracia a condición de respetar sus límites y sus reglas. O sea, sin caer en el golpismo o en las conductas destituyentes. Los límites son amplios y generosos, pero (porque) existen. No hace falta apelar a la teoría para mostrar cuándo se violan, la realidad dotó de un ejemplo. Fue la arenga del consultor Jorge Giacobbe incitando (con mínimos ambages) a una movilización golpista a la Plaza de Mayo, justificando una eventual ruptura de un mandato constitucional. Se pronunció, vaya coincidencia, en un canal del Grupo Clarín. El exabrupto (un alarde de sinceridad) no suscitó críticas del surtido elenco opositor, muy veloz a la hora de reprender o señalar con el dedito. Una pena, porque diferenciarse de los energúmenos es un deber de los dirigentes democráticos.

En los medios dominantes, la frontera entre el cuestionamiento despiadado y el ansia destituyente fue orillada o transgredida con mayor astucia, pero a menudo de modo brutal. La política no cesa de funcionar por el estado de salud de la Presidenta. ¿Es demasiado pedir que imperen también reglas de decoro, de contención (o disimulo) de los peores deseos, del anhelo evidente de que la Presidenta sufra o algo peor? Pongamos que es adecuado pedirlo desde el ángulo ético. Pero no suponer que va a ocurrir, si se conoce la estirpe de ciertos emisores.

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Son conspicuas las reflexiones sobre el poder de los médicos y sus recursos, jerga profesional incluida. El parte médico de ayer insinúa sus límites: es lacónico y preciso, custodiando la reputación y previniendo las críticas. Si ellos nada dicen del período de recuperación de la Presidenta, menos lo hará el cronista. Baste apuntar que deberá ser todo lo que haga falta para una plena recuperación. En términos políticos, ese lapso siempre parece largo, máxime en el tramo final de una campaña. El oficialismo no contará (habrá que ver en qué dimensión) con su líder, estratega y figura principal. Un hecho nada menor.

Para sus rivales, en especial para los que tienen perspectivas ganadoras, el cambio de escenario tampoco es una buena novedad. Lo más conveniente para el bonaerense Sergio Massa, el santafesino Hermes Binner y el mendocino Julio Cobos era que nada alterara la inercia entre las Primarias y el 27 de agosto.

Desde luego, el impacto electoral es pura hipótesis, que se tratará de nutrir con encuestas requeridas de urgencia. En cualquier caso, en “los días después” será objeto de análisis contrafácticos tan inevitables como imposibles de corroborar empíricamente.

Lo que el episodio vuelve a resaltar es la enorme centralidad de Cristina Kirchner, en la gestión de gobierno y en liderazgo de su fuerza política. Ese rol, en cierta medida, tiene un momento de inflexión ya fijado. Es el fin de su mandato presidencial, que no puede renovarse conforme la regla constitucional vigente, que no será reformada en el corto plazo.

Una labor forzosa para los dos años venideros es la de construir un candidato o candidata del Frente para la Victoria. El carisma no se transfiere, pero puede institucionalizarse derivando a otro modelo de construcción de decisiones. El ejemplo cercano y más dichoso es la transición del ex presidente brasileño Lula da Silva a favor de Dilma Rousseff. Esto es, construir una candidatura “del palo” que permita continuidad del proyecto con viabilidad electoral. Ese desafío espera al kirchnerismo y a su conductora.

La realidad adelantó algo los tiempos. Primero la política, con la aparición de Massa, un postulante taquillero en las urnas. Luego, la impasse forzada por la salud que da cuenta de cuán insustituible es la presidenta Cristina, que debe ser sustituida en muchos aspectos para 2015. Lo que debe hacerse, como condición de posibilidad, manteniendo firme el mando y alta la legitimidad gubernamental. El fin del mandato no equivale inexorablemente al fin de ciclo, como pregona la Vulgata opositora. Evitarlo es parte de las tareas que esperan a la mandataria, cuando recobre su salud.

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Demasiadas maldades se han escuchado o leído o percibido en estos días. Las circunstancias difíciles son, con asiduidad, reveladoras de las calidades de los protagonistas. Hay quien equipara un percance de salud, que cualquiera puede padecer, con una suerte de castigo divino por el abuso de poder. La estadística no acompaña el razonamiento, tan interesado. Abundan ejemplos de déspotas, dictadores o genocidas que llegaron a edad avanzada: Francisco Franco, Augusto Pinochet, varios jerarcas de la dictadura militar argentina sin ir más lejos.

Otros pavotes asocian el padecimiento con el fin de ciclo. En fin.

En paralelo muchos argentinos, no en forma unánime pero sí muy masiva, sufren por Cristina o le hacen llegar su apoyo y simpatía. No hay acá lugar ni acaso elaboración para pensar en la distribución social o clasista del odio y de la solidaridad.

Por ahora, baste elegir como final de esta columna la consigna que sintetiza la solidaridad y los apoyos.

Fuerza Cristina.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-230901-2013-10-09.html