Entrevista a Mara Lesbegueris, autora del libro ¡Niñas jugando!

Rosa, rosa, no es maravillosa

“Jugar es esa potencia que te permite ordenar internamente, crear, armar mundos ficcionales y hasta subvertir órdenes. Cuanto más se reproduce menos se juega, cuanto más impuesto es desde afuera, menos posibilidades hay de crear”, dice Mara Lesbegueris, autora del libro ¡Niñas jugando! Ni tan quietas ni tan activas (Biblos), en una frase que hace eco de frente a las monocromáticas góndolas que ofrecen juguetes para niñas, la mayoría destinados a mantenerlas quietitas, limpiando, cocinando, maternando o hipersexualizando las figuras femeninas. La misma división dominante entre juegos o juguetes de niños y niñas impone desde afuera una manera binaria de ser y de estar, de relacionarse, que es necesario empezar a plantear como enigma, como tensión, de frente a ese día del calendario que todavía está planteado como “Día del Niño”, invisibilizando desde el vamos a las niñas.

Lola tiene cuatro años y llora y patalea cuando ve a su hermano Facundo con la lista de regalos para el Día del Niño. “¿Qué pasa? ¿Por qué te ponés así?”, le pregunta su mamá. “¡Porque es todo para él!”, contesta con lucidez y sensibilidad. Y enseguida pregunta: “¿Cuándo se va a festejar mi día?”. Algo sigue faltando. Una diferencia que no se nombra y por la cual Lola y todas las niñas quedan subsumidas en la figura de ese “niño universal”. Se sigue diciendo “Feliz Día del Niño”. Pero, ¿y las niñas?, ¿no están?, ¿o no festejan? Esta ausencia en el lenguaje, como si no fuera importante nombrarlas, denota una invisibilidad. ¿Qué significa que no se hable de las niñas y sí de los niños? El lenguaje no sólo es importante en la construcción del pensamiento, también crea realidades. Y en el terreno de lo social y lo simbólico, las niñas continúan fuertemente invisibilizadas en muchos aspectos. El dominio masculino se ve expandido en todos los ámbitos. Lola tiene razón y está bien que patalee y reclame. Porque ya es hora de decir “Feliz Día del Niño y de la Niña” (ídem en las escuelas con el “Buenos días, alumnos”, o los carteles que advierten “Niños jugando”). En el festejo aparecen los juguetes como protagonistas del domingo. Los juguetes también reproducen un patrón estereotipado. Los varones construyen y las nenas decoran podría ser una síntesis del mundo del juguete. Si entramos a una juguetería vemos que las posibilidades en cuanto a productos para las niñas están mucho más restringidas respecto de la oferta que hay para los niños. El mundo de las princesas con todos sus disfraces, las barbies y el despliegue de su monopolio (que siempre traduce una misma estética corporal), la cocinita, la plancha con la tabla de planchar, la escoba y la palita, las valijitas de peluquera, maquilladora y (¡por suerte!) doctora, son algunos ejemplos. Sin embargo, el disfraz de Mujer Maravilla no se encuentra. Para los varones, además de autos, aviones, trenes y naves (viajes para la conquista) hay juegos que habilitan lo científico, las investigaciones, las construcciones y los experimentos. Los disfraces son todos de superhéroes, ni un solo príncipe en contraposición a tanta princesa. En el terreno de los juegos y los juguetes se genera desigualdad y se reproduce que el lugar de la mujer está dedicado al ámbito doméstico y privado. Es decir, más de lo mismo. O tal vez, su origen. “Está naturalizado que el juego de las nenas es tranquilo, sedentario y pasivo. Quizá tenemos que empezar a poner enigmas en esos juegos porque, al tiempo que se enuncia eso, se crea y recrea esa realidad. Las nenas pueden ser tranquilas y pueden ser muy protagónicas y activas, pueden sostener tensiones también, porque los juegos son una manera de corporizarse. Para las nenas los juegos de más salida al mundo público tienen que ver con la maestra y la doctora, pero no está el juego de la ingeniera.” Quien hace esta observación es Mara Lesbegueris, autora del libro ¡Niñas jugando! Ni tan quietas ni tan activas (Biblos). Allí se detiene en el jugar de las niñas para poner sobre la mesa sus problemáticas, marcar las particularidades subjetivas de cada contexto y atender y visibilizar qué pasa en torno de los juegos. En charla con Las 12, la autora, quien además es psicomotrisista, docente y ex integrante del Equipo de Psicomotricidad del Servicio de Psicopatología Infantil del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, agrega: “Las mujeres que hoy en día pueden ocupar lugares ligados a espacios académicos, políticos y sociales han jugado diferente. No creo que hayan jugado nada más que a la casita y a las princesas. Son mujeres que también deben haber ensayado otras cosas en la vida. Por eso es necesario revisar lo discursivo inscripto corporalmente, porque lo que se ‘dice’ y lo que se ‘hace’ opera con tenacidad a través de su actuación, reiteración y naturalización, y encuentran en los juegos un lugar privilegiado de encarnación”. Los juegos no tienen género en sí mismo y, como define Lesbegueris, “jugar es esa potencia que te permite ordenar internamente, crear, armar mundos ficcionales y hasta subvertir órdenes. Cuanto más se reproduce menos se juega, cuanto más impuesto es desde afuera, menos posibilidades hay de crear”.

¿Qué estereotipos reproductivos conlleva la categoría “niñas”? ¿Por qué hay tantas princesas pero pocas heroínas? El mercado arma una fuerte segmentación en ese sentido. Así como a las nenas se les ofrecen los trajes de princesas, para los varones hay superhéroes, no príncipes. Batman, el Hombre Araña, Superman, Capitán América o Flash por un lado, y la Cenicienta, la Bella, la Sirenita, Blancanieves, Aurora y Rapunzel, por otro. Las princesas no tienen madres, son criadas por un papá, y siempre hay una mujer mala, donde se juega la rivalidad, como las hermanastras, la madrastra o la bruja. Tampoco tienen autonomía y siempre son rescatadas por otro. Al respecto, Lesbegueris aporta: “Los valores tradicionales –reproductivos– de una sociedad se mantienen estratégicamente a lo largo del tiempo como un bastión moralizante que asume la pasivización de los cuerpos de las niñas y de sus pasiones. Por eso es necesario corporizar princesas, hadas y barbies, y poco de superheroínas –que para generar temor tienen que hipersexualizarse–. Las princesas, en cambio, encarnan la fragilidad, la idea de inocencia y sumisión”. Muchos de los colores de estos disfraces son rosa, lila, amarillo, colores suaves ligados a lo cálido y desde donde también se construye identidad. “Los colores son marcadores de género”, continúa Lesbegueris. “La ropa es un indicador de la imagen corporal que se va construyendo desde temprana edad. Los colores rosa connotan ciertos deslizamientos de sentido ligados a un ser más suave, más cálido, que corporiza eso. Todo lo que es rosa enternece, se lo vincula con el mundo más tierno y más débil. En cambio, el celeste deriva del azul, que es un color más duro, más oscuro y también se deslizan todos los sentidos en torno de eso, por lo tanto el poder es más azul. Los uniformes de los policías son azules, por ejemplo. Y eso connota esta diferenciación de género que contiene esta fuerte dominación masculina sobre lo femenino.” En las revistas de los supermercados es posible observar en la sección dedicada a los juguetes, que para los varones está disponible toda la salida a la agresividad a través de las pistolas y las ametralladoras, en tanto que el sector rosa es el que está ligado a las nenas. Y si son patines o bicicletas, que también sean rosa o lila, como para suavizar un poco la salida de las niñas a los ámbitos públicos.

Es interesante la idea que desplegás en el libro en cuanto a que “jugar pone en diálogo la esfera de lo íntimo y de lo público”.

–Sí. En muchos juegos tradicionales vemos cómo lo íntimo para las niñas cobra una relevancia particular. Las rondas, los juegos de golpes de palmas, los saltos con soga, por ejemplo, son juegos rítmicos que alientan el contacto y la cercanía entre los cuerpos, la alternancia y la capacidad de espera, con la idea de construcción de un cuerpo abierto y plástico en el intercambio con el otro. En cambio, para los niños varones el afuera es su campo de conquista. Los juegos de confrontación y competencia son una muestra del trabajo de individuación, separación y distanciamiento que efectúan sus cuerpos. Todavía hay escuelas donde los varones hacen su clase de educación física en polideportivos y las niñas en el patio de la escuela. Esas cuestiones es muy difícil no pensarlas ligadas a un futuro generacional de apego y reproducción y/o de productividad ligada al mundo del trabajo.

El juego se construye según los contextos sociales, culturales, familiares y temporales, por eso no siempre se jugó igual. ¿Cómo juegan las niñas hoy?

–Las niñas –las que hoy pueden jugar– se debaten en sus elecciones lúdicas entre juegos tradicionales, juegos de pantalla y otras modalidades que con anterioridad eran “patrimonio de los varones”. Algunas niñas, por suerte cada vez más, comienzan a animarse a conquistar y hacer uso de otros espacios de juego. Ponen a prueba la tensión, la fuerza muscular y la velocidad. Sin embargo, estos cambios no destierran el mundo rosa de las barbies y de las princesas, en el que está subsumida la gran mayoría de las niñas, y que insiste con sus mensajes intentando permanecer sin cuestionamientos profundos.

Pantallas vs. imaginación

En relación con los juegos de pantalla (y la tecnología disponible a la que muchas veces se apela) es necesario indicar que esta tendencia deja por fuera la potencia del juego en tanto acción. Al respecto, Lesbegueris apunta: “La descorporizacion atenúa la corporeidad, resta la experiencia misma del cuerpo. Hay un detrimento del campo de la experiencia porque el juego pasa a estas pantallas donde se juega virtualmente. Se pierde la experiencia lúdica, que es la que me confirma las tensiones, las distensiones, la posibilidad de probar, de crear. Si estoy sentada frente a la pantalla el dispositivo lúdico me dice lo que tengo que hacer. Por lo tanto voy por un itinerario ya marcado. Estoy en constante actitud pero no logra desplegarse en acciones, en habilidades, en gestos inclusive. Estoy todo el tiempo en tensión frente a la pantalla”.

¿Hay un uso diferente entre nenas y varones en relación con los juegos de pantalla?

–Sí, los varones usan mucho más estos juegos. Hay una tendencia a habilitar estos espacios de tecnología más a los varones, esto también es histórico, no sólo en relación con los juegos. Eso trae a veces un empobrecimiento del campo de la gestualidad expresiva, o voces descorporizadas también, que se corporizan con la televisión, hay como un lenguaje y una voz neutra, una prosodia muy particular, como de dibujito animado. Eso quiere decir que hay rasgos de la subjetividad que se perdieron porque yo construyo mi cuerpo en la relación con los otros, primero los otros familiares, los cuerpos del entorno. Eso da una identidad familiar, cultural, pero si yo lo tomo de la televisión es porque no hubo otro cuerpo cercano que me pudo contener.

¿Qué se les habilita a las nenas en estos juegos?

–Las relaciones interpersonales, conversar, intercambiar. Los varones fuertemente juegan contenidos ligados con la confrontación, la persecución, juegos con alto contenido de violencia. En cambio, la oferta de los juegos de red para las niñas es diferente: todo lo que tiene que ver con la estética física, como peinar, maquillar, vestir a la muñequita, o prácticas de maternaje, como salir a pasear a la mascota, hacer las compras en el supermercado, etc. No salen juegos de niñas de confrontación, ni de pelea; eso está para el mundo masculino. Y está tan naturalizado que casi nadie se pregunta sobre eso. Está como transparentado, tal como sucede con las relaciones de poder. La pasividad por un lado y la dominación por el otro. Ahí mismo se están instalando relaciones de poder.

Para poder jugar hay que disponer de un tiempo, de un espacio y hay que poder entrar en sintonía. Pero no todo es tan ingenuo en el mundo de los juegos. Hay situaciones que merecen intervenciones de los adultos, para acompañar, para hacer preguntas, para problematizar desde un lugar diferente, porque de lo que se trata es de construir realidades más equitativas. “Las verdaderas amenazas del jugar, aquellas que no dejan crear ficción y nuevas posibilidades, pueden encontrarse en el prejuicio que fija el jugar de las niñas a un determinado modo de ser y de hacer: tranquilo, sedentario, restrictivo, no agresivo, buscando siempre y de todas formas pasivizarlo. En la medida en que haya más equidad en torno de lo femenino va a haber más libertad para los varones”, subraya Lesbegueris. Es interesante pensar el juego como dispositivo que produce cuerpos que se sujetan o se sueltan a determinadas pasiones. “El jugar no es neutral o ingenuo en lo que respecta a las relaciones de poder que allí se ponen de manifiesto”, remarca la autora. “No necesitamos llegar a la vida adulta para darnos cuenta de esta distribución desigual de jerarquías y para detectar una matriz asimétrica a partir de la distribución desigual de funciones, de tareas y de lugares en función del género. Eso se ve también en los juegos donde estas desigualdades se encuentran fuertemente arraigadas. La violencia simbólica se impone como legítima y de manera arbitraria dispone ciertos hábitos que marcan tendencias en la forma de sentir, percibir, pensar y actuar.”

¿Qué hábitos por ejemplo?

–Gestos como cruzarse de brazos o de piernas, bajar la mirada y sonreír prudentemente, dar pasos cortos, menear la cadera, pestañear seguido, gesticular con las manos, acariciar, etc., distinguen un particular modo de funcionamiento del cuerpo femenino, al tiempo que constituyen significantes con valor simbólico que connotan cierre, dependencia, seducción, sumisión, gracia, contención, afectividad.

¿Y en relación al juego y los juguetes de las niñas?

–Si pensamos, por ejemplo, en el objeto muñeca, vemos que no está hecha para ser arrojada como una pelota –aun cuando se la pueda lanzar–, ni tampoco sirve para luchar –si bien se le puede pegar, o se puede pegar con ella–. Con la muñeca se realizan básicamente actos que incluyen diversas acciones y labores manuales, que alientan acciones e interacciones afectivas vinculadas al maternaje y la domesticidad. Se juega a las muñecas con el cuerpo relativamente estático, quietitas y ocupando poco espacio.

Ideología barbie

¿Cómo analizás la cosificación del cuerpo de las niñas?

–Esta tendencia de des-corporización y fragilización de la que hablábamos antes se refleja también a partir de la cosificación temprana de sus cuerpos mediante la “ideología barbie”. Esa ideología nutre los ideales de representación de sus corporeidades, el festejo de cumpleaños en “spa” donde se promueve el jugar a ser modelos exhibiendo sus cuerpos, o el incremento de fotos y videos con poses sexualizadas de niñas que se suben al ciberespacio, son una de las tantas formas aggiornadas de seguir mostrando el cuerpo como un objeto, sometiendo a las niñas a la dependencia de la mirada de los otros.

La segmentación por género está signada por fuertes estrategias de marketing y del mercado de juguete. Lesbegueris se extiende sobre esto y dice: “La ideología barbie es fuertísima. Por más que intenten ponerte la barbie morocha o la que está en silla de ruedas, siempre la tendencia son las barbies rubias, extremadamente delgadas –que si una las lleva a escala se ve que es una desfiguración del cuerpo de la mujer– que alimenta el imaginario de un cuerpo inalcanzable, porque para poder alcanzarlo lo tengo que enfermar. La ideología barbie inserta a la mujer en el monopolio de la belleza. Propone un ideal de delgadez que es deformante”.

¿Qué nuevos conflictos se dan hoy por hoy?

–Como te contaba, en el contexto de la mundialización de la cultura hay una fuerte tendencia a la descorporización de los juegos. Esto se observa en la disminución de los espacios y tiempos de juego espontáneo, el pasaje a grupos institucionalizados y la pérdida de grupos que se conformaban en los barrios con niños y niñas de diferentes edades. Otro conflicto actual se da en torno de la banalización de los juguetes. La superabundancia de objetos que el mercado ofrece, con características cada vez más sofisticadas, deja cada vez menos espacio para la invención lúdico-creativa. Por eso es posible ver cuartos de niños y niñas colmados de juguetes, y niñas que para jugar eligen simples cajas, telas viejas o las cacerolas de la cocina.

¿Por qué?

–Cuanto más sofisticado es el juguete o el objeto, menos posibilidades de accionar sobre él, y más real es la realidad, en cambio con un objeto informe tengo muchas más posibilidades de crear, de jugar con mi imaginación, de transformar eso acorde con mis deseos y mis intenciones. Lo otro ya está dado por la intención del otro, de empresas que encuentran en el mundo infantil un lugar interesante de ventas. Es totalmente diferente de lo que sucede con una tela, que puede ser tanto una capa como el techo de una casa.

¿Cómo actúa en la función de transmisión jugar a la mamá, ponerse sus zapatos, usar las carteras, chalinas, anteojos, etc.?

–Las identificaciones tienen efecto político. Los procesos de imitación –hacer como– e identificación –ser como otras/otros– constituyen los pilares desde donde las niñas podrán contemplar, hacer, verse y proyectarse. Adornarse como mamá, disfrazarse como las princesas, usar tal o cual look como el personaje de moda, proveen a las niñas diversas imágenes identificatorias para sus cuerpos. Pensemos que el cuerpo vestido es el cuerpo dado a ver. Los modelos de referencias identificatorias femeninas actuales, aun con cicatrices de subordinación, presentan a las niñas nuevos modos de poner el cuerpo en la escena doméstica, política y académica. No sólo la feminidad se encarna frente al espejo. La capacidad de lucha, de trabajo, de resistencia, unida a la sensibilidad reflexiva de muchas mujeres, transforma las figuraciones corporales femeninas, y abre nuevas posibilidades y nuevas escrituras sobre los cuerpos de las niñas y de los niños.

Desprotecciones

La lógica androcéntrica está fuertemente arraigada en los juegos y activa mecanismos de producción y reproducción de poder. Se necesita de miradas que desnaturalicen las relaciones de poder en los juegos para poder poner preguntas. “Más que establecer certezas o categorías que dividan los juegos en femeninos o masculinos, es necesaria una mirada sensible y crítica que pueda sostener sus enigmas”, propone Lesbegueris. “No nos apresuremos a clasificar sus juegos. No nos aventuremos a leer sus acciones y sus actos desde los sentidos bicategoriales sostenidos desde la normatividad heterosexual y patriarcal”, concluye. Para cerrar la charla, un subrayado puntual da cuenta de “aquello con lo que no se juega”, tal como lo llama la autora en su libro. Las niñas en situación de vulnerabilidad quedan fuera de la infancia –por consiguiente del juego y del jugar– y expuestas a experiencias de violencia y maltrato. Desde esa mirada, dice: “Las inequidades educativas en función de la clase y el género, la falta de vacantes en la educación temprana y lo que esto acarrea para sus madres, las difíciles trayectorias educativas de muchas jóvenes, la feminización de las migraciones y las infancias migrantes, los desamparos y desprotecciones del Estado sobre las niñas, jóvenes y mujeres, las infancias encarceladas y sin juegos, la maternidad adolescente, no son producto del azar sino de una estrategia de dominación social sostenida en el tiempo. Es necesario visibilizar aquello con lo que no se juega”.

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