Gustavo Leal, sociologo uruguayo: “Hoy el 56 por ciento del electorado del FA está en el Interior”

Como intelectual orgánico de la izquierda frenteamplista, Gustavo Leal elaboró tres informes para el comando de campaña de Tabaré Vázquez (que integra desde agosto), en los que contrasta los resultados de la elección del 26 de octubre con “los mitos instalados durante la campaña electoral”. Aunque el Frente Amplio (FA) volvió a perder votos en algunos barrios de la costa este montevideana, Leal concluye que no sufrió el anunciado “castigo electoral” de la clase media ni perdió su holgado predominio entre los jóvenes, como anunciaron quienes sobreestimaron la “irrupción inesperada” de Lacalle Pou. Pero la gran novedad –subraya– es la histórica votación de la izquierda en el Interior, “la última estación” a la que le faltaba llegar “en esa acumulación política que emprendió 40 años antes de que se creara el FA”. Con 45 años, Leal forma parte de los cuadros de relevo que incubó la lista 711 de Raúl Sendic. Actualmente revista como asesor del Ministerio del Interior, pero antes fue docente de la Udelar, coordinador de la Ong El Abrojo y responsable del diseño del programa Canelones Crece Contigo.

—El FA obtuvo el 47,8 por ciento de los votos, la mayoría parlamentaria, y triunfó en 14 departamentos. Esa sería la foto. Pero en la película perdió un senador y el 0,2 por ciento del electorado con respecto a 2009, elecciones en las que ya había perdido un porcentaje de votos respecto de 2004. ¿Cómo evalúa esa tendencia?

—El resultado electoral se encuadra en una tendencia general que marca el predominio del FA en los últimos 25 o 30 años, con efectos marginales que explicarían lo que se perdió en Montevideo y Maldonado en 2014. Pero en términos globales el FA es el partido político más sólido de Uruguay, tanto por su composición electoral y etaria, como por su despliegue en capitales, pequeñas localidades, y ahora en zonas rurales. Ningún otro partido tiene esa capacidad. El Partido Nacional (PN) cada vez más es un partido de gobiernos locales, sin capacidad de acceder seriamente al gobierno nacional y con la misma composición electoral que hace 40 años: el 70 por ciento de su electorado está en el Interior y el 30 en Montevideo desde 1971. Y el Partido Colorado (PC) está a la deriva, con un caudal electoral más cercano al Partido Independiente (PI) que a los blancos.

—Esa solidez del FA ¿le ha permitido construir una hegemonía realmente de izquierda en Uruguay?

—El FA tiene una capacidad de liderazgo en las ideas muy potente desde hace unos 15 años. Si ese liderazgo se convierte en hegemonía va a depender del proceso histórico, porque la hegemonía cultural, política o social no se puede medir en un quinquenio. Quien lo haga es un mal fotógrafo, eso hay que filmarlo en períodos largos. Una cosa es el caudal electoral mayoritario, y otra es tener hegemonía. La hegemonía se logra cuando el relato político, social y cultural es cada vez más contundente y obvio para la sociedad. Y todavía hay terrenos en disputa, como mostró la baja de la edad de imputabilidad. Recién ahora que triunfó el no a la baja hay condiciones para construir hegemonía en torno a la seguridad. El FA ha construido hegemonía, por ejemplo, con relación a las empresas públicas. Pero en otras áreas, como en los temas ambientales, el país tiene relatos divergentes y todavía no hay un proceso de construcción de hegemonía. En rigor tendríamos que hablar de hegemonías, en plural, porque decir que hay hegemonía sería una visión demasiado totalizadora y autoritaria.

—Uno de los mitos que busca desarmar es que durante la campaña electoral se construyó la idea de que el crecimiento del FA entre los jóvenes estaría agotado y que Lacalle Pou representaría a los jóvenes. Contra ese pronóstico, el 58,5 por ciento de los menores de 30 años votó al FA. ¿Pero cómo fue la evolución del voto joven con respecto a 2009?

—Mi informe está hecho sobre los votos de 2014, no conozco un trabajo similar hecho en 2009, porque el estudio del voto joven es muy engorroso. No tenía los datos de referencia de los habilitados para votar en cada circuito según sus edades en 2009. Y si hubo variaciones fueron marginales. El mito decía que el FA habría parado de captar a los nuevos votantes y que la “moderna campaña” de Lacalle Pou expresaba la sensibilidad de las nuevas generaciones que lo respaldarían. Incluso se dijo que los nuevos electores se dividirían casi por mitades entre el FA y la oposición. Y eso no pasó. Lacalle Pou captó una adhesión muy baja entre los nuevos votantes, y el FA sigue siendo el partido con mayor capacidad de captar el voto joven: obtuvo el 58,5, frente al 27,2 del PN, ganando en los 19 departamentos entre los menores de 30 años.

—¿Lacalle Pou no representó entonces una renovación para los jóvenes más despolitizados?

—Ese es un análisis muy de clase media de avenida Italia al sur. La mayor parte de los jóvenes no viven en los barrios costeros donde mejor votó el PN, sino en los barrios populares o más periféricos, donde el FA alcanzó entre el 50 y el 75 por ciento de los votos. En Montevideo el 68,5 por ciento de los menores de 30 años y el 71 por ciento de los menores de 24 años votaron al FA. Lacalle Pou irrumpió de forma inesperada, pero no representó lo moderno ni la renovación. Causó sorpresa, y generó una sensación de cambio. Pero muchos analistas se olvidaron de todas las bibliotecas que existen sobre el cambio cultural y convirtieron un proceso de irrupción inesperada en un proceso de raíces profundas. El error teórico grueso fue creer que la estética y la imagen de Lacalle Pou eran determinantes. Esa fascinación ocurrió en ciertas elites que vieron una realidad paralela durante estos meses. Lacalle no tiene un relato moderno de la sociedad; es más, se define a sí mismo como un liberal conservador. Cuando se le preguntó por la ley de ocho horas para los trabajadores rurales le salió del corazón lo que pensaba, después trató de corregirlo. La novedad fue que un conservador joven desplazara a los caudillos y al núcleo herrerista duro, que vio en él una oportunidad de cambiar la histórica vocación del PN de acceder sólo a gobiernos locales.

—Otro mito al que ataca es que la clase media montevideana iba a castigar electoralmente al FA, algo que afirma que no pasó. Ahora, ¿el FA no viene perdiendo terreno en los barrios costeros frente a la suma de blancos y colorados?

—Analizar a blancos y colorados juntos es forzado, en rigor no votan juntos. Si mirás barrio a barrio, el FA perdió en Villa Biarritz, parte de Pocitos, Punta Gorda y una zona de Malvín. Y el PN creció ahí a expensas del PC. El mito era que el FA sufriría el castigo electoral de la clase media montevideana por el Irpf, la inseguridad y un supuesto convencimiento de que se había beneficiado a los pobres y no a los que trabajan. Pero los resultados electorales no muestran que haya sido castigado por la clase media. Y si vemos por barrios, la disminución que tuvo el FA fue muy homogénea en toda la ciudad, excepto en Carrasco, donde cae un 5 por ciento. En porcentajes, el caudal electoral es casi el mismo que hace cinco años.

—Sin embargo el FA perdió 21 mil votos con respecto a 2009 en Montevideo.

—Montevideo perdió población entre 2009 y 2014, y por eso perdió un diputado. Lo que hay que comparar son los porcentajes, no los votos. Perdió 21 mil votos, pero también perdió población.

—Precisamente, en porcentajes, en Montevideo bajó de 55 a 53,5 por ciento de los votos

—Sí, perdió ese pequeño margen de votos en Montevideo, pero no es significativo.

—¿A qué se puede atribuir esa pérdida, que se suma a la pérdida de 2009?

—Creo que en Montevideo hubo un corrimiento hacia los partidos más pequeños. Pero no me animo a hacer una interpretación de un fenómeno sobre el cual se hicieron muchas hipótesis, aunque terminó siendo marginal. La pérdida es muy pequeña como para inferir de ahí un fenómeno político.

—En otro de sus informes concluye que el crecimiento de la izquierda en el Interior tiene una importancia estratégica comparable al acceso a la Intendencia de Montevideo en 1989.

—La gran novedad de estas elecciones fue que el FA abrió las porteras del Uruguay profundo, saltó sus alambrados y alcanzó una votación histórica en el Interior, particularmente en las pequeñas localidades y zonas rurales. Es probablemente la última estación a la que le faltaba llegar a la izquierda en esa acumulación política que emprendió 40 años antes de que se creara el FA, como explicó Julio Castro en un artículo que publicó en el semanario Marcha en 1971, titulado “Una larga marcha”. El FA alcanzó en 2014 una distribución de votos equivalente a la distribución de la población en el país (60,8 por ciento reside en el Interior y 39,2 en Montevideo). Hoy el 56 por ciento del electorado del FA está en el Interior.

—¿Qué papel jugó Mujica en ese crecimiento?

—Si miramos en perspectiva histórica, el FA tuvo prácticamente la misma cantidad de votos en el Interior entre 1971 y 1994. La primera vez que Tabaré hace campaña nacional en 1994 duplica su electorado en el Interior. En 2004 hubo otro punto de crecimiento potente. En 2009 el electorado casi que se mantuvo en el Interior, y ahora en 2014 vuelve a crecer con fuerza.

—¿Lo atribuye más a Tabaré Vázquez?

—No, porque Mujica también sumó… A ver, responde a un proceso de crecimiento sostenido en el tiempo, donde el FA revirtió su matriz montevideana, pero no es un proceso que se disparó ahora. Que dentro del menú electoral de la izquierda Mujica sea el que tiene mayor adhesión en los más pobres o en el Uruguay profundo no quiere decir que el efecto sea sólo por él. Este nuevo impulso en el Interior también se explica por la descentralización, las políticas culturales, el acceso a la luz y el agua en el Interior profundo, el régimen de ocho horas para el trabajador rural, la política económica y el dinamismo agropecuario. Pero es el fruto de una “larga marcha” en la que hubo varios hitos. El crecimiento del FA en el Interior comienza en 1994. El FA tiene por primera vez en 2014 un despliegue territorial más homogéneo: en relación con 2009, crece 6,5 por ciento en las áreas rurales, 4,5 en localidades pequeñas de hasta mil habitantes, 3 en localidades de hasta 5 mil habitantes, y 1 por ciento en las capitales departamentales.

—¿No está creciendo hacia el Interior y cayendo en los departamentos costeros donde triunfó más temprano, como Montevideo y Maldonado?

—No veo un proceso donde se esté estirando la sábana hacia el Interior y se esté dejando al descubierto la costa, o que esté cubriendo los pies y dejando al descubierto la cabeza. No es así. Perdió votos en Montevideo y Maldonado, pero en el área metropolitana aumentó su caudal electoral porque creció en San José y en algunas partes de Canelones. Hay vaivenes, porque una vez que se conquistó un electorado no significa que se lo guarda bajo llave.

Los descontentos de izquierda

“Amplifican su malhumor, pero no se organizan políticamente”

—Crecieron los partidos de la izquierda extrafrenteamplista y se duplicó el voto en blanco y anulado. ¿Cómo evalúa eso?

—El voto en blanco se duplicó: pasó de 23 mil a 43 mil votos entre 2009 y 2014. Pero fue un fenómeno nacional, no sólo de Montevideo. El voto anulado aumentó un poco menos. Lo que no sé es si el voto en blanco y anulado es de izquierda, porque una parte es estructural y siempre ha habido, lo que hay que ver es cuándo ese margen aumenta. Lo que no hay que negar es que existe un electorado de izquierda que no se ha sentido conforme. Esa disconformidad es como un caleidoscopio, tiene varias razones, lo que hace difícil categorizar a los descontentos. Amplifican su malestar a la hora de votar, pero a la hora de actuar no se organizan políticamente. Tienen capacidad de generar discurso social y amplificar su malhumor en ámbitos de elite. Lo digo con respeto. Acceden a cajas de resonancia que hacen pensar que el fenómeno fuera más amplio, y algunos analistas forman parte de ese malhumor.

El giro a la izquierda

“Es una discusión de perfilismo individual o sectorial”

—Si tras diez años en el gobierno casi la mitad del electorado renueva la confianza en el FA y vota opciones más recostadas a la izquierda, ¿es posible concluir que hay una demanda más clara de girar a la izquierda?

—No creo en el giro a la izquierda. El programa del FA es de izquierda. Antes que autoproclamarse de izquierda importa la capacidad de hacer reformas y gestionar con una lógica transformadora a la sociedad. Esta preocupación constante de señalar quién es más de izquierda no permite ver qué ideas son posibles de concretar o qué ideas serían más transformadoras o divergentes respecto a lo que ya se está haciendo. Lo del giro a la izquierda es más un perfilismo discursivo, individual o sectorial, que una realidad, ¿qué significa ser más de izquierda?

—Quienes hablan del giro a la izquierda insisten, por ejemplo, en aumentar la carga tributaria al capital y bajar la del trabajo, o en colgarle más condiciones a la inversión extranjera.

—Honestamente me parece que es una discusión de perfilismo. No escuché divergencias sobre qué se va a hacer en ese tema en el congreso del FA. La reforma tributaria es flexible, pero tiene que estar acompasada por procesos de consolidación, no la podés toquetear todos los días. Además, veo problemas para medir la temperatura de quienes supuestamente girarían a la izquierda, porque algunos de ellos, por ejemplo, no acompañaron al inicio la agenda de derechos; y quienes sí lo hicieron no serían los del giro a la izquierda. Es parte de la etiqueta publicitaria que algunos se ponen, pero hace mal porque el debate de ideas pierde densidad. Las etiquetas no aportan, es una retórica vacía. A las etiquetas las prefiero para los buenos vinos.

Brecha