Una sociedad partida – Diario El País, Uruguay

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Después de diez años de gobierno del Frente Amplio, y de varios gestos de continuidad del presidente electo, no cabe duda que lo peor que nos pasa y que según parece nos seguirá pasando, es vivir en una sociedad partida, con una enorme grieta que se profundiza cada vez más entre “ellos y nosotros”.

El Uruguay podrá recuperarse de su economía remozadamente intervencionista, podrá devolver la presión fiscal a guarismos lógicos, podrá volver a jerarquizar los derechos de propiedad continua y deliberadamente agraviados, o a defender los derechos de la familia. Podrá recuperarse de todo esto, o aun de su improvisada política exterior; de todo esto se saldrá algún día en poco tiempo. En cambio hay un mal, la zanja entre orientales, que es lo peor que nos pasa.

El frenteamplismo refundacional, que es una suerte de nueva cultura, ha logrado partir al país entre los que tienen toda la verdad, ellos, y el resto, que seríamos una suerte de traidores u obcecados que hay que reeducar. La ética democrática, que nos obliga a considerar que el otro, el de cualquier partido, tiene puntos de vista tan aceptables como el nuestro, esa ética se viene reemplazando por la del resentimiento. La zanja, que va discriminando entre los que creen detentar el copyright de la verdad o del bien, y el resto.

La conducta que de esta cultura deriva no reconoce el pluralismo, no admite la rotación de partidos en el poder, no cree en una sociedad como aquella en la que del brazo y por la calle se compartían espacios y afectos con los circunstanciales adversarios en controversias políticas. Todo eso se viene perdiendo. La supremacía de lo político sobre lo jurídico de Mujica, no es otra cosa que la imposición antidemocrática de la voluntad de una accidental mayoría por sobre el resto de la sociedad, una imposición espuria que no soporta la sujeción a las reglas cuando molestan, como se ha hecho toda vez que el gobierno participa en campañas políticas, o desconoce pronunciamientos, o se molesta con los límites de la Constitución o del Poder Judicial.

Hemos asistido a linchamientos mediáticos y agravios chabacanes sostenidos por el poder etático y, especialmente, se empieza a sostener un doble estándar de moralidad pública, o de moralidad a secas, según el color del involucrado. Son los derechos y los izquierdos humanos como señalaba el Dr. Abreu.

Así, consideran correcto reparar a quienes hace décadas fueron perseguidos por sus ideas; en cambio no les parece mal echar gente y convertir oficinas enteras de ministerios en verdaderos comités de base; o negar homenajes a Vargas Llosa o al Dr. Mariano Brito, por sus ideas. Es el doble estándar en los juicios, que lleva a tolerar los robos si son en Carrasco o Punta del Este, o a dejar de considerar un valor social el progreso económico debido al trabajo, al esfuerzo —llegar a la casa propia, a la de balneario o al cachilo— para en cambio asalariar la pobreza o convertir en derecho, el otorgamiento de un ingreso que con resentimiento se quita a otro.

El ascenso social producto de la educación y el esfuerzo ya no parece un valor, menos aun cuando ya se anuncian más impuestos para redistribuir, como si tener bienes fuera un antivalor, y no tenerlos una fuente de derechos.

Pero la zanja que se va construyendo —esto es peor— necesita de un relato oficial que vaya explicando cómo es que los buenos hoy están de un lado y los malos de otro. Así se miente con los tupamaros al no señalar que se levantaron contra una democracia, se miente respecto del golpe de estado y del papel histórico de los partidos tradicionales, y se construye una nueva moral que, como en el caso de la educación sexual, pretende marcar nuevos valores sin considerar ni a los padres —totalitarismo— ni a la Iglesia.

El presidente electo profundiza esta zanja cuando nombra a las autoridades del Ministerio de Trabajo, reconocidas por pertenecer a una lógica de resentimiento de clase. Pero nos desilusiona más aun cuando impulsa una ley de medios que establece que habrá una institución superior —no importa quién o cómo se integre— que podrá juzgar contenidos según afecten a los niños, o a quien sea, es igual de inaceptable.

Dos medios Uruguay no hacen un Uruguay entero. El presidente electo tuvo, en realidad aún tiene, la oportunidad de tender puentes con la oposición y más aun, entre esos dos países, a estas alturas dos culturas, que van profundizando una zanja que poco a poco va a hacer crecer las rejas interiores, las peores, que abroquelan a cada Uruguay en su lógica excluyente.

El País