Argentina: miles de personas exigieron justicia a seis años de la desaparición de un joven

A seis años del secuestro, asesinato y desaparición de Luciano Arruga miles de personas marcharon por Lomas del Mirador repudiando la violencia institucional. De cómo se consolida un ícono y de porqué hoy su cara está en todas las paredes y es un ejemplo que no para de enorgullecer.
El dolor de familiares de quienes ya no están pero se materializan en abrazos y se transforman en fuerza para la lucha por la paz, la libertad y un mundo lleno de oportunidades. Miles de personas marcharon en el mediodía del sábado por las calles de Lomas del Mirador a seis años del secuestro, asesinato y desaparición de Luciano Arruga en manos de integrantes de la “maldita policía 2”. Su hermana, Vanesa Orieta, arengó las tres horas en que duró la caminata, alertando a vecinos y vecinas de que el hostigamiento y el asesinato de pibes (y pibas) humildes es una práctica sistemática de las fuerzas represivas del Estado democrático en complicidad con los poderes políticos y judiciales.

Sacudir la cotidianeidad. Señalizar la tortura y el horror

Cerca de las 11, familiares y amigos de Luciano Arruga y de otras víctimas del gatillo fácil y la violencia institucional, junto a organismos de Derechos Humanos, organizaciones sociales y partidos políticos, comenzaron a recorrer las calles de Lomas del Mirador con los objetivos de denunciar, señalizar y visibilizar a la comunidad cada uno de los espacios donde se sucedieron los padecimientos y la muerte de Luciano. “Esta es una muestra de que estamos vivos, en pie y que no tenemos miedo”, decía Vanesa Orieta desde la cabecera de la marcha, “muchos de nosotros sufrimos el abandono de parte del poder político, por eso es necesario acompañarnos”, porque “somos los humildes, hacia quienes está dirigida la represión, somos nosotros los que podemos cambiar el mundo”.

Se partió desde Perú y Pringles, esquina donde se encuentra la plaza Luciano Arruga, que lleva el nombre de “un villero que se negó a robar para la policía bonaerense” como lo significa amorosamente su hermana, Vanesa Orieta, a una cuadra de su casa, en el Barrio 12 de octubre y al ritmo del “yo sabía que a Luciano lo mató la policía asesina”. “Nuestros enemigos son las policías torturando a nuestros pibes, son los políticos que generan discriminación y criminalización, son esa justicia de mierda a la cual le llegan nuestras casusas que nunca avanzan” decía Vanesa a poco de iniciar la caminata, “abramos nuestras bocas, gritemos con bronca y reforcemos esta democracia que tiene que ser justa, en la cual los pibes puedan acceder a todos sus derechos y en la cual las familias puedan obtener justicia y condenar a los responsables materiales, policiales, políticos y judiciales”.

El hoy espacio para la memoria “Luciano Arruga”, en Indart 106, fue el primero de los puntos que señalizó la caravana. Ex destacamento policial de Lomas del Mirador, fue centro clandestino de detención y torturas en democracia y lugar donde Luciano fuera secuestrado durante diez horas y golpeado por efectivos tres meses antes de su desaparición, el 28 de septiembre de 2008, en presencia de su madre y su hermana. Las hojas del libro de guardia de esa noche estaban arrancadas, otras borroneadas o con enmiendas con el fin de ocultar las detenciones ilegales que integrantes de la policía de esta localidad de La Matanza realizaba en forma sistemática. Hoy en memoria de “un pibe de barrio” para este lugar se proyecta el funcionamiento de un espacio cultural y de difusión de los DDHH.

Le siguió en la señalización, el actual destacamento policial, ubicado en un predio sobre la Av. San Martín al 3.100, dependencia que fuera trasladada por el pedido de familiares y amigos de Luciano, luego de su desaparición y a causa de las múltiples denuncias. Frente a esta sede se señaló la responsabilidad de las y los políticos de la zona en permitir que en ese campo, que debería destinarse como espacio para la recreación de las y los pibes, sea ocupado por la policía que se encarga de discriminarlos y amenazarlos con que “van a terminar como Luciano Arruga”.

Allí, la hermana de Arruga detuvo la marcha y le habló a los efectivos, “ya no tenemos más miedo” y siguió “sepan que acá hay hombres y mujeres dispuestos a denunciarlos (…), que cada vez somos más quienes nos damos cuenta de las atrocidades que cometen; no solamente los de Luciano Arruga, acá estamos los familiares de Daniel Solano, de Sergio Avalo, de Facundo Rivera Alegre, de Iván Torres, del “Pocho” Lepratti, de Ezequiel Demonty, de Matías Bernal y de tantos otros” y sentenció “no somos cobardes como ustedes que le ponen un arma en la cabeza a nuestros pibes” y dijo “sepan que esta familia no va a parar hasta que cada uno de sus compañeros termine preso por todos los hechos de violencia que sufrió Luciano”.

El ex Sheraton, hoy comisaría octava, responsable del destacamento de Lomas del Mirador, tuvo la función de darle vía libre a la policía asesina y de ser cómplice en el encubrimiento del asesinato de Luciano Arruga. Fue el anteúltimo lugar señalizado y a esa altura las calles oscilaban entre los ojos grandes de quienes se sentaban a ver pasar la marcha y los aplausos ensordecedores de quienes la integraban. La rutina del sábado al mediodía y las compras en las verdulerías convivían con las consignas, “vecino, vecina, usted puede considerar que Luciano era un negro, un villero y que como pobre no se merece derechos pero tiene que tener en cuenta que ese pobre, negro y sin derechos le dijo no a salir a robar a la policía”.

La marcha finalizó a metros de Gral. Paz y Av. Mosconi,lugar donde se visualiza el temor que pudo haber sentido un joven de tan solo dieciséis años. La reflexión y el escalofrío en las mentes, los corazones y los cuerpos de quienes participaron de la caravana era tal que no dejaban de mirar el enorme terraplén y escuchar la loca carrera de los autos. Obligado a cruzar la autopista, Luciano Arruga fue atropellado y falleció el 31 de enero de 2009. “Después de muchos años, de mucho gritar, de mucho exigir, de mucho acampar te encontramos; no como deseábamos, si como pensábamos” posteba Vanesa, su hermana en su muro de Facebook. La convocatoria finalizó con la quema de una maqueta con forma de un patrullero de la bonaerense, en el lugar donde un testigo dijo haberla visto.

El hostigamiento y asesinato de jóvenes pobres, práctica sistemática del Estado

“Ustedes son la muerte, nosotros somos la vida y vamos a pelear por esta democracia” decía Vanesa Orieta. En año electoral, una de las denuncias que marcó la primera actividad de la familia una vez aparecido el cuerpo de Luciano, el 17 de octubre del año pasado, es la de las responsabilidades políticas y la complicidad judicial con la policía que asesinó. La historia de una familia que reclamó por un pibe que estuvo desaparecido durante cinco años y ocho meses se convirtió en organización y lucha para evidenciar que esta es una cuestión política que interpela al pueblo argentino –pero en especial a los poderes- para la defensa de la Democracia y el pleno ejercicio de los Derechos Humanos.

Es así que, “con nombre y apellido” se mencionó a Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires y precandidato presidencial, quien desconociera la gravedad del caso y luego de reunirse con la familia de Luciano cumpliera parcialmente sus promesas; a Carlos Stornelli, ex ministro de seguridad bonaerense; a Ricardo Casal, actual ministro de justicia y seguridad bonaerense; a Viviana Arcidiácono, auditora general de asuntos internos del ministerio de seguridad de la provincia; a Roxana Castelli, primera fiscal y quien le otorgara la investigación a la misma policía asesina; a Cecilia Cejas, fiscal que le siguió a Castelli y quien habría mandado a intervenir los teléfonos de Vanesa Orieta, Mónica Alegre (hermana y mama de Luciano) y sus abuelos; y a Gustavo Banco, juez de garantías, quien determinó en 2010 que la causa de Luciano no debía pasar de “averiguación de paradero” a “desaparición forzada” y por lo tanto pasible de ser investigada dentro del fuero federal.

Según la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI), desde la vuelta democrática, en diciembre de 1983, 4.321 pibes y pibas fueron asesinados “a golpes o con otros métodos de tortura, en la calle, en comisarías u otros lugares de detención; murieron fusilados por el gatillo fácil o desaparecieron a manos de las fuerzas de seguridad argentinas” y “más de doscientos” se encuentran desaparecidos. De ellos, el 51% no había cumplido 25 años y “todos eran hijos del pueblo trabajador”.

“No perdamos más tiempo y pongámonos de acuerdo en una sola cosa, no permitir nunca más que se violen los Derechos Humanos en nuestro país y en visibilizar que quienes hoy reciben torturas, quienes son asesinados, quienes son desaparecidos son nuestros jóvenes en los barrios” decía Vanesa Orieta. “Crezcamos como compañeros/as porque solo así vamos a crecer como sociedad y generar esa democracia justa donde se respeten los derechos de todos y todas”. Y en grito desafiante –y que invita a desafiar- a quienes creen que la juventud no tiene nada que enseñar, Vanesa señalaba, “los jóvenes humildes, desde que nacen ven violados sus derechos”, lo que nos obliga a preguntarnos junto a esta luchadora, “¿cuánto falta para que a los barrios lleguen los colores y la alegría?”.

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