El sistema capitalista, ignorado en el debate – Por Eduardo Camin

La precisión de su prosa hace imposible encontrar sinónimos explicativos de los términos de las palabras más actuales de un lenguaje político que pretende esconder lo esencial del problema que es el propio sistema. Es decir el sistema capitalista. Ignorarlo en el debate es la nueva misión de los intelectuales funcionales a las nuevas democracias Latinoamericanas. Hoy bajo la egida del colonialismo globalizador tendremos la posibilidad de ver como se construyen y reconstruyen las historias nacionales.

Distante de la mediocre parcialidad y la mutilación del conocimiento integrador que defiende la burguesía, podemos entender que el sistema capitalista es caótico, y que en su seno conlleva una crisis tras otra, que a su vez sólo aparece a los ojos comunes en el instante en que la gran burguesía empieza a hallar dificultades de rentabilidad y por consecuencia se ahonda la contratara natural de la inmensa riqueza que se genera en el sistema, que no es otra que las hambrunas, miserias, precariedad y violencia desquiciante.

El sistema está diseñado para la acumulación de capital, no para la satisfacción de las necesidades de quienes trabajan. La ganancia es el único motor de la actividad económica, por ello al burgués le es indiferente invertir en medicinas, drogas o tráfico de seres humanos, es un negocio como cualquier otro.

El capital necesita incrementar la tasa de explotación al trabajo (su fuente de riqueza), forzado por la competencia global, lo que lo impele a depauperar y empeorar las condiciones de trabajo y existencia de los trabajadores en el mundo.

El proceso de competencia va ahogando a millones de empresas, concentrando y centralizando la producción para aprovechar economías a escala. Esa es la única forma de fructificar los recursos técnicos para aumentar los beneficios, abaratar los salarios e incrementar la tasa de ganancia o variable decisión.

La burguesía lucha por anárquicamente desarrollar la tecnología que le permitirá producir con menores costos (aumentado el tiempo de trabajo excedente expoliado por el patrón) y empobrecer relativamente a la clase obrera, al abaratar los medios de subsistencias que ellos mismos producen y que perciben como salarios cada vez más reducidos y insuficientes para adquirir todo lo que ellos mismo producen.

Cada vez más el poder económico y su institucionalización (las organizaciones políticas de la burguesía) dominan el planeta y deciden por millones su destino. Atilio Boron comenta que a escala planetaria, 200 corporaciones reciben ingresos mayores al de todos los países del mundo salvo los nueve de mayores ingresos. La feroz competencia entre mega corporaciones y otras de menor importancia impulsa a la sobreproducción, desesperada y absolutamente disociada de las necesidades sociales pertinentes a la humanidad.

Por este mecanismo de concentración se reduce la cantidad de trabajadores ocupados, lo que constriñe la demanda efectiva de los bienes y servicios que una franja obrera produce y que otra más pequeña puede consumir, en detrimento de millones de obreros expulsados al Ejército Industrial de Reserva donde su depauperación, servirá al sistema para el sostenimiento de bajos salarios y aumentará la competitividad entre obreros para mendigar empleos de condiciones laborales infamantes.

Con ello, se profundiza una brecha inmensa entre lo técnicamente factible de producir y lo efectivamente consumido. Como los consumos productivos (en maquinarias o bienes para crear otros bienes) no pueden adquirirse sin el desarrollo del consumo individual el sistema empieza a sobre acumular. La sobreproducción (de los bienes que poseen mayor valor) se hace mayormente manifiesta, y como decía Fourier, la pobreza surge de la riqueza. Así, millones de mercancías pululan en los anaqueles intentando cristalizar la plusvalía (savia vital del sistema) que conllevan y que difícilmente podrán materializar y que expulsará a los burgueses menos “competitivos”, dilapidando inmensas fortunas producidas por la clase obrera.

Ese recalentamiento se observa en anaqueles inicialmente repletos que no pueden renovarse de mercancías viejas, en mal estado et. Ello implica la paralización del crédito, el arreciar de las bancarrotas, el desempleo y la miseria acrecentada.

Es de por sí evidente que dialécticamente coexisten en el sistema contra tendencias que frenan o amortiguan la evolución de estas bases funcionales, según períodos históricos de auge o retroceso de la lucha de clases. Sin embargo, la realidad nos muestra que a medida que se desarrolla el sistema, agudiza todas sus contradicciones y se muestra más reaccionario y salvaje.

¿Por qué nos engañan?

Mientras en la realidad, los trabajadores son echados a la calle en millones, las empresas quiebran en el miles, la inflación se dispara y hace imposible la subsistencia, la burguesía con sus órganos propagandísticos se dedica a explicitar subidas y bajadas de entre el 1% y el 4% de la bolsa y “revelar” que cuando una empresa quiebra es por la “avaricia y maldad” de sus dueños (lo que muestra la imbecilidad y mistificación ilimitada de ese “análisis”). Encubrir la crisis, y hacerla ver como un episodio externo al sistema es un éxito de los economistas de la burguesía que repiten aquellos que se dicen socialistas y sólo corean con golpes de moral los manuales neoliberales y Keynesianos

Hoy es recurrente incluso en los países centrales del capitalismo: la extensión de la jornada de trabajo, la precarización del empleo como políticas económicas que radicalizará el capital para abaratar los salarios, hambrear a la clase obrera y someterla, con el fin de salvar la tasa de ganancia y reflotar el sistema.

Los “salvatajes” burgueses (caso Grecia) son realizados con capital ficticio, sin respaldo, proveniente de préstamos de préstamos de otros préstamos que jamás se van a pagar.

No obstante la próxima crisis ya amanece en el horizonte ignominioso del gran capital; el de las tarjetas de créditos y los consumos artificialmente financiados van a implosionar con mucha mayor fuerza que la crisis de las hipotecas. Ante ello, no nos queda más que la lucha por develar la gravedad de la crisis, porqué nos afecta profundamente, entender que no existen salidas capitalistas a la misma, que no hay retorno a la socialdemocracia populista, para salvar un sistema que hace aguas en las crisis ecológicas, energéticas, éticas, alimenticia, cultural que juntas se arrullan en el cuadro sistémico de la crisis. No es ni será la burguesía, clase social portadora de la acción de valorización del capital la que en su dinámica de acumulación y reproducción de riquezas, favorezca la apertura y creación de espacios por el contrario frente a las demandas de las clases más oprimidas siempre se ha respondido con violencia y represión.