La escalada del odio (Brasil) – Por Jeferson Miola

Existe una escalada de odio y de intolerancia peligrosa y potencialmente explosiva. Y la responsabilidad la tienen quienes instigan a las prácticas fascistas.

Se está volviendo natural en los noticieros la difusión de un comportamiento antidemocrático, del que se hace trivialmente eco, como si se tratara de una característica propia de la sociedad brasileña. Son cada vez más comunes las actitudes intolerantes y odiosas que destierran la convivencia democrática basada en la pluralidad y el respeto. Pero lo más terrible es que esas disfunciones totalitarias, que atentan contra la democracia, no son combatidas por los medios y por las instituciones que deberían velar por la protección del orden político y jurídico y del régimen democrático: el Ministerio Público, la Policía Federal, el Congreso y la Justicia.

En la Explanada de los Ministerios y a menos de 500 metros del Supremo Tribunal Federal y el Congreso y a no más de mil metros de la sede del Miniterio Público y del Policía Federal, bien visible para las instituciones y las autoridades, hace meses que se han colocado afiches y paneles pidiendo la intervención militar.

La idea de sentirse por sobre la ley – o “fuera de la ley” – es una certidumbre que encuentra cabida, por ejemplo, en la selectividad con que es investigada la corrupción: los escándalos de corrupción de los “Tucanos” (partidarios del PSBD) no son tratados con rigor ético y republicano por los jueces, procuradores o delegados que partidizan a las instituciones y solo seleccionan la corrupción que les interesa combatir. Los “tucanos” corruptos e involucrados en múltiples escándalos, siguen sueltos, no son investigados y ni por milagro serán juzgados.

Esta anomalía en los comportamientos sigue sin frenos y va impregnando así el sistema jurídico y político a través de lógicas discriminatorias y totalitarias. La cotidianeidad del país se ve amenazada por esas prácticas siniestras. Se ha puesto de moda, por ejemplo, insultar y ridiculizar a los petistas y a las autoridades del gobierno en restaurantes, locales públicos, aviones y asómbrese, ¡hasta en los hospitales!

En las escuelas, se les enseña a los chicos a practicar el “bullying” contra sus propios compañeros cuyos padres son “diferentes”. En las universidades, los pobres son discriminados porque se supone deberían seguir el mismo destino que el de sus antepasados y pasar la vida sin diploma universitario.

En el diario O Globo, Merval Pereira responsabiliza al PT por crímenes que si hubieran sido cometidos, determinarían la prohibición legal del partido. El ventrílocuo de Fernando Henrique Cardozo se siente por encima de la ley y dispensado de presentar pruebas que fundamenten las agresiones publicadas: se escuda en la inmunidad del periodismo para practicar la delincuencia.

Durante la transmisión de los programas del PT en la TV, los conservadores descontentos promueven ahora cacerolazos, silbatinas y abucheos una verdadera prueba de intolerancia y falta de disposición a la escucha y al diálogo.

Los diputados y senadores del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSBD) liderados por Aecio Neves – que tiene en el golpista venezolano Leopoldo López a su líder inspirador – defienden la propuesta, conocidamente golpista de convocatoria de nuevas elecciones. En otros actos la derecha actos para el “impeachment” (juicio político) de Dilma. No existen fundamentos legales que amparen estas propuestos salvo el deseo de “terminar” con el gobierno del PT, por la sencilla razón de que hasta hoy no han podido conformarse ni aceptar la derrota en las elecciones de octubre de 2014.

Estos son momentos sombríos provocados por la ofensiva conservadora obsecada en destruir al PT y a la izquierda, aunque su efecto colateral sea la destrucción de la democracia y de la institucionalidad brasileña.

Existe una escalada peligrosa y potencialmente explosiva del preconcepto, del odio y de la intolerancia. Y la responsabilidad por esa escalada es de aquellos sectores que promueven e instigan prácticas fascistas, así como de las instituciones que silencian y se acobardan frente a ellas.

Con el atentado perpetrado contra el Instituto Lula el odio se acrecentaron en la escalada del terrorismo fascista. Sin embargo el suceso recibió apenas cobertura en los noticieros, a pesar de haber sido un atentado terrorista, no solo contra un ex presidente de la república, sino contra la democracia brasileña y sus instituciones.

La violencia cambió de nivel, y pasó de los atracos al vandalismo de derecha, que no se contenta con maldiciones y escaramuzas; esos agresores, disconformes, decidieron usar bombas y promover atentados terroristas.

De la escalada del odio y de la intolerancia nacieron las situaciones más trágicas de la humanidad, el nazismo y el fascismo. El mundo solo se dio cuenta de la monstruosidad de esas vertientes ideológicas de la derecha cuando conoció Auchwitz y otros macabros campos de concentración. Era tarde: en aquel momento, millones de seres humanos pagaron el precio de la escalada del totalitarismo con sus propias vidas.

(Traducción Susana Merino)

*Integrante del Instituto de Debates, Estudios y Alternativas de Porto Alegre (Idea), fue coordinador-executivo elo 5º Fórum Social Mundial, y Coordinador de la Secretaría de Mercosur.

A escalada do ódio

Há uma escalada perigosa e potencialmente explosiva do ódio e da intolerância. E a responsabilidade é daqueles que instigam práticas fascistas.

Um comportamento antidemocrático, banalmente repercutido, se naturaliza no noticiário como uma característica original da sociedade brasileira. São cada vez mais comuns atitudes intolerantes e odiosas que soterram a convivência democrática baseada na pluralidade e no respeito.

O terrível, nisso tudo, é que essas disfunções totalitárias, que atentam contra a democracia e a Constituição, não são combatidas pela mídia e pelas instituições que deveriam zelar pela proteção da ordem política e jurídica e do regime democrático: o MP, a PF, o Congresso, o Judiciário.

Na Esplanada dos Ministérios, a menos de 500m distante do STF e do Congresso, e a não mais que 1.000m da sede do MP e da PF, bem à vista de tais instituições e autoridades, há meses estão instalados outdoors e painéis pedindo intervenção militar.

A noção de estar acima da lei – ou “fora da lei” – é uma crença que encontra guarida, por exemplo, na seletividade com que a corrupção é investigada e noticiada: escândalos de corrupção dos tucanos não são tratados com fervor ético e republicano pelos juízes, procuradores e delegados que partidarizam as instituições e selecionam somente a corrupção que interessa combater. Os tucanos corruptos, envolvidos em múltiplos escândalos, estão soltos, não são investigados e nem por milagre serão julgados.

A anomalia comportamental segue sem freios, e assim vai impregnando o sistema jurídico e político com lógicas discriminatórias e totalitárias. O cotidiano do país está ameaçado por essas práticas sinistras. Virou moda, por exemplo, insultar e constranger petistas e autoridades do governo em restaurantes, locais públicos, aviões, e, pasme-se, também em hospitais!

Nas escolas, as crianças são adestradas a praticar bullying com colegas cujos pais são “diferentes”. Nas Universidades, pobres e cotistas são discriminados porque, afinal, deveriam repetir a sina dos seus familiares ascendentes, e passar a vida sem diploma universitário.

No jornal O Globo, Merval Pereira responsabiliza o PT por crimes que, se cometidos, autorizariam o banimento legal do Partido. O ventríloquo do FHC se sente acima da lei e dispensado de apresentar provas que embasem as agressões escritas: se escora na imunidade do jornalismo para praticar a delinquência.

Durante a veiculação dos programas do PT na TV, os conservadores descontentes agora promovem sempre panelaços, apitaços e foguetórios, numa prova de intolerância e de indisposição à escuta e ao diálogo.

Os deputados e senadores do PSDB, liderados por Aécio Neves – que tem no golpista venezuelano Leopoldo López seu líder inspirador – defendem a proposta sabidamente golpista de convocação de novas eleições. Em outras frentes, a direita convoca atos pelo impeachment da Dilma. Não existem bases legais que amparem estas propostas, mas unicamente o desejo de “acabar” com o governo do PT – pela simples razão de, até hoje, não se conformarem e não aceitarem a derrota na eleição de outubro de 2014.

Esses são momentos sombrios, da ofensiva conservadora obsecada em destruir o PT e a esquerda, mesmo que o efeito colateral disso seja a destruição da democracia e da institucionalidade brasileira.

Há uma escalada perigosa e potencialmente explosiva do preconceito, do ódio e da intolerância. A responsabilidade por essa escalada é daqueles setores que promovem e instigam práticas fascistas, assim como das instituições que silenciam e se acovardam diante delas.

Com o atentado perpetrado contra a sede do Instituto Lula, o ódio e a intolerância subiram na escala do terrorismo fascista. O episódio recebeu, porém, uma cobertura pífia no noticiário, apesar de ser um atentado terrorista não só contra um ex-presidente da República, mas contra a democracia brasileira e suas instituições.

A violência mudou de patamar: os vândalos da direita não se contentam com xingamentos e escaramuças; inconformados, esses agressores decidiram empregar bombas e promover atentados terroristas.

A escalada do ódio e da intolerância resultou nas vivências mais trágicas da humanidade, o nazismo e o fascismo. O mundo só se apercebeu da monstruosidade dessas vertentes ideológicas da direita quando conheceu Auschwitz e os outros macabros campos de concentração. Era tarde: naquele momento, milhões de seres humanos pagaram o preço da escalada do totalitarismo com as próprias vidas.

Carta Maior