Elección y lección – Diario La República, Perú

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La victoria electoral de Mauricio Macri en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales argentinas, por 51,4% de votos contra el 48,6% del oficialista Daniel Scioli, implica un vuelco político del país con innegables repercusiones en la región. Su triunfo corta en seco el proyecto kirchnerista gobernante los últimos 12 años y abre una etapa con más preguntas que certezas. No obstante, las más importantes de estas certezas es la formación de una nueva mayoría argentina contraria al abuso de poder y la corrupción, y favorable al libre juego de las ideas y la alternancia en el poder.

No debe pasar inadvertido que la victoria de Macri, siendo personal, es al mismo tiempo la de una coalición electoral (Cambiemos) formada hace meses entre su partido, Pro, y la Coalición Cívica-ARIO, liderada por Elisa Carrió, y la Unión Cívica Radical (UCR), un partido de histórica presencia en Argentina, junto al peronismo. En ese sentido, la primera explicación de los resultados tanto de la primera como de la segunda vuelta argentina es la pérdida de apoyo del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, incluso en el campo del progresismo, y la formación de una poderosa alianza adversaria.

El triunfo de Macri debe ser leído como una consecuencia de los 12 años del kirchnerismo y no desde una clásica lógica conspirativa que reduce lo sucedido a una ofensiva derechista para desalojar del poder al progresismo. Simplificar el resultado con esa perspectiva estrecha es negar los graves errores del kirchnerismo y su desgaste, especialmente las agresiones a la libertad de prensa, la falta de transparencia en las cuentas públicas y la permanente vocación a resolver las diferencias sin diálogo y acuerdos.

El legado de la “era K” es complejo, con una rebaja sustantiva de la pobreza y la desigualdad, y progresos en las políticas sociales, sobre todo en los primeros años, incluido el crecimiento económico. No obstante, el país no crece desde hace 4 años, la inflación se encuentra en el 25%, el manejo del tipo de cambio es caótico y la deuda pública se ha incrementado.

Es evidente que la transición hacia el nuevo gobierno será difícil. La presidenta en funciones se resiste a ser parte de un proceso menos tenso y a ello contribuyen las apuestas extremistas de sectores ultraderechistas que pugnan por derribar la política de DDHH y de memoria respecto de la violencia y la dictadura militar.

El nuevo gobierno debe abrirse paso desde el diálogo y no desde la confrontación. Es cierto que una mitad con una identidad de centro derecha ha vencido a la otra mitad de izquierda. No obstante, la idea de una restauración de corte político y económico menemista no será posible sino antes bien un salto hacia políticas sanas, competitivas y de inclusión. Para eso serán necesarios, sobre todo, apertura y diálogo político e institucional considerando que ni el nuevo gobierno ni la nueva oposición tendrán mayoría parlamentaria y que el poder en las provincias –crucial en un país federal– es diverso y plural.

La República