Madre Tierra y Vivir Bien: Entre la biodiversidad de cultivos alimenticios y el monocultivo transgénico – Por Martín Aguilar Flores

El hábito de saber o no alimentarse no es ajeno a la modernidad y la colonialidad. Una de las vías para la dependencia alimentaria y la pérdida de soberanía alimentaria son el gusto y el paladar de función no sólo biológica y fisiológica, sino también económica y política, susceptibles de ser modelados por estructuras de poder neocolonial que crean hábitus de consumo alimentario, concordante a la producción de alimentos agro-industriales y sintético-industriales. Así, las grandes corporaciones transnacionales que priorizan la acumulación de capital, contribuyen a controlar y domesticar gustos biológicos de alimentación colectiva funcional al capital transnacional y al modelo de vida occidental, por tanto, a la reproducción del colonialismo alimentario.

Las formas de régimen alimenticio y la preferencia por la calidad de los alimentos son resultantes de contextos histórico-culturales donde las formas de producir, distribuir y consumir configuran patrones de vida como la sociedad occidental y la comunitaria indígena. Estos modelos de vida son recreadas histórica y culturalmente. El paradigma de vida que se ha propuesto reconfigurar el Estado Plurinacional como alternativa al modo de vida occidental es el Vivir Bien que, según Huanacuni, significa “vivir en armonía y equilibrio” no solo “con los ciclos de la Madre Tierra, del cosmos” sino también “de la vida” (2010). En este sentido, la comunidad de pueblos indígenas originarios tiene una autopercepción que privilegia la vida a diferencia de las sociedades modernas occidentales que se autodefinen por la económica, es decir, por el capital. De aquí deviene una dicotomía ontologizada de valores que priorizan dos civilizaciones actuales: la vida en las comunidades indígenas originarias y el capital en las sociedades occidentales.

Un logro histórico: La agricultura de montañas

El manejo de la biodiversidad de plantas alimenticias en las economías indígenas campesinas responde a la lógica de una agricultura del policultivo, práctica familiar y comunal secular de los Andes y base de la reproducción de la estructura comunitaria andina en sus diferentes niveles de existencia social, política, ecológica, tecnológica y simbólico-religiosa sintonizado con el Vivir Bien. Además, la crianza varietal de plantas alimenticias requiere no cualquier tipo de tecnología, menos la que ocasiona daño y ruptura con la Madre Tierra, sino de aquellas en cuya simplicidad subyace no la complejidad instrumental técnico-científica, sino la complejidad de una racionalidad disfuncional a la razón instrumental occidental como las terrazas o andenes, los sukakollus o camellones entre otras.

La recreación de la vida en las comunidades indígenas originarias campesinas de la región andina ha estado y está emparentada históricamente a la agricultura altoandina. Un contexto geográfico, topográfico y eco-climático heterogéneo como los Andes, que resulta adverso para la agricultura; sin embargo, aquí fue posible el control de una “agricultura plena” muy particular; “…en este espacio difícil, el hombre andino produjo la primera revolución científica técnica de la historia de la humanidad. Eso quiere decir que la agricultura es posible, pero no cualquier tipo de agricultura, ni cualquier tipo de tecnología” (Medina, 1997). En un contexto de montañas y laderas, los pueblos y comunidades prehispánicas han domesticado una biodiversidad vegetal alimentaria bajo un sistema económico como “El control vertical de un máximo de pisos ecológicos” (Murra) y en la actualidad, restringida a espacios menores por razones históricas, una agricultura ecológica local que persiste como estrategia de reproducción familiar cuyos excedentes orientados al mercado, aún constituyen base de la alimentación de vastos sectores de la población urbana.

Esta modalidad de policultivo de la agricultura familiar indígena campesina de la región andina, constituye un herencia histórico-socio-cultural invalorable del modelo del Vivir Bien y un aporte para la seguridad alimentaria del Abya Yala y de la humanidad, en adición a los cultivos “andinizados”, hoy en riesgo por el avance del mercado, el acaparamiento de tierras y por la agricultura altamente mecanizada e industrial que prioriza el monocultivo transgénico con fines sobre todo de ganancia y acumulación de capital.

TCO’s vs. expansión agrícola capitalista

Defender y controlar las tierras en la región andina, los valles y la Amazonía es urgente si el Estado Plurinacional aspira a una “Soberanía alimentaria a través de la construcción del saber alimentarse para Vivir Bien” como uno de los “13 Pilares de la Bolivia Digna y Soberana. Agenda patriótica 2025”. No obstante, la política agraria de reversión de las tierras por el Estado del poder de la hacienda y del latifundio durante los últimos diez años para las comunidades indígenas campesinos de las tierras bajas, el capital financiero, las empresas transnacionales de alimentos y la industria tecnológica agroindustrial que tienen el control especulativo de los alimentos en el mercado internacional, “…ahora buscan acaparar las tierras de cultivo en Latinoamérica para su negocio especulativo” (Vargas, 2015). Bolivia no está al margen de la amenaza expansiva de la frontera agrícola capitalista, particularmente, las tierras del valle y de la Amazonía que pone en riesgo la agricultura familiar y comunitaria, consigo, el policultivo y la varietal de plantas alimenticias. “En corto tiempo, las millones de hectáreas de las TCO’s que se encuentran en gran parte de la Amazonía, están quedando nuevamente articuladas a los mecanismos de dominación señorial y patronal de los empresarios-hacendados que utilizan a los dirigentes como intermediarios de la depredación y la dependencia económica de sus comunidades” (García Linera, 2012).

No debe escapar de la memoria la expoliación consumada por la ley de exvinculación de las tierras de comunidad de 1874 a los ayllus. Expropiar las tierras de origen comunitarias para ser propiedad del Estado liberal destinada a la venta-compra libre de tierras, mandaba la ley en atropello de los ayllus y las comunidades indígenas y campesinas para convertirlos en propietarios individuales que representaría también una serie de vejámenes desde el pago de tributos, servicios en trabajo gratuito para el hacendado, retribución de la mitad de especies para el patrón y su familia entre otros (Platt, 1999; Rivera, 2003; Choque, 2014). La política agraria de tierras de los liberales amplió y fortaleció la frontera agrícola del sistema de hacienda, el latifundio y el pongueaje para incorporarlas a una economía liberal que dio lugar a un régimen capitalista agrario. “La justificación del asalto jurídico-militar de las tierras de los indios y las comunidades era que se convertirían en tierras productivas desde un punto de vista capitalista” (Zabaleta, 2008). Darle funcionalidad productivo-capitalista a las tierras comunitarias de origen es suplantar la racionalidad cultural de la agricultura indígena por otra de acumulación de la tasa de ganancia. Así, no significaría sino el paulatino desarraigo de la estructura productiva comunitaria, de los conocimientos tecnológicos y ecológicos indígenas, del manejo de la biodiversidad vegetal alimentaria y del modo de relación no occidental con la Madre Tierra.

“Ciencia colonial” y monocultivo transgénico

Así como el capitalismo para perpetuarse está obligado a explotar no solo al hombre sino también a la naturaleza y que ya representa un peligro para toda forma de vida y del mismo planeta, así también la producción de alimentos por medio de una agricultura capitalista, trae riesgos para la salud humana y la Madre Tierra. En su afán de acumular cada vez más capital, los medios técnicos, tecnológicos e insumos agrícolas han sido innovados y perfeccionados (tractor con arado a disco, cosechadoras industriales, fertilizantes químicos, plaguicidas, pesticidas) hasta alcanzar la manipulación genética de las semillas conocidas como transgénicas (biotecnología moderna), de donde deviene los alimentos transgénicos, antinaturales y tóxicos por su composición química, compitiendo y desvalorizando las tecnologías de agricultura andina contemporáneas y la riqueza varietal de cultivos y especies alimenticias

Una postura crítica que no desmerece los avances científicos, técnico-tecnológicos de la agricultura industrial, sino que devele sus limitaciones, peligros y su carácter hegemónico, es necesaria en las circunstancias actuales, donde la “ciencia colonial” (De Souza Silva, 2006) se entrevera con la modernidad, los adelantos técnico-tecnológicos y los conocimientos en el campo de la agricultura con pretensiones de una “universalidad” presuntuosa. En los Andes, la “ciencia colonial” tuvo sus impactos en la segunda mitad del siglo XX con la transferencia de paquetes técnico-productivos modernos como en Salinas de Garci-Mendoza (Oruro) con la introducción del tractor con arada a disco para la quinua y en las Pampas de Lequezana (Potosí), con los fertilizantes químicos para la papa; ambos casos con resultados negativos luego de un tiempo prolongado.

Biodiversidad vegetal alimentaria y Vivir Bien

Descolonizar la forma de alimentarse, los alimentos sintético industriales y de procedencia agroquímica en perspectiva de “Saber Alimentarse para Vivir Bien”, es una necesidad socio-cultural que demanda no solo cuidar sino fortalecer el manejo y control de la biodiversidad de cultivos alimenticios orgánicos como un potencial nutritivo de la agricultura familiar que, más que un valor de cambio, constituye una de las bases del proceso de reconstitución del Vivir Bien y del modo de convivencia comunidad – Madre Tierra a diferencia de la práctica del monocultivo transgénico.

En esta perspectiva, ante las condiciones climáticas, ecológicas, topográficas casi adversas para la agricultura, el hombre andino supo controlar el policultivo, esto es, un complejo multicíclico vegetativo de crianza que advierte un semillero de vida con propiedades de sostenibilidad para su seguridad alimentaria de autoconsumo familiar y de la comunidad. Los estudios de referencia señalan una vasta heterogeneidad de plantas alimenticias cultivadas en la época prehispánica para el área andina. Así, O. F. Cook atribuye a los antiguos peruanos por debajo del número de 70 plantas cultivadas. F. L. Herrera, que se ocupa de estudios etnobotánicos, totaliza 45 plantas cultivadas. J H. Steward, 31 plantas domesticadas en la época de Chavin (cit. en Horkheimer, 1990). Por su parte Horkheimer identifica 44 plantas domesticadas, 39 son plantas alimenticias y cuatro sirven como estimulantes. Roger Rabines presenta una relación de 40 plantas domesticadas y cultivadas en los Andes, en Sudamérica y en América tropical para el Perú prehispánico. Los productos alimenticios de origen vegetal (“plantas cultivadas, plantas silvestres y plantas acuáticas”) identificados por Toribio Mejía X. hacen un total de 49 plantas (cit. en Rabines, 1978).

En nuestro contexto actual, la crianza de una biodiversidad de plantas alimenticias para la Comunidad de Quivi Quivi Alta (Municipio de Betanzos, Potosí) no es ajena. La investigación auspiciada por el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) ha determinado el manejo de 33 plantas alimenticias entre nativas y “andinizadas” (Aguilar -Vilches – PIEB, 2002), orientadas al autoconsumo y al mercado. La tecnológica de agricultura altoandina: las terrazas constituyen la base de obtención de una varietal de cultivos alimenticios en la comunidad entre hortalizas, tubérculos, cereales, leguminosas, calabazas y especias aromáticas que deviene en una diversidad culinaria de comidas y viandas tradicionales de procedencia natural que conserva hábitos alimenticios locales. Entre las tecnologías de agricultura altoandina (terrazas), la biodiversidad de plantas alimenticias (33 cultivos) y la Madre Tierra (suelo de crianza), hay una lógica de complementariedad funcional a la racionalidad paradigmática del Vivir Bien.

* Investigador, antropólogo y docente de filosofía y psicología. Tierras Altas. Potosí.

La Epoca