Argentina: Política de shock – Por Andrés Asiaín

El tratamiento por vías de shocks para superar los problemas de un paciente, no es de uso exclusivo de la psiquiatría. Así, existen economistas que pregonan la posibilidad de extender esa misma metodología al diseño de las políticas económicas. Tomando las enseñanzas del psiquiatra italiano Ugo Cerletti, quien aplicara por primera vez la metodología del electroshock en abril de 1938 sobre un paciente esquizofrénico con alucinaciones, delirios y confusión, los economistas ortodoxos proponen aplicar una terapia similar a economías enfermas de populismo con déficits fiscales, incertidumbre cambiaria y tarifas retrazadas.

La idea del shock como método de la política ortodoxa toma fuerza en los años ochenta, cuando el discurso liberal comienza a dar una creciente importancia a las expectativas de los agentes en el diseño de las políticas económicas. Según el nuevo paradigma ortodoxo, cuando un gobierno populista implementaba tibios planes de ajuste, movimientos del dólar o de las tarifas, no lograba convencer al “mercado” de que se iniciaba un quiebre en el diseño de la política económica y, por lo tanto, no tenía éxito en su combate a la inflación. En esos casos, la política recomendada era una terapia de shock, donde el ajuste, el alza del dólar y de las tarifas debía ser los suficientemente bruscos como para convencer a propios y extraños de que la era del populismo había terminado. Un cambio de gobierno o, por lo menos, de ministro de economía, podía reforzar la efectividad de las medidas al generar una mayor credibilidad sobre el sostenimiento del nuevo rumbo ortodoxo.

La creciente relevancia de la terapia de shock en el discurso económico tenía como base material a la desregulación de las finanzas en la economía mundial. Ante la magnitud de los flujos financieros internacionales y su conocida volatilidad en base a rumores y expectativas, parecer una economía sana se torna más relevante que serlo. Abultados déficits comerciales sostenidos en base a endeudamiento externo pueden pilotearse a partir de una buena reputación en el mundillo de las calificadoras y organismos internacionales de créditos, si logran activar un importante ingreso de capitales especulativos a la economía. Por el contrario, el mero indicio de populismo puede desatar la ira de los custodios del orden neoliberal, que castigan a los pecadores con una plaga de fuga de capitales con su conocido potencial desestabilizador.

Los resultados de las políticas de shocks sobre las sociedades que se aplican no suelen ser muy halagüeños. Fuertes ajustes fiscales acompañados de exagerados aumentos del dólar y las tarifas, suelen derivar en caídas de la actividad económica y el empleo, acompañados de un desborde de las tasas de inflación que liquidan el poder de compra de los salarios, jubilaciones y asignaciones. Esa devastación social provocada por la terapia del shock, es efectiva para generar las condiciones de aceptación posterior de un programa de reconstrucción neoliberal conservador, que incluye aperturas, desempleo y privatizaciones, y es vendido como indispensable para recuperar un mínimo orden (estabilidad) económico. Como señala Naomi Klein en su libro Doctrina del Shock, el fundamentalismo del libre mercado “ha surgido en un brutal parto cuyas comadronas han sido la violencia y la coerción, inflingidas en el cuerpo político colectivo así como en innumerables cuerpos individuales. La historia del libre mercado contemporáneo – el auge del corporativismo, en realidad- ha sido escrito en letras de shock”.

Un shock para atraer dólares financieros

La escasez de dólares se encuentra detrás del estancamiento de la economía, el empleo y los ingresos de los últimos años. La política económica de Macri apunta a posponer la solución a los problemas económicos que la provocan (déficit energético, industrial, fuga de capitales…), obteniendo dólares en el mercado financiero internacional, aprovechando para ello, el desendeudamiento externo logrado por el kirchnerismo.

Para ello se busca restablecer el alineamiento con la política exterior de EEUU, que se evidencia en las declaraciones del presidente electo contra Venezuela, el memorándum con Irán, y el acercamiento a la Alianza del Pacífico. También está en la agenda del próximo gobierno cerrar un acuerdo con los fondos buitres y algún organismo internacional, que de una señal a los inversores privados para colocar sus excedentes financieros en nuestro país.

Pero la política de atracción de capitales financieros requiere también de cierto reordenamiento de las variables económicas internas. Una baja del déficit de las cuentas públicas vía reducción de los subsidios y, consecuentemente, una suba de las tarifas. La eliminación del “cepo” que permita ingresar y sacar la plata del país sin trabas. Y, por último, una política cambiaria que asegure al inversor internacional que no van a producirse abruptas devaluaciones que desvaloricen sus inversiones.

Este último punto, puede obtenerse mediante una devaluación tan abrupta de la moneda nacional, que haga esperar que por un tiempo ya no se va a volver a devaluar (overshooting, en la jerga técnica). Sin embargo, para que ello funcione, el salto cambiario no debe ir acompañado de una suba similar de los salarios y los precios internos ya que, de ser así, sólo se hubiera acelerado la inflación sin modificar los valores reales del dólar y, por lo tanto, las expectativas hacia adelante serían de nuevas devaluaciones que ahuyentarían las inversiones financieras.

De ahí que el desafío para la nueva administración, es cómo evitar el traspaso a precios y salarios de la nueva devaluación. La demora de las paritarias a partir de un pseudo acuerdo social y cierta apertura importadora que discipline a los formadores de precios y endurezca la posición empresarial en la negociación salarial, asoman como previsibles medidas. Sin embargo, lograr que trabajadores, profesionales y empresarios vinculados al mercado interno acepten esa abrupta caída en sus ingresos, parece poco viable en el contexto actual de elevada actividad económica y bajo desempleo. Lo que parece claro es que la terapia de shock, ira acompañada de una creciente conflictividad social.

*Economista argentino, Director del Centro de Estudios Scalabrini Ortiz