Dos miradas sobre el cambio de gobierno en Argentina: opinan Mario Wainfeld y Luis Alberto Romero

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Un camino hecho al andar – Por Mario Wainfeld

Doce años, tres mandatos íntegros consecutivos con gobernabilidad son un record en la historia nacional. El favor popular acompañó a los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en un lapso lo suficientemente prolongado como para que se sucedieran contextos internacionales y locales muy diversos. Su permanencia no fue lineal, zozobró algunas veces. El kirchnerismo “nació” con pocos votos pero supo congregarlos. Las adhesiones y rechazos abrieron aguas y acaso dividieron. Si los apoyos a Kirchner fueron generales, difusos, más rotundos en las urnas que en las calles, a partir del 2008 se revirtió esa tendencia. En contraste con las victorias pírricas esa derrota política germinó en apoyos, militancia, participación más intensa.

Es característico que los movimientos populares de este Sur contengan un factor emocional que galvaniza a los propios y enardece a los adversarios tal vez porque estos aborrecen lo que no comparten y, por ahí, no entienden. “Emocional” no vale como sinónimo de “irracional”, mayormente es al revés. La identificación y hasta el amor se explican porque retribuyen haber sido sujeto de mejoras en el patrimonio material y en el simbólico. Los protagonistas, líderes o referentes, encarnan las realizaciones. Todo eso es lo que se aplaude o vitorea, hace mucho tiempo y ayer mismo tras una derrota electoral histórica y severa.

El kirchnerismo, como el primer peronismo, arrancó con una idea fuerza: reparar los daños de la dictadura y de gobiernos anteriores. Y la decisión de generar el consenso democrático mediante la inmediata satisfacción de necesidades y reconocimiento de derechos.

El justicialismo histórico eligió distribuir de movida, no poner a los sectores populares en lista de espera. Era una opción diferente a los socialismos reales de entonces. En el siglo XXI, con el capitalismo como único sistema económico posible, el Frente para la Victoria (FpV) dispuso no demorar las mejoras en la calidad de vida de los trabajadores. Otros preconizan que primero debe llenarse la copa (que como otras, se mira y no se toca) y que la clase trabajadora tiene que esperar su derrame. O, apelando a otra metáfora nutritiva, que los muchachos tienen que demorar sus demandas de porciones a que la torta crezca. O que se complete el ciclo virtuoso del endeudamiento y lleguen las inversiones extranjeras… y que solo en ese remoto entonces será la hora de repartir.

La idea del kirchnerismo fue revertir el desempleo, el desmantelamiento del aparato productivo, el arrasamiento de derechos laborales, la anomia familiar como consecuencia de la ausencia de alguien que trabajara y parara la olla. Cualquier política económica tiene ventajas, riesgos y defectos. Kirchner se impuso combinar algo que sus adversarios juzgaban imposible: crecer como China con sueldos argentinos que son más elevados que en esa potencia. Se decía que era un disparate, inviable en brevísimo plazo. No ocurrió así, se prolongó por años, hasta 2011 inclusive con alguna vicisitud por la crisis mundial de esos años. Millones de argentinos lo vivieron, disfrutaron, poseen hoy mismo bienes que lo comprueban. Los detractores dicen que esa fiesta es falaz, un simulacro, que sus platos rotos se pagan al final. Son cuestiones polémicas en las que vale consignar que quienes emiten esos veredictos jamás produjeron una fiesta popular. No hay platos rotos, porque tampoco hubo con qué llenarlos. Cuando se aplicó su recetario el derrame tardó, la torta conservó su pequeño tamaño o menguó, los beneficios de ciertas modalidades capitalistas son clasistas en los hechos.

Cuando el “modelo” dio signos de agotamiento a partir de 2012, el kirchnerismo forzado a elegir una de las dos vigas fundantes se consagró a mantener los niveles de empleo y de sueldos. Que no son formidables aunque sí un umbral razonable que a sus adversarios continuadores les costará sostener o mejorar. Ojalá lo logren, desde ya, porque contra todas las predicciones se comprobó que esta forma de conducir garantiza una gobernabilidad que es también inédita, comparada con el pasado lejano de la Argentina tanto como con lo sucedido desde 1983

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Lo mejor de la herencia: El debate público nacional se entretiene con la entrega del bastón o divagaciones sobre el relato. La herencia de los gobiernos que se sucedieron desde 2003 merece ser descripta en base a hechos más contundentes y mensurables. Cada cual hará una suma algebraica entre lo positivo y lo negativo. La que se propone a continuación es subjetiva, no exhaustiva, para nada individual o rebuscada… aspira a no ser arbitraria. Lejos de la pretensión minuciosa del inventario pretende ser una lectura selectiva, atenta a los hechos centrales.

Enumeremos lo más destacado de la “herencia” del kirchnerismo. Millones de puestos de trabajo. Millones de nuevas jubilaciones, entre ellas muchas que no se hubieran otorgado con los criterios vigentes hasta 2003. Moratorias generosas para los que quedaron afuera por el desempleo o el incumplimiento patronal, de los que no fueron responsables sino víctimas. Crecimiento del empleo formal y de la afiliación sindical. Convenciones colectivas anuales, con aumentos de salarios siempre. Creación de la paritaria docente. Recuperación de los derechos laborales de los trabajadores en general. Nuevas reglas y leyes protectivas para colectivos especialmente explotados: peones del campo, trabajadoras a domicilio y de casas particulares. Asignación Universal por Hijo (AUH) y Progresar. Matrimonio igualitario. Leyes antidiscriminatorias y de tutela de derechos de las mujeres. Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LdSCA). Relevo de la Corte menemista, reemplazada por una apartidaria, de más que aceptable jerarquía que funcionó bien más de diez años. Sistema público de jubilaciones, desendeudamiento del Estado y de las empresas. Nacionalización de YPF y Aerolíneas. Derogación, por parte de los tres poderes del estado, de las leyes que consagraban la impunidad de los represores. Juicios con derecho a defensa y todas las garantías legales para los sospechosos de haber participado en el terrorismo. Si nombrarlas insume varios renglones, sintetizarlas de a una en fondo excedería la larga extensión de esta nota.

Muchas de esas medidas formaron parte del “programa único” de campaña del oficialismo y de las dos coaliciones opositoras más votadas. El resultado puede ser agridulce para el gobierno que se va: las críticas sobre sus realizaciones aminoraron, se circunscribieron mucho. El macrismo triunfante prometió respetar “lo que tiene” cada ciudadano. Solo lo acrecentará, ahora dicen. Habrá que ver la sinceridad del contrato electoral y, eventualmente, si se consigue. Si el macrismo no falta a la verdad habrá AUH, las jubilaciones mejorarán, las convenciones colectivas se respetarán (o acaso no del todo). Se sostendrán incluso acciones culturales interesantes y universales: el canal Encuentro, la política en Ciencia y Tecnología, por ahí Tecnópolis. Hasta el Fútbol para Todos, se comprometió, seguirá llegando a los hogares en forma gratuita.

La mejora permanente, distribuida de modo desigual y con especial atención a los sectores más vulnerables suscitó efectos deseables y a la vez desafiantes. El ascenso social motiva nuevos requerimientos y demandas: es lógico y deseable que así suceda. Es peliagudo atenderlos sobre todo si el contexto económico local e internacional es menos promisorio. El viento de cola no basta para explicar todas las realizaciones del Frente para la Victoria (FpV) pero algo contribuyó. El viento de frente no es la exclusiva causa del amesetamiento a partir de 2012 pero sí parte de la explicación.

El oficialismo saliente también sostuvo la gobernabilidad, que es un valor alto en un país muy inestable. Fueron tiempos, a grandes trazos, de paz social tensada y condimentada por fuertes protestas sociales. Palabra más o epíteto menos también acató el veredicto electoral, que se tornará operativo hoy.

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El debe: Antes de hablar de “asignaturas pendientes”, que remite a un improbable manual ya escrito, mencionemos las carencias o defectos o imperfecciones que merecen rectificación. El listado es también propio, incompleto, no producto de una encuesta o un promedio de miradas críticas. Enumeramos, de nuevo sin ahondar, remitiendo a los debates que el lector de este diario conoce. El daño causado a la credibilidad del Indec, injustificable siempre y más en una fuerza que privilegia lo público estatal. La inflación alta y perdurable durante demasiados años. La restricción interna que causa carencia de divisas y tiene que ver con la insuficiencia del desarrollo industrial que genera déficit en la balanza comercial y hace bastante que no genera empleo masivo.

En muchas áreas se consiguieron objetivos que parieron nuevos desafíos, habitualmente más sofisticados cuyo cumplimiento está inconcluso o en veremos. Se habla de “sintonía fina”, de “políticas de segunda generación”. El ex canciller Jorge Taiana acuñó la gráfica expresión “escribir el segundo tomo”, dando por cumplido y aprobado el primero. Un ejemplo posible es la política educativa que consolidó aumentos del presupuesto, mejoras de la infraestructura, subas sensibles de la retribución de los docentes, el programa Conectar Igualdad. Más ingresos al secundario y a las universidades. Un formidable conjunto de incorporación y ascenso social que fue resistido y a veces poco entendido incluso por muchos docentes. Un mérito notable que no cierra el círculo (ninguno se cierra en la historia política) sino que fuerza a mejorar la calidad educativa, garantizar la retención y las graduaciones, anche la salida laboral para los pibes y pibas que son primera generación de su familia que llega a estudios terciarios, ahí nomás a cuadras de la casa.

Más en general en los años recientes fue notorio el parate del “modelo” incluso en factores muy fundantes como el nivel de trabajo informal o el acceso a infraestructura o atención de nivel en el sistema de Salud.

En materia política hubo quizás una mala administración del 54 por ciento obtenido hace cuatro años, una lectura imperfecta de la derrota electoral de 2013. Se incurrió en excesivo abroquelamiento en la fuerza propia, una creciente dificultad para interpelar a terceros, para no pensar a la sociedad dividida en dos (y solo dos) facciones irreconciliables. Una tendencia al discurso entre compañeros se reveló como matriz imperfecta para “pedir el voto” en la segunda vuelta que, así y todo, se perdió por poco. El padrón electoral no le dio la espalda al kirchnerismo pero sí le retaceó la mayoría que es la que define al gobierno entrante.

Una docena de años también suscita hastío, a veces del espectador y menudo del ciudadano. Los personajes se repiten, las necesidades son exponenciales, el clima de Palacio condiciona más al gobierno, los obsecuentes o seguidistas son, en cualquier situación, más de los necesarios.

El regreso al llano y a un nivel institucional importante de oposición paliará parcialmente varios de esos defectos. Ser oposición es duro pero también alecciona, insufla modestia, condiciona a tácticas más atentas al “otro” y no solo al discurso auto elogioso. Otras rémoras deberán, ser elaboradas, repasadas, debatidas sin canibalismo aunque sin concesiones.

Un movimiento que fue favorito en las urnas durante casi una década, que enlazó tres presidencias no puede (diríamos “no tiene derecho”) a culpar de ingratitud al electorado. “La gente” retribuyó las conquistas con votos. Saludemos a su racionalidad de entonces y pensemos qué cambió en el tramo final para dejar de ser mayoría.

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Los tres períodos: El primer gobierno fue el de la salida de la crisis, el tránsito del infierno al purgatorio. Kirchner, el presidente del 22 por ciento comprendió (quiso comprender) que le era imperioso construir su legitimidad de ejercicio día a día, como mucho. Transmitió a su gabinete una épica del hecho cotidiano: les machacó que cada día debe haber una medida “pro gente”, mejorarla aunque sea un poquito. Kirchner no resaltaba por la elocuencia florida pero tenía una virtud como comunicador político: siempre se entendía lo que quería decir y nunca hablaba por puro ceremonial.

De nuevo: reparar fue la perdurable idea fuerza, que se prolongó con variaciones durante doce años. Fue por ensayo y error, recorriendo nuevos caminos, construyendo la nave mientras se viajaba. En ninguna comarca del mundo existe un gobierno que tenga una hoja de ruta para doce años. Tal vez en la Argentina sería más exótico: un país inestable, sus gobiernos y sus pobladores culturalmente bastante proclives a la improvisación.

Un sesgo laborista signó la gestión de Kirchner. Había que crear trabajo, generar la reactivación (casi desde cero) de la industria. Las políticas sociales eran vistas como complementarias o accesorias, secundarias en cualquier caso. El rechazo a la AUH era moneda corriente en el Gobierno. El ímpetu estatizador era muy medido: en aquel entonces Kirchner creía más en el gobierno (como generador de políticas o regulador) que en el Estado como agente económico. Se estatizaron Aguas Argentinas y el Correo, una bicoca comparado con los mandatos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

El primer período de Cristina fue el de las más profundas e innovadoras reformas institucionales. Plasmadas normativamente, capital social acumulado. Leyes que inciden cualitativamente en los derechos ciudadanos. El regreso del sistema público de jubilaciones y la AUH son las dos fundantes en materia social, irreversibles y superadoras. La LdSCA y el matrimonio igualitario forman un combo que mejora la calidad institucional, esa que se supone fue arrasada en la etapa.

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El comienzo del trípode: La persistencia del kirchnerismo se basó en tres ejes: su política económica social, la de derechos humanos, las de ampliaciones de derechos ciudadanos. Este último tramo se consolidó o casi se creó durante los mandatos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Los otros vienen desde el primer día.

Repetimos: no todas estaban pre escritas en 2003, algunas incluso quedaban fuera del radar. El rol del estado fue creciendo al vaivén de las necesidades antes que del calendario. Más empresas públicas recuperadas del desquicio privatizador y una intervención activa en la economía. Acaso se llegó tarde a asumir, en la formación de los elencos de gobierno, que para esa labor era superador un equipo técnico homogéneo como el del ministro Axel Kicillof reemplazando al voluntarismo hiperactivo pero asistemático del secretario Guillermo Moreno.

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Los derechos de las víctimas: Los juicios por crímenes de lesa humanidad son un avance con pocos parangones en el mundo. Es arduo movilizar a un poder judicial preponderantemente derechoso a cumplir esa labor imprescindible. Por suerte o naturalmente hay magistrados y fiscales consustanciados con los valores humanistas de Occidente que cumplen su labor con dignidad y encomio.

Las Madres y las Abuelas, se aduce en quinchos VIP y en ciertas filas políticas, “eran más respetadas antes”. Ese antes se le chispotea a cualquiera con memoria, ni qué decir a esas mujeres que encarnan la mejor militancia de la historia nacional. El modo de respetarlas que se conoció era no recibirlas jamás en la Casa Rosada y desoír sus demandas de Memoria, verdad y justicia. Te respeto mucho pero te echo Raid para que te alejes de mí. Y a tus demandas: ni ahí.

Un cambio cultural tremendo permitió que las víctimas pudieran ser testigos de cargo ante tribunales democrático. Que, como ocurre en otras esferas de la vida y el dolor, el testimonio de la víctima fuese atendido, escuchado, base de las reparadoras sentencias. Poder hacerlo era reescribir sus historias, darles un sentido, reconciliarlas (dentro de lo escaso posible) con su dolor y sus ausencias. La palabra “empoderar” tan en boga y acaso certera no parece la más satisfactoria. Consiguieron audiencia, un poder mediado por la ley. Su sufrimiento no fue credencial para la venganza pero sí para tener su hora en el Tribunal. La entrañable y añorada Lilia Ferreyra lo contó con palabras precisas, sentidas, imborrables. No fue la única, ni fue excepción.

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Legado y futuro: Todo legado contiene cargas y recursos. El que deja el kirchnerismo paradójica y ojalá afortunadamente le abre al gobierno que asume hoy amplias perspectivas, que no ideales. Prima la paz social en la patria chica y no hay guerras en la región. Puede acudir al endeudamiento externo con prudencia o salvajismo. No tiene por qué rescatar del desempleo a multitudes. Lo votó un pueblo consciente de sus derechos, no proclive a resignar nada: buen desafío para quien entra a la Casa Rosada.

Una muchedumbre despidió ayer a Cristina Kirchner. Es raro, tampoco tiene precedentes. ¿Qué celebraban si perdieron el gobierno? Saludaban a Cristina la abrazaban pero el reconocimiento no solo iba de la Plaza al palco. Se celebraban a sí mismos, celebraban integrar un sujeto colectivo, haber atravesado una etapa en la que comprometieron como coprotagonistas y vivieron mejor. Complicado entender eso “desde afuera” sobre todo si no se respetan o hasta aman a las muchedumbres.

Los lectores y lectoras de este diario, quienes lo integramos, los que vimos adoptarse como políticas de estado a banderas que levantamos durante décadas en el erial opositor, en minoría o en condición de cuasi sectas, también sabemos qué celebramos. Lo bueno que pasó y las conquistas que quedan son un incentivo más para rehacerse de la derrota, repasar las causas propias que contribuyeron a causarla, defender los derechos adquiridos. Y sostener desde la oposición un plexo de ideas, creencias y valores que integran el acervo de un pueblo que hace treinta y dos años vive en un sistema democrático que hay que seguir bancando y tratando de mejorar.

Mario Wainfeld. Es un periodista, abogado, docente universitario, escritor e intelectual argentino.

Página 12

Sin ilusión boba, pero con tranquila esperanza – Por Luis Alberto Romero

La menuda cuestión del bastón y la banda nos distrae de lo importante: hoy comienza una nueva etapa para nuestro país, que la mayoría de los argentinos encaramos sin ilusión boba pero con tranquila esperanza, confiando en que, tras las previsibles tormentas iniciales, navegaremos por aguas serenas hacia un destino claro.

El nuevo gobierno goza de un consenso mayor que el indicado por el estrecho margen electoral. Se forjó primero en la sociedad civil, que hizo un fructífero ejercicio de reflexión colectiva, y fue expresado luego por los políticos en una fórmula electoral ganadora. Los objetivos compartidos son generales pero claros: poner orden en la macroeconomía, restablecer las instituciones, reconstruir el Estado y sus capacidades e iniciar el largo camino de integración de la sociedad.

Es difícil decir si este programa es de izquierda o de derecha, términos relativos a situaciones singulares. La nuestra está signada por la destructiva experiencia del kirchnerismo, con su arbitrariedad, corrupción cleptocrática y faccionalismo, que muchos definen como de izquierda y otros preferimos llamar de derecha.

La tarea de este gobierno es llegar a un punto en que esa distinción tenga un sentido hoy ausente.

Lo más novedoso es el grupo de funcionarios convocados, todos expertos en sus respectivos campos y preocupados por lo público, lo que augura una adecuada reconstrucción estatal. A la vez, muchos de ellos son jóvenes que miran la política con los ojos del siglo XXI y se niegan a cargar con los conflictos del siglo XX, esas “cosas de viejos”.

Veremos cómo manejan uno de los problemas más urgentes: construir una base política adecuada para sustentar al gobierno, pues la de Cambiemos es hoy insuficiente. Una posibilidad es invitar a barajar y dar de nuevo, como lo hicieron en su momento Justo, Perón, Frondizi y Alfonsín.

Dependerá de qué ocurre con el peronismo: puede galvanizarse en la intransigencia cristinista, algo improbable, o unirse en torno de una nueva jefatura, algo que ocurrirá, pero difícilmente de inmediato. Mientras permanezca dividido, habrá un grupo que se sume al gobierno, donde ya están muchos de ellos, porque unirse a quien gobierna forma parte del alma peronista.

Por ahora hay mayorías parlamentarias y gobernadores ajenos al gobierno, cuyo manejo requiere saberes de la vieja política. Es poco probable que las consignas de la buena voluntad, la cooperación y el mirar para adelante sean suficientes para conmover a los senadores. Habrá que recurrir a alguna dosis del viejo presidencialismo, cuidando de no excederse y traicionar uno de los puntos básicos de su mandato: el restablecimiento institucional.

Lo mismo ocurre con los conflictos con los grupos de interés, inevitables cuando está en juego la distribución del ingreso o cuando se avance sobre viejas franquicias o prebendas, que cada sector considera derechos adquiridos. Todos están alertas. Quizá sea más fácil al principio, cuando el contexto de crisis invite a sacrificios y postergaciones, pero esto se acabará pronto, no bien la recuperación suceda a la crisis. Otra vez, capear estas tormentas, ya conocidas por el gobierno de la Ciudad, excede la buena voluntad y requiere los talentos prácticos de la política, vieja o nueva.

En cuanto a la pobreza, lo que se pueda hacer dependerá en cada caso de la recuperación institucional y estatal. Colocar un policía honesto o un maestro capacitado en cada barriada popular implica un esfuerzo institucional digno de Hércules. La tarea excede al Estado, sobre todo en sus aspectos microsociales, y necesita el apoyo, afortunadamente disponible, del mundo de las asociaciones voluntarias. Solo hay que coordinar su tarea y respetar sus saberes y singularidades.

Estabilizar el país no es tarea sencilla ni breve. Es posible que insuma más de un período presidencial. A medida que se logre, habrá que pasar de la urgencia a la acción de largo plazo, cuyas orientaciones hay que comenzar a discutir ahora. Por ejemplo, una vez restablecidos y diferenciados el Estado y el Mercado, hoy empastados por relaciones colusivas, hay que decidir cuánto de uno y del otro queremos; cuánto de inversión empresaria y cuánto de inversión social.

Similares discusiones habrá que desarrollar en muchos otros campos: la educación, la seguridad, el federalismo, la justicia, los impuestos y tantos otros. En todos los casos hay una premisa común: la existencia de una institucionalidad sólidamente arraigada en las leyes y de un Estado capaz de convertir los proyectos en políticas ejecutables y controlables.

Promover estas discusiones, que deben recorrer los espacios de la política y de la sociedad, es algo que debemos esperar del nuevo gobierno, pero sobre todo de la sociedad civil y sus organizaciones. Después del unanimismo faccioso impuesto en estos años, sería cómodo refugiarnos en un consensualismo fácil, basado en la buena voluntad. Pero es necesario discutir mucho y con firmeza, a los gritos si es necesario, para que queden claras las ideas y los intereses, con la convicción de que al final habrá, en cada caso, ganadores y perdedores, aunque ninguno de los dos lo será totalmente, pues una buena discusión sirve para que cada uno vaya convirtiéndose un poco en el otro.

No estamos acostumbrados a discutir en estos términos. Preferimos negar al otro, como hicimos otras veces y como hoy no debemos hacer. Quizá sea el objetivo más importante y más difícil para los próximos años.

Luis Alberto Romero. Es Historiador (Universidad de San Andrés)

Clarín