“Pensar a fondo el fin del conflicto”. Artículo del académico colombiano Sergio de Zubiría Samper en el que evalúa los avances del proceso de diálogos entre el Gobierno de Colombia y las Farc

El trabajo de las delegaciones en los diálogos de La Habana ha sido titánico y sus consecuencias son un referente para el mundo. Tres circunstancias son destacables para realizar este juicio de valor. En primer lugar son un ejemplo de cómo la imaginación creadora de los colombianos no ha desaparecido. En segundo lugar la mesa ha ido adquiriendo y desatando una función constituyente necesaria para terminar adecuadamente el conflicto armado interno. Tercero el juicio sobre los acuerdos se perfila como un asunto cualitativo y no exclusivamente cuantitativo.

Uno de los elementos cualitativos que es necesario subrayar como virtud del proceso de negociaciones es la visión de integralidad o totalidad que ha predominado en los borradores conjuntos. Terminar el conflicto más extenso del hemisferio occidental exige una atención esmerada a la perspectiva de totalidad. Una mirada fragmentada o unilateral sería una amenaza para su comprensión, interpretación y terminación.

Pretendemos con estas líneas llamar la atención sobre la urgencia de pensar teóricamente y discutir a fondo el punto tres del “Acuerdo General”, como también tomar distancia de ciertas visiones que conciben el “fin del conflicto” como un asunto técnico o relativo exclusivamente a las fuerzas en confrontación armada. Para perseverar en una perspectiva de totalidad es conveniente concebir el “fin del conflicto” como un momento interrelacionado con la problemática agraria, la participación política, la política pública de drogas ilícitas, las víctimas, la jurisdicción especial de paz y la implementación, verificación y refrendación de los acuerdos. La naturaleza reflexiva y filosófica otorgada a la noción de “fin” será determinante para sembrar las bases futuras de una paz con justicia social.

Las partes que componen este artículo son las siguientes. En primera instancia la recuperación de algunas enseñanzas del proceso de la Comisión en Sudáfrica desde la perspectiva de una de sus investigadoras. El segundo momento pretende hacer patentes las limitaciones que tienen algunas visiones tecnocráticas y especialistas del “fin del conflicto”. La tercera intenta destacar los contenidos del punto tres del “Acuerdo General” y los importantes desafíos teóricos que contiene. No pretendemos agotar la profundidad y totalidad de los factores que inciden en la terminación del conflicto, sino llamar la atención sobre algunos aspectos que consideramos neurálgicos desde el punto de vista reflexivo.

Un diálogo con el legado Sudáfricano

La reconocida investigadora de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, Verónica Barolsky, en su visita en el mes de abril de 2015 a Colombia, hizo importantes reflexiones que iluminan las complejidades de la terminación del conflicto interno en nuestro país. Nos donó algunas claves para pensar a fondo las dificultades actuales del proceso de negociación entre el Gobierno y las FARC-EP.

Para esta investigadora la primera consideración es aprender a interpretar la realidad social siempre en dimensión de contexto y especificidad histórica. En sus palabras: “la situación, por ejemplo en Colombia, es muy específica. Lo que funcionó para nosotros, no necesariamente va a funcionar para ustedes” (El Espectador, abril 2015). Aconseja no importar modelos internacionales de manera acrítica, por ejemplo, en el ámbito de la justicia la excesiva influencia de los estándares internacionales se convirtió más en un problema que en una solución. La segunda es evitar la mistificación o sobrevaloración del papel de las Comisiones de la Verdad y considerar la conveniencia de un acercamiento crítico a sus funciones. Los motivos para esa distancia crítica son profundos, destacando entre ellos: la tendencia a otorgar a los informes una función casi milagrosa; su escaso papel en el proceso de reconciliación y sanación; la persistencia de grandes desigualdades económicas luego del acuerdo; las críticas que emergen desde la academia por la falta de precisión científica de la historia generada por la Comisión de la verdad; entre muchos otros. La tercera clave es la necesaria preparación para múltiples frustraciones que no pueden ser previstas por los acuerdos y hacen parte de la crisis ética que experimentan las sociedades contemporáneas. Muchos que apoyaron el apartheid y perpetraron crímenes abominables continuaron viviendo libres; de acuerdo con Barolsky, “muchos ni siquiera fueron a la Comisión a pedir amnistía. Pensaron que eran intocables, enviaron a operarios de menor nivel y no asumieron su responsabilidad, eso generó resentimiento interno sobre la clase de liderazgo político. Muchos de ellos siguieron viviendo en Sudáfrica”. El cuarto secreto es asumir la naturaleza “dura” o difícil de las negociaciones, evitando el facilismo o la simplificación en la última etapa, por motivos de simples resultados rápidos. En sus términos: “y quizás, hacer ahora negociaciones más duras, para no quedar con asuntos inacabados en el futuro, como nos sucedió a nosotros”.

La experiencia histórica de Sudáfrica nos muestra que el fin del conflicto adolece de ciertos errores estructurales que deben ser elevados a la conciencia crítica colectiva. Existe la tendencia a caer en la ilusión de que después de la firma de un acuerdo o la celebración de unas elecciones en las nuevas condiciones, ya somos un país pacífico, libre y podemos continuar marchando tranquilamente hacia el “futuro”. En la vida real, el pasado y los problemas arcaicos continúan teniendo gran influencia en el presente y el futuro; perduran por varias generaciones. “Si uno cree que el pasado se acabó y comienza un nuevo capítulo, está muy equivocado”. También existe la tendencia a dejar muchos asuntos inacabados por el afán de resultados inmediatos y visibles. Para no desfigurar el futuro y caminar hacia una frustración, es recomendable reflexionar a fondo, y por momentos, hasta aplazar la finalización.

Las tensiones teóricas en el fin del conflicto

Desde una mirada filológica y filosófica, en el concepto “fin” se constatan relevantes discusiones y tensiones. En un sentido primario puede significar la “terminación”, el “límite” o “acabamiento” de una cosa o de un proceso. Pero en sentidos más profundos afloran por lo menos tres significados: A) Uno temporal, como momento final en el tiempo; B) Uno espacial, como el límite en un determinado espacio o territorio geográfico; C) Uno ligado a intención, como el cumplimiento de una intención, propósito, objetivo o finalidad. Desde Aristóteles se ha entendido el “fin” en relación con la “causa final”, como “aquello por lo cual o en vista de lo cual algo se hace” (Ferrater Mora). En el lenguaje ordinario se hace la distinción entre “el fin” y “la finalidad”, porque la selección del fin debe ser siempre por medio de la conciencia. Otro atributo filosófico que contiene el fin es la universalidad. Por ello el fin es lo que termina algo y a la vez aquello a lo que se dirige un proceso hasta quedar acabado o terminado en sentido universal. La filosofía occidental ha dedicado esfuerzos reflexivos a construir características para que un fin pueda ser considerado concluido de forma universal, como también a la existencia de distintas tipologías de fines (absoluto y relativo; principal y secundario; inmanente y trascendente; interno y externo; etc). Las características para que un fin sea universalmente realizado tienden a ser exigentes, por ejemplo, que todas las potencialidades del proceso se conviertan en realidad efectiva, que no quede faltando nada del horizontes de expectativas, que la totalidad de la población afectada tenga gradualmente beneficios, el reconocimiento que la firma de acuerdos no es la terminación inmediata de un conflicto social, entre otras.

En las ciencias sociales la polémica ha girado en torno al tipo de “racionalidad” que orienta la acción social. El predominio de una “racionalidad instrumental” o de una “racionalidad tecnológica” puede ser criticado en un ámbito tan complejo como la terminación de un conflicto social-armado. La “racionalidad instrumental” se orienta exclusivamente a construir los medios adecuados al logro de ciertas metas y resultados; su acento está en los medios, los resultados, en la “acción por la acción”. La razón se convierte en un “mero instrumento”, pierde su capacidad para concebir ideas y ocuparse de fines últimos (Horkheimer). En el curso del proceso de tecnificación actual, se ha difundido en la sociedad una nueva racionalidad tecnológica (Marcuse), cuyos rasgos principales son: la conversión de la razón en un sistema operativo de control, producción y consumo estandarizados; su transformación de una fuerza que critica a una de ajuste y obediencia; la homogenización del pensamiento y su consecuente especialización; la subordinación del pensamiento a cánones externos dados previamente como la eficiencia sumisa; la aparición de una “tecnocracia” que agudiza la brecha entre el “conocimiento común” y el especializado, entre expertos controladores y coordinadores y la gente controlada y coordinada; el predominio autoritario cada vez mayor de la burocracia y la masificación (Weber).

La tiranía de una racionalidad “instrumental” y “tecnológica” en las acciones y procesos de terminación de un conflicto, tendría consecuencias devastadoras. Podemos subrayar algunos de estos posibles desenlaces. El primero consiste en reconocer que las soluciones meramente técnicas tienden a ser inmediatistas o coyunturales, y nunca rozan la complejidad multideterminada de la problemática social. Concebir el fin del conflicto como un simple asunto técnico sería un grave error teórico y práctico. El segundo remite a realizar una lectura del “fin” como si fuera una exclusiva cuestión de buscar los medios, instrumentos o tácticas adecuadas. Renunciar a una reflexión profunda sobre los problemas profundos contenidos en los fines últimos de la terminación del conflicto, conlleva a una perpetuación agravada del conflicto. El tercero alude a entregar la responsabilidad del fin del conflicto a los expertos, los tecnócratas o la burocracia, con sus inmensos peligros y déficit éticos. Una mirada exclusivamente especialista tiende a atomizar la realidad, confunde la persona humana integral con el empleo, aísla las funciones subordinadas de las funciones ejecutivas y aumenta la “racionalidad” de la sumisión.

La complejidad del punto 3

El Acuerdo General de agosto de 2012 concibe el “fin del conflicto” como un “proceso integral y simultáneo” que implica atender de forma paralela siete temas de alta complejidad: cese al juego y de hostilidades bilateral y definitivo; dejación de armas; revisión de la situación de las personas privadas de la libertad; combate a las organizaciones criminales y sus redes de apoyo; reformas y ajustes institucionales necesarios para la construcción de la paz; garantías de seguridad; esclarecimiento del fenómeno del paramilitarismo. Para un lector atento, llama la atención la perspectiva procesal, integral y de totalidad de la concepción del fin; así como, la densidad de los asuntos a tratar. Cada uno de estos siete problemas exige una reflexión a fondo, pero nos queremos limitar a dos de ellos, sin desconocer su interrelación y dificultades.

La problemática de la dejación de armas (3.2), en una lectura exclusivamente tecnocrática, ha querido simplificarse a un asunto técnico-militar y etimológico. Pero desde una racionalidad histórica y compleja contiene dificultades determinantes para el fin del conflicto interno colombiano. En primer lugar, se trata de reconocer que terminar un conflicto social no se logra sin superar la mentalidad contrainsurgente y guerrerista que ha dominado culturalmente nuestro país por décadas. En segundo lugar, tendremos que salir de ese modelo “televisivo” y espectacularista de unas insurgencias que “entregan” su armamento como una muestra de sometimiento y reintegración al orden dominante. Tercero, asumir que esta dejación debe hacerse como lo plantea el “Acuerdo General”, es decir, de acuerdo con los intereses económicos, sociales y políticos de las FARC-EP, y no del régimen existente. Tendremos que prepararnos para una dejación social de todas aquellas matrices sociales y culturales que expanden la mentalidad contrainsurgente, el guerrerismo y los discursos del “enemigo interno”. Recuperar la tesis profunda del maestro Gerardo Molina que “Colombia ofrece la particularidad de que antes de que hubiera socialismo ya había antisocialismo”. Rememorar los análisis de Marcuse sobre la agresión omnipresente y predominante en las sociedades contemporáneas, a través de la deshumanización del proceso de producción y consumo, las condiciones de aglomeración de masas, la militarización y habituación psicológica a la guerra, el lenguaje agresivo y administrado, las tendencias tecnológicas destructivas y la desintegración del valor de la verdad. “Lo importante no es que los medios de comunicación mientan ( presupone estar comprometido con la verdad); mezclan, más bien, verdades y medias verdades con omisiones, informaciones de hechos con comentarios y juicios de valor, información con publicidad y propaganda… se refugian entre líneas, o se camuflan, o se mezclan armoniosamente con tonterías, chistes, y pretendidas historias de interés humano” (Marcuse).

El esclarecimiento del fenómeno del paramilitarismo (3.7) es una condición sine qua non para superar estas matrices socio-culturales de contrainsurgencia y un requisito ineludible para el fin del conflicto. Por ello constituye el último sub-punto del punto tres. Sin una esclarecimiento teórico e histórico de este fenómeno no podrán sembrase las premisas de la paz, la memoria y la justicia. Existen también representaciones instrumentales y tecnocráticas del fenómeno del paramilitarismo, por ejemplo, el “negacionismo” (el expresidente Virgilio Barco en 1987 afirmó que era una simple “confusión semántica”) o la “reduccionista” que lo limita a simples “manzanas podridas” de algunos agentes del Estado o la simple noción de “guerra sucia”; como otras seudo-explicaciones que lo limitan a una mera manifestación del narcotráfico. Una investigación rigurosa no puede desconocer que en 1962, como lo subraya Michael McClintock, tomando la información de fuentes oficiales norteamericanas, llegó a Colombia el General Wiiliam Yarborough, Comandante del Special Warfare Center de Fort Bragg, que servía a la División 82, conocida por su participación en Vietnam y en la invasión a otros países, recomendando crear organizaciones de grupos paramilitares secretos para llevar a cabo operaciones violentas contra la “oposición doméstica o nacional”. Tampoco es posible ignorar las figuras semejantes de para-institucionalidad utilizadas durante la violencia de 1946-1953 por los “pájaros”, “chulavitas”, “aplanchadores”, “penca ancha”, etc. El Estado, la academia y la sociedad le adeudan a la paz de Colombia una historia esclarecedora y verdadera sobre la génesis y desarrollo de las distintas etapas del “paramilitarismo” en Colombia.

Prensa Rural