Chile: reordenamiento de las fuerzas políticas y retorno de la derecha al poder gubernamental – Andrés Cabrera, especial para NODAL

Chile: reordenamiento de las fuerzas políticas y retorno de la derecha al poder gubernamental

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El pasado domingo 17 de diciembre, el candidato de la derecha Sebastián Piñera se impuso categóricamente en la segunda vuelta presidencial al candidato oficialista, Alejandro Guillier, obteniendo un 54% y 45%, respectivamente. La victoria de Sebastián Piñera era probable, ya que lideró por años y sin mayor contrapeso en la totalidad de las encuestas. Sin embargo, los resultados de la primera vuelta trajeron incertidumbre y llevaron a Sebastián Piñera y su comando a implementar una estrategia distinta a la ejecutada hasta ese entonces; por lo pronto, una estrategia más acorde al 36% obtenido aquél 19 de noviembre.

En el ámbito parlamentario los números fueron mucho más auspiciosos para la derecha, aunque es necesario considerar que los partidos que componen Chile Vamos no logran por sí solos la mayoría simple en ambas cámaras (en el Senado suman 19 de un total de 43 y en la cámara de Diputados componen una bancada de 72 de un total de 155). La capacidad parlamentaria de Chile Vamos era de todos modos, menor que la que había alcanzado la Nueva Mayoría el 2014, coalición que había obtenido la mayoría simple en ambas cámaras y que hoy se encuentra al filo de la extinción debido a la escisión que separó el histórico eje concertacionista mantenido entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. El agotamiento de la socialdemocracia a nivel internacional también se constata de manera elocuente en Chile. Es más, es este agotamiento el que explica gran parte de la derrota obtenida por el candidato de la Fuerza de la Mayoría; pacto electoral heredero de la Concertación y Nueva Mayoría que congrega al Partido Socialista, Partido Por la Democracia, Partido Radical y Partido Comunista. Claro está que la entropía relativa del sistema de partidos y su tendencia a la polarización tiende a la fragmentación de las coaliciones políticas tradicionales, cuando no la de las formaciones emergentes. Evidentemente, la tendencia a la implosión de la centroizquierda transicional, el surgimiento de posiciones ‘díscolas’ y el surgimiento del Frente Amplio mermó la capacidad electoral del candidato de la Fuerza de la Mayoría. En el caso del Frente Amplio, cabe destacar que dicha coalición emergente ha resistido adecuadamente la presión del sistema hacia la fragmentación; agudizada y sintetizada en el contexto de segunda vuelta mediante el dilema si la coalición emergente apoyaba formalmente o no a Alejandro Guillier en su enfrentamiento con el candidato de la derecha, Sebastián Piñera. Finalmente, la posición ambigua que adoptó el Frente Amplio, dejando en ‘libertad de acción’ a sus votantes, le permitiría descomprimir la tensión interna, mermando no obstante su capacidad de instalar en la discusión pública los ejes programáticos claves de incorporados en su programa de gobierno.

En la derecha, y con el predominio relativo en el Congreso conquistado el 19-N, el sector se enfrentaba a dificultades imprevistas en la variante presidencial de cara al balotaje. Cundió el escepticismo, en gran medida, porque la suma de votos obtenidos por los dos candidatos que presentaba la derecha, Sebastián Piñera y José Antonio Kast (el candidato de la derecha radical emparentada con el pinochetismo que rosó el 8% de los votos), no lograban superar el caudal electoral obtenido por el propio Sebastián Piñera en la primera vuelta del 2009 (3.074.164). En las elecciones del 2013 la derecha había retrocedido a sus mínimos históricos, cuando Evelyn Matthei registró poco más de 2.1 millones de votos (37%) frente a los 3.4 millones de votos obtenidos por Michelle Bachelet (62%). La derecha–se suponía–estaba cerca de su “techo electoral”.

Incluso, parecía que el 22% que obtuvo Alejandro Guillier en primer vuelta –sólo dos puntos más que los 20 puntos obtenidos por la candidata del naciente Frente Amplio, Beatriz Sánchez– era una cifra que lo dejaba en una posición expectante, ya que al menos en el papel, la suma del total de candidaturas de la centroizquierda e izquierda (6 en total) superaban el 45% de los votos obtenidos en la primera vuelta, un punto más que la suma de los porcentajes obtenidos por los candidatos de la derecha (44%) en la misma elección. Una adecuada estrategia por parte de Guillier y su comando permitiría viabilizar la remontada. La llegada –se presagiaba– sería estrecha.

Como sabemos, el resultado final del balotaje establecería una clara diferencia de 9 puntos. La derecha retornaba al poder gubernamental producto de un giro estratégico que le permitió afrontar el interregno entre el 19-N y el 17-D de manera osada y ofensiva. En ello radicó la victoria.

El objetivo exclusivo de las cuatro semanas venideras para Sebastián Piñera y su comando fue incrementar la movilización del voto. Los recursos utilizados para conquistar dicho objetivo fueron múltiples. La derecha, por lo general, siempre maneja un plan A, B o C, dependiendo de las complejidades que vaya imponiendo el escenario.

El primer y principal recurso del giro estratégico llevado a cabo por el comando de Sebastián Piñera de cara a la segunda vuelta fue desplegar el recurso del miedo, instalando un ambiente de ‘micropánico’. La condensación semántica de la ‘campaña del terror’ se encarnó en el concepto “Chilezuela”: la victoria de Alejandro Guillier significaba el inicio del fin, el desvío definitivo de un Chile que sale de la vía del desarrollo para transitar el camino del despeñadero chavista. Para ciertos sectores de izquierda, esto fue trivializado hasta más no poder. El recurso irónico primó sobre el entendimiento. Millares de perfiles en Facebook incorporaban las fotografías “fotoshopeadas” de Alejando Guillier acompañado de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Ciertamente, resulta mucho más fácil trivializar las tácticas del adversario que intentar comprenderlas. Banalizarlas–como ha quedado demostrado–es cimentar el camino a la derrota.

“Que la esperanza derrote el miedo”, signaba la última frase del tuit lanzado por Pablo Iglesias en el marco del 17-D. Lo que sucedió fue lo contrario. El miedo derroto a la esperanza, por más que aterrizara en Chile a días de las elecciones uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana y mundial, el ex presidente de Uruguay, José Mujica, invitado estelar del cierre de campaña de Alejando Guillier. Si algo de “mística” le quedaba a la derivación histórica de la concertación, esta se había esfumado con el bacheletismo y el proyecto fallido de la Nueva Mayoría.

Junto a “Chilezuela”, la ofensiva piñerista alcanzó ribetes inesperados cuando el propio candidato de la derecha estableció que en primera vuelta se habían registrado casos de votos marcados a favor de la candidatura de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. Si bien, durante los últimos años el Servicio Electoral había sido cuestionado por algunas decisiones y falencias específicas, nunca se había puesto en tela de juicio el sistema electoral de la forma en que lo hizo Sebastián Piñera. El riesgo asumido, claramente, fue decisivo en la movilización del voto. No ha de olvidarse que durante las primeras horas del 17-D comenzaron a circular en redes sociales fotografías de votos marcados, replicando claramente la lógica de las fakes news. Ello pasó al olvido por la distancia de los candidatos obtenida en el balotaje. Sin embargo, es muy probable que con una llegada más estrecha, estas informaciones hubiesen sido utilizadas como un recurso en un contexto de resolución incierto. Nuevamente, las derechas suelen tener siempre plan A, B y C.

Junto al recurso del miedo, una de las apuestas más importantes por parte del piñerismo se dio en la temprana incorporación de 3 liderazgos representativos del sector, quienes oficiaron prácticamente como ‘voceros’ de la campaña de Sebastián Piñera. Hablamos del ya mencionado José Antonio Kast (representante de la derecha conservadora heredera del pinochetismo), y los ex candidatos presidenciales del sector en el contexto de las primarias presidenciales: el ‘díscolo’ y ex Renovación Nacional, Manuel José Ossandón (referente de una ‘derecha social’ capaz de comprometerse con reformas como la gratuidad universal) y Felipe Kast (representante del partido de recambio más importante en la derecha política, Evópoli, con una tendencia más bien liberal en lo valórico y distante de Pinochet). La apuesta era arriesgada, pero sin duda surtió efectos. Se presume (aún resta observar los datos) que Piñera convocó a más del 90% del votante de José Antonio Kast. Que revirtió considerablemente la votación que obtuvo en la populosa comuna de Puente Alto; territorio donde Manuel José Ossandón había sido alcalde y al cual representaba como senador, y donde en primera vuelta la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, había obtenido la primera mayoría. Por su parte, es un hecho que el senador electo por la región de La Araucanía y ex candidato presidencial, Felipe Kast, fue un actor importante para consolidad el triunfo de Piñera en la región que concentra el conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. En la IX región, Piñera obtendría un contundente 62% de los votos. Aunque arriesgada, la convocatoria de estos tres liderazgos fue un éxito.

Un tercer elemento a destacar, es el discurso concertacionista que comenzó a asumir Sebastián Piñera, quien se presentaba en las semanas previas al 17-D como el defensor de la “política de los acuerdos”. Esta posición fue complementada con un viraje importante respecto a la férrea crítica que había manifestado el candidato de derecha al gobierno de Michelle Bachelet y a las reformas que dicho gobierno había impulsado en los últimos cuatro años. El 36% obtenido por Piñera, la votación acumulada de la centroizquierda, y la victoria relativa obtenida por el Frente Amplio que se instalaba como tercera fuerza política, eran cifras suficientes como para suponer que una parte importante de la sociedad chilena aún seguía percibiendo el proceso reformista como algo necesario. Esta lectura llevó a Piñera a morigerar su discurso en contra del proceso reformista, asumiendo de manera casi calcada el eje discursivo que habían asumidos los sectores restauradores que formaban parte de la actual coalición de gobierno; sectores enquistados fundamentalmente en la DC. El discurso de Sebastián Piñera en el cierre de campaña realizado en el Caupolicán no dejaba dudas al respecto: “Hemos aprendido que los chilenos queremos cambios profundos, pero queremos cambios bien hechos basados en el diálogo y los acuerdos y no en la confrontación y mucho menos de la retroexcavadora”.

Finalmente, un cuarto elemento a destacar es la movilización de más de 50 mil apoderados de mesa que convocó la derecha en todo el territorio nacional. Lo cual, habla de una activación política de sector de la derecha que entendía que en esta elección se jugaba una decisión importante respecto del futuro del país.

Junto a estos factores que explicarían la victoria de Sebastián Piñera y el retorno de la derecha al poder gubernamental, los análisis comenzaron a dar cuenta del carácter ‘imprevisto’ de los resultados del 17-D; destacando la configuración de escenarios y secuencias políticas inusuales en la historia política del Chile transicional.

El más destacado de todos: el ‘legado de Bachelet’. Como un caso digno de análisis para la ciencia política comparada, Michelle Bachelet le entregará por segunda vez consecutiva la banda presidencial al principal representante de la derecha política, Sebastián Piñera. Lo había hecho el 2010. Lo hará el 2018, período en el que comienza un nuevo ciclo político gubernamental y parlamentario que tendrá su próxima cita electoral el 2020 (municipales) y 2021 (parlamentarias y presidenciales). La historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa. En nuestro caso, la referencia que Marx hace sobre la obra de Hegel se nos aparece en versión Déjà vu.

La extraña secuencia entre la centroizquierda y la centroderecha en Chile, vale decir: Concertación-Bachelet (2006) / Alianza-Piñera (2010) / Nueva Mayoría-Bachelet (2014) / Piñera-Chile Vamos (2018) y la contundencia electoral mostrada por el candidato de la derecha en el último eslabón de la repetición es solo uno de los acontecimientos inéditos que se sucedieron en el actual ciclo electoral. ¿Cómo es que se da esta inédita repetición? Por supuesto, las explicaciones son mucho más profundas que las inconsistencias o virtudes de los agentes en disputa. Mucho más compleja que la simple mecánica que –a primera vista– representa la ‘alternancia en el poder’.

En varios escritos previos se había insistido en que las elecciones parlamentarias y presidenciales de fines del 2017 eran las más relevantes en el país desde el plebiscito de 1988[1]. El hecho de que en las cuatro convocatorias electorales que se desarrollaron en menos de 14 meses; vale decir, la las municipales (octubre 2016), las primarias presidenciales (julio 2017) las parlamentarias-presidenciales (noviembre 2017) y el reciente balotaje (diciembre 2017); todas ellas presentaron más de algún registro ‘inédito’, lo cual reafirma la relevancia asignada al ciclo electoral que culmina, cuestión que pareciera ir a contrapelo de los escasos niveles de participación electoral que, hasta las penúltimas elecciones mencionadas, venían a la baja (de un 34% en las municipales del 2016, la participación electoral saltó a un 46% en noviembre de 2016 y a un 49% en el balotaje). Más allá de los auspiciosos números de Piñera, no hay que desconocer que en el Chile actual se registran desde hace algún tiempo, ya no gobiernos de mayorías, sino gobiernos de minorías mayoritarias que acceden al poder gubernamental convocando a un cuarto del padrón electoral (el 2014 Michelle Bachelet lo hizo con un 25,5%, el 2018 Sebastián Piñera lo hará con un 26,4% del padrón)[2].

Los diversos registros inéditos del ciclo electoral vivido, por cierto, forman parte de un fenómeno que da cuenta de cierta incapacidad de los ‘instrumentos de medición’ (encuestas) para leer las múltiples variables que inciden en la conformación del sentido común y el modo en que este se despliega en las convocatorias electorales. En mayor proporción, la población responde con abstención a dichas convocatorias; muchas veces, incorporando el factor del hastío ante el develamiento de diversos casos de corrupción–sobre todo durante el período 2014-2017–cuestión que hemos denominado en otro lugar como el ‘incestuoso maridaje entre el dinero y la política’[3].

Por su parte, el porcentaje minoritario de la población que sigue participando de las convocatorias electorales también se encuentra fuertemente condicionado por una ‘democracia de audiencias’ que redunda en una tendencia a la ‘volatilidad’, ‘fluidez’ o ‘liquidez’ del voto, fenómeno que termina expresándose en la modalidad del famoso “voto cruzado” (traducido en no despreciables porcentajes de votos democratacristianos o frenteamplistas que terminaron inclinándose por el candidato de la derecha en segunda vuelta) o también, en un intenso “recambio de votantes”. El hecho de que el 78% de los nuevos votantes que han participado en las elecciones desde el 2012 (año en que comienza a operar el cambio de voto obligatorio con inscripción voluntaria a voto voluntario con inscripción automática) se haya inclinado por la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez [4].Por supuesto, un porcentaje considerable de la población que asiste a las urnas lo hace por adhesión o convicción a un ideario o proyecto político.

Con todo, encuestas y analistas han errado por lo general en sus diagnósticos, produciéndose una especie de cortocircuito entre los ‘climas electorales’ construidos antes de la elección y los resultados obtenidos posteriormente, tal como sucedió con la victoria del No a la continuidad del Reino Unido en la UE (junio 2016), la victoria del No en el plebiscito referido a los Acuerdos de Paz consensuados entre el Estado colombiano y las FARC (octubre 2016) y la victoria presidencial de Donald Trump en EE.UU. (noviembre de 2016).Producto de este y otros sucesos, la prestigiosa revista Science se preguntaba por los límites de las predicciones (“Predictions and its limits”) en un número especial publicado en febrero de este año.

En efecto, no solo estamos ante los errores de las ciencias sociales y políticas y de sus instrumentos con los que intenta ‘medir’ y ‘explicar’ su ‘objeto de estudio’, sino que también y más crucial aún, estamos inmersos en un período en que es el mismo ‘objeto de estudio’ el que se mueve de manera vertiginosa e inesperada.

En el Chile actual, el fenómeno se expresa tanto en la alteración del sistema de partidos, como en las nuevas modalidades que asumirá el conflicto político, el cual operó durante el período transicional reproduciendo una lógica de ‘reparto duopólico del poder’. El tránsito que va de un sistema multipartidista con tendencia centrípeta; hacia el centro político (y que se expresa en un achicamiento de la distancia ideológica) hacia un sistema multipartidista, ya no moderado, sino polarizado, con tendencia centrífuga; hacia los extremos (y que se expresa en una ampliación de la distancia ideológica).

De este modo, se prevé que el nuevo ciclo que se inicia conformará pactos y alianzas políticas mucho más flexibles y circunstanciales que rígidas y permanentes. Y ello, no sólo se dará en el campo de la política institucional, donde la derecha intentará conformar mayorías circunstanciales aliándose con los sectores más conservadores de la Democracia Cristiana y donde la oposición se encontrará fragmentada y en disputa por la conquista de la hegemonía opositora. Los vínculos también se darán en el plano de la sociedad civil, donde, por un lado, la afinidad del gobierno de Sebastián Piñera con el mundo empresarial, en particular, con su ex canciller, Alfredo Moreno, hoy presidente de la Confederación de Producción y el Comercio (CPC) y el líder de la Sociedad de Fomento Fabril (SOFOFA), Bernardo Larraín Matte, será uno de los ejes orientadores de la derecha político-económica en el poder.

Por otro lado, la principal dificultad para gobierno de Sebastián Piñera estará del lado de “la calle”; vale decir, del lado de los movimientos sociales, los cuales, se encuentran en estado de latencia, prestos a surgir sobre la superficie del conflicto políticosocial que engendra el Chile actual.

Veremos cómo decanta en los próximos meses la nueva geografía política que ha cristalizado en el escenario poselectoral.

***

[1] Cabrera, Andrés. “Entre la desafección electoral y la politización social”. El Mostrador, 22 de octubre, 2016. Disponible en:http://www.elmostrador.cl/noticias/2016/10/22/entre-la-desafeccion-electoral-y-la-politizacion-social/

[2] En un libro de próxima aparición, desarrollamos un análisis específico sobre “la cuestión de las mayorías”, en: Mayol, Alberto & Cabrera, Andrés. Frente Amplio en el momento cero. Desde el acontecimiento de 2011 hasta suirrupción electoral en 2017. Catalonia, Santiago, 2017.

[3] Cabrera, Andrés. “Dinero y política: sincretismo total”. El Mostrador, 17 de noviembre, 2016. Disponible en: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/11/17/dinero-y-politica-sincretismo-total/ Entendiendo que dicho develamiento también forma parte de un marco planetaria más amplio, el cual se ha vuelto visible a través de casos tan emblemáticos como los ‘Panama Papers’ y ‘Paradise Papers’ Quien ha sintetizado este fenómeno de la manera más clara ha sido el filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek, quien en su análisis sobre el primer caso mencionado a mediados del 2016, termina concluyendo lo siguiente: “La corrupción no es una desviación contingente del sistema capitalista global, es parte de su funcionamiento básico”.

[4] Huneeus, Cristóbal & Díaz, Antonio. “Big Data Electoral: ¿Quiénes son los votantes de Beatriz Sánchez?”. La Tercera, 10 de diciembre, 2017. Disponible en: http://www.latercera.com/noticia/big-data-electoral-quienes-los-votantes-beatriz-sanchez/

– Andrés Cabrera. Director de la Fundación CREA, Chile.


VOLVER