Uruguay: El mapa y el territorio. Apuntes sobre estrategia – Por Rodrigo Alonso

“¿Cómo es posible pensar el presente, y un presente bien

determinado, con un pensamiento trabajado por problemas

de un pasado remoto y superado?”

A. Gramsci

Hay una constatación simple: no tenemos mapa. Ni tenemos claro dónde estamos (los estudios sobre las particularidades del capitalismo y el poder en Uruguay son escasos y asistemáticos), ni a donde vamos o debemos ir. Esta falta de coordenadas se ha ido disimulando de diferentes maneras. La asimilación de la racionalidad del capital: la razón de la gestión tecnocrática del orden actual atado a la promesa imposible de un Uruguay escandinavo; el refugio en la doctrina dura e impermeable que pone en circulación un ideario más bien zombi, cargado de simbolismo pero impotente para trazar ejes de acción con actualidad; el repliegue a lo fragmentario, lo local, o la entronización de un pasado imposible, Arcadia feliz, como nuevo horizonte social.

El divorcio entre conducción política y producción teórica que se ha instalado en Uruguay hace ya unos cuantos años tiene su primera víctima en la reflexión político-estratégica. Ese es el campo de debate que nos interesa estimular porque allí, entendemos, está uno de los nudos centrales de nuestro tiempo. Se trata de ir construyendo de manera colectiva nuestras capacidades de cartografiar.

Pensar estrategia es romper el primer cerco, aquel que se instala en la conciencia de lo subalterno y le impide siquiera esbozar una alternativa en clave de totalidad. Es no ser únicamente una víctima que reclama desde el dolor su derecho a existir (aun siéndolo). Es ser capaces de proyectar fuerzas hacia el terreno central de las correlaciones de fuerza, es recuperar iniciativa, es dibujar la nueva ofensiva. Es dejar de pensar desde la parcialidad.

Pensar estrategia es parar de disimular el vacío teórico-político refugiándose en la doctrina y la elaboración estratégica de los abuelos. Es asumir que nadie responderá las preguntas del presente por nosotros, que la teoría pasada es solo una herramienta que no sustituye nuestra necesidad de conocer el presente. Es cometer parricidio. Es hacerse cargo. Es asumir que a cada generación le toca entender dónde está, quién es y a dónde va.

Pensar estrategia es saber que teoría y práctica son una unidad y que el pensamiento y la reflexión es la propia acción en su movimiento. Que no hay atajos y que disfrazar la pereza intelectual con llamados a la acción desesperada es ser carne picada para la máquina. Es capturar las dimensiones del debate que hoy se nos escapan entre el detalle y la manija. Es dejar de fantasear.

Pensar estrategia es asumir la centralidad del problema del poder y entender la primacía de la política, no de forma idealista, sino como momento superior donde se condensan el conjunto de contradicciones sociales. Es saber, como dijo Andreotti, que el poder desgasta, sobre todo al que no lo tiene. Es estar dispuestos a pelear. Es buscar el centro de gravedad del orden social. Es no aceptar la salvación individual.

Pensar estrategia es parar de subestimarnos y ser indulgentes con nuestra propia práctica. Es emprender, como reclamaba Gramsci, “una despiadada autocrítica de nuestra debilidad”. Es dejar de victimizarse y no aceptar más la comodidad de lo marginal.

Volver a pensar estrategia es cerrar el ciclo de la derrota. Es resituar al futuro como el campo fundamental de nuestra preocupación política. Es volver a creer y politizar la esperanza. Es hacer una apuesta de fondo que no sabemos si va a resultar.

Pensar estrategia es saber que la verdadera utopía es el capitalismo humanitario con inclusión social. Que nuestro problema es radical y está en el propio metabolismo del capital. Que a pesar de la sobreactuación de la importancia de la gestión, la crisis orgánica que nos acecha finalmente nos va a alcanzar. Pensar estrategia es empezar a asumir la realidad, y que ésta, no necesariamente nos va a devorar.

(*) Economista uruguayo, integrante del consejo editorial de Hemisferio Izquierdo.