Chile: Rostros de la TV en la construcción de las “fake news” – Por Paul Walder

Nuevos fenómenos amenazan día a día la libre circulación de mensajes. Nuevas vueltas a la concentración de la información, a la reiteración y saturación, procesos impulsados por los medios hegemónicos para consolidar la política espectáculo y el statu quo cultural en pleno desarrollo. La mediatización extrema de la realidad ha logrado sus objetivos como una reinvención de la realidad. Estas son las fake news (noticias falsas), producto de las grandes corporaciones y sus canales informativos.

Un ejemplo claro. El Grupo Bethia, con activos en el retail, inmobiliarias, viñas, transportes, sanitarias y en medios de comunicación como Mega, anunció tras las elecciones cambios en Radio Infinita, emisora de su propiedad, para lanzar una programación política radiofónica conducida por “rostros” (les llaman “voztros”) de la televisión. Un proyecto que no tiene otro fin que amplificar discursos conocidos, levantar líderes de opinión certificados por el establishment y distorsionar aún más la libre circulación de mensajes. El mismo mercado, que concentra, erosiona y desnivela todas las áreas de la economía y la vida social, hace lo suyo en las comunicaciones.

Si ya los chilenos estaban sometidos a una grave distorsión de la realidad, tal como lo comprueba y compara sin mucha vergüenza a nivel mundial la reciente encuesta IPSOS, este nuevo paso sólo puede denunciarse como un avance a la absoluta privatización y monopolización de los discursos. En esta escena de extrema opacidad, la escasa pluralidad en la emisión de la información tiene como consecuencia, entre otros fenómenos, la ocurrencia de gobiernos corruptos y de baja representatividad. El regreso de Sebastián Piñera a La Moneda no puede dejar de explicarse por esta deformación de la realidad.

Las fake news, que amenazan no sólo el futuro de las redes sociales sino derechos tan básicos como el de una información plural y objetiva, son el efecto combinado de la concentración de los medios y su relación subalterna con el gran capital. Este es el origen de las noticias falsas que abarcan desde rangos tan ingentes y planetarios como la política estadounidense respecto a Oriente Medio y Corea del Norte a nuestra pequeña, pero no por ello irrelevante, relación con el modelo de mercado. Una constante y acumulativa desfiguración de los hechos termina por construir una gran mentira asimilada como única y básica realidad. Este es también el punto de apoyo de todo tipo de fanatismos, terrores, nacionalismos y racismos.

Las redes sociales están habitadas por individuos aislados, por seres anónimos y su principal alimento es la información generada por los medios hegemónicos. El filósofo coreano, de la Universidad de Berlín, Byung-Chul-Han habla del hombre digital como una concentración sin congregación, una multitud sin interioridad, sin alma ni espíritu. Seres aislados que replican y reproducen el discurso dominante y son incapaces, pese a su indignación, de generar energías políticas. Las multitudes furiosas de las redes sociales están fragmentadas, carecen de un “nosotros”, de una acción común. Con la misma rapidez que emergen se desarman.

El mundo digital acumula elementos, suma contenidos, descarga rabia, pero es incapaz de organizarse, de marchar. El hombre digital que expone Chul-Han está saturado de información y carece de la capacidad para diferenciar lo esencial de lo accesorio, lo nuclear de lo periférico. Bajo el torrente de información, provista por los medios y sus cadenas de intereses, el ser digitalizado está sometido a todo tipo de confusiones y contradicciones.

Las redes digitales son el mayor amplificador de los contenidos torcidos y falseados elaborados por las grandes cadenas. Un torrente que arrastra información previamente filtrada y acotada para reforzar la institucionalidad neoliberal. El pensamiento crítico, generalmente omitido y aislado, es también destruido. Venezuela puede ser hoy el ejemplo más palmario de los efectos en la política real de las noticias falsas, caso que las grandes cadenas extienden hoy a Irán, a todo el mundo árabe y a cualquier opción política contraria a los grandes intereses de Occidente y el gran capital.

(*) Periodista, articulista y analista chileno, licenciado en la Universidad Autónoma de Barcelona.