Se consuma el fraude en una Honduras en llamas – Por Ezequiel Sánchez, especial para NODAL

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En un estadio semi vacío, rodeado de cordones militares y con protestas a su alrededor, Juan Orlando Hernández asumió su segunda presidencia consecutiva en el país centroamericano. No le importó al resto de las naciones la cantidad de denuncias que se realizaron sobre las elecciones, ni que la propia OEA hubiera emitido un informe donde no podía garantizar la validez del resultado.

Los pocos países que sí aceptaron los comicios, tampoco enviaron representantes a la juramentación. Ni Estados Unidos, ni siquiera Israel, que había conseguido que una hondureña descendiente de palestinos votara hace menos de un mes en la ONU a favor del traslado de la embajada a Jerusalem.

Pero mientras en la ceremonia oficial se hablaba de paz, prosperidad y tolerancia, en las afueras ocurría exactamente lo opuesto. La movilización convocada por la Alianza de oposición encabezada por el candidato Salvador Nasralla y el ex Presidente Mel Zelaya, era reprimida antes de siquiera avanzar cien metros. La policía y los militares no dudaron en tirarle infinidad de gases lacrimógenos a los niños, jóvenes, adultos y mayores, mujeres y hombres indignados por el fraude electoral y por la situación general del país. La violencia institucional continuó a lo largo de toda la jornada y por todas las geografías.

Poco debería sorprender el actuar de las fuerzas del orden, si desde que fueron las elecciones hace dos meses, se han documentado casi cuarenta asesinatos políticos consecuencia de las grandes protestas que se vienen desarrollando en todas las regiones del uno de los países más pobres y con mayor impunidad del continente. A comienzo de año, Juan Orlando removió al ex Jefe de la Policía Nacional con el argumento de que su reemplazante era de extrema confianza y profundizaría la depuración de la institución, pero en menos de una semana saltó un informe obtenido por AP que lo denunciaba por encubrimiento en el tráfico de 780 kilos de cocaína cuando era Jefe de Inteligencia.

Para el colmo, la economía del país depende casi exclusivamente de las remesas que envían los migrantes, que prefieren jugársela a separarse de sus familias y atravesar toda Guatemala y México, para cruzar el Río Bravo y con suerte poder enviar ahorros, antes que quedarse en Honduras y sus casi nulas oportunidades. Al Estado parece convenirle ser un productor de mano de obra barata, que garantizarle servicios básicos a su población.

Hace menos de una semana, el recién electo Congreso “se confundió” al publicar en el diario oficial La Gaceta un texto del Presupuesto 2018 que no había sido el discutido en el hemiciclo y que servía para proteger a funcionarios corruptos, entre ellos más de sesenta diputados -incluyendo al Presidente del Congreso- acusados de desviar fondos públicos a ONGs amigas.

La denuncia había sido hecha pocos días antes por la MACCIH, una misión similar a la que en Guatemala había destapado los casos de corrupción que acabaron con la renuncia del presidente Otto Perez Molina y su vicepresidenta en 2015, mismo año que se difundió el millonario saqueo al Instituto Hondureño de Seguridad Social y que le costó la vida a más de tres mil personas.

Muchos de esos fondos habían sido destinados a financiar la primera campaña electoral de Juan Orlando Hernández en 2013. Y de la misma forma que el entonces presidente Pepe Lobo no lo denunció antes de los comicios “para no afectar el resultado”, la MACCIH fue acusada por la oposición de guardar silencio y revelar su informe recién después de que JOH se presentara para su segundo mandato.

Reelección que sigue prohibida por la Constitución y que había sido la excusa para justificar el Golpe de Estado sobre Manuel Zelaya en 2009, pero que una Corte Suprema servil abaló en este caso, para permitirle a Juan Orlando aferrarse al poder y seguir con los negocios para los pocos que controlan los tres poderes de la supuesta República, que ya ni de ser bananera puede jactarse.

(*) Periodista argentino residente en Tegucigalpa.
[email protected]