Costa Rica: Ante la encrucijada del 4 de febrero – Por Mauro Murillo

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Desde que desaparecieron las ideologías definibles, el bipartidismo y la afiliación fiel y vitalicia, cada cuatro años hay una verdadera encrucijada para el elector. Es tal el espectro o biodiversidad de aspirantes al trono, que desconcierta. Viéndolos en los debates, prácticamente todos aparentan ser muy buenos.

En la situación de desmadre totalizador por la que navegamos, las elecciones ponen ciertamente en las manos de los votantes el destino de nuestra tropicalísima República. La cosa está fututa, como decía mi abuela.

Sería imprudente hacer recomendaciones a favor de alguien. Es necio insistir en las condiciones que debe reunir un Presidente, lo que de todos modos puede reducirse en que debe tener algo así como las de un buen padre de familia (modelo definido hace más de 200 años) multiplicado por 100. O sea, que a casi nadie, en este país, se le puede elegir Presidente, de modo que garantice buen éxito. En todo caso, la práctica ha demostrado que no la pegamos.

La angustia no es exactamente volver a fracasar. Porque, atentos, eso de que los pueblos no se equivocan es pura vara. Lo que nos debería angustiar es entregar el Poder a quienes, meditándolo seriamente, podrían llevarnos a tocar fondo. Porque sí: elegir debe ser un acto cerebral, frío. No debemos guiarnos ni por el corazón ni por el hígado.

El asunto es relativamente sencillo: preguntarse qué es lo que conviene, quien es el que más nos puede garantizar que es lo que se necesita y en este momento de despelote.

Invoquen la Divinidad para que los ilumine, si así les parece. Pero solo el cerebro (bien empleado) es el que puede garantizar una decisión tendencialmente acertada. Tenemos la obligación moral de mejorar el país. Es delinquir entregarlo a la suerte. Es irresponsable tomar decisiones simplistas, fundadas en detalles pendejos.

No podemos seguir en esta vaciladera de atribuir la corrupción solo a unos, cuando a cualquiera puede pegársele. No podemos seguir en esta gozadera de promover el cambio solo por el mero cambio.

Por la razón que fuere, ya no habrá Presidente con mayoría legislativa. Nuestra democracia ya solo puede sobrevivir si hay capacidad de negociación. Un extremista, de cualquier especie, en cualquier campo, difícilmente puede ser un buen negociador. Ya no es tan sencillo como que se requiere un Presidente arrecho dispuesto incluso a “volar guayabo”.

En fin, que la suerte nos acompañe. Pero, recuerden, cada cual tiene lo que merece, en el sentido de que no hay derecho a lamentarse del resultado de nuestras decisiones. Hemos vivido, en los últimos 65 años, solo pensando en nuestra felicidad, la que a güevo debemos tener. Hasta esto estamos arruinando.

La política electoral es un proceso de seducción. No seamos tan tarados de no distinguir la broza del grano.

(*) Mauro Murillo, abogado

El País