Los compromisos de la actual administración norteamericana con América Latina y el Caribe – Por Darío Salinas Figueredo

*Darío Salinas Figueredo

Los conceptos externados por el Secretario estadounidense Rex Tillerson, desde su exposición en la Universidad de Texas y sus intervenciones durante su periplo por la región, pertenecen a los propósitos estratégicos actuales de su gobierno. Tienen mérito de la claridad. Pero, resulta deplorable que un contexto de crisis global del capitalismo no sirva para promover las mejores relaciones, toda vez que alimenta el uso de la mentira y la prepotencia, el autoelogio y la descalificación, la promoción del fraude electoral y los golpes de Estado. Para la política estadounidense no existe frontera entre cooperación e intromisión.

El viaje del diplomático es parte de la contraofensiva estadounidense en curso y obedece al imperativo dentro de su política global de sobreponerse a su cuestionada hegemonía. Es inocultable su urgencia por gravitar en la coyuntura regional y recomponer su desgastada credibilidad. Mostrar que incide en el desenvolvimiento político de su patio trasero es crucial en la tarea de restaurar su deteriorado liderazgo. Es esta la razón que explica la invocación de aquella anacrónica construcción de política exterior fundada en la Doctrina Monroe. Sólo desde allí puede convalidar su gran frontera sur, nuestra región, como prolongación de su territorio. En esa mirada no solo se albergan palabras de agravio ni simples amenazas. Se trata de un posicionamiento estratégico sustentado en un vigoroso incremento en su presupuesto de defensa para el presente año fiscal, cuyo monto no tiene parangón ni siquiera entre las naciones que registran el mayor gasto militar.

Un punto reiterado aparece bajo la afirmación de “una alarmante presencia” de Rusia y China. Desde la prepotencia unipolar no se admite el desarrollo de un proceso poli-céntrico, tampoco que sus expresiones se prolonguen en su zona de influencia y menos que los gobiernos latinoamericanos desarrollen relaciones comerciales y de cooperación sin su consentimiento. Si se trata de hacer consideraciones serias sobre “prácticas depredadoras” o de “apoyo a regímenes no democráticos”, en ninguna parte la soga en casa del ahorcado será algo bien visto. No está de más recordar que no han sido Pekín ni Moscú los que han promovido la instalación de bases militares en la región. Nuestra región es la franja del mundo que registra el mayor número de intervenciones norteamericanas, desde cuyas iniciativas gubernamentales históricamente se han gestado golpes de Estado, oprobiosos regímenes dictatoriales y execrables violaciones a los derechos humanos en asociación con los grandes intereses oligárquicos y mandos castrenses cuya doctrina de seguridad nacional pertenece al Pentágono. Con todo, aunque imputar responsabilidad a estos gobiernos, y más allá de su verificabilidad en el sentido que le atribuyen, no debe tomarse a la ligera, toda vez que como recursos de las construcciones estadounidenses resultan funcionales a sus prácticas intervencionistas.

Difundir la llamada “presencia rusa” en México, por ejemplo, es parte de una guerra sucia mediática de cara a las próximas elecciones, cuya eficacia, sin importar la veracidad, tiene un punto importante de ratificación en el campo de las percepciones sociales, los comportamientos políticos y no precisamente para bien del juego electoral. La derecha mexicana y su clase política, subordinada completamente al designio de Washington, no pierde ni un instante el sentir del país y el movimiento de las preferencias en su estrategia de desprestigiar, aislar, amenazar, corromper, reprimir y defraudar a cualquier alternativa de gobierno que intente asumir plausiblemente mayores grados de autodeterminación.

La geopolítica estadounidense evalúa la región integralmente, desde Canadá hasta Tierra del Fuego. Su jerarquizada exposición sobre los recursos energéticos demanda la más alta consideración crítica. Los países que disponen de importantes reservas petroleras, como México y Venezuela, están más que advertidos. La radiografía expansionista de sus intereses sobre nuestros recursos no es compatible con los factores políticos de inestabilidad. De allí que hoy nos coloque sobre la mesa de discusión la decimonónica visión de la trilateral sobre gobernabilidad. Siguiendo minuciosamente los procesos políticos actuales, EEUU fue el primero en reconocer, a contrapelo del sentir regional, el fraudulento resultado de la reciente experiencia electoral hondureña. No escapa a su preocupación que en los foros multilaterales no ha podido refrendar aquella directa influencia que en el pasado ha convertido la práctica de la subordinación en relación de normalidad. De allí el nada discreto respaldo que le viene brindando al Grupo de Lima, que nace justamente para coadyuvar el accionar hemisférico contra Venezuela y Cuba, la programada VIII Cumbre de las Américas de abril, así como la reunión del G-20 a realizarse en noviembre, contando por supuesto con el concurso activo de la OEA.

El pueblo bolivariano está sentenciado por la política estadounidense: “Venezuela es la imagen opuesta del futuro de estabilidad”. El derrocamiento del gobierno es prácticamente un decreto, en cuyo itinerario caben desde todas las formas de desestabilización sin descartar un embargo petrolero, la declaración fraguada en favor de una “crisis humanitaria” hasta un golpe de Estado y/o un mayor despliegue de las condiciones que avalen una intervención militar.

Sobre Cuba, nada nuevo bajo el sol. Aunque señala al gobierno de la isla como el principal responsable del futuro de la relación, una mirada más cuidadosa sobre ese proceso indica que el deterioro de las relaciones restablecidas seguirá su curso de estancamiento y no precisamente por la responsabilidad del gobierno cubano. Las razones van desde los no comprobados “ataques acústicos” hasta las medidas concretas adoptadas para recrudecer el bloqueo, pasando por la dedicatoria especial inscrita en el Memorando Presidencial sobre Seguridad Nacional cuyo sentido principal reaviva el objetivo de cambio de régimen.

Desde una lectura latinoamericana, estamos en presencia de un modelo de relación discutible e inadmisible. Su discurso, bajo el ropaje de una engañosa concepción de democracia, libertad y prosperidad, es cada vez más inverosímil. Aun así, puede tener una eficacia destructiva. Aunque los dispositivos injerencistas parecen haberse desplegados, los objetivos estratégicos en punga están abiertos a múltiples cauces en los que la política, especialmente la buena política forjada de acuerdo a lo que une, está llamada a jugar su papel como arte de lo posible para preservar lo mejor y evitar lo peor.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana. Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. Investigador adscrito al Grupo de Trabajo Estudios sobre Estados Unidos de CLACSO.
E-mail: [email protected]
Twitter: @dariosalinas


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