Uruguay: la ¿revolución? de los megarricos – Por Luvis Pareja

Luvis Pareja*

Nada democrático ha sido el comportamiento de la derecha en la región y los uruguayos son conscientes de los peligros que los acechan al “paisito” luego de los golpes de Estado en Paraguay y Honduras, la destitución de Dilma Rousseff y el golpe en Brasil, el intento de secesión en Bolivia, y los triunfos de Sebastián Piñera y Mauricio Macri, en Chile y Argentina.

Pero asombra la poca reflexión, el inexistente debate, la casi nula percepción del peligro y el exceso de confianza de la dirigencia del Frente Amplio, dice Alberto Grille en Caras y Caretas, mientras un grupo muy poderoso (los dueños de la tierra) clama que “Uruguay se termina” (y enloquecen las redes y organizan “patriadas” de claro tinte golpista, que, dicho sea de paso, fracasan rotundamente).

Y desde los medios hegemónicos se trata de preparar una nueva construcción fraudulenta de la realidad, con claros propósitos políticos, donde el diario El País y la Asociación Rural intentan mostrar un Uruguay al borde del abismo gracias a “un populismo autoritario que alimenta un ejército de miserables prebendarios causantes de un estado voraz, una burocracia corrupta, una ola de delincuencia sin precedentes, un endeudamiento atroz de la economía y una crisis educativa que nos lleva a los guarismos de Haití”.

Amén. Sin duda queda mucho por mejorar tras trece años de gobierno frenteamplista. Pero hoy la derecha uruguaya muestra su miedo a perder nuevamente las elecciones presidenciales del año próximo (aun cuando el Frente no tiene candidato) y arremete con el tema del “campo”, que hizo tambalear al gobierno kirchnerista en Argentina, creyendo que la misma fórmula era repetible en Uruguay.

El diario El País llamó a “politizar la protesta agropecuaria” e Ignacio de Posadas, quizá esperanzado en ser candidato de la derecha, a “convertir la insurrección en una revolución”, obviamente refiriéndose al alzamiento del 1% de megarricos del campo que armó toda esta “pueblada” más o menos fracasada, en vísperas de Carnaval.

Los numeritos dicen que a Uruguay, que vive una libertad sin restricciones, no le va tan mal: tuvo a fines de 2017 un Producto Interno Bruto (PIB) de 58.300 millones de dólares, que dan un PIB per cápita de 16.712 dólares, el más alto de América Latina; una inflación de 6,6%; un desempleo en el entorno de 8%; un déficit fiscal de 3,5% y un superávit comercial de casi 4.000 millones de dólares.

La pobreza alcanza a 9,4% de la población y la indigencia a 0,3%, cifras que son las mejores de América Latina y el Caribe según el informe de Cepal. Tiene una deuda pública bruta de 34.000 millones de dólares, que equivale a 64% del PIB, una deuda neta que llega a 30,8% y reservas en el Banco Central por 15.571 millones de dólares.

Uruguay tiene 4,8% de población rural, sin contar el 1% de megarricos que produce la propiedad de la tierra. En concepto de arrendamientos que los pequeños productores pagan a los terratenientes, se canceló en 2017 más de 600 millones de dólares. Ahí está la lucha de clases y la explotación en el campo: la de los dueños de la tierra sobre quienes la trabajan.

Los que pagan arrendamientos a los poseedores de la tierra, no deberían esperar que sus problemas los resuelvan los rematadores, los terratenientes, los cabañeros, los dueños de los servicios de alquiler de maquinaria agrícola, los empresarios que poseen grandes flotas de camiones y los dueños de los aviones que se dedican a proveer la fumigación agrícola y que muchas veces son los propios dueños de la tierra, dice Grille.

Un añejo terrateniente, Ignacio de Posadas, llama a “la revolución” desde un editorial del diario El País. ¿Será la revolución de los megarricos contra todos los demás? Ignacio es hijo del político Gervasio de Posadas Belgrano y descendiente de José Posadas, el oficial español que en la Batalla de Las Piedras debió entregar su espada a José Artigas. A escasos 300 metros de la residencia presidencial, está el complejo habitacional Parque Posadas, donde viven y tejen sus sueños nueve mil trabajadores, construído en 11 hectáreas que fueran propiedad de su familia.

Allí retumban el borocotó-chas-chas- de los tamboriles candomberos y las letras de las murgas del carnaval montevideano, que cuentan los desvaríos de esta derecha que ni la prensa hegemónica puede sostener.

(*) Periodista uruguayo, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)


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