¿Por qué el feminismo no es el enemigo de la literatura? – Por Patricia de Souza

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Patricia de Souza*

Hay tribunas, como la última publicada por Mario Vargas Llosa, que producen un sobresalto, no solo porque se trata de “lenguaje” e “ideas”, que pertenecen a una opinión dominante, que ataca lo que considera un peligro para su orden, sino porque es el ideario de la sociedad patriarcal, capitalista y sexualmente normativa: no reconoce (porque ignora), que la mujer no ha tenido derecho a la réplica en la representación de su cuerpo.

Son conocidas las incursiones del escritor para defender el neoliberalismo como la única forma de desarrollo, modelo productivista y extractivista, en defensa de una “supuesta modernidad”, en la que están ausentes el problema climático, la crisis de emigrados (y las guerras que los provocan), y, por supuesto, el feminismo. Sus artículos suelen atacar cualquier intento de remover piedras del pasado, en este último caso, las “feministas radicales”, sic. En esta ocasión, se trata de un feminismo que Mario Vargas Llosa considera como un “enemigo de la literatura”, convirtiéndolo en una caricatura. Más allá del tono ideológico ya conocido de su autor, ¿qué está pasando con el feminismo y por qué muchos hombres accionan la señal de alerta?

Lo primero es saber por qué se piensa que el feminismo es un peligro, y es porque implica un cambio de valores, de modelo de sociedad, y una revolución cultural, no solo a nivel social y político, sino en el orden de los significados, en el del lenguaje. No es antiliterario ni meta-cultural sino todo lo contrario. Ese es su eje, el cambio, el movimiento en la perspectiva.

Para toda persona que escribe no debería ser un misterio que la literatura maneja “categorías de lenguaje” que instalan un discurso y una representación del mundo. Desde la prehistoria, la narración universal ha ignorado a la mujer, viéndola solo como un receptáculo o un medio de preservación de la vida. Desde las primeras representaciones, la mujer ha estado ausente del relato universal (pinturas rupestres, por ejemplo) relegada a un segundo plano, el doméstico, aunque haya sido recolectora o cazadora (véase Claudine Cohen, La femme des origines).

Quienes han ejercido ese poder de transmitir imágenes, representaciones del cuerpo y roles, han sido siempre hombres. Por otro lado, desde que se habló de la “muerte del autor” (Barthes), y, considerando que nadie nace mujer sino que llega a serlo (Beauvoir), nos preguntamos de cuáles son los relatos que han construido nuestra imaginación simbólica, cómo nos hemos alimentado de ficciones e historias para construir nuestras propias narraciones, de las cuales las mujeres hemos estado ausentes en su elaboración.

En una época de redes sociales, la intuición nos dicta que somos sujetos trans-individuales, construidos, más que seres atomizados y solitarios. La imagen que maneja Vargas llosa es la del escritor omnisciente, la literatura gira sobre sí misma, por eso reclama que no se vincule la obra con el autor, y mantiene esa separación que coloca las obras de autore-as fuera de su contexto, o sea, exactamente como el estructuralismo, la obra es inmanente, y está separada del autor-a. Es mucho más complejo y paradójico, aunque el lenguaje muchas veces nos trascienda, yo creo que la intención, política, en este caso del feminismo, es importante. Y no puede ser soslayada.

Por otro lado, resulta contradictorio que alguien que defiende tanto el libre mercado, que ha terminado por aseptizar el medio literario al convertirlo en pura mercancía, cite a Georges Bataille y su famoso libro sobre la literatura y el mal, si es que existe el supuesto “mal”, ahora más bien un vago reflejo del pasado en una sociedad que ha sacralizado (como fetiche) únicamente la mercancía. No creo que la tribuna publicada en el diario El País por la escritora española Laura Freixas sea “una invitación a la prohibición o la censura” (donde analiza la novela Lolita de Vladimir Nabokov). Nadie está pidiendo que se prohíba que circulen esos libros, digamos falocráticos, en el mundo, sino que merezcan una lectura crítica, que se construya otra narración a partir de ellos, sobre las mujeres y sus roles o modelos femeninos.

Las mujeres que se inscriben dentro del feminismo deben tener una cosa clara: la dominación empieza por el lenguaje y la representación, pero muchas no sabemos cómo librar esa lucha. No poseemos discurso. Es por eso que aceptar la fragmentación que propone la ideología neoliberal sobre el feminismo, es decir, todas encerradas en identidades por comunidades administradas por la economía de mercado, es una trampa que divide el movimiento y lo paraliza enredado en sus propias redes.

Una de sus debilidades es confundir feminismo con “visibilidad individual”, la pelea es colectiva, las ideas tienen que desmontar todo este entramado de contenidos simbólicos heredados, patriarcales y falsamente democráticos. La decolonización es un proceso que requiere comprender que existe “ruptura epistemológica” (Ngugi Wa Thiongo), por eso, aceptar el paternalismo del orden patriarcal, “te dejo hablar mientras no molestes y mantengas casa en orden”, no funciona.

La literatura es un instrumento poderoso de alienación, pero también de liberación, el único enemigo del feminismo debe ser el pensamiento único que pretende hacernos creer que “no hay otra manera” (la famosa frase de Margaret Thatcher de la que VLL hizo grandes elogios en Contra viento y marea) y dejarnos con las manos atadas. Si hay otras formas de concebir la vida en sociedad, menos individualistas, más colectivas. Y abiertas. No debemos dejarlo entrampado en luchas partisanas, especuladoras e interesadas.

Si se deja que lo fosilicen, lo desfiguren, o lo exploten para darle supuestamente “visibilidad” (convertido en marca que el sistema absorbe y desecha), si de deja que las ideas escaseen y los clichés y la propaganda sean la regla, podemos caer en un balbuceo. Nadie entenderá de qué estamos hablando.

(*) Escritora y doctora en literatura francesa. Ha publicado recientemente Descolonizar el lenguaje, entre otros ensayos.

La Mula


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