Paraguay entre la alternancia y la continuidad. Elecciones generales en la “isla rodeada de tierra” – Especial para Nodal Por Magdalena López

Por Magdalena Lopez*

Paraguay es uno de los pocos países de la región que ha crecido progresivamente, incluso en momentos en los que el resto estaba estancado o en retroceso.
La democracia paraguaya es un sistema de gobierno con características especiales que coexiste con un sistema económico con desarrollo sostenido pero fuertemente excluyente.

El país tiene una economía centrada en el agro (con altísimo nivel de concentración y latifundización), las hidroeléctricas y las actividades de “subsuelo” (que engloba microtráfico, contrabando y economía informal).

Está ligado a Argentina y a Brasil, además de por una histórica trayectoria migratoria, por las represas de Yacyreta e Itaipu; más allá de acuerdos binacionales específicos y de pertenecer al MERCOSUR. Los une también el recuerdo de la Guerra contra la Triple Alianza y el Operativo Cóndor.

Paraguay atravesó procesos similares al Cono Sur, muchas veces con anterioridad: la dictadura stronista se impuso entre 1954-1989, la crisis de representación estalló en 1999, el juicio político a Lugo fue en 2012, el ascenso de un empresario a la presidencia en 2013.

A pesar de estas cercanías y de que Paraguay condensa muchas características del Cono Sur, los medios regionales no suelen seguir con atención lo que sucede en el país. Propongo aquí un veloz repaso para intentar revertir este vacío.

Transición y democracia en Paraguay

El primero de mayo de 1989, tras 35 años de dictadura con falsas elecciones que buscaban disfrazar un régimen dictatorial ya desnudo, Paraguay celebró las primeras elecciones de la transición.

El mismo partido (Asociación Nacional Republicana o Partido Colorado) que sustentó institucionalmente el stronismo, encabezó el proceso de democratización. Fue un militar miembro del círculo de poder muy cercano a Stroessner quien tomó la posta de la transformación política.

No fue hasta el 2003 que asumió la presidencia un colorado externo al stronismo y recién en 2008 lo hizo Fernando Lugo, un candidato no colorado.

Por 19 años más, el Partido Colorado se mantuvo en el poder.

La alianza de Lugo para acceder al gobierno fue endeble. Incluyó al Partido Liberal y a una veintena de organizaciones y partidos de menor envergadura.

Su experiencia fue interrumpida por un juicio político exprés (2012) que, sin contemplar el derecho a la defensa y sin la presentación de evidencia alguna, removió al presidente, dejando a la cabeza del Estado al vicepresidente, de origen liberal.

Los partidos tradicionales unieron votos para destituir a Lugo, incluso el que supo ser su compañero de fórmula.

El 2013 fue el año del retorno del Partido Colorado a la presidencia. La experiencia de Lugo quedó como un paréntesis en la historia de la democracia paraguaya, teñida por un coloradismo impregnante.

Cartes, un empresario, outsider de la lógica partidaria, representante del capital nacional diversificado (tan diversificado que incluso se lo acusó de participar en actividades ilegales), retornó al Partido Colorado a la presidencia, con una propuesta tecnocrática, que fue dejando de lado a medida que su gobierno se desarrolló.

En 2017, el affaire de la reforma constitucional hermanó personajes políticos que venían enemistados. Sectores colorados, liberales y progresistas confluyeron para sancionar un proyecto de ley que habilitase la reelección presidencial. La intentona de reforma unió aquello que el Golpe Parlamentario de 2012 había separado.

Por su parte, los sectores disidentes del Partido Liberal y del Colorado se opusieron a la medida. Tras una protesta que terminó en la quema del edificio del Senado y el asesinato de un militante liberal, el proyecto fue descartado y los presidentes y expresidentes con intenciones de repetir su mandato (Cartes, Lugo, Nicanor Duarte Frutos) tuvieron que descartar la idea tras una profunda crisis institucional.

A pesar de la inestabilidad cíclica, la democracia paraguaya se supo reestructurar luego de cada una de las crisis y situaciones de excepcionalidad que atravesó. Como ya escribí previamente, tras cada fisura, el escenario político logró rearmarse y reencauzarse dentro de la ‘normalidad democrática’ histórica, normativa y socialmente construida”.

Elecciones generales de 2018

Las elecciones de 2018 ya no cuentan con presidenciables outsiders como el Obispo Lugo o el Tabacalero Cartes. Esta elección nos presenta dos candidatos de carrera política, que vienen ejerciendo el poder desde diversos espacios ministeriales y legislativos. Tienen cierta legitimidad partidaria (más allá de las disputas de facciones internas) y han sido parte de posiciones relevantes en el partido y en la política nacional.

Por el Partido Colorado, Mario Abdo Benitez, hijo de quien fuera Secretario privado del General Stroessner, llega a las elecciones con la mayoría de las encuestas a su favor.
Triunfó en las internas habiendo vencido al candidato delfín del presidente actual. Su discurso fuertemente anticartista conquistó el voto de los colorados disidentes. Sin embargo, tras imponerse como candidato, el “abrazo republicano” lo llevó a acercarse al presidente al cual había enfrentado. Quedó de esta forma atrapado en la figura de Cartes. No puede ya abiertamente criticar la gestión actual y diferenciarse (a pesar de tener enormes falencias), porque han acordado la unificación del Partido.

El Partido Liberal dentro de la Alianza Ganar, una coalición que incluye al Frente Guasu (FG), propone a Efraín Alegre, acompañado por Leo Rubín, un luguista, ajeno a la vida partidaria, del entorno urbano y profesional mediático.

Al 2018, el Partido Liberal llega con el aprendizaje importante de, en una fórmula mixta, imponer su candidato como presidenciable (Alegre), a diferencia de 2008, que aportó sólo el vice (Franco).

El (único) debate presidencial previo a las elecciones, celebrado el 15 de abril de 2018, mostró dos candidatos improvisados en sus respuestas y con escasas habilidades retóricas.

Con afirmaciones como “yo voy a gobernar también para los colorados” y “voy a trabajar con Ministros, funcionarios colorados y de todos los colores, no tengo ninguna vergüenza de decirlo”, Alegre apuntó a conquistar a un votante indeciso, incluso del partido opositor.

Por su parte, Abdo le habló a los convencidos, casi con certeza de triunfo. No pudo desprenderse de las acusaciones de corrupción y de partidización de la educación y la justicia que le lanzó Alegre. Sonreía y evitaba confrontar. Se refería a los periodistas por nombre de pila, mostrando un tono amigable, cordial y conciliador. Cerró su intervención diciendo “recojo las piedras que me tiran para construir el Paraguay. Con humildad y fe en Dios y en la patria. El pueblo saldrá a hablar fuerte y derrumbará odios, rencores, va a votar con esperanzas”.

Ninguno de los candidatos plantea un cambio estructural en el modelo económico, aunque Alegre sostiene que ayudará a afianzar la agricultura campesina y gestionar una auténtica reforma agraria, eje central de los reclamos históricos en el país.

Abdo asegura que la fórmula es mejorar el crecimiento y hacerlo sostenible, afianzando la agricultura familiar.

El candidato colorado propone aumentar la base de recaudación de impuestos (evitando hablar abiertamente de un aumento), mientras que el liberal apela a sancionar nuevos impuestos (a la soja en estado natural y al tabaco).

Más allá de las propuestas, habrá que revisar cómo queda conformado el Congreso, dado que el Legislativo es un poder de centralidad en Paraguay, donde si no se cuenta con mayorías claras, todos los proyectos pueden ser rechazados (experiencia que atravesó Fernando Lugo en 2008).

Independientemente del resultado, las elecciones del 22 de abril de 2018 tendrán una particularidad:

-Llevarán a la presidencia al Partido Liberal, lugar en el que no está desde 1940 —excluyendo la experiencia de Federico Franco tras expulsar al presidente Lugo—; o
-Celebrarán el triunfo del Partido Colorado con un candidato que no fue elegido por el presidente saliente y que se constituye como el presidente más joven desde el regreso de la democracia (46 años).

*Investigadora de CONICET, Coordinadora del Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay (IEALC, UBA). Autora del libro TRANSICIÓN Y DEMOCRACIA EN PARAGUAY (1989-2017) ‘El cambio no es una cuestión electoral’.