Colonialidad del poder, pero en las relaciones de género – Por Laura Ximena Iturbide

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Laura Ximena Iturbide*

Aníbal Quijano sostiene que tras las independencias latinoamericanas del siglo XIX persisten relaciones de dominación colonial que operan en diversos ámbitos en nuestra región, y lo denomina colonialidad del poder. De igual manera, el artículo propone pensar cómo el patriarcado perdura ante el avance de las mujeres en ámbitos laborales, cuando permanecen invisibilizados los trabajos/cuidados no remunerados que realizamos en la esfera privada.

La colonialidad del poder inicia en la conquista y colonización europea en el continente americano, y se compone también del capitalismo que llega para mercantilizar las relaciones, legitimando los criterios que se forjan a partir de dos ejes. El primero es la raza, central en el pensamiento de Quijano pues sienta las bases del sistema jerarquizado de dominación donde cada control de trabajo está determinado a un grupo étnico. El trabajo es el segundo eje en la definición de colonialidad de poder, que aun cuando el capital como relación laboral mercantilizada tuvo sus orígenes siglos antes, logra mundializarse a partir la conquista y colonización.

“La clasificación racial de la población y la temprana asociación de las nuevas identidades raciales de los colonizados con las formas de control no pagado, no asalariado, del trabajo, desarrolló entre los europeos o blancos la específica percepción de que el trabajo pagado era privilegio de los blancos. La inferioridad racial de los colonizados implicaba que no eran dignos del pago de salario. Estaban naturalmente obligados a trabajar en beneficio de sus amos. No es muy difícil encontrar, hoy mismo, esa actitud extendida entre los terratenientes blancos de cualquier lugar del mundo. Y el menor salario de las razas inferiores por igual trabajo que el de los blancos, en los actuales centros capitalistas, no podría ser, tampoco, explicado al margen de la clasificación social racista de la población del mundo. En otros términos, por separado de la colonialidad del poder capitalista mundial”.

Así como la colonialidad del poder sobrevive a las caídas de los colonialismos en nuestro continente, podemos observar cómo el patriarcado perdura al avance feminista que logra progresivamente mayor accesibilidad a trabajos. Mientras logramos acceder a los espacios de trabajo –según la OIT (2012) la tasa de ocupación femenina urbana aumentó de 40,2% a 44,1%, entre 2000 y 2012, mientras que la tasa de ocupación masculina se redujo de 67,0% a 66,2% -, los trabajos asociados al género femenino (educación, limpieza) son sustancialmente menos remunerados, pero además mantenemos la carga de los cuidados en el ámbito privado, conformándose una doble jornada laboral.

Los cuidados son las tareas dentro del escenario doméstico que requieren atención y horas de trabajo para el funcionamiento del grupo familiar como unidad social, principalmente orientado a las necesidades de la niñez y personas dependientes dentro de la familia. “Las mujeres no sólo asumen de forma mayoritaria el papel de cuidadoras principales, también son mujeres las que ayudan a otras mujeres en el cuidado. La desigual distribución de las cargas de cuidado entre hombres y mujeres genera una clara inequidad de género” Krmpotic y De Ieso.

Los cuidados son la primera inequidad entre mujeres varones el plano doméstico, que fortalece desde la niñez una “capacidad biológica” de las mujeres para las tareas de alimentación, higiene, cuidado de personas mayores, niñez o personas que requieran asistencia, seguimientos médicos y actividades de estas personas realicen fuera del ámbito privado. Estos cuidados en las unidades familiares no son remunerados, tampoco son reconocidos por las sociedades capitalistas, y restan tiempo que las mujeres podríamos dedicar a estudios, carrera profesional/laboral, formación artística, deportiva, participación política, relaciones sociales, ocio, etc.

“En efecto, según la información disponible, para el total de aglomerados casi 90% de las mujeres declaran realizar trabajo no remunerado mientras ese porcentaje se reduce a menos de 60% en el caso de los varones. A su vez, las mujeres declaran destinar en promedio 6,4 horas diarias a estas actividades, mientras los varones declaran destinarles 3,4 horas” Enríquez Rodríguez (2014:13)
Ocupar cada vez más espacios laborales, incluso afrontando carreras profesionales, puestos de trabajo de amplias cargas horarias y regímenes de días especiales, sosteniendo los cuidados sobre las espaldas de las mujeres, representa una discusión que las sociedades actuales necesitamos darnos de manera urgente. No sólo es necesario reconfigurar la división del trabajo en el ámbito privado, sino también considerar el concepto de trabajo en horas- autonomía en salario, y necesariamente ampliar las responsabilidades al rol del Estado con espacios comunes, accesibles y gratuitos para la niñez y ancianidad garantizando derechos y ampliando cuidados con criterios comunitarios.

Así como Aníbal Quijano entiende que permanecen relaciones de subordinación con argumentos raciales en las relaciones laborales, en las sociedades patriarcales parece observarse la misma resistencia, silenciosa y legitimada durante años pero que requiere una ruptura social, política e incluso epistemológica para avanzar en sociedades más igualitarias y justas.

*Politóloga (USAL), docente y analista en políticas de género.


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