El reformismo entre la “isla democrática” y la universidad de las luchas populares – Por Ernesto Villanueva

Por Ernesto Villanueva, rector de la Universidad Nacional Arturo Jauretche

Entre 1958 y 1972 existieron dos grupos muy fuertes en el movimiento estudiantil, los “humanistas” y los que se autodenominaban “reformistas”. Entre estos últimos se encontraban el Partido Comunista y una parte del radicalismo. En rigor de verdad, se puede afirmar que por lo menos a partir de 1964 el reformismo se encontraba en retroceso aunque en la Universidad de Buenos Aires todavía controlaba algunos centros importantes. Comenzaba el proceso que se ha llamado de peronización de los sectores medios que, más que un cambio en la izquierda, se trató de una transformación orgánica en las organizaciones ligadas al catolicismo. El humanismo, de manera integral, se fue acercando a posiciones políticas nacional- populares, mientras que en la izquierda ese acercamiento se dio de manera individual. En aquel momento, para estos sectores en transformación, el reformismo era mala palabra, se los identificaba como “gorilas”, antipopulares, que defendían los privilegios de la universidad o que no veían las necesidades que tenían las luchas del pueblo argentino. Incluso se daban ciertas paradojas, como por ejemplo la de la agrupación Renovación Reformista que en 1964/1965 dirigía el Centro de Estudiantes de  Ciencias Económicas que, a pesar de su nombre, no había nadie que fuera reformista. Al mismo tiempo el enfrentamiento de los llamados reformistas con los grupos humanistas comenzaba a diluirse. Había pocas menciones a la reforma de 1918 y ésta en general se consideraba parte del pasado. La generación del sesenta y pico en adelante rompía con el pasado en nombre de las luchas populares, de las luchas federales del siglo XIX. El tema central no era lo universitario, interesaba el peronismo, su proscripción, las luchas obreras, el anarquismo; y el mundo universitario tendía a ser pensado como un epifenómeno de todo lo demás.

El golpe de Estado de Onganía y la represión de La noche de los Bastones Largos provocaron que la universidad dejara de tener un camino separado del de los trabajadores. Fue el punto de inflexión de una evolución que se había ido produciendo antes de 1966 dentro de la llamada “isla democrática”.

En todo este proceso la Revolución Cubana y el Concilio Vaticano II tuvieron una influencia importante. Pero estos fenómenos en gestación fueron favorecidos por el proceso de la intervención que terminó con las ilusiones reformistas de la “isla democrática”. Cuando llegó la intervención, en la carrera de Sociología se dio una discusión muy interesante entre dos posiciones; los que dicen: “Hagamos como en Exactas, renunciemos”. Y otros, que refutan “perdón muchachos, este es mi trabajo”. Los primeros replicaban: “¿Cómo trabajo?, nosotros somos la expresión de la intelectualidad”. Y los segundos: “Si yo fuera un trabajador de la Ford, no renunciaría”. Este debate resume bien las discusiones que había sobre la universidad. ¿Qué es la universidad? ¿Quiénes son los universitarios? ¿La élite pensante que con su capacidad verbal y escritos va a derrotar a la dictadura o simples trabajadores afectados como los demás? Esa discusión expresaba las dos visiones de la universidad: una elitista y la otra integrada a los avatares de aquellos que, si hay una dictadura, siguen trabajando en donde pueden.

El reformismo, como corriente opuesta a la revolucionaria, iba perdiendo peso en la izquierda y, por otro lado, surgían corrientes del peronismo revolucionario, nacional populares. Es interesante ver cómo va evolucionando el radicalismo en la universidad de esos años. Había dos corrientes, una la que encabezaba Freddy Storani y la otra la que encabezaba Rafael Pascual, la primera alfonsinista y la segunda balbinista. Aunque conservaban la superestructura de la FUA, perdían  peso en el imaginario de la militancia estudiantil.

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Para los nuevos, el programa superador era avanzar más allá de la Reforma. Trataban de pensar la universidad como formando parte de las luchas populares. En ese momento existía una fuerte influencia de las ideas de Paulo Freire, de la “Teoría de la dependencia”, Franz Fanon, la visión nacional popular de Rodolfo Puiggrós, las perspectivas de André Gunder Frank, Hernández Arregui y Jauretche, entre otros. Cuando tuvieron acceso al gobierno universitario, todo esto se plasmó en un programa universitario diverso al que existía antes. Diverso porque en los planes de estudio impuso una prioridad de lo práctico por encima de lo teórico; la idea de que era más útil avanzar de lo particular para llegar a lo general; por la incorporación a los planes de estudio de un conjunto de conocimientos sobre la sociedad argentina, sobre valores y en contra de formar técnicos alejados de la realidad; que era imprescindible relacionar la formación individual de la persona con lo que ocurría con su familia, con su sociedad, con el Estado; que la universidad no podía tener un proyecto muy diferente que lo que se planteaba desde el Estado Nacional; que –y esto es muy de Jauretche- la investigación tenía que surgir de los propios problemas y no de los problemas de otros lados. Todo esto implicaba la superación de lo que había sido la Reforma Universitaria, que se podría caracterizar como liberal progresista. De todas maneras, La Ley Taiana de 1973 recuperó positivamente cuestiones de la Reforma como el cogobierno, la participación estudiantil y otras cuestiones. Pero se estaba planteando una universidad distinta.


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