Colombia: el uribismo frente al cambio – Por Alfredo Serrano Mancilla y Gisela Brito

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Alfredo Serrano Mancilla* y Gisela Brito**

La política impone sus límites en cada campaña electoral. Y, en Colombia, estos límites fueron más que notorios. Iván Duque ganó con una diferencia significativa (12 puntos), presentándose como el máximo representante de un uribismo aggiornado. La propuesta del cambio de la mano de Gustavo Petro obtuvo un resultado histórico -con más de 8 millones de votos- pero, por ahora, insuficiente para gobernar. Sin embargo, es este un paso de gigantes en la historia del país. Definitivamente, Colombia no será la misma después de estas elecciones presidenciales.

Petro logró esta nueva mayoría sin esconderse detrás de ningún disfraz. Expuso sus ideas con claridad, sin maquinaria, y con apenas recursos económicos. Logró cautivar al pueblo colombiano con un discurso progresista propositivo en materia social y ambiental; de gran calado histórico, reivindicando los valores liberales que lucharon contra las dictaduras e injusticias; interpelando, sin titubeos, a la corrupción y a la Colombia excluyente de las 5 corbatas y; en su última fase, también consiguió forjar una gran coalición sumando actores diversos.

Lo que ha atraído a los colombianos de Petro es lo que el ex-alcalde de Bogotá encarna: la aspiración legítima de disputarle el poder a una élite enquistada que gobierna desde siempre a espaldas de la ciudadanía. Desde una relectura profunda de la historia colombiana, Petro ofrece un relato alternativo que traza una frontera simbólica con un “ellos” (la élite corrupta) que constituye un “nosotros” (los ciudadanos libres, comunes y honestos), una explicación de cómo el país ha llegado hasta aquí, y una ruta programática posible hacia el futuro (una Colombia humana).

Así, las maquinarias, el fraude, la corrupción, la desigualdad y las injusticias sociales, la cuestión medioambiental, entre otras demandas latentes de la sociedad colombiana, son ahora resignificadas como problemas políticos ante los cuales la resignación deja de ser la única respuesta posible.

Ha cuajado un nuevo marco de significado –un prisma- desde el que interpretar la realidad social y articular respuestas políticas para darles cauce institucional. Petro logró conectar con un pueblo con ganas de cambio. Su candidatura y su Colombia Humana representan mucho más que un fenómeno electoral. Indudablemente, en Colombia está naciendo una nueva identidad política en el marco de la etapa post-conflicto.

A pesar de este gran avance de las fuerzas del cambio, el uribismo ha vuelto a demostrar que nunca se fue. Son 10 millones de votos que todavía sintonizan con un campo de valores conservador, aunque el mismo candidato haya tenido que hacer en campaña guiños a la paz, cuestiones ambientales y la lucha contra la corrupción para captar votos.

Sin dudas, el uribismo sale fortalecido con este respaldo y todo indica que pondrá en marcha un conjunto de políticas que harán peligrar los avances logrados en materia de paz. Además, la victoria de Duque también constituye una mala noticia en clave regional porque, probablemente, su política exterior recrudezca el conflicto latente con países vecinos.

El resultado del largo proceso electoral deja “dos Colombias”: una progresista y otra reaccionaria; dos campos políticos rivales, muy distantes entre sí. El uribismo ha ganado, pero tendrá un enorme desafío: gobernar con una gran oposición enfrente, completamente antagónica a su proyecto de país. Algo inédito en la historia política colombiana.

(*) Director del Centro Estratégico Latinoamericano Geopolítico. Profesor Universitario Posgrado en FLACSO (Ecuador).

(**) Gisela Brito es Master en Ciencias Políticas, Responsable del Observatorio Coyuntura. Miembro de la CELAG.

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