La Reforma que necesitamos hoy- Por Federico G. Thea

Por Federico G. Thea, rector de la Universidad Nacional de José C. Paz

A cien años de la Reforma Universitaria de 1918, gran parte de las comunidades académicas de Argentina y América Latina nos vemos interpeladas a hacer una relectura  más profunda y detenida de aquellos sucesos que dieron inicio a un nuevo tipo de universidad, tanto en nuestro país como en muchos países vecinos. Y si nos tomamos en serio esta tarea, creo que no sólo debemos relatar los sucesos y delimitar los alcances de la reforma de 1918 en términos históricos, sino fundamentalmente reconstruir sus premisas. Premisas que, aunque sean centenarias, todavía pueden darnos mucha luz sobre el presente y el porvenir de nuestras universidades; ya que, incluso, podríamos decir que la Reforma por venir es aquella que realice en su totalidad los destellos de luz que emergieron en 1918, pero que todavía no se han consumado.

El centenario nos pone a revisar el pasado, pensar el presente y proyectar un futuro para el sistema universitario. Las distintas concepciones que hemos tenido en este tiempo sobre los principios que empezaron a surgir con la reforma, como el cogobierno, la libertad de cátedra y la extensión universitaria, entre otros que llegaron más adelante, se constituyen como una continuidad que refuerza los ideales emancipatorios que caracterizan el espíritu latinoamericano. La retórica, el discurso de la Reforma de 1918, tenía un profundo sentido de América Latina que se sostiene a través de los años en las voces que representan las universidades públicas y en las luchas que se ofrecen en su defensa. A un siglo de distancia, el tiempo presente nos demanda una recuperación de los principios reformistas y un trabajo conjunto por el futuro de las universidades.

En sus tesis sobre el concepto de historia y en su libro de los pasajes, Walter Benjamin proponía desplegar una historiografía que no redujera la narración del pasado a lo efectivamente sucedido, sino que incorporara los ideales, proyectos y sentidos que finalmente no se llevaron a la práctica. De esta manera, la lectura de la Reforma no puede reducirse a una narración sobre las transformaciones de la Universidad en y a partir de 1918, sino que debe incorporar la épica que rodeó esos hechos, los sueños que por ahora no se transformaron en realidad, pero que seguimos soñando.

Porque la Reforma no fue el punto de llegada, sino el punto de partida de una revolución que tenía un horizonte de emancipación social y política. No es casual que una década después del Manifiesto Liminar, José Carlos Mariátegui remarcaba, y soñaba, que “[la Reforma] dista mucho de proponerse objetivos exclusivamente universitarios y […] por su estrecha y creciente relación con el avance de las clases trabajadoras y con el abatimiento de viejos principios económicos, no puede ser entendida sino como uno de los aspectos de una profunda renovación latinoamericana.” Por ello, para pensar el porvenir, parece interesante revisitar la transformación que implicó la Reforma, pero quizás sea más atractivo volver a un lugar menos turístico: el de las transformaciones radicales que pudieron haber sucedido, pero no acontecieron.

Y en este sentido, los territorios más postergados de nuestra patria nos demandan, también, pensar y trabajar sobre muchos de los valores reformistas que distaron de concretarse para sus habitantes en estos 100 años. Hubo muchos avances, ya que la Reforma de 1918 fue el puntapié inicial de un proceso de democratización de nuestras universidades, que luego siguió con otros hitos muy relevantes: la gratuidad de los estudios superiores en 1949, la consagración constitucional de la autonomía universitaria, también en el año 1949, la creación de casi 20 universidades en la primera década del siglo XXI, y el aumento exponencial del presupuesto dedicado a educación superior durante esos años también.

Nuestro rol en este tiempo es seguir seguir pensando la educación superior desde los territorios que han sido más castigados y postergados, que siguen siendo desiguales y que encuentran en nuestras universidades una posibilidad de un futuro mejor y más igualitario. Nuestro rol en el sistema universitario argentino, como universidades públicas y desaranceladas, es el de estar cerca de la comunidad garantizándole el acceso a una educación pertinente y de calidad. En el año 1918 hubo sueños y discusiones que hoy se trasladan a otras regiones y comunidades; así como aquel movimiento logró romper algunas barreras, es nuestra tarea sostener la bandera que plantaron y seguir rompiendo las barreras que sostienen las desigualdades.

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Interrogarnos sobre qué reforma necesitamos hoy, puede esconder una pequeña trampa. Puede hacernos creer que el hoy –o el mañana- es distinto del ayer. Sin embargo, podríamos afirmar que la reforma que necesitamos hoy no es distinta a la del ayer.

Ayer, hace tan sólo 100 años, ante la elección del conservador Antonio Nores como nuevo rector de la Universidad Nacional de Córdoba, el movimiento estudiantil publicó en la Gaceta Universitaria el conocido Manifiesto Liminar, cuyo primer párrafo decía: “hombres de una República libre, acabamos de romper Ia última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a Ia antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas Ias cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país con una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son Ias libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, Ias resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.”

La Reforma que necesitamos hoy es, en esencia, la misma: una revolución cultural para una revolución social y política. No se trata de pensar un nuevo sueño, sino de transformarlo en realidad.


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