Centroamérica y el largo tránsito hacia López Obrador en México – Por Rafael Cuevas Molina

Por Rafael Cuevas Molina

Para Centroamérica, México es el hermano mayor, el lugar donde se amplifica nuestra identidad mesoamericana, donde muchos de nosotros hemos recalado cuando la violencia política nos cercaba, o donde algunas de las más altas lumbreras de nuestra cultura han encontrado amparo y la resonancia debida a su talento.

La imagen del México tomado por la violencia, plagado de fosas comunes, de decapitados, de cuerpos colgando como monigotes de las barandas de los puentes nos asusta y preocupa, así como nos parece extraña esa subordinación lacayuna que exhibe frente a su coloso vecino del norte, el mismo frente al cual supieron tener en el pasado tantas posturas dignas.

El sistema político mexicano viene sufriendo un proceso de descomposición desde hace por lo menos 30 años. Sus síntomas se hicieron evidentes cuando, en el 2000, el PAN desbancó al PRI llevando a la presidencia a Vicente Fox, terminando así con un reinado de longevidad sin par en América Latina, con toda una manera de hacer política que caracterizó a México a lo largo de casi todo el siglo XX.

El PRI pasó por muchas etapas, pruebas y procesos a lo largo de su dilatada historia, pero no soportó las consecuencias de las reformas neoliberales que impulsó a partir de la década de los ochenta acorde con el Consenso de Washington. Esa fue su debacle, el desnorteamiento último que llevó a que los mexicanos iniciaran una búsqueda de “otra cosa”; una búsqueda un poco a tientas, de prueba y error, de algo que no fuera ese PRI desprestigiado que se traicionaba a sí mismo y arrastraba consigo a todos.

La respuesta fue darle un chance al PAN, ese partido sombra omnipresente que estuvo siempre ahí, con sus políticos acartonados con olor a naftalina, especie de beatas al servicio de los grandes capitales.

Fue salir de las brasas para caer en el fuego. “Cualquier cosa menos el PRI” decían en aquel entonces, pero esa “cualquier cosa” resultó un remedio peor que la enfermedad. Durante ese período, México escaló a las primeras posiciones del ranking mundial de violencia, de corrupción, de desmantelamiento de su patrimonio nacional, de aumento de la desigualdad. El tratado de libre comercio que firmó con Canadá y los Estados Unidos acrecentó la pobreza, y ahora las caravanas de los que se van es interminable.

En el transcurso surgieron chispazos de esperanza de un cambio. El primero, el PRD, que desafortunadamente resbaló y se deslizó hacia una esquina en la que entró en el aro de los partidos tradicionales, fagocitado por ese sistema en descomposición frente al que originalmente se había erigido como alternativa. Y luego apareció desgajado de su seno Morena.

Morena surge en el momento de avance del progresismo latinoamericano, cuando ya las estrategias de la derecha de la región tenían clara la vía que utilizarían para enfrentarse a cualquier proceso político progresista en cualquier país latinoamericano: levantar el fantasma del chavismo, del que previamente habían construido una imagen nefasta a través del aparato mediático transnacional, demonizándolo.

Aún así, Andrés Manuel López Obrador ganó y le robaron las elecciones. Un aparato bien aceitado de fraude, pulido a través de todo el siglo XX, se puso en funcionamiento. Pero la descomposición, que primero llevó a sacar del poder al PRI sustituyéndolo con el PAN, no se detuvo. Este último período presidencial ha rebalsado la copa de la estulticia y la ineptitud. Con el país vendido al mejor postor; con un TLCAN en crisis; con una ola de migrantes que no para; con asesinatos de periodistas y estudiantes sin precedentes; con la corrupción de la clase política al tope, los mexicanos no pueden seguir viendo hacia el lado en donde les aguardan los mismos de siempre haciendo lo mismo de siempre.

Por eso, llegó la hora de AMLO. No la tendrá nada fácil. Frente a sí se yergue una fiera herida que se sabe todas las triquiñuelas habidas y por haber para hacerle la vida imposible. Además, tiene como vecino en el norte a ese señor impresentable que han elegido los estadounidenses para ver si logran revertir su declive de gran potencia.

Un triunfo de AMLO en México es una bocanada de aire fresco en el ambiente viciado del cuarto oscuro en el que se ha ido transformando América Latina en los últimos años. Para Centroamérica será fundamental. Ya sabemos que nuestras pequeñas clases dominantes, timoratas y mediocres, son proclives a inclinarse hacia donde sopla el viento.