Perú, un enigma en el crecimiento económico latinoamericano – Por Nicolás Oliva

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Nicolás Oliva (*)

La economía de Perú ha mostrado un desempeño macroeconómico que vale la pena estudiar como uno de los enigmas del crecimiento económico latinoamericano de las últimas dos décadas.

En el período 2000-2016 la senda de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) peruano dibuja la forma de U invertida (ver gráfico 1), donde se observa una importante aceleración del crecimiento en el período 2000-2008 y una desaceleración en el período 2010-2016, pero siempre con tasas positivas y notables.[1]

Fiel a las estructuras productivas de América Latina, el crecimiento del país andino está explicado por una pujante demanda externa (exportaciones) de materias primas y altos precios que favoreció los términos de intercambio del país. El mismo gráfico 1 muestra que el crecimiento del PIB se acelera cuando las exportaciones aumentan su participación dentro del producto, y disminuye la aceleración del crecimiento al tiempo que las exportaciones pierden importancia dentro de la demanda agregada total.

Hasta aquí, esa parte de la historia resulta ser convencional y conocida en la región; lo interesante es que el modelo de producción vigente logró mantener los precios estables (inflación promedio del 2,8%), el descenso de la pobreza y una reducción modesta de la desigualdad. La pobreza pasó de 49% en 2006 a 20% en 2016, mientras que la desigualdad –medido por el índice de Gini- pasó de 0.49 en el año 2000 a un valor de 0.43 en 2016.[2]

Evidentemente, el ejemplo peruano no demuestra el éxito de las políticas del goteo (“trickle-down”) pues, así como Perú, hay suficientes ejemplos de cómo las políticas neoliberales de oferta han perjudicado a los pobres y han aumentado la desigualdad en América Latina, África y economías en transición (Shorrocks y van der Hoeven, 2005)[3]. Por ejemplo, México y gran parte de Centroamérica han seguido la receta de apertura comercial y minimización del Estado, y los resultados son nefastos en cuanto a reducción de pobreza y desigualdad. Incluso su vecino, Colombia, un país con iguales políticas y mayor estructura productiva que Perú, no logra vencer del todo a la pobreza y la inequidad.

Por el contrario, otros países como Ecuador, Bolivia o Argentina, durante el boom de las materias primas, también lograron reducir la pobreza y la desigualdad de la mano del Estado y con una estabilidad democrática notable. No obstante, el caso de Perú resulta enigmático pues lo ha logrado con un Estado raquítico y una democracia aparente que ha permanecido a espaldas de los ciudadanos. ¿Qué hace que Perú sea diferente y haya logrado esos resultados? Parece tener algunas condiciones especiales que hacen que el crecimiento económico sea eficaz en reducir la pobreza.

Se debe concordar con muchos analistas en que ni el crecimiento del PIB ni la medición de la pobreza monetaria (“Head Count”) son la mejor radiografía de una economía y de las condiciones de vida de una sociedad. No obstante, lo cierto es que si comparamos a otros países bajo la misma métrica, Perú muestra un desempeño mejor que el promedio: según la ONU fue el que mayor pobreza redujo. Esto hace del país andino un buen laboratorio para entender cómo las condiciones macroeconómicas se están trasladando a las condiciones de ingresos de los hogares. Como señalaba Tony Atkinson, entender el vínculo macro-micro sigue estando en el corazón la disciplina económica y en la agenda de políticas públicas.

Sin embargo, la relación PIB–ingreso personal sigue siendo poco descifrada y es un insumo importante para comprender por qué, en el caso de Perú, el crecimiento ha logrado reducir tanto la pobreza. Al parecer, en Perú existe una relación subyacente bastante robusta entre el crecimiento del PIB y la reducción de la pobreza.

Este artículo plantea más preguntas que respuestas, pero esbozaremos algunas hipótesis que deben ser tomadas en cuenta para balancear todos los aplausos que ha recibido la economía peruana en los últimos años:

  • Según la evidencia encontrada por algunos autores, las transferencias públicas tuvieron un rol importante en reducir la extrema pobreza en Perú (Inchauste et al., 2012[4]). El gasto social en porcentaje del PIB pasó de 10% en el año 2000 a 13% en el 2015.[5] Pero, tal vez, lo más importante es que existió un cambio en la composición del gasto total, donde el gasto social como porcentaje del gasto total pasó de 30% a 50% entre el año 2000 y el 2015. En definitiva, la política social mejoró en cobertura y focalización.
  • El crecimiento económico no contempla los pasivos ambientales que se generan como consecuencia directa de este contexto de bonanza. La minería, una de las actividades más importantes del Perú, es uno de los procesos productivos más destructivos del medio ambiente. Sumado a que este sector conserva un importante nivel de actividad informal y sin regulación, se debe tener en cuenta que el país está viviendo un crecimiento que agota su patrimonio natural para el futuro. No solo en términos humanos y ecológicos, sino que está agotando la riqueza que le permitirá expandir su economía en el futuro. Es decir, el modelo de crecimiento no puede durar por siempre porque la minería representa más del 50% de las divisas, 20% de la recaudación fiscal y 11% del PIB.[6]
  • Perú es una de las economías latinoamericanas con mayor informalidad e inestabilidad laboral. Bajo esta condición resulta difícil saber cuál es la verdadera inequidad del ingreso. La capacidad de mapear las rentas de capital es un reto enorme en América Latina; Perú no está exento de este contexto y es sospechoso que el Gini del ingreso venga reduciéndose en un marco de alto crecimiento. Crecimiento que se basa en la exportación de materias primas, pocos mecanismos de protección legal del salario (sindicatos o leyes que defiendan a los trabajadores) y una ausencia casi absoluta del Estado (función de redistribución). ¿No será que solo la inequidad observada es la que se reduce? ¿Qué pasa con la desigualdad que no se refleja en las encuestas (los ricos entre los ricos)? Se presume que hay una importante inequidad oculta que viene en aumento y que no está siendo capturada, principalmente por la concentración del capital transnacional y los oligopolios del mercado doméstico.
  • La alta informalidad de la economía lleva a que la población asalariada o de trabajo independiente no tenga ningún tipo de protección social, tanto para los acontecimientos cotidianos como para la vejez. Este proceso de “sálvese quien pueda” lleva a una condición en la que la informalidad más el gran flujo macroeconómico permiten que las grandes mayorías puedan superar la pobreza por ingreso mes a mes, pero nada les asegura que el siguiente mes o año puedan encontrarse en condición de pobreza. Cuando se vive en la informalidad, el ingreso se gana día a día, dejando poco margen para que las clases trabajadoras de estratos bajos y medios puedan acumular un activo. En este contexto, la ausencia del Estado en casi todas las esferas de la vida del ciudadano, ha llevado a que la informalidad sea, al mismo tiempo, el salvavidas y la camisa de fuerza para una economía que crece, pero ni se transforma ni protege hacia el futuro. Cada vez más la informalidad se convierte en cultura e identidad popular. En este contexto, parece ser que la reducción de la pobreza tiene rasgos coyunturales sobre el ingreso de corto plazo (día a día), pero el crecimiento no ha servido para solucionar las condiciones estructurales: educación, salud y productividad de la fuerza de trabajo. Por lo tanto, ante cualquier sobresalto macroeconómico, millones de personas volverían a la pobreza al no contar con algún tipo de protección social.

En todo caso, la informalidad se ha convertido en un modo de vida y cada vez más aceptado por la sociedad. Además, según Inchauste (2012) la reducción de la pobreza en Perú estaría explicada, en un 75%, por factores del mercado laboral y, entre ellos, la estructura de la ocupación tendría un papel especial. A pesar de las cifras de crecimiento económico, la informalidad se ha reducido escasamente: entre 2006 y 2016 el empleo informal pasó de 79% a 73%. Bajo esta evidencia, las explicaciones apuntan a que la informalidad sería, en la actualidad, la única salida que tienen los pobres -y emerge como pieza clave en este misterio entre crecimiento y reducción de pobreza en el Perú-.

La informalidad en Perú, ¿escollo o salvavidas de los pobres?

Perú es una de las economías más informales de la región. En esencia, la informalidad lleva a que la relaciones económico-sociales sean de corto plazo, sin ninguna proyección de futuro. Esto limita las capacidades de la economía para expandirse sobre otra senda de crecimiento (aumentos de productividad) y garantizar a los trabajadores un empleo fijo y una vejez digna.

En ningún caso podemos estar de acuerdo con la visión de que la informalidad es causada y alimentada por las regulaciones estatales, ni tampoco que la informalidad sea un arreglo institucional eficiente (en sintonía con las teorías de Hernando De Soto). Todo lo contrario; es el resultado de la ausencia histórica de políticas de protección y reproduce miseria e inequidad.

Sin embargo, en estos momentos, la informalidad remplaza las oportunidades que debería estar proveyendo el Estado peruano. Mal o bien, los canales informales de producción y comercialización están abriendo fuentes de ingresos y la bonanza macroeconómica se está trasladando a esas capas sociales que no tienen patrimonio y que reciben poco del Estado. En ese sentido, la informalidad desempeña el papel de amortiguador de la pobreza.

Para entender el vínculo macro-micro es crucial partir de la aceptación de que en Perú, como en ningún otro país de la región, el tejido productivo está partido en dos: por un lado, un sector formal de alto valor agregado y reducidas unidades productivas (donde están las grandes empresas en manos de importantes grupos económicos nacionales y transnacionales. Su característica principal es que tienen vinculación con el sector externo y poseen los grandes oligopolios de importación y producción. Por otro lado, hay un amplio sector informal que abarca a grandes porciones de la población y de las unidades productivas, predominantemente de pequeño o mediano tamaño, y gobernado por un mercado desconcentrado y con alto nivel de competencia al interior del sector informal.

Es decir, podemos conjeturar que la economía peruana es de altísima inequidad entre estos dos sectores (formal-informal) pero, al mismo tiempo, de mucha equidad y oportunidades de negocios a nivel intra-sectorial, es decir, dentro de las personas que viven en la informalidad.

Además de esta condición, también se puede presumir que existe un importante vínculo sectorial formal-informal, en el cual el sector formal traslada y arrastra encadenamientos del sector informal. Esta ligazón formal-informal es la clave para que el famoso efecto “goteo” pueda estar funcionando. Así, el boom de exportación es capturado por el sector formal y éste, por un lado, demanda los servicios de la economía informal (trabajo informal) y, por otro, entrega productos para que sean comercializados por la economía informal (un eficaz sistema de comercialización  al por mayor y al por menor). Esta condición de equidad dentro de los informales y el canal entre sector formal e informal, permiten que existan oportunidades de ingresos para grandes capas poblacionales a causa del crecimiento macroeconómico, permitiéndoles salir de la pobreza.

A modo de cierre

¿Se debe seguir manteniendo el funcionamiento actual de estos dos sectores? La respuesta es no. La informalidad segrega la sociedad, fractura de raíz las oportunidades e impide un crecimiento armónico. Ella ha sido la salida que la sociedad ha encontrado y, por ahora, ha logrado ser un paño frío para la disfuncional estructura de producción. No obstante, esta condición no es sostenible en el tiempo, pues depende de una demanda externa que no se controla, impone una camisa a la transformación de la matriz de producción y sólo se sostiene gracias a la destrucción del patrimonio ambiental.

Desde el campo electoral es importante explorar cómo esta condición estructural restringe el campo político para la izquierda en un contexto de crisis de legitimidad democrática y de casi nula representatividad política. A pesar del alto descontento social con el sistema político, este arreglo institucional de informalidad y crecimiento económico blinda de legitimidad al modelo económico vigente y socava, en cierto sentido, las posibilidades de un cambio que transforme, desde lo político, la senda de crecimiento económico actual -primario exportador, de baja productividad y nula protección social para las clases trabajadoras-. Este panorama achica las posibilidades electorales de una izquierda que siempre aboga por democracias maximalistas en derechos como la protección social, un salario digno y una vejez sin pobreza.

[1] Obviamos el 2009 por ser un año de crisis mundial.

[2] Cifras de pobreza corresponden al Instituto de Estadística de Perú mientras que el Gini proviene de la base de datos del Banco Mundial.

[3] “Growth, Inequality and Poverty, Prospects for pro-poor economic development”, UNU-WIDER studies, Oxford Pres.

[4] “What Is behind the Decline in Poverty Since 2000? Evidence from Bangladesh, Peru and Thailand.” World Bank Policy Research Working Paper No. 6199, Washington, DC.

[5] https://observatoriosocial.cepal.org/inversion/es/paises/peru. Cifra del sector público no financiero.

[6] Cifras obtenidas del Instituto Peruano de Economía.

Celag


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