Un aluvión de votos lleva a López Obrador a la Presidencia – Por Gerardo Villagrán del Corral

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Gerardo Villagrán del Corral*

Los pronósticos esta vez se cumplieron y un aluvión de votos catapultó al centroizquierdista Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, sumido en una grave crisis social, económica y de seguridad por décadas de gobiernos antipopulares, sumisos a los mandatos de su vecino del norte.

Candidato de una alianza de centro-centroizquierda, Juntos Haremos Historia, formada por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), el Encuentro Social (Pes) y el Partido del Trabajo (PT), logró en una larga y dura campaña llena de noticias falsas y mentiras (las ya célebres fake news) y la oposición de las instituciones en manos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de los once grandes empresarios y de la prensa hegemónica (lo que él llamó la mafia del poder), llegar a la presidencia de México. Aún le resta asumirla.

Condujo con pragmatismo y tino la esperanza de cambio y el deseo de transformación social por la vía institucional y pacífica, en unas elecciones generales –marcadas por la violencia- donde 88 millones de personas estaban habilitadas para renovar ocho mil 299 cargos, desde la Presidencia, el Congreso y nueve gubernaturas, en 156 mil 830 puestos en todo el país.

Tres coaliciones se disputaron los cargos. Todos por México, que postuló a Juan Antonio Meade, estuvo formada por el Partido Revolucionario Institucional, Nueva Alianza y el Partido Verde. El Frente por México, integrado por los partidos Acción Nacional (Pan) y de la Revolución Democrática (Prd) y el Movimiento Ciudadano, impulsó a Ricardo Anaya. Juntos Haremos Historia, la alianza que encabeza Andrés Manuel López Obrador, agrupó al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), al Partido del Trabajo (PT) y a Encuentro Social (Pes).

No será fácil gobernar este México desolado por las diversas violencias que asolan a su gente: la del narcotráfico, los asesinatos de periodistas, los feminicidios, la reciente violencia política. A ello se suma la enorme violencia económica que ha sumergido a más de 53 millones de mexicanos en la pobreza, entre ellos casi 10 millones en la indigencia más absoluta.

México vive una profunda degeneración del aparato político, en el que el federalismo formal se ha convertido en feudalismo real, en el que campea el soborno, el tráfico de influencias, la evasión fiscal consentida y, cuándo no, el poder omnímodo en la formación de la opinión ciudadana de los cárteles de comunicación monopólicos, resalta Javier Tolcachier.

El enorme enojo acumulado, la acuciante necesidad de transformaciones sociales profundas serán un factor de presión popular insustituible para acometer un nuevo rumbo. López Obrador deberá demostrar que no es una continuidad de la mentira política, revirtiendo la orientación y los efectos del Pacto por México, sellado en 2012, para poder detener la reforma educativa mercantilista, recuperar la soberanía energética, arremeter contra la financiarización de la economía, democratizar las comunicaciones.

Su mayor desafío será poner en marcha un programa de reformas económicas que saque a México de la sumisión a EEUU, país al que envía 73% del total de sus exportaciones.

Para poder gobernar deberá desarmar progresivamente los aparatos delictivos y de represión estatal cómplice de aquellos, y cimentar una cultura de derechos humanos junto al proceso de reconocimiento efectivo de los derechos de la pluriculturalidad de México y la reivindicación cultural de sus raíces.

Nada será posible de un día para el otro, y quizá tampoco en un sexenio, pero será más fácil si logra seguir entusiasmado a la ciudadanía y logra su acompañamiento y participación.

López Obrador ha sabido interpretar correctamente la necesidad imperante y es la razón de su triunfo, que debe significar la regeneración de México. Una inmensa mayoría de la población está harta de lo que pasa y culpa de sus males a un “sistema” del que López Obrador no formaría parte.

Pero no hay nada en su proyecto alternativo de nación que implique una ruptura estructural con el actual sistema de dominación. Su programa es recuperar por la vía electoral al Estado, refundarlo, democratizarlo y convertirlo en promotor del desarrollo económico, político y social.

Los cambios que anunció durante la campaña tienen que ver con la revisión de los contratos de obra pública y las concesiones gubernamentales al sector privado, como la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, y las concesiones gubernamentales para la explotación de campos petroleros y en el sector minero, que despertaron la alarma unánime de los principales empresarios del país.

La alianza

La alianza del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) con el Partido Encuentro Social, evangélico, movió políticamente a López Obrador hacia la derecha, señala Ileana Gilet. Tras este acuerdo, otras figuras conservadoras empezaron a sumarse a la coalición, como el exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, quien se convirtió en el candidato único al gobierno del estado de Morelos, Manuel Espino, que fue presidente del PAN y vinculado a un grupo de ultraderecha llamado El Yunque.

Luego se sumó el militar retirado Julián Leyzaola, que, según la periodista Marcela Turati, “tiene en su historial 19 recomendaciones por violaciones de derechos humanos y 25 averiguaciones previas y actas circunstanciadas ante autoridades estatales y una por la Procuraduría General de la República por delitos como tortura y homicidio”.

Desde hace dos décadas Andrés Manuel López Obrador (conocido como AMLO) ha generado odios y amores, pero nunca indiferencia, señala el analista Carlos Fazio. Ha sido capaz de transformar el miedo, la paranoia y la angustia de la gente en alegría y eso, frente a un pueblo hastiado, indignado, enojado, crítico contra el sistema centenario ha impuesto el imaginario colectivo de un necesario cambio.

Durante la campaña el establishment se puso nervioso. El nacional y el trasnacional. Los grandes inversores y financistas trasnacionales (Black Rock y Citibanamex) trataron de enlodarlo, al igual que las campañas negras de la derecha (PRI y PAN) y los medios oligopólicos, que lo acusaban de populistas, autoritario, promotor del estatismo fracasado, castrochavista que quiere venezolanizar el país, con influencia rusa.

AMLO fue un excelente administrador de la bronca popular, de la ira general hasta ahora contenida (y brutalmente reprimida) por la creciente pobreza, desigualdad, violencia, inseguridad, corrupción, impunidad.

A las campañas negras del PRI y el PAN se sumaron sendos representantes del liberalismo oligárquico, como el peruano-español Mario Vargas Llosa y el mexicano Enrique Krauze. Vargas preguntó si van a ser tan insensatos los mexicanos, teniendo el ejemplo dramático de Venezuela, de votar algo semejante.

Krauze publicó en The New York Times un artículo (¿Adiós a la democracia mexicana?) donde señaló que si una vez en la presidencia López Obrador decide apelar a las movilizaciones populares y los plebiscitos, podría convocar a un congreso constituyente, anular la división de poderes, subordinar a la Suprema Corte, restringir a los medios y silenciar las voces críticas. “México sería otra vez una monarquía, pero caudillista y mesiánica, sin ropajes republicanos: el país de un hombre”, escribió.

Para estos intelectuales oligárquicos López Obrador es un “naco” (persona mal educada y/o con mal gusto), que simboliza al populacho que pretende igualarse y la posibilidad de un cambio social. Y esa “acusación” tiene sus bases en la facilidad con que AMLO, con lenguaje simple y entendible por todos, se comunica con los mexicanos de a pie.

Ricardo Anaya, el candidato del PAN, apareció en campaña como un robot programado, dice Carlos Fazio. Maestro de la teatralidad señalado como un nerd, nunca entendió el contexto ni el país al que aspira gobernar; analizó a México, pero nunca pareció sufrir por y con él. Según el analista Jesús Silva Herzog, más que presidente, Anaya –cómplice de las contrarreformas neoliberales de los últimos años- podría ser un gran promotor de i-phones.

Estas elecciones generales son las más violentas de la historia contemporánea de México, con 48 candidatos y 85 políticos asesinados en 26 estados. Las amenazas de un nuevo fraude desde las instituciones en manos del PRI hizo temer que pudiera ser la chispa de una revuelta social y el descontento ya no sería pacífico. Desde hoy, una leve esperanza ha renacido entre los mexicanos: se sacudieron al PRI y al PAN y confían en un sexenio de un gobierno nacionalista y popular con AMLO.

(*) Antropólogo y economista mexicano, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)