¿De China con amor? (I) – Por Juan Héctor Vidal

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Juan Héctor Vidal(*)

Los actores. El coqueteo del partido en el poder con China continental no es nuevo y no se necesita ningún informe de la CIA para confirmarlo. Pero este dio un giro de 180 grados con la “primicia” que dio el señor presidente el lunes pasado sobre la ruptura de las relaciones diplomáticas con Taiwán, que mantuvo por más de ocho décadas, para establecerlas con el gigante asiático. Hasta ahora, muy pocos han avalado esta decisión, por lo demás histórica; en cambio, políticos de oposición, gremiales empresariales, exembajadores, analistas y formadores de opinión la han cuestionado por una variedad de razones, unos catalogándola incluso de traición.

Dicho lo anterior, lo primero que hay que reconocer es el derecho soberano que tiene todo país de establecer relaciones, en su más amplia expresión, con aquel que le parezca; lo cual, indefectiblemente, está ligado a intereses. Aun tratándose de un país rico y uno pobre, el primero no actúa con criterios de altruismo, solidaridad o humanitarismo; mientras el segundo algo tiene que dar a cambio. En los hechos, se trata de un quid pro quo, o como se dice en buen salvadoreño, “dando y dando”. Sin embargo, al menos en teoría, son estos últimos los que obtienen un beneficio neto. Y es precisamente alrededor de este punto, que se han alzado la mayoría de voces, porque no se sabe, hasta el momento, a qué se ha comprometido el gobierno a cambio de codearse con la segunda potencia económica mundial. Porque nuestra gente tampoco es ingenua y, mucho menos, tonta.

Por una parte, ha estado pendiente de las declaraciones de la señora embajadora de los Estados Unidos en torno a las intenciones de China Continental de un mayor acercamiento con El Salvador. Ella no ha tenido ningún reparo en señalar que las cuestiones comerciales y económicas que se aducen para justificar esa presencia no son más que un pretexto para disfrazar otras intenciones que pueden comprometer la soberanía nacional y –como lo ha dicho oficialmente el gobierno de su país– la seguridad de toda la región. Igualmente, mucha gente asocia ese supuesto interés con la aprobación de la ley de las Zonas Económicas Especiales (ZEE) y la enésima y hoy apresurada intención de CEPA de abrir a licitación el puerto de La Unión, ahora conocido también con el rimbombante nombre de Puerto de la Integración.

Solo en estos dos casos, los preocupados por las concesiones a que puede haberse comprometido el gobierno, ya pueden encontrar un marco de referencia o una línea de ruta hacia a dónde apuntan las cosas. Pero ello no es suficiente. Por el contrario, despierta más interrogantes que respuestas, cuando se parte de la versión del canciller de Taiwán de que fue su gobierno el que rompió las relaciones con El Salvador, y no como se nos ha querido vender la novela. Y esta adquiere matiz diabólico cuando, sin ningún tapujo, desvela las pretensiones económicas astrales del gobierno salvadoreño, al cual, con esa decisión, lo mandó a freír niguas. Según un diputado del partido progresista de Taiwán, el gobierno salvadoreño le exigió 10 millones para campaña política, 4 mil millones para desarrollo portuario y 20 mil millones para las ZEE. El solo hecho de pedir esa cantidad a cambio de mantener las relaciones, cuando nuestro exsocio sabía que el gobierno estaba acercándose a China, ya señala que los malos de la película son nuestros dirigentes, por extorsionadores y su actuación entreguista, traicionera y cínica.

(*) Exdirector ejecutivo de ANEP y miembro CONASAV.

La Prensa Gráfica


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