Chile | Poesía mapuche: los versos de una cultura eterna – Por Rosario Velasco

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Poesía mapuche: los versos de una cultura eterna

Aunque parezca difícil de creer, en los últimos treinta años, es decir, durante la dictadura y posterior a ella, la literatura mapuche se disparó, y muchos poetas comenzaron a escribir y a publicar. Si se analizan las editoriales y los libros publicados en ese período, se puede observar que algunos de ellos son en parte auspiciados por el Estado, con dinero y no con publicidad, a través de concursos literarios.

Quizás por lo mismo hoy en día hay tanta diversidad lírica, porque se han estado generando los espacios para poder levantarla y posicionarla tanto en el ámbito nacional como internacional. Y esto no es visto sólo como un boom por los mismos autores, pues en diversos encuentros de poesía indígena se menciona esto, también hay un reconocimiento por parte de diversos académicos, por ejemplo, Elvira Rodríguez, docente de la Universidad Diego Portales, quien está haciendo su tesis doctoral sobre este tema, y afirma que: “La cuestión mapuche como tal la encuentras una vez al año en un libro y una editorial.”

Esto último demuestra que es un fenómeno social de gran envergadura, el cual se ha mantenido con el paso de los años, y evidencia un interés por parte de la sociedad en leer este tipo de cosas, y en las editoriales por publicarlas.

Si miramos la historia de Chile con un poco de detalle nos podremos dar cuenta de que la poesía mapuche no es algo contemporáneo, sí, se ha hecho mucho más famosa en el último tiempo, pero las primeras publicaciones se remontan a 1917, con el libro “Selva Lírica”. Éste se planteó como una forma de celebrar el centenario de la patria con una antología lo más completa posible. Según la información de Memoria Chilena, habrían participado gran cantidad de poetas, incluidos Vicente Huidobro y Gabriela Mistral, pero si se investiga un poco más, podremos encontrar en la segunda parte de este texto un poema de un autor mapuche del cual no hay mayores registros, ni siquiera de su nombre.

En lo concreto hubo dos hitos que marcaron el camino de la literatura mapuche como tal. Uno de ellos fue el “Encuentro de Escritores Mapuche y no Mapuche” o también conocido como “Zgutrawun reunión de la palabra”, realizado en 1994 en Temuco. Dicho evento fue organizado por Jaime Valdivieso, escritor de la Generación de los Cincuenta, junto a Elicura Chihuailaf, destacado autor indígena, y en el cual participaron personajes como Nicanor Parra, quien asistió, según Elvira Rodríguez, en un acto casi bondadoso para poder, como se dice coloquialmente, “prestarle ropa a estos nuevos escritores.”

El otro hito relevante fue el “Taller Sudamérica de Escritores en Lenguas Indígenas” del año 1997, el cual también fue organizado por Elicura Chihuailaf, junto a la Universidad Católica de Temuco, con el fin de reunir, según lo consigna El Mostrador, a once autores mapuches y rapa nui, y ocho poetas nativos de América Latina, con el fin compartir experiencias y leer sus escritos.

Suena divertido decirlo, pero intenté, sin buenos resultados, comunicarme con Elicura Chihuailaf, uno de los grandes poetas mapuches de los últimos 30 años. Él escribe lírica y traduce textos del español al mapudungun y viceversa, permitiendo

la difusión tanto de sus relatos como los de sus colegas mapuches y chilenos. Me dejó un “visto” en sus redes sociales, y eso me hizo pensar que tal vez estaba muy ocupado, o quizás no le interesaba hablar.

También intenté entrevistar a Graciela Huinao, otra de las grandes escritoras de este género, quien hace traducciones en su idioma y en el castellano, y por lo mismo es parte de la Academia Chilena de la Lengua. Se suponía que nos veríamos en el “Mapuche” de Plaza de Armas, es decir, el Monumento a los Pueblos Originarios, ubicado en el punto cero de la ciudad de Santiago. Me dijo a las 5 de la tarde, y llegué, puntual, me senté al lado de esa escultura de casi 8 metros de altura, tratando de buscarla, pero nunca la vi.

KUIFI AUKIÑ ÑI TREPETUN- El despertar de las voces antiguas

Esto se puede traducir como un encuentro de poesía mapuche, el cual sirve para entender un poco de la oralidad de esta literatura, y esa catarsis que se produce cuando se reúnen grandes escritores de este género.

Esta instancia se llevó a cabo el año pasado en el Museo de Artes Visuales (MAVI) ubicado en el Barrio Lastarria, y comenzó con un ritual llamado Llellipun, es decir, una ceremonia en la que se ofrecen cosas al Tachao, el señor de todas las cosas. En ésta alrededor de 30 personas participaron, bailando y cantando frente al Wenu Pelon, es decir, un portal de luz creado por Francisco Huichaqueo, un artista visual mapuche, para el museo. Luego de eso, los y las escritoras ingresaron al establecimiento seguidos de ese público dispuesto a escuchar, y se sentaron en una sala ubicada en el segundo piso, donde empezaron las lecturas y los relatos.

Las poetas invitadas fueron Eliana Pulquillanca (55), Roxana Miranda Rupailaf (35) y María Huenuñir (50), además del escritor Javier Milanca (48), quienes tuvieron la oportunidad de leer 4 de sus textos, en un sala casi oscura, en medio de utensilios y ropa mapuche, porque la habitación era eso, una mezcla de artefactos que flotaban sin sentido, pero siempre resguardados por unas paredes de cristal. En el fondo se veían pequeños fragmentos de un documental sobre su cultura, con sonidos de la tierra, el viento y el mar.

Para este reportaje entrevisté a tres de los poetas que asistieron ese día, uno de ellos fue Javier Milanca, quien toca temas relacionados con la marginalidad, los estereotipos de su pueblo en la sociedad chilena y las dificultades de ser mapuche en la ciudad. Su libro más importante es “Xampurria: Somos del lof de los que no tienen lof”, y el siguiente fragmento de “Bajemos al Peñi Jesús” refleja estas temáticas:

“Mejor bajemos a Jesús y que su sangre no nos siga culpando. Vente Peñi Jesús, ahora que muchos están en la cárcel. ¡Mari mari Jesús!

ahora y en la hora de todas nuestras muertes, (No diga amén diga Marichiweuw). ¡¡ MARICHIWEUW !!!”

Marichiweuw significa diez veces venceremos.

Luego está Roxana Miranda Rupailaf, caracterizada por tratar temas relacionados con la sexualidad, la feminidad, el erotismo y el territorio. Uno de sus libros más reconocidos es “Shumpall”, y hay un fragmento de “Yo, pecadora” que permite ejemplificar estos puntos:

“Confieso que le he robado el alma al corazón de Cristo, que maté a una flor por la espalda y le disparé a la cigüeña. Confieso que me comí todas las manzanas y que suspiro tres veces al encenderse la luna. Que le mentí a la inocencia y golpeé a la ternura. Confieso que he deseado a mis prójimos y que tengo pensamientos impuros con un santito.”

Y por último está Eliana Pulquillanca, quien aborda cuestiones asociadas a la reivindicación de su pueblo, a través de un ensalzamiento de su cultura, creencias y tradiciones, siendo crítica con la sociedad chilena. Uno de sus libros más conocidos es “Raíces de Canelo”, y a continuación presento un fragmento de “Es mi palabra” que ayuda a entender estos tópicos de forma directa:

“Yo hablo de la lucha, de la fuerza, de la rabia retenida, de la paciencia colmada.”

La lucha, la realidad

La poesía mapuche no es algo de lo que se suela hablar cuando te juntas a tomar un café con un amiga, ni conversas sobre ella con tus profesores, y tampoco genera una discusión en tu casa, pero aún así está ahí, en la sociedad. Durante mucho

tiempo, e incluso en la actualidad, la lírica indígena ha sido utilizada como una herramienta o un espacio para poder dar a conocer las problemáticas de este pueblo.

Y así lo ve Roxana Miranda Rupailaf, quien afirmó: “Yo creo que toda la poesía es política, cuando uno está hablando del cuerpo o del territorio, también está haciendo algo político, no es un tema menor (…) Hablar de una cosa no significa que uno no piense en lo otro.”

A veces podemos creer que en nuestra sociedad contemporánea la poesía como acto puro de arte sería bien recibida, y esa concepción podría estar equivocada. La escritura se convierte en un blanco de prejuicios, donde la sensibilidad es criticada y exagerada, y se olvida esa arista política de la cual hablaba Roxana. Para Javier Milanca, escribir es una necesidad, porque: “Lo que me motiva a escribir es ir contando lo que está ocurriendo alrededor, sobre todos aquellas cosas que la gente no ve.”

Entonces yo me pregunto: ¿Cómo es que la gente ve a la poesía mapuche? Esa mirada se vuelve estereotipada, y por lo mismo no resulta tan extraña la presencia de temáticas asociadas a ésta, como la criminalización, la cual se produce por las representaciones generadas por los medios de comunicación en torno a los y las indígenas de nuestro país. Hasta llega a ser hilarante la participación de José Antonio Kast en las últimas elecciones presidenciales, quien propuso, según lo consigna 24 Horas, poco menos una exterminación de este pueblo, pues, desde su perspectiva, la mayoría de los mapuches son terroristas: “Si fuera presidente decretaría la ayuda de FF.AA. en la Araucanía a fin de terminar con los actos terroristas”.

También está el tema de la marginalización, pues en los colegios se nos enseña que son personas aisladas, y, por ende, apartadas de la esfera social, lo cual está ligado de forma automática al concepto de la pobreza, y el alcoholismo, los cuales David Añiñir se esfuerza en tratar en “Mapurbe”:

“Eres tierra y barro mapuche sangre roja como la del apuñalado Mapuche en F. M. (o sea, Fuera del Mundo) eres la mapuche “girl” de marca no registrada de la esquina fría y solitaria apegada a ese vicio, tu piel oscura es la red de SuperHiperArchi venas que bullen a gorgotones sobre una venganza que condena.”

Ya establecidos estos puntos a través de los cuales se puede leer y entender la poesía mapuche, surgen discursos para justificar esta escritura, y Javier Milanca lo menciona: “Mis escritos los considero como una denuncia, como un grito desde un lugar que genera preguntas. Que inquiere. Me atreví a tocar un tema complejo dentro del mundo mapuche: el mestizaje. Por eso titulé mi libro como Xampurria.” Entonces no sólo hay cuestionamientos en la esfera chilena, sino que también internos en esa comunidad, en cómo se ven y se reconocen como tales, porque incluso la palabra Xampurria viene a jugar con la pureza y la concepción del mapuche.

Son evidentes las falencias de nuestra sociedad, y frente a éstas la literatura mapuche intenta convertirse en ese puente de palabras que nos da a conocer perspectivas, realidades y luchas sociales, con el fin de solucionarlas mediante el reconocimiento de estas problemáticas. Como dice Elvira Rodríguez: “El poeta que es político se entiende, el poeta activista se entiende”, y si se entiende, se internaliza y se cambia.

El arte por el arte

“Tú ves que es una literatura que responde a un lugar específico de producción y que en esa etiqueta de leerlo como poesía mapuche, es un acto de resistencia, es un acto de visibilizar”, tal y como lo señala Elvira Rodríguez, cuando posicionamos al escritor, podemos entender la lucha o el acto de resistencia que realiza desde la literatura.

Sin embargo, no todas las escritores lo hacen desde una posición de reivindicación de su pueblo, y eso es algo interesante, pues no son criticados en sus propios círculos, sino que por el contrario los son por los lectores. Cuando se nos dice la palabra “mapuche”, nos comienzan a hacer ruido una infinidad de cosas, y vemos al autor y nos preguntamos si su aspecto coincide con los imaginarios existentes.

Según Roxana Miranda Rupailaf, esta categorización se ha vuelto un problema identitario para aquellos que escriben, y dice: “Es que yo creo que eso es una clasificación que se hace desde afuera, porque finalmente uno es mapuche, no es que uno haga algo que es mapuche. Uno tiene una identidad, y esa identidad creo que uno no se la puede sacar, aunque dijera que no soy mapuche, soy mapuche.”

“Va a depender mucho del apellido esta exigencia de “mapuchicidad”, el “mapuchómetro” como le dicen en los textos, y eso es terrible”, lo que señala Elvira es alarmante, porque eso se traduce en una falta de entendimiento del texto, pasamos de largo y no leemos los versos, sólo nos preocupamos por el exterior, en sí la portada del libro es atractiva, y si en realidad es mapuche.

Visiones externas e impersonales

Erwin Quintupill, poeta indígena me dijo en un mail lo siguiente, y me pareció bastante adecuado para representar este tipo de lecturas que se hacen desde la Academia: “Le aclaro que el ser escritor de poemas y otros asuntos, desde mi ser mapuche, no me hace experto en poesía mapuche, para eso están los académicos, aunque no les creo, lo de ellos es una lectura desde otra realidad, descomprometida, descontextualizada, e interesada.”

Cuando le comenté esto a Elvira Rodríguez, académica, me respondió: “Yo entiendo esa reticencia que tienen algunos autores, porque los estás leyendo poco menos que para el museo”, y eso es una realidad, porque nos hemos quedado con esta visión casi mítica de la cultura mapuche, de que todos son guerreros, y todos responden a ese imaginario casi primitivo de los libros de historia del colegio.

Dentro de la misma línea, toda la literatura indígena se ha reducido a la poesía mapuche, y entonces todos los pueblos terminan siendo clasificados de la misma forma, sean aymaras o huilliches, siempre se les mete en el mismo saco, y ni siquiera se hacen las distinciones geográficas. Además, sólo nos quedamos con ese relato donde aparece sí o sí la naturaleza, pero no es necesario que eso esté presente, incluso la Roxana Miranda Rupailaf es un ejemplo claro de ello, porque sus temáticas no abordan esto, o por lo menos no de forma de recurrente.

Si seguimos criticando esta perspectiva academicista, llegaremos al estancamiento de los marcos teóricos, los cuales se relacionan con los investigadores de este género, pues lo hacen sus estudios basados en tesis o textos, como los de Iván y Hugo Carrasco, teóricos sobre la literatura indígena, que ya están obsoletos, y por lo mismo, no permiten una correcta lectura de la poesía, lo cual incide de forma directa en la percepción y los avances de este pueblo.

Respecto a esto Elvira Rodríguez enfatizó lo siguiente: “Piensa que en el 89 nos estábamos cuestionando si lo que escribían los poetas mapuches podía considerarse como un recurso literario, y ahora la idea es ver si ese discurso es entendido como un sujeto intelectual capaz de problematizar todos sus espacios, y visibilizar esa problematización en un texto literario. (…) Se les niega la posibilidad de evolución, y es como: “Hueón, un mapuche con celular”, (…) desde la Academia se les pide este purismo, entonces cuando tienen esos puntos de fuga tu no sabes qué hacer con ellos.” Es decir, se vuelven a repetir los mismos planteamientos de hace 50 años, se perpetúan los imaginarios sociales, y se pierde esa lectura artística y poética.

El público, el lector

Ahora bien, en el ámbito nacional o internacional hay un claro interés por este género. En el primer caso se evidencia por la publicación de libros en ciertas editoriales como la Penguin Random House, LOM, Pehuén o Quimantú, las cuales buscan a los autores y quieren vender este tipo de textos, porque eso se traduce en la diversificación del mercado lector, y que para el cual la poesía mapuche se ha vuelto atractiva.

Eliana Pulquillanca dijo en relación a esto último que su: “ (…) mirada hacia la poesía mapuche es muy positiva, valoro mucho lo que hacen mis hermanos poetas hombres y mujeres, hay una poesía muy rica, que también ahora en este país es valorada, en la academia es valorada, es buscada, es consultada, es estudiada, es también analizada, porque a la academia, los estudiantes y a la sociedad, como público chileno, le interesa.”

En el segundo caso, ocurre un fenómeno en el cual los discursos se repiten en otros espacios, es decir, lo que está haciendo un autor mapuche en Chile, lo está haciendo un indígena en México y en Buenos Aires, la poesía indígena se ha asentado en múltiples países, y eso se convierte en un llamado de atención para fomentar al escritor y a los pueblos.

Y aquí se genera una suerte de analogía, muy graciosa, pero real, que menciona Elvira Rodríguez: “Desde mi perspectiva, no son profetas [los poetas mapuches] fuera de la tierra, son como Luchito Jara (se ríe), porque él es profeta en su tierra, se hizo famoso primero en Chile y luego afuera.”

El retorno, la paradoja eterna

La poesía mapuche es diversa, puede ser cómica e irónica, crítica y dura, descriptiva y sensual, puede ser una infinidad de cosas, tratar temas como el sueño azul, que Elicura Chihuailaf no deja descansar jamás, porque la representación de los colores para este pueblo es sagrada, entonces tenemos tonos como el azul y el blanco, los cuales simbolizan las tonalidades del cielo, la naturaleza y la fuerza del universo.

La literatura indígena se posiciona también como un espacio de lucha, e incluso como una ruptura social, pues nos hace reflexionar sobre el pasado y el hoy, como lo hace el “Salmo 1942” de Graciela Huinao: “Nunca fuimos/ El pueblo señalado/ Pero nos matan/ En señal de la cruz”, que viene a cuestionar toda la cosmovisión occidental.

Y podría seguir mencionando autores y poemas sin fin, pero hubo algo que me llamó la atención cuando hablé con Javier Milanca, y eso guarda relación con su último libro, él me dijo: “Actualmente me encuentro escribiendo otro libro que llevará por nombre WÜÑOLCHE y que será publicado el próximo año. La temática es el concepto filosófico Mapuche del retorno, algo así como un eterno retorno que guía la espiritualidad Mapuche. Los Mapuche siempre están volviendo, volviendo a vivir, volviendo a su lugar.”

Me gustaría pensar en un aplicación de ese concepto hacia la literatura, y a la poesía misma, pues son un fenómeno social, y, por ende, el mundo se verá obligado a prepararse para ellos, porque es un discurso que no se irá así como así, son palabras, y son versos, de una cultura eterna.

El Mostrador


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